sábado, junio 20, 2009

La noche en que Andrea despertó sobresaltada y tuvo que ir al baño a vomitar su alma (1)

Andrea observó en el espejo el reflejo del cuerpo desnudo de Armando, que yacía boca abajo, sobre las sábanas blancas. Dormía. Dormía con su cabello negro despeinado, con el sudor seco en su pecho impregnado. Exhausto. Y ahora tranquilo como un bebé. Ese cuerpo que se estuvo restregando contra el suyo hasta el cansancio aquella noche, tantas veces apreciado en la leve oscuridad de tantas otras ocasiones, allí, tendido, le llenaba de repulsión de pronto.

Sintió nuevamente náuseas, y nuevamente vomitó. Sintió que nuevas lágrimas salían expulsadas de sus ojos como violento reflejo del vómito. Y sintió, nuevamente, cómo el fluido amargo era fuertemente expulsado por su nariz. Y luego, tras limpiarse la boca, los ojos, y dejar que el agua del inodoro del hotel se llevara lo que se tenía que llevar, respiró con un poco de tranquilidad.

Caminó con cuidado hacia la cama, desnuda, solamente con el brasier blanco y las bragas blancas -haciendo conjunto-, que se puso tras hacer el amor tres veces con Armando, porque no le gustaba dormir sin ropa interior. Recogió, junto a la cama, el pantalón de mezclilla azul que había sido arrojado con furor cuando Armando la desvestía, horas antes, sediento y hambriento de su cuerpo. Y después se puso la blusa negra de tirantes de la que se despojó cuando ya no cabían más besos de él en su boca. Finalmente se puso unos tenis que sacó con cuidado de su maleta, y a punto de dejar la habitación, aunque no quería ver el cuerpo de su novio, no pudo dejar de escuchar el sonido acompasado de sus ronquidos profusos.

Salió casi despavorida del hotel, cruzando por enfrente de la recepción con pasos alargados, esperando que nadie la viera ni le preguntara nada, con su cola de caballo al aire, huyendo de todo. Y al poner su pie derecho en la banqueta, fuera, y al sentir el primer soplo leve de la brisa marítima que le daba en el rostro, se sintió un tanto más aliviada. Vio hacia ambos lados de la calle, y aunque notó que el silencio allí reinaba, comenzó a caminar, sin preocuparse demasiado por lo que pudiera pasar.

Y así, con el cuerpo trémulo, con la mirada baja, sintiendo nuévamente náuseas, llegó hasta el mar, del que no estaba demasiado lejos. Y allí, vio la inmensidad, la oscuridad, el leve murmullo de las olas, y se sentó en la arena, suspirando.

Confundida, llena de una desagradable sorpresa. Había sido tomada, desprevenida, al despertar en medio de la noche, por un sentimiento terrible que le llenó de dolor el estómago, de desencanto, de repulsión contra Armando, y también contra sí misma. Se vio desnuda ante una dolorosa verdad. Y vio, por primera vez desde hace mucho tiempo, las cosas con mayor claridad. Con dolorosa claridad. Y cuando todo este huracán de emociones se estrelló contra la bahía de su cuerpo y alma, había corrido hacia el baño, vomitando tres ocasiones de manera terrible.

Pero ahora, allí, sola, en la arena, debajo de la noche, en medio de la madrugada, con las primeras luces a punto de salir, podía desahogarse finalmente, en su soledad.

jueves, febrero 26, 2009

Encuentro ocasional

Alguna vez me la encuentro por la calle, y al verla, cuando sonrío y ella me sonríe, cuando nos abrazamos tras tantos años de larga y constante separación, no podemos sino reír del pasado.

Nos sentamos en la banca de un café cualquiera. Ella con ropa negra, llevando zapatos deportivos, y ya no usa lentes. Sonríe más que nunca, y se nota que la madurez alcanzó su pecho. Escucha con atención, y se nota la energía inmensa en su rostro.

Y ella me dice que he cambiado. Que mi mente ha dejado de vagar en el limbo de lo irrealizable, de lo exagerado, de lo infantil. Al mismo tiempo, sin embargo, me he vuelto más complejo. Quizás todavía un poco necio como en el pasado, me dice, y le creo por completo. Soñador, sí, todavía, pero ya no de manera absurda -o de manera menos absurda en todo caso-.

Ella me platica sobre su vida, sobre sus viajes, sobre su último gran amor, ahora lejos, en el mismo continente, pero en el otro extremo del mundo. Le quiere, le extraña, mas la distancia les separó tras haber estado juntos por años enteros. Ahora sale con tipos interesantes: escritores, publicistas, comunicadores. Pero no es lo mismo, con el amor no cicatrizado, bohemio, alejado de la pose de lo artístico, de lo falso, de lo plástico.

Y yo le cuento sobre mi vida, sobre mis viajes, sobre mi trabajo, y por esa terrible e insidiosa fascinación -ella lo sabe- por buscarme problemas, por tener tanta facilidad en fastidiarme la vida eligiendo los caminos incorrectos en el diario vivir. Me aconseja con pronunciado acento que deje eso, que rompa mi patrón, que deje de buscar esas formas de placer-sufrimiento. Y cuando escucha mi penúltima aventura, estupefacta, me dice que ese es el colmo de los males. Sin embargo, la tranquiliza que mi última no sea de esa forma, tan baja ni terrible.

