lunes, junio 02, 2008
El héroe sin esposa
Por que no era precisamente lo que se denomina fácil encontrar una buena chica, y ese mismo hecho, que al parecer sus amigos todos -gallardos jóvenes- habían aprendido a ignorar, era el que ellos le echaban en cara en befas poco amistosas o bromas de mal gusto. Porque ellos habían tomado por esposas a chicas de mala vida, de formas más bien reminiscentes de una vaca gorda, o con una más bien pobre reputación, conocidas a veces no por la cantidad enorme de amantes conocidos, sino por la poca calidad moral y lo poco admirados que resultaban ellos, y en general, toda clase de chicas más bien poco deseables por las madres de cualquier buen ciudadano.
Así que ellos le echaban en cara el que se hiciera el orgulloso, el exigente, el que podía esperar a los siglos de los siglos -amén- a que un buen partido apareciese. Pero la realidad es que en sus aventuras por el continente había gastado gran parte de sus últimos años, y aunque admirado por muchos, cada vez iba siendo menos admirado en función de la carencia de una esposa, por mala que pudiera ser.
Y entonces recordó con más frustración que nostalgia a una chica linda de piel suave como el algodón, sensual como la luna, mas tierna como la que más. Ojos verdes, labios delicados, sentido del humor tan malo como el suyo, pero de gran franqueza, y a primera vista, con pocas posibilidades de ser infiel, no por poseer poca belleza, sino porque parecía ser de una naturaleza completamente humana, sencilla, y franca.
Y todo eso le hacía sentirse más frustrado y amargado, al considerar la cantidad enorme de gallardos mancebos que habían estado al acecho para poseerla: a ella, a su mal humor, a sus delicados labios, a sus ojos verdes, así como su nada despreciable trasero. Hombres de todas clases, brutos que vivían en cantinas, en trabajos mediocres y salarios bajos, o hombres con intenciones artísticas pero poca sensibilidad para lo que verdaderamente podría ser considerado arte, o hombres con facciones más bien femeninas, acaso parecidas a Venus, de esos que el mundo moderno llama 'bien parecidos', pero que eran unos estúpidos al no tener una maldita idea en el cerebro, o sedicentes filántropos que ayudaban no con su dinero, sino con una supuesta ayuda moral o similar a lo que pequeños grupos llamaban buenas obras, aunque no fueran más que una bola de estupideces, y ellos una bola de haraganes, muchas veces viviendo del erario público y nuestros impuestos todos, caballero lector.
Y el saber que fue uno de estos últimos el que pudo probar el néctar de los labios de Ana Karenina -pues así, aunque usted no lo crea, se llamaba esta chica de ojos verdes como las esmeraldas-, el que pudo tomarla como esposa, y ante todo -y no crea usted que lo digo en forma vulgar- poseer las delicadezas de su cuerpo en su totalidad.
Y le causaba a nuestro héroe también bastante amargura saber que así se portaban todos los mancebos de fuerte temple en nuestros tiempos, compitiendo como terribles jaurías en una guerra imprevisible, mordiéndose, golpeándose, rasguñándose, como las más viles hombres de la prehistoria, ya no por lograr la mera subsistencia a través del sagrado y diario alimento del cuerpo, sino por satisfacer sus ansias corporales, y además, las que brinda el tener una esposa en nuestra época, que hace que hasta al hombre más ruin e inculto se le llene de aprobación común, mientras que a nuestro héroe se le repruebe por su falta de honorabilidad al no tener una mujer a la cual besar por las noches, tras haber ella lavado los trastes, la ropa, y la casa con muchon trabajo, esposa adorada y ama de casa perpetua...
domingo, junio 01, 2008
Sentimiento aprisionado
Sólo sé que hay un sentimiento allí guardado, protegido por un millón de cadenas, encerrado en decenas de cofres anidados, en una habitación oscura y hace largo tiempo olvidada, de la que trato de olvidarme cada nuevo amanecer. Que simplemente soy un maldito cobarde, y nadamás, dicen por allí. Y quizás tengan razón.
Pero, mientras tanto, mientras el silencio me envuelve, en un domingo silencioso, que me invita sugestivamente a la nostalgia, a la melancolía -no del pasado, sino de un no inminente futuro-, provoca que ese sentimiento reprimido pugne con más fuerzas que nunca por salir, por liberarse de una vez por todas, por gritar, aullar, hacerse escuchar.
Y soy el más grande culpable al permitir que los ojos de una ninfa, pintados de color verde, le hayan azuzado, provocado, desde la superficice de mi alma, haciendo que se llene de estrépito, y de que de forma iracunda, luche por liberarse de lo que podría considerarse "mi cordura".
Porque unos ojos terribles y claros, aparentemente indefensos, burlones, amigables, con befas amistosas, con risas sensuales, con guiños frecuentes, han hecho que de la mano de la confusión, este sentimiento que tengo aprisionado, y cuyo nombre no me atrevo a pronunciar en voz alta me sacuda por dentro, cada vez más fuerte, pasando de un leve temblor en mi pecho, hasta sacudirle como el más brutal terremoto.
sábado, mayo 24, 2008
Realidades distintas
Caminar pensando sobre la vida actual, con esos colores, con ese aroma, esencia, con esa forma, con esas situaciones, con estos amigos, con estos hechos y experiencias. ¿Podría haber sido de una forma distinta? ¿Quizás más dulce, quizás más amarga?
Deteniéndose al caminar, deteniéndose a pensar sobre lo que pudo haber sido, sobre lo que no fue, lo que fue destruido, en algún momento de la vida, en un ayer ya olvidado, que es buscado desesperadamente. Ayer, elecciones y decisiones hechas casi al azar, según el ritmo de la vida por aquellos días, dejándose llevar por las olas de la vida, por lo que dictaban los impulsos, las emociones poco controladas, quizás, y sólo quizás, los sueños de otros días.
¿Quizás la visión estaba embotada por la inexperiencia, por la inmadurez, por la inestabilidad, por la falta de inteligencia, acaso? Lo que se hace, resuena en lo poco de eternidad que nos toca. Casa cosa hecha, o deshecha, o no hecha, todo tiene su valor en una balanza invisible.
Qué genial poder ver posibles realidades distintas, bajo circunstancias totalmente contrapuestas, contrastantes. Poder verlas antes de elegir un camino, y quizás poder alcanzar a intuir cómo será la vida de esta o aquella manera. O acaso, por lo menos, tener la posibilidad de ver, ya que el día llega a su fin, lo que pudo haber sido -por terrible que pudiera resultar la visión de un mejor pasado jamás alcanzado, a él renunciado-.
En el pasado pensando que hasta ese entonces -cuando era presente-, la vida había sido poco benévola, con personas inadecuadas, con inexperiencias amargas, con días perdidos en la tristeza o en el sufrimiento, y empero, no poniendo atención en esos casi indistinguibles patrones que indicaban esa infame trayectoria que llevábamos sobre nuestras almas.
Y ahora, en el futuro que llegó por fin, cuando ya son varias décadas las que se ciñen sobre nosotros, poder, de alguna forma, de la mano del encuentro fortuito con una persona olvidada, de la mano de un recuerdo que emerge intempestivamente de nuestro remordimiento, de la mano de un secreto por miles de días escondido, que nos lleva a pensar en esas realidades irrealizadas, pensando en el "pudo ser", en el "mejor pasado", que nunca llegó.
Y quizás no llegue en un futuro, con esa trayectoria ya mercada en la mente, para siempre condenada a lo que un día comenzó, y no fue corregido.
lunes, abril 28, 2008
La chica en la banqueta
Ella más bien tiene puesta su mente en otra cosa, lejos de esta gente, lejos de los puestos de comida callejeros, lejos del murmullo del zócalo, de los cafés, de las tiendas, de los autos, de las luces multicolores. Está como ausente, y un par de personas que le conocen se extrañan al ver que parece no verlos, con la mirada perdida, puesta en la nada.