Y nos despedimos al encontrarnos por mera casualidad, cuando ella me pensaba en otro país al norte, y yo a ella en otro del sur. Nos despedimos tras años separados, quizás para separarnos de nuevo. Sí, estaremos en contacto. Sí, nos escribiremos para contarnos las cosas más tontas, las decisiones más bobas. Y le doy un beso en la frente, como el beso que quise darle hace algunos años, cuando mi inexperiencia y la suya nos sumieron en la amargura a ambos. Y ella sonríe, y veo un dejo de nostalgia en su rostro, en su mirada, en su sonrisa. Pero esa nostalgia es momentánea, no permanente, como antes.

Y nos despedimos, como nos encontramos, ¿por cuánto tiempo? No sé. Sólo espero seguir sus consejos.

miércoles, febrero 25, 2009

Aclaración

En días pasados, un acontecimiento más bien lamentable he llegado a mi persona, cuando me he enterado que algunas personas han tomado algunos de mis textos como cosas reales, desconociendo que los cuentos no son más que eso: cuentos. Son meras historias que se nos ocurren a quienes, incluso sin ser escritores, y que nada tienen que ver con la realidad.

Quien escribe una historia sobre asesinato, no es por ello alguien con deseos de matar, un asesino en potencia. Quien escribe una historia de amor, no es por ello, necesariamente, amado. Quien escribe una historia de ciencia ficción, no es una persona que tiene, de manera enfermiza, ideas totalmente fuera de la realidad.

Estas personas, pensando que lo que en su momento fue inspiración -e inspiración de un momento hace largo tiempo, y además, de uno muy triste, y casi diría terrible-, piensan ahora que en realidad es una forma de quejarme ante el mundo de ellos, revelando su intimidad, han esparcido rumores sobre mi personas, y además, mentiras y acusaciones sobre mí.

Es por ello, por el hecho de que no pueden entender que ellos no son más que la inspiración, que no lo que escribo sobre 'ellos' no es más que producto de mi imaginación (ya que los personajes que se me ocurrieron ni siquiera con ellos), que he decidido suprimir todas las entradas que mostraban historias que me surgieron a raíz de ellos (solamente espero que no tengan la grave locura de pensar, de momento, que todas las entradas pertenecen a su historia).

Lo hago, incluso cuando sé que no es un crimen ni mucho menos -un ejemplo de un verdadero crimen sería haber mostrado sus nombres reales, quizás a veces con otros datos adicionales, que pudieran hacer que conocidos en común leyeran estas historias-, quiero evitarme cualquier clase de chisme sobre mi persona, como los que ya han hecho correr, tan lejos de mí, colocándome como un loco, insensato, y demás.

Y para mis amigos de B (en el país de C1), y para mis amigos de P (en el país de C2), por favor, les pido dejen de leer este blog, pues aunque bien me abstendré de escribir sobre su pequeña historia, no quiero que puedan pensar, en un momento futuro que hago alusión a ustedes.

Y a mi amigo de B, en el país de C1, le digo: oh amigo mío, querído desconocido, te honro y agradezco la atención de leerme en tus muchos ratos libres que tenías en tu trabajo, según parece, pues hubiera pensado que eras tú el que menos vendría a honrarme con su lectura. Te lo agradezco mientras haya durado, y espero que mis textos, aunque muy imperfectos, te hayan mostrado una forma de diversión alejada al mundo de los números en el que te desenvuelves.

lunes, febrero 16, 2009

Con lágrimas en los ojos se despertó a la mitad de la madrugada

Sentado al borde de la cama, a las tres o cuatro de la madrugada se despertó de pronto, sobre saltado. No sabía qué había soñado, pero debió haber sido muy triste, pues sus ojos estaban húmedos, llenos de llanto. Y gimió levemente sin saber todavía porqué, aún no del todo recuperado del sueño.

Gimió después, de manera más suave cada vez, otras tres ocasiones. Se limpió los ojos, y se quedó allí, anclado a la cama, como una estatua, quieto, apenas respirando. Y se dio cuenta de que la pesadumbre dominaba su pecho. ¿Qué cosa era la que había, pues, soñado? ¿Qué terrible, triste o deprimente pesadilla había arrasado su ánimo mientras descansaba en la oscuridad de la noche?

Se limpió los ojos cuando notó que una lágrima escapaba, sin su permiso, del ojo derecho, deteniéndola mientras recorría suavamente su mejilla todavía cálida por las cobijas. Quiso levantarse y no pudo. Quiso echarse a la cama, y no pudo. Sólo pudo, en cambio, cerrar los ojos del cuerpo, y abrir los del alma, cuando el sueño le revelaba que un ciclo de su vida había llegado por fin a su término. Él sabía que debiera ser más bien motivo de alegría, de tranquilidad, cuando un luto llega a su fin, cuando la tormenta ha cedido a la luz del sol, cuando las nubes se apartaron para dejarle acariciciar la ciudad.

Él había comenzado a soñar a Marcela después de dos semanas de separarse de ella, cuando, precisamente, comenzaba a pensar que era raro que no sintiera pena por su partida. Y noche a noche, sin quererlo, sin desearlo, y después odiándolo, destestándolo, siendo regresiones diarias de su dolor, tuvo que vivir con ello. Y siempre viendo a Marcela en distintos papeles, en distintos lugares, en distintas situaciones.

La primera semana la soñó regresando a él, hundiéndose en su pecho, sollozando de felicidad por regresar a casa, renunciado a todo por él. Y en esa semana, al despertar, pobre de él, que veía con terrible amargura que ella no estaba a su lado, que estaba tan cerca pero tan lejos, pero jamás a su lado, nunca regresando a él.

La segunda semana soñaba que ella estaba con otro hombre, que se iba con él caminando debajo de la luna, con la calle iluminada por los faroles en un principio de primavera. O a veces la vía caminando, sonriendo del brazo de otro hombre, cuya rostro no veía, mientras la lluvia les mojaba a ambos, que simplemente, se sonreían el uno al otro. Y otras veces las soñaba en un café, o encontrándoselos en el cine, o en la calle en un domingo cualquiera. El despertar le traía una amargura, porque la realidad no distaba demasiado de sus sueños, de sus pesadillas. Despertaba dolido, herido, envidioso, a veces fuera de sí.

La tercera semana la pasó entre gritos apagados a mitad de la noche, al verla desnuda, siendo poseída por él, o a veces simplemente besándose delicadamente en un jardín de mediodía. Otras veces simplemente soñaba que era un árbol que, desde afuera de una casa, a través de una enorme ventana, veía cómo se acurrucaban juntos en el sofá, mientras él la besaba en la mejilla, en la frente, y en los labios. Y enojado se paseaba por la ciudad durante las horas diurnas, con el semblante serio, apagado, con el ceño fruncido.

La cuarta semana soñó con ella, así, sin compañía, caminando en la calle pensativa, a veces viendo su propio reflejo en los cristales del metro, y otras tantas leyendo, sentada en su cama, con la pijama puesta. Ella no parecía demasiado feliz, pero tampoco triste. Simplemente estaba tranquila.

Y las demás semanas, ¡ah! ¿Alguien las recordaba, por ventura? Eran retazos, sueños incompletos mezclados con delirios, con pesadillas, con mentiras, por todo lo que él se había, sin querer, reprimido ante el abandono de ella. Todo lo que pensaba, pero que se callaba, que evitaba pensar, sus miedos, sus dudas, sus preguntas, y todo se veía allí revuelto, en colores por momentos oscuros, por momentos claros, a veces de noche, a veces de día. A veces la veía sonriendo, a veces enojada con él, y otras tantas, tantas, simplemente viéndole indiferentemente al pasar por enfrente de él, en un parque, sola o acompañada.

Y, terrible cosa, hubo instantes en los que él pensaba que los sueños eran las marcas del destino, del futuro, de lo que pasaría. A veces le parecía que eran las posibilidades que se abrían en el tiempo, en la vida, en el mundo. Y a través de esos traicioneros sueños, como si fueran un reparto de canciones, a veces renacía en él la esperanza; a veces, en cambio, se veía ahogado por la negatividad; a veces, por la resignación, que le llenaba de un vacío insoportable. Otras tantas vino a tocar a su puerta el orgullo, y otras tantas el dolor, o la desesperanza.

Y, finalmente, llegó el hartazgo, al notar que había soñado con ella, sin quererlo, sin desearlo, detestándolo desde lo más profundo de su ser, el doble de noches de las que la había tenido con él, y que, también, según decían las malas lenguas, en todo este tiempo, el doble del que estuvo con él, había ya pasado con aquel otro nuevo amor. Y se sentía frustrado, recordando un pasado muerto, extinto, reviviendo fotos rotas, recuerdos amargos, esperanzas ahogadas, muertas, apagadas.

Y esa noche, que era más bien madrugada, se convertía en un leve instante en amanecer, y se dio cuenta, todavía con los ojos humedecidos, con el pelo alborotado, con la espalda encorvada, con un sentimiento de tristeza, que era la primera noche en mucho, mucho tiempo, en que no soñaba a Marcela. Había soñado, sí, pero había soñado con sí mismo, como no pasaba hace tantos años. Y en esa breve noche tuvo dos sueños, pero en ambos estaba él, allí, como era, sin ser tristes, ni alegres, sino así, como la vida es, ni completamente triste, ni completamente feliz.

A pesar de todo, había llorado mientras dormía. Y se sentía triste, melancólico. ¿Porque, entonces, se plantaban de esa forma estos sentimientos en su espíritu? Quizás por que Marcela, o mejor dicho, el fantasma de ella -que no era cosa que una mezcla de ilusiones, de desilusiones, de sueños, de desencantos, de frustraciones, de recuerdos buenos y no tan buenos-, había finalmente dejado su pecho. Y lloraba al despedirse, finalmente, no de ella, sino de ese fantasma.

A todo esto, ¿qué haría en ese momento Marcela? Quizás estaría durmiendo tranquilamente, abrazada por su esposo o novio. Quizás estuviera ya despierta, preparándose para llegar temprano al trabajo. O tal vez ya se hallaba despierta, o ya se hallaba a punto de dormirse, en un horario distinto, en alguna ciudad lejana. Quizás durmiendo sola. QUizás triste, o quizás alegre. Y él pudo, finalmente, sonreír, porque esas lágrimas que se le escaparon al alma mientras dormía, eran las últimas para ella, las que habían marcado su despedida para siempre de él. ¿Marcela entonces? Que Marcela esté bien, y eso era suficiente como un mero deseo lanzado al mar o al cielo, desapareciendo en el olvido apenas haber sido pronunciado.