Lo que las luces, las nubes negras, la luna llena, los cafés llenos, y los policías en la esquina ignoran, es que su corazón está triste, está melancólico y taciturno. Lo dicen sus ojos claros, lo dice su espalda levemente encorvada -otras veces tan erecta-, lo dicen sus pasos erráticos, lo dice su distracción. El verla, cuidadosamente, caminar por esas calles sucias y escandalosas, sin poner atención alguna en una sola cosa, debería dar fe de ello.
Si alguien pudiera recorrer su día a día, podría ver que en todos lados se comporta, no tan amable y fresca como siempre, tan activa, sino más bien impaciente, cansada por instantes, pensativa, ausente, en otro lugar. Y de vez en cuando, ella lanza frases de desdén o reclamo a los hombres, sólo a los hombres, aunque apenas los conozca, aunque los haya visto un par de veces. Y los critica, les reclama, les exige, sólo por el hecho de que son hombres.
Y llega ella entonces a su casa, deteniéndose en la puerta, pensando, pensando. Y un vecino suyo la ve desde su ventana: la mujer atractiva de ojos claros de la casa de enfrente, la mujer tan amable, risueña y carismática. Le ve ahora diferente: le ve ahogándose en un sentimiento que está lejos de la alegría. La ve sentarse en la banqueta, mirar el suelo aquí y allá. La ve ahora, sola, pero la ha visto otras veces acompañada de un hombre, alto, fuerte, de presencia poderosa y ademanes refinados. Un hombre de mundo parecía. Y ella por entonces sonreía -¡qué bella, por entonces, lucía!-
Mas, desde hace algunas semanas, ella llega a su casa en melancolía y en soledad. Nadie le espera a su llegada, y nadie le acompaña a la puerta. Nadie le despide, nadie le sonríe, nadie le besa la frente, las mejillas, los labios, o el alma. Ella está sola, aunque amigas suyas vivan con ella. Porque en soledad está desde que ese hombre -¿quién sabe quién sería?- no va a visitarla; ella luce así, desencajada del recuerdo de ella misma, hasta hace pocas semanas tan distinto.
Y llora entonces, no con dolor, no con rabietas, no con gritos, ni rictus terribles de dolor. Y apenas percibe su indiscreto vecino que ella solloza, porque ella, en silencio, aunque no gime, en su rostro refulgen las lágrimas suyas a la luz de la luna llena. Caen lentamente, una a una, como perlas preciosas. Ella está callada, llorando, y él, aquel hombre, no está con ella, ¡Otras tantas veces allí, en esa banqueta, ella le rodeaba con sus brazos, llenándole de besos, llenándole de abrazos!
Y la mujer del vecino se da cuenta de que su marido está viendo a la vecina, y entonces le informa que esa mujer, tan bella, tan amable, partirá pronto de regreso a su lugar natal -lejano, lejano-. Y es por eso que él entiende que ella, toda la semana, al llegar a su casa, no se mete inmediatamente, aunque de muy noche sea. Ella se sienta a esperar, pacientemente, durante horas, a que llegue alguien, porque ella se va, y él no llega. Porque ella está enamorada, y aquel, ¡ay!, no regresa, no regresa.
jueves, abril 24, 2008
Desenpolvé un recuerdo, y a terroncito encontré.
Terroncito de azúcar con el cabello negro en corte asimétrico me ve con sus ojos cafés, interrogantes. ¿Qué quieren de mí? Ella me pregunta qué es lo que voy a hacer. ¿Por qué la gente piensa que voy a hacer algo?
Porque te conozco, y sé cuán obsesivo eres, obsesivo.
Pero no puedes negar que tuviste tu culpa al exagerar las cosas.
No me merecía yo eso.
No puedo creer que haya sido la situación tan evidente, y no hayas podido darte cuenta.
He sido un imbécil este tiempo.
Sus palabras y sus consejos y sus deducciones y sus burlas, todo se revuelve en mi mente en forma multicolor: qué idiota fui, qué tonto al no aprovechar esas pequeñas pero siempre vivas oportunidades. Pero yo al conocerla a ella no la conocía lo suficiente.
Ella sus culpas no puede lavar.
No fue toda mi culpa, o eso dice ella. Ella dice que ella tuvo la culpa, o parte de, mejor dicho. Pero ella jugó su juego, y yo el mío, y yo lo jugué peor que ella: eso dice ella. Yo, el tonto que no puede ver, no puede escuchar, no puede entender, no puede actuar: cobarde siempre. Que necesito aprender a mentir a veces.
Una última jugada macabra, absoluta, inmensa, el todo por el nada, ruleta rusa, la muerte o la vida, alegría o tristeza, blanco o negro, día o noche, primavera o invierno, ella o yo.
(Y si mis queridos amigos querían saber en qué termino el juego de la rusa-ruleta, fui yo quien quedo, claro, con el corazón y esperanzas destrozados, en la pared, salpicando, deshechos, la pared de mi vida).
miércoles, marzo 19, 2008
Caminando en la noche
Los ojos miran hacia abajo, con la mirada vagando acá y allá en el suelo. Pisadas cortas y con pies poco levantados, siendo arrastrados, y con manos frías en los bolsillos, y con la boca y nariz secas. Caminaba que caminaba en la noche oscura de su alma. Errante enamorado des-enamorado.
Suspira entonces, mientras se da cuenta de que ya falta cada vez menos para llegar a casa: soledad y silencio. Suspira en voz alta: nadie le puede ver, ni nadie de él puede por tanto burlarse. Suspira por tercera vez, pero esta vez siente, por un ligero instante, que se le escapa el llanto. La voz casi le traiciona. Sus ojos que quieren llorar, y las lágrimas que tardan en llegar. Llorar y no poder llorar es un castigo para el alma.
De pronto empieza a llorar finalmente. Pero sus ojos están secos, y únicamente se escuchan sus gemidos: el alma de su corazón, de sus ilusiones, de sus esperanzas, todas ellas, almas en pena. Hagamos una misa para que descansen en paz, y el dolor podamos sobrellevar. Y continúa él llorando sin lágrimas que formen surcos en su rostro. Gime, gime, gime, aúlla de dolor. Su voz toma un acento agudo, quejumbroso, lastimero. Es muy áspero llorar sin lágrimas, ¿sabes? Las lágrimas lubrican mi dolor.
En su mente hay, empero, una leve e insignificante esperanza. De alguna forma, él desea que esa ilusión sea cada vez más real: bálsamo del alma, panacea de mi vida. Si usted no puede conseguirlo, olvídelo, y si no puede olvidarlo, sustitúyalo. Sustitución sobre la que se depositan sus ilusiones todas. Esperanza que casi toma forma real en su retorcida mente. Cualquier cosa por escapar del dolor.
Él la conoció hace pocos días: una chica de ojos cafés, y cabellos cafés, y ropas cafés –eso él cree-. Simpática, linda, amable. Y esa mirada a él la atrae: no parece tener demasiados problemas existenciales. En otras palabras, parece una chica normal: no hay que resolverle la vida, ni lidiar con sus traumas juveniles, ni hacerle olvidar amores pasados que la atormentan. La vio en una fiesta, y vio sus ojos, y vio sus ropas, y vio sus cabellos, y escuchó su voz, y escuchó su tema de conversación, y su aroma olió. Análisis animal: buen prospecto de hembra. Y tras vencer a una hora de miedo y cobardía, se le acerca: ¿bailas? ella acepta. Ellos bailan, y sus ideas se entrecruzan.
Y luego, cuando pasan los días, el la ve de nuevo. ¿Café, comida, plática? Accede ella. ¡Suerte bendita! La conoció en un buen momento, es decir: en un mal momento; porque ella podría ser en esa tristeza enorme, ser una alegría pequeña. ¿Quieres usted señorita ser mi novia? Si no está interesada –y espero sinceramente que sí lo esté-, ¿quiere usted ser mi amiga?
Formas reales está tratando de dar a –como Bécquer- fantasmas, de la mente, ridícula invención. Formas reales a una idea, a una ilusión. Depositando una esperanza en una chica que acaba de conocer. El dolor le obliga a olvidarle de la forma en que sea: la que sea.
De pronto se de cuenta de que el alma piensa en aquella otra, la que le arrancó son sangre las lágrimas. No, mente mía, no dejes que de recuerdos ella permanezca viva en mi mente, más bien, al contrario, lucha con tus fuerzas todas, aún en estos momentos de dolor, para que ella quede olvidada por los siglos de los siglos, amén.
Quizás a la tercera cita partas de mi vida, de mis recuerdos, y dejes de ocupar el trono de mi mente, de mis ilusiones, dejes de representar la posibilidad de encontrar cariño en otra persona. Quizás. ¿Y qué más da?
Tan solo te pido eso, no te vayas de mis esperanzas. Porque en tal caso, seguiré pensando en aquella otra, a la que no dejo de extrañar. Que tu imagen se quede conmigo algunos días más, aunque después parta, que te lo agradeceré con toda mi alma, al haber jugado tu papel: ayudarme con una falsa ilusión a ella olvidarla.
martes, marzo 11, 2008
Viendo tratando de ver
Y en oscuridad se aflige mi alma. No es que la noche sea demasiado oscura en la oscuridad, sino que hay otra oscuridad más oscura que es la que se esparce en mi alma, llenándola, saturándola: soledad, tedio. Vedlo allí, al joven del espejo, cuando no está en el espejo, echado como perro sucio sobre el más sucio sofá, durmiendo-leyendo-platicando con sí. Diez mil pasos en el día, y en ese largo caminar, a nadie ver: pasear en círculo en un cuarto cerrado. Pero, oye, sí vio él a alguien: al del espejo en el espejo cuando entró a sonarse la nariz.
Y el del espejo me sigue viendo con esos ojos que reflejan mis propios ojos, y me sigue observando, y le observo yo observándome. Pero no puedo ver en él mi alma: ¿podemos acaso, alguna vez en la vida, ver el alma nuestra? Sea gris, negra, blanca, o café. ¿No eran los ojos la ventana de nuestra alma? Pues, señor, permítame la osadía terrible de afirmar que eso es una falsedad, pues en los ojos míos que me ven desde el espejo nada de mi alma atisbar puedo.
Porque los ojos míos que me ven desde el espejo, aunque te tristeza corroídos, no alcanzan a expresar de manera completa lo que en mi pecho me sacude. Esos ojos míos, tan faltos de elocuencia. Sufro, aunque de manera pasiva, un dolor que se repartió a sí mismo en leves dosis: tres veces al día, cada dos días, hasta que se le olvide la decepción. Pero pero pero pero, señor don doctor, ¿y cuándo habremos de dejar de suministrarle a la vida suya esas dosis de dolor? Bueno, enfermera mía, hasta que el dolor contenida en una botella del tamaño de la mitad de la ciudad se halle vacía. Y y y y y señor don doctor, pregunta el paciente que tras varias semanas, ¿cuánto líquido queda de dolor?
Ah, eso me pregunto a mí. ¿Cuánto más le queda a mi espíritu verse envuelto en la melancolía que me llena de cansancio el cuerpo y el alma? Porque de tristeza y falta de esperanzas no puedo vivir ya: también de alegrías el hombre vivir debe. Así pues, la pregunta que me hago mientras al espejo me veo de ida y regreso, es: ¿cuándo terminará de derramarse en mi alma ese dolor que en dosis leves ha ya terminado por extinguir de la vida mi candor?
martes, marzo 04, 2008
El amigo que callaba
Y él tan solo hondo silencio guarda. Las miradas de sus camaradas le cercan, y se encuentran con ojos distraídos que vagan en la nada, sin emoción aparente. La barbilla sostenida por la mano derecha, y en la boca el silencio, como un sello. No dice demasiadas palabras, como reflexionando lo que los otros dicen. Pero realmente no les escucha del todo. Está ido, está en otra parte, ausente. ¿En dónde está la mente vagabunda suya, mientras su cuerpo con sus amigos al café sentado está?
Su cabeza permanece tranquila, vacía, serena. Un silencio terrible se escucha en su interior. No piensa en nada. El olvido ha llegado finalmente, quizás. Ya no se escucha el lamento de sus lágrimas que tuvieron que ser allí depositadas, al no poder ser derramadas a través de sus ojos. Ya no se escuchan los alaridos de dolor y de rabia, que hasta hace poco resonaban como truenos terribles dentro de sí. Calma absoluta, la nada que reina.
Los otros le siguen viendo: ¿qué ven? A un hombre pensativo. ¿En qué piensas, amigo mío? En nada en particular. ¿Qué pasa ahora por su corazón, que parece estar tan tranquilo, y que, empero no se halla feliz? Calmado, pero alerta. ¿Alerta de qué?
Ellos recuerdan que en silencio han mantenido un escandaloso secreto. No le han confesado a su amigo una verdad que, suponen, le desgarraría el alma, haría explotar su pecho, que atravesaría sus entrañas como la más filosa espada. Han visto algo, y no pueden decirlo, y eso que vieron ni siquiera pueden en voz alta pronunciarlo. A veces refrenan la imagen que de ello les viene a la mente. Lástima por él les invade. Y en momentos como éste se preguntan: ¿lo sabe acaso, y en silencio lo guarda? ¿Lo supo, lo sabía, lo sabe, lo sabrá?
Y una sonrisa a medio fingir se dibuja brevemente en el rostro de aquel. Nada me pasa, amigos queridos. Callo porque no quiero pensar, ni sentir. Sobre todo, no deseo sentir en absoluto. Dejar de experimentar sentimientos es lo que esta alma desea, amigos míos. Muerta para el amor, para la alegría, para la esperanza, sí; pero también muerta para el desconsuelo, la aflicción, la decepción, el dolor: eso intento.
Cuando salgo al campo, puedo observar la majestuosidad de los árboles en el camino, y el verde imponente de la llanura, y el azul del firmamento que se levanta allá arriba infinito, y sin embargo, no me atrae la idea mucho de salir de paseo, porque sentiría alegría en mi pecho. Y cuando veo a un atardecer, el ocaso de un día, con el sol y sus rayos broncíneos bañando la ciudad, extinguiéndose, llenando de un festival de sombras las calles, de manera hermosa, no me detengo demasiado a observarlo, porque entonces, estaría sintiendo alegría. Y cuando veo a mi madre –y que la veo de cuando en cuando-, no me apresuro a besarle la frente, a tomarle las manos, ni a decirle cuánto la extraño, porque entonces, estaría sintiendo amor.
Y cuando veo en el estante de mi recámara mis libros de poemas henchidos, no tengo demasiado interés en leerlos, aunque contengan los más bellos versos que guardan mis recuerdos, porque mi pecho estaría vibrando de pasión. Y cuando paso por enfrente de ese asilo para ancianos, no hago como en otro tiempo, en que me detenía aunque fuera un breve instante, a saludar a algunas de esas olvidadas almas que tanto cariño necesitan, pues de hacerlo así, estaría sintiendo cariño.
No quiero, amigos queridos, ahora sentir ninguna emoción. Mi corazón sacar de mi pecho tan solo quisiera. Cuando mis ilusiones estaban depositadas sobre una mujer, sentía toda clase de emociones todo el tiempo: sentía al ver sus ojos, de placer se llenaban mis oídos al escuchar su voz, de alegría se inundaba mi alma al besar su frente y sus manos. Sentía con gran ardor, con pasión, con furia, nunca reprimiendo el más leve de mis sentimientos.