Pero, que te vaya bien, Marcela.

viernes, febrero 06, 2009

Cuando las horas se alargan (V)

Vergüenza.

Hoy me averguenzo de dos cosas que en otros tiempos me podrían haber parecido de lo más bajo e insignificante. Pero la vida da vueltas, y es por ello que ahora hacen que mi sea mi alma, más que mi persona, la que esconda el rostro apenado cuando recuerdo esas dos tristes realidades que azotan mi ser.

La primera es del pesar que, a pesar de todo, reprimí como un ser insensible, o acaso como un ser que no necesito de las emociones, ni se deja corroer por ellas. Un ser frío, al que no le importaba que la vida no le fuera, en un leve instante, benéfica. Escondía -como bien dice el dicho- yo mi dolor, y solamente a algunos amigos se los compartí. Y mientras tanto, me aparecía ante el mundo con una máscara de alegría, hipócritamente, sintiendo que si me mostraba tal como me sentía, me ganaría el desdén de las otras personas. Y no es que sean insensibles o tengan prejuicios contra el pesar, sino que, cobardes como somos todos, huyen como yo quizás también huiría del dolor, con pánico, con miedo, sin querer contagiarse por él.

Y la segunda cosa de la que me averguenzo, es de haber perdido totalmente el control sobre mí, sobre mi persona, sobre mis deseos, sobre mis necesidades y sueños. Me vi dominado por un ansia irrefrenable de un ideal que ahora juzgo bajo, vil y vano, deseando por encima de todas las cosas dominarlo, tenerlo para mí. Rompí mi control, y mi persona se vio envuelta en una pasión maligna que desbocó todo lo malo que hay en mí. No pudo venir la razón en mi ayuda, ni mi lógica pudo detener este terrible avanzar de la locura.

Y por un instante siento más remordimiento sobre esa pasión que me dominó de manera tan absurda y estúpida, por que mi ideal, al igual que yo, estaba inundado, a su vez, de una carencia de control tan inmensa, y en realidad, mucho más inmensa que la mía, que debí de haberme visto a través de su situación, como una persona que había dejado de actuar razonablemente en lo absoluto, creyendo en realidades inexistentes, como sediento de meros sueños irrealizables, poniendo mi vida al borde de la locura por una estupidez que seguí como una religión.

Hoy, que veo que el dolor ha pasado, y que no necesito máscaras con los cobardes que tienen miedo del dolor; y ahora, en que veo que mi persona ha sido arrasada, en más de una manera, por esa obsesión tan vana, solamente puedo ver que cosas buenas deben de salir de ello. Por momentos pienso, no sé sin con razón o no, que haber pasado por esa experiencia me ha hecho poder ver algunas cosas de manera más clara, por ruines, vacuas, o insignificantes que sean, lejos de la gloria que, no sé en qué momento, les impregne en mis sueños.

jueves, febrero 05, 2009

Cuando las horas se alargan (IV)

Recuerdo.

Solo en otra ciudad, caminando entre desconocidos, comiendo con desconocidos, y riendo con desconocidos gastaba algunos días alejado de mi ciudad. Dos o tres días, apenas. Y me iba con el alma aconjogada, preocupada.

Había vislumbrado que me habían mentido. Y así, entre la resignación de la mentira, y el querer pensar que todo era un error, mi mente erraba en ese viaje, en la mañana cálida, entre el ruido de los coches del mediodía, en la tarde que caía llenando todo de oscuridad.

Y pensé que todo podía ser resuelto. Por supuesto, todo se aclararía. Pensaba que todo tenía solución. Y de esta forma gasté un día perdido en una ciudad en la que estaba solo, entre en el ruido de las gallinas, de las aves tropicales. Y al llegar la noche, salí a caminar, pensando siempre en aquello que me desesperaba y me llenaba de alegría a un mismo tiempo. Salí, y caminé, aferrándome a ese ideal, entre emociones antagónicas.

Y feliz regresé, tonto, a mi ciudad, en donde no sólo me esperaban mis amigos, sino, también, ese ideal, aunque realmente estuviera a kilómetros de distancia. Y me moría por huir a él, por perderme en ese ideal, por escucharle, por verle, por abandonarme en aquello que tanto adoraba. Porque ya no iba a estar solo, como un día antes, en la oscuridad de mi alma.

Y al llegar la fuente de mis alegrías, tristezas e ilusiones, estalló lo que tanto temía: desídia. La amargura impregnaba su canto, la indiferencia pintaba su alma. Fue poca la amabilidad que sobre mí virtió, cuando antes lo hacía siempre, sin faltar. Parecía tener prisa, prisa, prisa. ¿Prisa por hacer qué cosa?

La confesión terrible, lamentable, demente, exasperante resonó de manera horrible en mi alma, dejándole muerta, de pie, con el cuchillo clavado en el corazón, impactada, anonadada. Esa soledad que pasé un día antes había sido todo lo que yo no quería, qye ahora se convertía en mi futuro: soledad, preguntas, miedo, oscuridad.

Hasta el día de hoy sigo sin comprender, sin entender. Quizás nunca lo haga. Pero el recuerdo sigue allí, allí, clavado en mí, sin que pueda moverle.

viernes, enero 16, 2009

Cuando las horas se alargan (III)

Día 9.

Resignación.

Resignación cuando veo tus fotos en mi memoria, y escucho tu voz grave resonar en mi mente. Resignación cuando recuerdo tu sonrisa, tus burlas, tus inseguridades y prejuicios. Resignación cuando sé que te hallas lejos de mí, tan cerca de la locura, tan cerca del caos.

Resignación en mi dolor, cuando te imagino, sin que yo pueda evitarlo -oh, querida y maldita mente que no te controlo, caballo desbocado- desnuda, sudando, gimiendo, francamente, mientras él te hace suya. Tú gritas, él grita, y yo, en mis adentros, también grito. Pero nuestros gritos nacen de emociones diferentes, ¿no?.

Resignación cuando me imagino cómo gastas las horas en estos días. Apenas ha pasado poco más de una semana. Poco más. Este tiempo avanza tan lenta, lenta, lentamente. Y a ti, quizás te rinda más, y a mi, me tortura también más.

Resignación cuando, siguiendo las instrucciones de mi psicóloga, uso un ardid para no pensarte desnuda y gimiendo y gozando. Resignación cuando, producto de ese ardid, te dejo de evocar, y entonces me lleno de molestia, o de coraje, o de cansancio, o de tristeza, o de melancolía. Si me enojo, me aguanto. Si me da melancolía, escucho canciones tristes. Y si me entristezco o me siento cansado, duermo largas siestas.

Resignación cuando ya no hay nada que perder. En realidad, nunca hubo cosa que perder. Resignación cuando estás lejos, resignación cuando estás cerca de mí, al mismo tiempo (te alejan de mí dos o tres semanas). Resignación cuando mi estabilidad emocional se interpone entre nosotros. Resignación cuando sé que no me convienes, y resignación cuando sé que no me lo puedo creer, por obvio que sea para todos, menos para mí.

Resignación que llega, después de tantas semanas. Resignación en mi dolor, en mi olvido. Resignación en mi resignación.

Y resignado, cuando siento que casi te he olvidado, que casi te he superado, me doy cuenta de que...

Te extraño.

sábado, enero 10, 2009

Cuando las horas se alargan (2)

Mi tercer día.

A veces uno quisiera poder vivir sin saber algunas cosas, incluso cuando, en general, el saber es una bendición, una libertad. Porque, a pesar de que a través del conocimiento se alcanzan formas más complejas y completas formas de ver el mundo, resultan ciertas verdades profundamente dolorosas en nuestros pechos.

Y entonces viene a nosotros, volando, como un efluvio, la mentira, el ocultamiento de las verdades, le negación de lo evidente, para que así, de esa forma quizás aparentemente tan infantil, puedo uno escapar a una realidad menos trágica y dolorosa. Trucos de la vida, trucos de la mente, mentiras que nos creemos, que se creen los demás, que se creen todos, y que se nos revelan contra nosotros, sin embargo, en los sueños que se convierten en pesadillas. Simulaciones de realidad inexistentes que nos salvan de una terrible congoja, de una realidad que nos ahoga. Y en todo ello, a veces solamente engañamos a los demás, y otras tantas fingimos engañarnos a nosotros mismos; mas, qué terrible resulta cuando, a veces, ignoramos en nuestro arranques pasionales, tan irracionales a veces, que esa mentira también nosotros, sin advertirlo, nos la hemos creído, juzgándola como verdad absoluta.

Yo quisiera, en caso particular, que una de esas hermosas y tan brillantes mentiras viniera a mi mente, a mis sueños, en las noches, en los días, en esos instante perdidos en tantas horas, para que yo mismo sea engañado, sin saberlo. Dormir pensando en una realidad de plástico, en una realidad incompleta, en una realidad benigna, sin que un millón de pensamientos funestos, como abejas iracundas, me ataquen el ánimo, llenándome con sus picadas de dolor, de ansiedad, de frustración, de tristeza, de ira, de cólera, de desesperación, que me arrancan a la fuerza las pocas lágrimas que aún me quedan. Ser inmune a su horrible veneno, que me devora, que me asfixia, de noche, de día, en mis pesadillas, en mis horas de negatividad, en mis horas tristes.

Yo quisiera atrapar una de esas mentiras tan preciosas, como una mariposa que se atrapa con la mano, violentamente, en un instante, y atraparla en mí, sabiéndolo sin saber, y permanecer con mis ojos vendados, con mis oídos sordos, y con el espíritu en calma dormido, sin tener instante alguno para sumergirme en esas ensoñaciones que me trae la vida con gran pesar, que me arrojan lejos de aquí, no al ahora, sino a un lugar lejano, de tantos kilómetros separado, cuya sola visión me destruye por dentro.

Atraparla, atraparla, atraparla, y por esa mentira, que mi alma fuera devorada.

jueves, enero 08, 2009

Cuando las horas de la noche se alargan (I)

Yo quisiera, pues, de una vez, en una larga jornada, que abarque muchos días y sobre todo, largas e interminables noches, expresar todo lo que guardo en el baúl de mi alma, y que he escondido allí por algunos días, semanas, meses.

Quisiera hacer de él un imperfecto canto, o una serie de ideas al viento, de pensamientos sin sentido que, quizás al unirse en tropel, puedan dar un significado una vez siendo un todo. Un rompecabezas, un jarrón roto cuyas piezas han sido desperdigadas a lo largo de camino, pistas que ha dejado un hada madrina.