Mas, ¡ah!, vino entonces a mi vida la oscuridad, y ella de mi lado se fue. ¡Qué terrible dolor se apoderó de mí por entonces, cuando mi felicidad hubo de huir en un instante de la temible fatalidad! Mi corazón, que estaba entregado a ella, casi se despedaza al verse abandonado.
Y es por ello, amigos queridos míos, que ahora no quiero sentir. Hace pocos días he visto con mis propios ojos lo que ustedes a mis oídos callaron. No arquees tú las cejas de esa forma, amiga mía; no simules que estás sorprendido de mis palabras, amigo tal. No crean que no aprecio el desconocimiento que pretendían fingir en ustedes y en mí. Pero, la he visto, la he visto en los brazos de otro hombre, y he visto cómo suspiraba al verle a los ojos, y he notado que su pecho palpitaba cálidamente por él, y he podido ser testigo de que ella a otro hombre ha entregado todo lo que puede entregar una persona. La he visto, a la que en otro tiempo era la causa y totalidad de mis alegrías, por quien soñaba, en quien depositaba mis esperanzas, en quien sonriendo pensaba durante cada instante del día.
Y es por eso, amigos queridos míos, que ahora no quiero sentir. El sentir es para los que son amados, para los que no están destinados a sentir únicamente tristeza y aflicción. Yo, como pueden ver ahora, no tengo demasiadas alegrías en mi vida: están encerradas en la cárcel de mi olvido, permaneciendo allí por un tiempo. Por ahora, sentir sólo me llevaría a recordarla, con sus ojos negros, con su boca delicada, con sus manos frágiles. Sentir pues, haría que su recuerdo no olvidase mi mente, torturándome permanentemente. Así, amigos míos, trato de no sentir, para no sufrir, para que en ese leve instante en que se ausenta toda clase de sentimiento, pueda diluir para siempre su recuerdo.
viernes, febrero 01, 2008
Carta para ella
Escribía él-yo durante el día entero. Textos aquí y allá, pedacito en pedacito, piezas de un rompecabezas llamado tristeza, desilusión. Esperanza fallida, muerta, esperanza que se suicidó. ¿Le maté yo, por Dios, quizás? Eutanasia. Escribe-escribe-escribe. No pienses, sólo escribe. No pares, ni un segundo, de sumir las teclas. No pienses en pensar. De mañana-tarde-noche-madrugada-alba. Las teclas danzando aquí y allá, y las letras creando palabras, las palabras expulsadas como espumarajos. Espuma de mi congoja. Espumas de ira, también. Al dolor le sigue la rabia.
Él-yo sigue escribiendo. Sale del cuarto cerrado con la cortina cerrada para tomar café de grano-cerrado-. Toma agua caliente -!hirviendo!- para olvidar que alguien tiene el alma fría -como el viento-. Allí pensativo, melancólico, mirada perdida, viendo el calendario, viendo el polvo en la ventana, viendo la mugre en la estufa. Viendo nada. Mirada sin brillo. Labios levantándose hacia el cielo, pensativos. Ceño fruncido, alma desconsolada. Su cuerpo es el cuerpo de un muñeco de trapo.
Ellos-los-otros le veían con tazas-cafés de café, de la olla a esas cafés-tazas, de ellas a su boca, desparramándose a través de su garganta. Río ardiente como lava llegándole al estómago. Y luego, teclas siendo aplastadas-soltadas. Despierto siempre, dormido nunca. Todo el día, a toda hora. Toda la noche, a toda hora. Escribe que escribe, eso es todo lo que hace él-yo. Cientos o miles de teclas presionadas por minuto. Sinfonía de las teclas danzarinas.
Y, tras las horas, los días, las semanas, lentamente, ven cómo él-yo continúa escribiendo lo que escribí-escribió en su-mí vida toda. Palabras miles que crean una gran magna composición vulgar. Relatos de cómo la conoció, de cómo la conocí. Ella linda, mirada perdida, ingenuidad peligrosa. Yo, timorato, miedoso, lento quizás -la otra a la que desee le dijo a él-yo que era lento en la seducción, un bobo inocente-. Ella duda, yo dudo, ella se enoja, yo suplico perdón: de eso el triste relato habla. Y después de la narración, de la retrospectiva, vienen como golpes los quejidos, las lamentaciones, las maldiciones. Y el remordimiento lo ata todo: él-yo tuve-tuvo la culpa, responsable absoluto de lo que no pudo en ella controlar.
Ellos-los-otros que nada hacen, que su vida dedican a las tertulias vespertinas con cerveza en mano, me ven pasar, de aquí allá, y ven con sus ojos curiosos-chismosos que los pasos se me caen, que mi mirada viaja errante como una mosca, que mi voz sale casi en silencio. Me ven sus ojos, y sus bocas dicen: “pobre chico, él-yo, que de manera ilusa llora por una insulsa, la de la cabeza entre los hombros escondida, importada en septiembre”.
Escribe-que-escribe-que-escribe-que-escribe. Entre más escribas, mejor. Palabras sucedáneas de mis lágrimas que hace tiempo se han secado en mis apagados ojos. No lloro en forma de lágrimas, vida, sino en forma de palabras. Mi llanto ahora se está desbordando en ti, mientras escribo.
Él-yo sigue escribiendo, mientras pasan días-semanas-meses. Llorando para sus adentros, escribiendo más y más y más y más. Mirada ojerosa, perdida. Se recompensará a quien encuentre a una mirada feliz de un hombre común. Características: alegre, insensata, juvenil. Incólume.
- ¿Qué tanto escribes? -preguntan a una voz, como coro, ellos-los-otros, que le han visto pasar de la cocina al cuarto, del cuarto a la cocina, durante horas-días-semanas.
- Una carta – dice él-yo sin esconder la verdad, mientras mete las manos en el pantalón sucio, sin bañarse, y la cabeza entre los hombros, como si tratara de arremedarla a ella. Su chica avestruz.
- ¿Una carta, de qué, con qué propósito? - inquieren nuevamente a doble voz, a coro, como dos gemelos pegados, siameses. La parte femenina me ve con preocupación, y la parte masculina con decepción. Mi padre y mi madre estarían orgullosos de ellos, que han tomado la estafeta sin mi permiso. Cabrones osados.
Es una carta para ella, para la chica-avestruz, la de la cabeza entre los hombros, la de las piernas como palos de escoba, largas hasta el cielo, insípida belleza depositada en el rostro.- responde esta vez él-yo, tímidamente. Le regañarán por ser tan insensato. Mira hacia el piso, niño regañado. Ahora recibirás tu merecido por desacato.
- ¿Una carta para ella? - preguntan nuevamente ellos-los-otros a voz doble-doble. - ¿Para esa pinche perra? - pregunta a una sola voz la parte femenina. -¿Para esa pinche vieja tan fea? - interroga la parte masculina, incrédula.
-Para ella, sí, para ella. - admite no sin pena.
- ¿Pero qué pinche estupidez haces? ¿Para qué demonios hacerlo así? - pregunta la masculina parte, y después suelta lo que en su mente pasaba, una lista de palabras que sintetizan su sentir, como una fila de patitos saliendo en forma de palabras por su boca masculina: - No hablar, castigo, decepción, burla, rogón, débil ... -. Habló el corazón conectado directamente a la boca. Pensar en voz alta.
La he escrito, y eso es todo lo que importa – dice él-yo valientemente. El ciudadano que reta a la autoridad-moral-sentido-común-buen-gusto-sensatez-lo-normal-común-maduro. Eso no está permitido por los cánones de lo normal: telenovelas, matrimonios vacíos, novelas rosas, relaciones rápidas como comida rápida. ¿Me da una McChupada para llevar, por favor? Baile sensual extra por cinco pesos más. Yo quería mi motelcito-sexual-feliz.