Cantar hoy, en estos días, que para mí son noches, en una larga jornada, que apenas empieza hoy, que varios días y varias noches durará, quizás posponiéndose, y espero que no, hasta la eternidad. Cantar de mis amores, de mis fracasos, de mi despecho, de mi desilusión, de mis cuitas, del corazón. Cantar de mis alegrías, de mis esperanzas, de mis sueños, y de mi vida diaria. ¿Qué importa si al final qué expreso sino una serie de cosas cotidianas sin beneficio?

Yo sólo quiero levantar la voz, y al levantarla, quiero enjugar mis lágrimas, que mi alegría se esparsa; que mi mente vuele, que el recuerde se despedace; que el futuro se apresure, que el pasado se aleje; que en mi pecho no quede rastro alguno de emociones que no me pertenecen.

Un canto, pues, que dure por varios días, por varias noches, por algunas semanas, y se apague en él toda mi inquietud - hecha esté de alegrías, o de dolores, o de sueños rotos, o de sátiras cotidianas, o de sin sabores divertidos, o de felicidad amarga.

Ideal ideal

He de aceptar mi culpa, al decir que soy una persona que ha hecho del verbo "idealizar" su pan de cada día. Y este exceso, este abuso, ha tenido un costo muy alto para mi persona, al dar tonos de grandeza a personas que no lo merecen, o tratanto de colocar un brillo de perfección en ellas. A veces se logra ignorando o disumulando sus imperfecciones, y a veces, lo acepto, llevando el contexto a un nivel totalmente fuera de la realidad.

Y sin embargo, me gustaría imaginarte ese ideal tan profundo, que no puedo siquiera imaginar o comprender, que se anida en alguna profunda caverna del inconsciente de una chica a la que alguna quise con mucho furor. Me gustaría poder imaginarme esos tonos, esas formas elevadas a un rango muy por encima de la perfección, más allá de lo increíble, más bello que lo bello, más divino que lo divino.

Quisiera poder, una vez, por un instante, ponerme en su lugar, y tratar de entender qué pasa por su mente, cuando ha elevado a un rango superlativo un ideal, un sueño, una ilusión, haciendo de ella su motivación para vivir, el pañuelo en el que enjuga sus lágrimas, el amigo que escuche sus confesiones y secretos, y haciendo, en otras palabras, la fuerza motriz de su vida.

Quisiera imaginarme cómo es, cuando se muestra en sus sueños, en que la mera presencia de ese ideal le llena de alegría, de esperanza, por mucho que no alcance a discernirlo claramente, a causa de lo borroso de su imagen. Imaginarme qué formas tan distintas, pero hermosas y dolorosamente irreales, toma forma en esos sueños: quizás a través de divininades eternas, o de amantes de novela, o de pensadores clásicos, o de estrelas de rock legendarias. Quizás podría tomar un día la forma del padre ausente, y otro día la forma del amor jamas olvidado, perdido, tan anhelado.

Me gustaría imaginármelo, desde luego, y verlo, a pesar de todo, en perspectiva, en la irrealidad a la que pertenece, poder ver que es parte de una dimensión que está fuera de la lógica, la razón, e incluso de los sentimientos verdaderos, guardándose solamente en la dimensión de los sueños rotos y falsos. Me gustaría poder ver esa aberración tan maravillosa, tan misteriosa, contradictoria, adictiva, peligrosa.

Y sin embargo, a pesar de querer conocerla, entenderla, sentirla, emocionarme como se emociona ella al pensar en ese falso ideal, llorar de felicidad como llora ella al pensarle, temblar de alegría como tiembla ella al recordarle, y alegrarse como ella se alegra cuando llega a su alma la noche, no quisiera, por nada del mundo, jamás, nunca, ver ese terrible, doloroso, inmenso, y quizás demente amanecer en el que ese ideal se vea revelado tal cual es, tan falso, plástico, falto de espíritu, de esencia, de gracia, de colores, de cualquier verdadero sentimiento. Quisiera no poder ver ese terrible momento en que ese dios, divinidad, amante perfecto, o estrella de rock, esa ilusión, se vea rota, ridiculizada, caricaturizada, llevada a la nada, en medio del dolor de su pérdida, no por algo que se va, que se esfuma, sino por algo que nunca existió, que solamente era un espejimos terrible.

lunes, diciembre 29, 2008

Quisiera ser libre de tu recuerdo

Hoy, finalmente, al llegar la noche, con la luna en menguante en el firmamento, solo, en mi recámara, en la penumbra, en el silencio, he recordado lo que he pasado por ti, como lo he pasado, aunque de manera distinta, aunque de manera diferente, con otras chicas, tras una inevitable separación. He recordado, más bien con tristeza, las largas cartas que te escribí hace unos meses; he recordado con vergüenza esos berrinches que tú y yo hicimos; recuerdo ahora ese sentimiento que me hizo vulnerable ante ti, con cierto dolor en el estómago; he recordado esas vanas ilusiones que me cree alrededor de tu persona. He recordado, también, con cierta risa, los supuestos planes futuros -¿vienes a mi? ¿voy a ti?-. He recordado mi tiempo perdido en atenderte, en escucharte, cuando te quejabas de tus ex novios, y me pregunto si me merecía saber con tanto detalle tu pasado, en vez de esperar un presente y futuro.