Y después, dice que la carta terminada está. Alza la vista y ellos-los-otros le siguen viendo, estupefactos. ¿Todo este tiempo, días-semanas-meses gastado, hora por hora, en la redacción de una carta para aquella chica avestruz que te desgarró el corazón con garras de león? ¿Una carta para aquella que a él-yo le jugó mal, le jugó a engañarle?
Una carta sí, confiesa él-yo, una carta para aquella a la que, no importando que sea una chica con la cabeza metida entre los hombros, hubo en algún momento de querer. Una carta que era necesaria, no para ella, sino para él-yo.
¿Y qué clase de carta puede ser la que escriba él-yo a ella-la-que-mintió? Mirada doble cayendo sobre él, inquisidora.
Les muestra la carta: cientas de cientas de páginas-páginas que forman miles-miles palabras para ella. Carta larga, carta interminable. Y para ella-la-que-mintió, para ella-la-que-no-es-de-aquí. Importada en otoño.
¿Y qué obtener piensas, él-yo, al escribir esa carta, confesión de tu corazoncito roto? ¿Indulto, desprecio, ruegos, súplicas, reclamos? Di de una vez qué cosa ahora esperas de la chica avestruz, la que jugó con tu corazón tonto.
Él-yo toma la carta entre sus manos, y le sonríe, como si fuera un ser vivo. Carta mía, carta de mi corazón, a quien pude confesar todo mi sentir, todo mi dolor, todas las cosas que a su lado disfruté, las cosas que a su lado sufrí, lo que nunca pude decirle tras su huida de mi vida, lo que a nadie más hube de contar. Palabras varias, perdonas tantos, reclamos pocos, besos muchos. Mis palabras más dulces, y mis palabras más agrias, en una sinfonía agridulce para ella. ¡Cuánto te desee, y cuánto te desprecio ahora por abandonarme a mi soledad perpetua! ¡Cuántas otros insultos terribles levanté con mi pluma, cuando habló la frustración! Y, ¡Cuántas palabras desbordadas de adoración a ti lance en esta misiva, que harían que la gente me tachara de fanático y obsesivo!
Ellos-los-otros ven cómo él-yo ve la carta, sonriendo melancólicamente. ¿Qué tanto ves en esas palabras no-merecidas por ella-la-que-mintió y ella-la-que-a-otro-se-entregó?
Él continúa viendo esa misiva larga, de varias páginas y hojas de papel. Las sacude, las revisa de manera individual. Las aprieta contra su pecho, y después contra sus mejillas, mientras cierra los ojos, resignado. Resignación que viene, que venía, que vendrá. Resignación: He allí todo lo que un hombre dolido quiere. Él-yo se separa de las hojas que forman su carta, y saca de su bolsillo un fósforo. Ardan, ardan, ardan, ya que no pueden volar, ya que no pueden llegar hasta de ella el oído insensato y frío, que con su indiferencia me despedazó el alma.
Ellos-los-otros ven con incredulidad-estupefacción cómo el fuego devora y corroe esas hojas: producto de horas-días-semanas-meses de trabajo que él-yo dedicó, escribiendo mientras esas lágrimas suyas salían en forma de palabras, de quejidos, de besos que se quedaron en el tintero y en los labios de él. Los labios de ella que se negaron a besarle, arrepentidos. ¡Ardan, ardan, ardan! Que con su ustedes se va el último recuerdo de ella que quedaba en mi corazón marchito, seco, desde que de la mano de otro -un bruto- le vi pasar. Y arden con lujuria, con violencia, como si estuvieran siendo exorcizadas. Y por un instante, ellos-los-otros creyeron oír, mientras ardía lo poco que quedaba de lo que él-yo había escrito durante tanto tiempo, que una voz emergía sollozante de ellas: eran los quejidos que él-yo nunca pudo decir en voz alta.
Ahora cenizas son. Esas palabras que él-yo escribió como despedida para ella. Porque despedida era lo que él había escrito, lo que le hubiera podido decir, que ella se negó a escuchar: perdón y reclamo. Una carta que nunca fue concebida para serle a ella entregada, no. Una carta que desde que nació, supo él-yo que era para sollozar lo que no sollozo, y poder deshacerse de todo ese dolor que le abrumaba. Ahora, esa carta se ha ido para siempre, y se ha llevado con ella todo lo que de ella en él quedaba: ilusión, alegría, odio, tristeza, remordimiento, dulzura, cariño...
Y él-yo, finalmente, pudo ver cómo una lágrima -¡finalmente!- se le escapaba – y entonces mi-su corazón quizás de sus cenizas surgirá nuevamente.
Duerme en paz, duerme para siempre, descansa en la posteridad, carta mía, último recuerdo de aquella a la que con tanto furor hube de desear. Duerme para siempre, para jamás despertar. No despiertes, que si despiertas, mi vida y alma te llevarás.
lunes, enero 28, 2008
Canciones, canciones, segunda parte
¿Porqué me habrá dicho que yo le importaba, y que disfrutaba el tiempo a mi lado, que su mente en mí puesta estaba, que había sido un placer compartir la tarde conmigo, que me iba a dar un detalle como el que yo le di? Yo le doy flores, ella me daba flores: eso dijo que haría. Pero, en cambio, solamente caprichos me obsequió. Un ramo de indiferencia ahora mismo.
No sé a cuántos más intentaba enamorar, haciendo uso de su belleza nueva. ¿Puede una flor que ha sido toda la temporada una muy fea, ser una de las más bellas del jardín? La movieron de jardín, de un jardín verde y opaco -en donde todas las flores son verdes y opacas- a uno café -en donde todas las flores son cafés-, y he allí el milagro. ¡Vean cómo resplandece el verde jamás visto en este jardín color mierda! Haciendo uso de una belleza que nunca antes tuvo, coqueteando con todos: miradas dulces, palabras de cariño, mentiras que me mataron el ánimo alguna vez. ¿A cuántos más les matará la ilusión? Ella mientras tanto, segando adulaciones.
¿Cuántas veces soñé que ella era mía, con su cariño, con sus ojitos tiernos, con sus delgados labios, con su voz aguda, con tu ternura toda? Y, ¿cuántas otras ella se iba de mi lado, a veces recatándose en la oscuridad, a veces en el capricho, a veces en el desdén? Desapareciéndose por días, dejando de responder mis llamadas y mensajes, para, un día, porque así lo decidió, aparecer de nuevo en mi vida, sacudiéndola violentamente, cada vez más fuerte. No explotes de dolor corazón, todavía no.
¿Cuánto tiempo más habría permanecido así, atado a su voluntad infantil, cuánto tiempo más habría sufrido si no me hubiera dado cuenta de que conmigo sólo jugaba, que para ella no más que el más vulgar juguete resultaba? Uno entre mil, entre mil uno. Y tú, una entre mil también, entre mil una. Yo uno más de tus juguetes, y tú bella diosa entre las mujeres feas mortales.
¿Sabes? No sé si mi boca llegará a decirte estas palabras, cuando, dentro de un par de días, toque a tu puerta, nervioso, ansioso, para pedirte mi probable último perdón, y te diga que, a pesar de lo mucho que necesito de tu presencia, a pesar de tus juegos, a pesar de mi inmadurez y la tuya, a pesar de todo, quiero mostrarme incondicional contigo, y que, si tu amor en otros brazos está, seré feliz al verte sonreír. Ojalá así consiga llegar a su fin tu capricho, el berrinche decembrino tuyo.
El mañana llegará dentro de poco, cuando esta penumbra caiga y venga la luz -y se hizo la luz, y se hará la luz, pero no para mí-. El sol de calor nos bañará, y me encontrará con el pecho apretado contra la almohada, pensativo, lleno de miedo. ¿Cuándo dejaré de pensar en ti, cuándo decidiré que, a final de cuentas, nada gano contigo, sino juegos, dolor, y frustración? Cada vez que mis ojos se abren por la mañana, con cierta esperanza, trato de pensar que no te tendré en mi mente más. Pero veo que día a día, no es así.