He recordado, sin embargo, con más pena, con gran dolor, con la mayor vergüenza, con coraje contra mí principalmente, esos ríos de lágrimas que derramé en noches largas, eternas, inmerso en mi soledad; he recordado adolorido aquellas cartas que te escribí, aún incluso si algunas jamás te llegaron, en los que se confundían, paradójicamente, mi dolor y los rescoldos de mi cariño por ti. He recordado, con la misma mezcla de sentimiento, aquellas horas, de día o de noche, en que me llenaba de celos pensar que besarías otros labios, que alguien más tendría tu cuerpo, que alguien más estaría en tus sueños, con tu voz, tu atención, tu tiempo, horas que desperdicié, y en las que no fui feliz. He recordado, finalmente, la terrible ansiedad que me produjo tu ausencia, las ganas casi incontrolables de buscarte día a día, de esperar que recapacitaras, que dejaras de cometer estupideces en tu vida, no por mí, sino por ti.

Y como dije, ahora me averguenzo de haber sido infeliz. No creas que te echo la culpa, no, sino que más bien me culpo a mí, y por eso me siento tan mal, por haberme hecho infeliz, por dejar de haber disfrutado los pequeños instantes de la vida, pensando en ti, dolorosamente, al amanecer, durante el día, en esos pequeños momentos perdidos, y en las noches, antes de dormir.

Lo veo ahora diferente, en que casi me he desprendido de tu recuerdo, de las ansias por tenerte, de ese capricho por mantenerte a mi lado, por esa absurda ilusión de que pudiéramos estar juntos. Ahora, en estos días, en que ya no recurro al recuerdo de tu sonrisa y de tu voz por las mañanas, o en las noches, o en mis tiempos libres, en que he puesto mi mente en otras cosas, quizás más simples, pero más alegres, quisiera, de una vez por todas, arrancar lo poco o no tan poco que queda de ti en mi. Arrancar esas pocas cosas que consideraba buenas, esos momentos efímeros que me representaron alguna vez tanta alegría, y que se convirtieron en eternos al ser producto de mi tristeza. Olvidar esos ojos tuyos, ahora que casi me son indiferentes, y olvidar esa voz tuya, esas palabras tiernas, que cada vez me llegan con menor fuerza al corazón. Olvidar esas palabras tuyas, cuando nos separamos, que me siguen pareciendo tan tontas, en que tratabas de justificarte, de mostrar un falso interés por mí, por mi supuesta felicidad, para que yo fuera feliz, mostrándote, supuestamente, como la victimaria que no quiere serlo, cuando ya lo habías sido al mentirme de manera previa.

Quisiera, así pues, caminar, tranquilamente, un día por aquella ciudad en la que ambos vivimos alguna vez, sin preocuparme si te encuentro sola, o si te encuentro acompañada. Que no me importe, finalmente, tu estado sentimental, y que no albergue esperanzas en mi pecho, o que haya celos en mi corazón al verte con algún otro hombre. Quisiera dejar de recordarte, con cualquier sentimiento de por medio, ni con dolor, ni con tristeza, ni con alegría, ni con melancolía. Quisiera dejar de sonreír o de llorar el pensarte, dejar de preocuparme si un amigo en común me dice que estás deprimida, o que, como es tu costumbre, dejaste que algún bruto te hiriese, que engañara, o te manipulara. Quisiera poder sonreírte, como una mera conocida, si me ves con ojos de ternura, en pos de incrementarte el ego a mi costa, y seguir derecho, sin ponerte atención.

Quisiera poder, también, dejar de poner atención en mi imaginación, cuando te vea, quizás, en otro país, si acaso te fugaras con alguien que conociste apenas, y que decidiste, o pensaste, que era el hombre de tu vida. Y dejar de preocuparme si acaso no puedo detener mi terrible imaginación, que me muestre tu cuerpo desnudo siendo poseído por otro hombre, o simplemente, mostrándome que con inmensa ternura y esperanza besas a algún Romeo. Que no me importe si él te rapta, o te engaña, o de manipula, o te maltrata. Que no me importe si lloras, o si necesitas ayuda, consejo, o un hombre sobre el que puedas llorar. Que no me importe que regreses a tu patria, destrozada, tras algunos años, en que descubras que no era el hombre que tanto esperabas. Que no me importe verte, quizás, de la calle, sola, deprimida, cuando hayas agotado el manantial de tu llano, y pálida, con el espíritu desolado, te hayas perdido en la desesperanza y el odio hacia el mundo.

Porque quiero ser libre, y porque quiero dejar de hacer mi vida alrededor tuyo, como la hube de hacer por algunos meses, sin razón, ni motivo, ni mérito. Porque quiero ser libre, y porque quiero, por una vez en mi vida, alejarme de mujeres como tú, en que tanto me fijo, que tanto añoro, y que gustan, así como tú lo hiciste, de dejarme buscando sueños en el cielo, escapándose con hombres que apenas conocen, con el que tuvieron una noche de placer y creen que eso les representará una eternidad de amor, o cuando confunden en ellos la pasividad con la madurez. Porque quiero que dejen de buscarme, egoístamente, cuando estén tristes y necesiten que alguien les recuerde lo bonita, o tiernas, o inteligentes que supuestamente son. Porque quiero ser libre, y alejarme de mujeres como tú, llamense María, Marta, Magdalena, Manuela, Margarita, Mónica, Dolores o Esperanza, que nada bueno dejan en mi alma.

sábado, diciembre 20, 2008

Exijo una explicación

Tal como ella me lo pidió, me dirigí a la cocina. Y una vez allí, mientras los demás continuaban en la fiesta, se me quedó viendo, mientras fumaba un cigarrillo, nerviosa. Echó un vistazo con cuidado al resto de la concurrencia, y después, levantando las cejas, me vio de manera poderosa, y me dijo: "Exijo una explicación".