Mis angustias no te importaban, y si en fuente se convertían mis lágrimas, no te importaba en lo absoluto. Mis congojas no escuchabas, ni ponías en ellas atención. No te preocupabas cuando yo me preocupaba, siempre centrándote en ti. Las únicas tristezas del mundo eran las tuyas, y nada más. Te diré lo que alguien ya le dijo a alguien más: te invito a que salgas de ti.
Y, a pesar de todo, pienso, por momentos, que quizás todas esas tonterías podríamos haberlas superado ambos, tan sólo si el tiempo nos hubiera sido más propicio, si las horas nos hubieran durado más de sesenta minutos, y tan sólo si los días nos hubieran unas treinta horas. El tiempo que teníamos era demasiado poco, tú con tus labores y amistades recién adquiridas, y yo con mi soledad. Tiempo para conocernos, para perdonarnos, para entender esas terribles diferencias culturales...
Tras semanas separados, el uno del otro, el otro del uno, esperé que nuestras diferencias quedaran atrás, y que ambos, habiendo pensado mejor las cosas, quizás sintiendo más profundamente lo que ya sentíamos, pudiéramos estar nuevamente juntos. ¡Qué importaba que únicamente como amigos, y no como amantes! Yo me hubiera llenado una alegría que se hubiera desbordado en mi corazón, si tan solo hubiera podido volver a ver esos ojos tuyos, querida.
Mi último mensaje ese fue. Yo, en tu ausencia de lástima hacia mí, hacia mi dolor, hacia el cariño que aprendí a cultivar por tu corazón, por tu inmadurez, por tu ingenuidad, tuve que hacer frente y decirte que fueras feliz, que cuidaras mucho de ese corazón que, a pesar de todo, es muy débil y frágil, y que sabías que conmigo siempre contarías para todo lo que pudieras necesitar. Y no te miento, jamás podría hacerlo: pregúntaselo a aquellas a las que alguna vez hube de querer, y que su cariño, ¡ay!, también me dejaron de obsequiar.
Tuviste el descaro de arrebatarme el placer de tu presencia. ¿Porqué, Dios mío, te ensañaste conmigo de esa forma tan absurda, cuando todo lo que te pedí fue una pizca, una pequeñísima fracción de tu amistad, ya que no quisiste regalarme tu cariño? ¿Porqué, en qué hora, y quién fue esa amiga tuya que te aconsejó desaparecer por completo de mi vida, llevándote contigo tu voz, tus ojos, tus labios, tus dulces palabras, esos momentos que jamás me arrancaré de mi pecho?
viernes, enero 25, 2008
Canciones, canciones, primera parte
Una idea a la mente viene. Se estrella. Domingo por la tarde, el mediodía se acaba de marchar. Comida pide mi estómago vacío, lacerado por la bilis de la congoja. Idea, como un foco. Buena idea, o mala idea, qué importa: idea valuada por ser una idea. Ejercicio literario, ya que no puedo hacer demasiado ejercicio físico. Escribo lo que no puedo vivir, y vivo lo que no puedo escribir. Convierto los errores en tragedias, y los logros en errores. Gracias a Dios, claro.
Pero que la idea no se vaya del todo. Aguarda un poco, no escuches esa canción en la radio. Es cierto lo que dice de mí, pero falso lo que dice de ella. Canción escrita antes de nosotros para nosotros, para todos los masoquistas.
No hago otra cosa que pensar en ti.
Cierto, mi mente apenas se desprende para pensar en cosas otras. Obsesivo compulsivo. Compulsivo obsesivo. Deja de escuchar esa canción. Órdenes que yo mismo me doy y que yo mismo no puedo cumplir. Ella me dice no, y yo digo que sí, y ella dice que sí, y yo digo que no. Placer en la complejidad, supongo. “Te gustan las locas”, alguien dice allá en mis recuerdos.
Fue miedo, no coraje lo que por entonces sentí.
No, ella no sintió eso. Ella no lo pensó ni siquiera, no gastó un instante en detenerse a pensar. Me la imagino pensando lo que no pensó: Ha sonado el teléfono. Él es, sin duda. No contesto. No quiero escuchar su voz, no quiero saber de él. Pero quiero que sepa que supe que llamó él. Mensaje escrito para él: ¿qué deseas?. Me responde que saludarme: café-tomar-platicar. No, respondo. ¿Porqué le estoy diciendo lo que le estoy diciendo? Dos posibles causas de mi molestia: ¿será berrinche, o será decisión sabia? Pero le digo que no, no, no, por el resto de la eternidad no. No insiste, pero insisto en convencerle que no. ¿Porqué le digo lo que le digo? ¿Miedo, coraje? Miedo, o coraje. ¿Qué es lo que en mi interior hay? No es indiferencia, no. Y la indiferencia, a veces, no es la más refinada forma de crueldad.
Pero ella eso no pensó, no. Ella en su problema pensaba. Carita triste, rostro desencajado, así me la imagino. Ojos tristes, ojerosos, comiendo en la mesa con la espalda encorvada, tarareando una canción:
Como olvidarte, cómo dejar de sufrir, ¿porqué partiste después de haber partido, cuando te dejé abandonado después de que tú ya me habías abandonado?
Esperanzas de volver, se dice ella en la mente, sin pronunciarlo. Pensar en él, no dejar de recordarle. Y entonces, molestia: un cabrón que en la calle quiso darle un golpe en las nalgas. Luego comiendo tarareando-tralará una triste canción: ¿porqué se fue?. Y sonó en ese instante el teléfono. Mala hora, mal minuto, mal día, mal pié se levantó con.
El pecado del que llama: llamar en mal momento, en mal día, a la mala persona, con la mala relación.
“Nuestra relación...”
Ella me dijo una vez. ¿Cuál?, me pregunto ahora. Cuál, cuál, cuál. Relación de mi parte, querrá ella decir. Yo todo, ella algo, y después, ella nada, siempre esperando todo. Disfrutar mientras las circunstancias le satisfacen: viento a su favor. Ella pensando: yo te llamo cuando pueda, pero tú me respondes inmediatamente. Si no, buscaré a otras citas. Y en tu cara te lo restregaré: citas jueves y viernes; no, no te veré esos días, ¡quién sabe cuánto habrán de durar! Castigo: hasta el sábado. Sufre mientras tanto.
¿Porqué no nos enseñan en la escuela, como una materia, el ser personas que no se lleven a otras entre las patas? O en otras palabras, deberían enseñarnos a no llevarnos el corazón de otras personas entre las patas de nuestro egoísmo.
sábado, enero 19, 2008
Tú haces berrinche, yo hago berrinche.
Domingo por la mañana.
Sábado anoche ha muerto, anoche. Lentamente, lánguidamente. Como si no se quisiera ir para siempre, agonizando sin fin, entre lágrimas reprimidas y miradas tristes. Luna llena, cuarto creciente, luna escondida entre las nubes: ¿a quién demonios le importaba anoche?
Y ya son las diez de la mañana. Dolor en la cabeza. Aguarda, no, no es alcohol, ya que también habría dolor en el estómago. Las cobijas se me pegan al cuerpo en una horrorosa pijama de franela para diciembre. Cabello sacudido, levantado acá-allá, ojos tristes, ojerosos, arrugas prematuras: tristeza prematura. Espalda encorvada, y conforme avanzan los segundos, la tristeza va en aumento: comola de ayer, hasta llegar al grado de tragedia anglo mexicana. ¡Ah! espera, no puedes decir eso, no, no esta vez.
Recuerdos, palabras, escritas, dichas, pronunciadas por los dedos de ella: viajando no a través del espacio sonidos guturales, sino palabras mal escritas viajando y llegando en forma de palabras escritas, no dicha: tecnología que me chinga como siempre. Palabras salidas del cerebro a los dedos de ella, de los dedos de ella al teclado, del teclado a mi pantalla, de la pantalla a mis ojos, y de mis ojos a mi corazón. Corazón roto por vez treinta y tres. Creo que no la debí de haber conocido.
"Cómo estás" recibe una respuesta de "¿Qué quieres?". Ayer no hablaba así, no. Es como si el espíritu de tu berrinche del mes pasado hubiera resucitado: no a los tres días, sino a las tres y media semanas. Resurección diabólica. Se torna agria, como la leche - ella, la blanca como la leche. Cambia de opinión de pronto. Quizás yo ya me lo esperaba. Sí, creo que sí.
Un "fuera de mi vida" me echa de mi alegría cotidiana. Tristeza, ausencia, tragedia. Y todo causado por ella. Ojalá no le conociera. Ojalá no hubiera ido a esa fiesta. Y entonces mi vida estaría distinta un sába-domingo aberrante. Un berrinche que regresa como un boomerang. Berrinche que se niega a morir, inmadurez que persiste a los 23 años. Yo hago berrinche-tú haces brrinche-yo hago berrinche-yo me disculpo-tú haces berrinche-yo te abrazo-tú haces berrinche-yo hago enojoso berrinche-tú haces berrinche-tú haces berrinche-yo pido perdón-tú haces berrinche-yo espero-tú haces berrinche-yo me voy al diablo finalmente.
viernes, enero 11, 2008
Porque la soledad es peor que otra cosa
Tras permanecer viendo su rostro color almendra en el espejo por varios minutos, se dio cuenta de que realmente no le importaba demasiado lo mal que podría dejarlo parado frente a su otrora terroncito de azúcar, que llevaba por nombre Alicia -"Alicia en el país de los timadores y de las amigas que se meten en las vidas de sus amigas"-. Porque ahora, ¿qué importancia podía tener que ella le dejara de querer, o que le quisiera menos? Quizás -y eso era lo más tristemente probable- ella le había dejado de querer hace tiempo -"Sólo desde que Fernanda, que debería apellidarse Mondego o algo así, decidió que quería que Alicia en el país de las envidiosas dejara de quererme".
Una carta, terrible, según él. Pero lo que para unos es la más grande falta de respeto -"me gustaría que no tuvieras esas nalgas, Alicia, porque de esa forma no tendrías tantos pretendientes"- es para otros no más que un simple juego infantil.
-Roberto, ya lleguéeeee- dijo su hermana a medio gritar. O a medio no gritar, qué más da. Y el argumento de Beto era más bien simple: dejar entrever que él no la había querido por lo que era, sino por lo que no era. Y qué no era:
Mi querida Alicia:
Mucho he pensado en ti desde que te alejaste de mi lado. Quizás tu sigas pensando que fue mi error, y yo seguiré pensando, como ya te podrás imaginar, que el error es más bien tuyo. ¿Quién tiene la razón? Me temo que ninguno de los dos.
Pero, ¿sabes? en mi mente tu recuerdo no ha dejado de brillar, aunque con más pena que gloria: tristeza de mi alma al verme sin ti. No, esto no es una carta de perdón, ni de redención, ni nada similar. No te enorgullezcas pensando que ahs hecho que un pobre hombre como yo me halla rendido a tus pies, pues, créeme querida, que con todas las que he amado -¡y con otras tantas a las que no!- he sido el más fiel y humilde lacayo.
No te ofendas si te digo la verdad. ¿Me querrás menos? De cualquier forma ya no me quieres, según me confesaste la vez última de vernos (y todavía guardo en mi mente, con gran amargura, la terrible sonrisa malévola de tu amiga Fernanda, al despedirse de mí, y en ese momento no supe que esa mirada era la que da una mujer a un hombre que vive sus últimas alegrías), en aquella vez tan dolorosa para ambos, que me habías dejado de querer. "¿Desde hace cuánto?", pregunté. "No lo sé", respondiste.
Y después, gloria de mi tristeza al verte de la calle de la mano de un mal hombre (supongo que un Homo Machistus), del que renegabas, y el que tanto se esmeraba en ganarse tu mera simpatía, con gestos vulgares, palabras bobas, y miradas simples. Ese que querías quitarte de encima, pero que, sin embargo, contaba con la bendición de Fernanda -ese demonio que llamas amiga, que no es más que una mujerzuela vestida de profesora de letras-, que, según tú misma me dijiste, te presentó. Ocupación: estudiante de doctorado en chorrocientas cosas; experiencia nula; mantenido por el gobierno, gracias a las becas otorgadas con la ayuda de su tía Esther Elba, de manera perpetua.
Pero, sin embargo, no es eso para lo que te escribí esta carta, no. Tenía algo que decirte, algo que dejé en el tintero, algo especial.
La verdad es que me di cuenta en recientes fechas, que la razón más importante por la que no hallo alegrías en tu ausencia, es porque esta soledad, que me corroe, que me despedaza, que me desangra poco a poco sin fin, que me llena de aflicción, que me tortura con sus prolongados silencios, con su falta de comprensión, es apenas peor cosa que tu compañía. Así es: si alguna vez te necesite, era únicamente porque esta soledad era demasiado terrible para mi ser, y todo era mejor que estar solo y abandonado.
Besitos,
con un insulto escrito a Fernanda,
tu siempre querido amigo,
más franco que nadie en la ciudad,
Beto.
lunes, enero 07, 2008
Prejuicios y gustos
Se detiene el coche con nosotros en él: roja luz que brilla por encima del lugar donde estaba otra amarilla. Deténganse todos, por favor, que pasa el rey. Y de pronto, lo escupe, como si lo hubiera estado pensando desde hace ya rato, pero duda al principio. Entre abre levemente la boca, y se detiene por segundo y medio: dudas un instante, cosa rara, ya que en tus atropellos siempre la acabas cagando y dices cosas más bien insensatas. Carencia de madurez, supongo.
Abre la boca, y dice que le gustan los hombres de cierta raza que hay sobre la faz en la tierra, extranjeros al nuevo continente: los hombres bárbaros. O en todo caso, lo que le han hecho creer. ¿Alguna vez te has metido con uno de ellos? Esa imitación barata no cuenta, a quien conociste en Aruba. Dices que te gustan. ¡Ah!, claro. Y te digo que es un prejucio: estereotipo. Crece y piensa un poco más, por favor. Me ignoras. Pero entiende que esos son mis gustos. Orgullosa de sus prejuicios, a la que ella llama gustos. Y le gustan los hombres fuertes, machos, bíceps poderosos, y demás. Y otra caracteristica que ya he olvidado: la que estaba de moda en este instante. Moda, estereotipo, la publicidad la vuelve definición de belleza. Mierda, que se lleve el puto diablo a todos los putos publicistas de la televisión, hijos de la chingada que crean segregación.
Y te digo: son prejuicios. Son gustos, me replicas.
Y, momentos después, apenas unas vueltas ha dado la manecilla más larga, y me preguntas si he leído a tal o cual, fulano escritor latinoamericano. No me gustan los autores de América latina mucho, y lo sabes, ¿para qué lo preguntas? No, no lo he leído. ¿Que porqué no lo leo? No me interesa, tía, esos textos se me hacen muy simples, no porque sean simples, sino, porque, no me entretienen. Espera, no me expresé bien. Qué importa. No quiero leerlo, me da flojera: ya leí a algunos de su generación y me morí de aburrimiento. Mejor leo otras cosas.
No tratas de persuadirme amablemente, no hay palabras de: porqué no lo intentas con esta obra, creo que es muy buena, o tiene un estilo interesante. ¡No! solamente merezco tus regaños. Es que eres un tonto, me dices. Qué importa, digo. Eres un maldito prejuicioso, ¿porque esta estúpida idea de que los escritores de américa latina no son buenos? Es una estupidez total leer solamente a autores de Europa. Mi gusto, vieja cabrona, y lo respetas. Con todo respeto, que esos autores tuyos chinguen a su madre: bola de pendejos del boom (no, no ese bom, sino otro boom que nunca fue un verdadero boom pero fue llamado boom). De verdad, que chinguen a su madre: nada personal contra ellos, simplemente, no me gusta. Oye, ya leí a Carlos Fuentes, Benedetti, García Márquez, y quizás lea a Octavio Paz, y a un par más de mi patria, pero es todo. No, ese autor no me interesa.
Prejuicios dices que llenan mi cabeza. Prejuicios estúpidos, osas llamarles.
¿No te das cuenta quecon injusticia obras al llamar a tus prejuicios gustos, y a mis gustos, prejuicios?
domingo, diciembre 30, 2007
Nuestro interés primordial, Señor Humbird, no es que las alumnas de esta escuela
sean ratas de biblioteca. Lo que nos preocupa es la integración de la niña en el
grupo social al que pertenece. La etiqueta de las fiestas significa tanto para
ella como, por ejemplo, los negocios, el éxito en los negocios, significan para
usted.
Bueno, aunque nuestras escuelas hoy día, incluso las más fresas de la ciudad -en nuestra siempre mochas ciudad de Puebla-, no se ha llegado hasta este grado de educación, creo que no sería demasiado osado afirmar que hemos llegado al grado en que la autoridad moral -que no es otra, para la gran masa, que los siempre vulgares medios de comunicación, con sus novelas rosas y amarillos noticieros-, es la que juega este papel de educar a la gente en el arte de la integración de los niños, o mejor dicho, en la promoción para que sean estos nimiedades las que rigan la vida suya, y sea a su vez el motor del consumismo a costa de una alta fragmentación social.
Amén.
miércoles, diciembre 26, 2007
A veces quisiera

A veces quisiera fallar a mi palabra. A veces quisiera no cumplir mis promesas. Y otras veces también quisiera -¡cómo lo quisiera!- poder dejar de hacer lo que comúnmente se considera normal, lo más adecuado.
A veces quisiera poder romper esas cadenas, que llevan por nombre sentido común, opinión pública, conciencia social. A veces quisiera, aunque fuera por un sólo instante, muy pequeño, poder hacer lo que realmente quiero, lo que pienso que necesito, lo que con tantas fuerzas añoro, no importando si se me acusa de loco, tonto, o insensato.
Y es que, tantas cosas deseo, y son tantas cosas que están prohibidas de hacer -no estrictamente prohibidas, sino ampliamente criticadas por una, muchas veces, hipócrita moral colectiva-, que a veces siento que me asfixio, que de infelicidad e insatisfacción se llena mi pecho.
Pero, sobre todo, quisiera, sinceramente, poder tomar mi teléfono, y llamar a las personas con las que me he alguna vez disgustado, y poder irlas a visitar, poder sonreírles, y pedirles una disculpa, y quizás dejar que ellos, si así lo sienten, me pidan una a su vez, y poder estar con ellas nuevamente, después de tanto tiempo separadas, en que su ausencia ha colmado de tristeza mi vida.
Si tan solo pudiera levantar el teléfono, y hacer lo que realmente deseo, no solamente dejando de lado el orgullo, sino, también, dejando de pensar en las consecuencias que puede ello llevar, simplemente, porque la esperanza de una reconciliación parece no querer irse de mí.
Si tan sólo pudiera llamarles. Si tan sólo pudiera decirles 'Hola, perdón'.
miércoles, diciembre 12, 2007
Todavía hay cosas que guardo
¿Para qué diablos guardarlas, si únicamente me llenan de tristeza? ¿Para qué tenerlas a la mano, si en su momento, todo lo que obtuve de ellas fue, en el mejor de los casos, un grosero desdén, y en el peor, un juego infantil? ¿Para qué tener la posibilidad de guardar, más allá de mi memoria, las palabras que en un momento dado, salieron de mi mano y mi corazón, y que obtuvieron prosaicas respuestas? ¿Para qué guardar recuerdos de hechos que no merecen ni siquiera ser nombrados? ¿Para qué intentar no olvidarme de esos nombres suyos, cuando ellas seguramente han olvidado el mío? ¿Para qué tratar de guardar sus sonrisas en mi mente, cuando lo último que vi de ellas estaba lejos de hacerme feliz?
No sé porqué, pero sé que me niego a destruir esos recuerdos. Después, pasado cierto tiempo, cuando no solamente la decisión de olvidarlas, sino el verdadero olvido se hace presente en mi vida, es cuando finalmente puedo despojarme de esas cartas y de esos recuerdos. A veces, a veces. A veces, si tan sólo no deciden imprudentemente volver a mi vida.
jueves, noviembre 01, 2007
Recuerdo que regresa y se va
Y su recuerdo viene a mi mente.
Yo sé que me prometí no recordar, no reflexionar, ni siquiera que su imagen estuviera por un segundo en mi mente. Yo, más bien, deseaba con gran ímpetu poder deshacerme durante un par de días de ese recuerdo, para que, al final de esos días pocos, pudiera tomar una buena decisión.
Pero parece que mi ser no quiere que el recuerdo se vaya. He tratado durante el día de poner mi mente en otras tantas cosas, y sin embargo, aquel pensamiento regresa a mi, de cuando en cuando, por instantes, como brillos poderosos pero efímeros en mi cerebro. De pronto me encuentro, sin darme cuenta, entre ideas que claramente quieren llevarme de la mano a pensar en aquello.
Y yo sé que no tiene el menor caso pensar en esa idea, cuando quien origina la idea no está a mi lado. No por ahora. Y es por ello que me trato de convencer con todas mi fuerzas de que tratar de preveer lo que pueda pasar no tiene el menor sentido.
Y sigo tratando, y sigo tratando, y sigo tratando.
sábado, octubre 27, 2007
El reloj
Y muevo mis ojos por la habitación, tratando de perderme en un millón de cosas. Siempre en un millón de cosas. Trato de que mi mente me mantenga alejado de un pensamiento que me resulta funesto, mientras el tiempo parece avanzar demasiado lento.
Quiero que avance lentamente, porque quisiera tener más tiempo en mí una leve esperanza. Porque, en cuanto acabe el día, y con el día, pronto, una semana, la esperanza será cada día más pequeña.
Y sin embargo, sé que el que haya o no esperanza, el que sea fundada o no, está decido ya, desde hace mucho. Pero como yo no lo sé, me gusta imaginarme que todavía no está decidida, que quizás me resulta favorecedora la vida.
Me guardo mi tristeza
No exponerla a la luz pública, ni siquiera a los ojos de mis amigos. La guardaré para que no la vean, para que no la toquen, para que no se espanten con ella. La guardaré, no para mí, no porque sea egoísta y me la quiera guardar toda para mí - pues, a final de cuentas, no soy un mártir como para guardarme un dolor para mí solo, y sentirme a través de ello llevado a la perfección.
Sólo sé que la guardaré con recelo, lejos incluso, de mis amigos.
La guardaré, la esconderé, hasta el día en que deje de existir, hasta el día en que muera, hasta el día hasta que se extinga. La esconderé hoy, aunque arda como un fuego fatuo, aunque grite, gima, y lance terribles alaridos. Me la guardaré en el pecho aunque me destroce el alma, y la mantendré quieta con los lazos de mi voluntad.
Porque allí es en donde debe ser guardada, en donde nadie pueda verla, en donde nadie pueda reírse de ella.
La guardaré, y si alguien pasa por enfrente de mí, y ve en mi rostro restos de esa terrible tristeza, lo negaré todo. "Nada ha pasado", diré. Y que nada ha pasado pensaré. Me engañaré, hasta el día en que muera mi tristeza. No quiero lástimas, ni conmiseraciones hipócritas, ni palabras de apoyo de personas a las que francamente no les interesa conocerla - suficiente tienen con sus propias cuitas.