Callé y la sorpresa se dibujó en mi rostro. Fruncí el ceño, y levemente ofendido, repliqué: "Explicación, ¿de qué?".

Ella me vio nuevamente, y callando por unos segundos, mostró cierto desconcierto. Movió la cabeza de un lado a otro, agitando su cigarrillo. "Deja de fingir que no lo sabes", dijo finalmente.

Callé ahora yo, mientras la veía y mostraba mi desconcierto a mi vez. "¡Puedes ser más clara? No tengo ni la menor idea de lo que quieres saber. Si no me dices qué demonios pasa, no puedo saberlo", dije, un tanto molesto por su falta de claridad.

"Mi hermana" dijo ella, todavía instalada en su seriedad, posando ahora la mirada distraída en el salón principal. "Tu hermana, ¿qué?" dije esta vez yo. "¿Porqué estás con ella?" dijo ella de pronto, como un reclamo. Y entonces, le eché una mirada consternada. "Porque es una chica muy dulce", contesté, y estaba a punto de dejar la cocina, ante la forma tan tonta en que, según yo, iba la conversación.

Al pasar por enfrente de ella, me tomó por el brazo, con todas sus fuerzas, mostrando que estaba verdaderamente molesta. "Estás con ella como forma de venganza, ¿verdad?", preguntó casi en silencio. "Lucrecia, estás loca. No podría estar con alguien sólo por capricho. Y ultimadamente, venganza de qué". "Demonios, Luis, deja de fingir. Venganza por que te dejé" dijo ella, desesperada, aventando su cigarrillo terminado al bote de la basura.

Me dejó de sujetar por el brazo, y se cruzó de brazos, como si esperara mi explicación. Supuse que ella esperaría una justificación, que ella pudiera, a su vez, rezar a su hermana. Luis no te quiere, solamente te tomó porque me odia por dejarle, así que vio en ti una forma de vengarse de mí. Lucrecia, Lucrecia. ¿Te conozco mal o te conozco demasiado bien?

"María es una niña muy linda, ¿sabes?" dije yo por lo bajo. "Y eso es todo lo que me importa", finalicé. Y nuevamente me dispuse a salir de la cocina. Más, ay, nuevamente me detuvo con su brazo delgado, apretándome muy fuertemente la muñeca. "Eso es una mentira" dijo ella, seria, con un aire de molestia. "Si no me crees, allá tú", dije, con un tono de 'qué me importa'. Pero ella no soltaba mi muñeca.

"¿Qué esperas escuchar, Lucrecia?" dije entonces, tras unos minutos en silencio, en los que esperé que ella dijera algo más. "Que me digas porqué demonios tenías que terminar siendo novio de mi hermana" dijo ella, con un tono imperativo. "Ya te lo he dicho: es una niña muy linda, y muy tierna". "Eso mismo dijiste de mí, cabrón" dijo ella entonces, gritando. Afortunadamente el sonido en la sala era demasiado alto, y nadie, sobre todo María, pudo escucharlo.

Guardé silencio, esperando que Lucrecia se calmara. Pero ella tenía el rostro rojo, encendido, con las venas de las sienes a punto de explotarle. Lucrecia en color tomate. La vi a los ojos y ella me mostró en su mirada su gran molestia.

"Querida, no sé qué pasa por tu muy enferma mente. Pero yo ando con quien me place la gana. Tu hermana es una persona con muchas cosas buenas. Y sí, eso te lo dije a ti. Es parte de mis gustos. Me gustan lindas y tiernas. ¿Existe algún pecado en ello? espero que no.", le dije, mientras la miraba a los ojos.

En ese instante, no sé qué cosa iba a decir Lucrecia, pero en ese momento María entró en la cocina, e instintivamente me abrazó y me besó. Después, al voltear la mirada a su hermana, y verla iracunda, me vio de nuevo a mí, y separándose de ambos, nos preguntó: ¿qué pasa aquí?.

Lucrecia entonces le dijo que ella y yo habíamos tenido algo que ver. María se me queda viendo entonces, impresionada. Estoy a punto de interceder, pero Lucrecia sigue hablando, fuera de sí. Dice que me porté como un patán cuando ella me dejó, y que le dije que era una puta. Que le dije que era una hipócrita, y una infeliz. ¿Es cierto eso, Luis? Sí, María eso dije. Y Lucrecia sigue hablando: este imbécil solamente quiere jugar contigo, hermanita. El imbécil no me puede olvidar, y tiene que buscarse a mi hermana menor para tomarse venganza. María me ve, con sus enormes ojos, expresivos, a punto de llorar.

"¿Es eso cierto, Luis?", pregunta, mientras se le va la voz. Lucrecia, en cambio, ya parece más tranquila, pues la ira ha abandona su pecho. Saca un cigarrillo, y se pone a fumarlo, tranquila, expectante. Yo soy ahora quien la veo con odio. Maldita perra, eres todo lo que te dije, aunque ahora no puedo confirmarlo. ¿Qué puedo decir en mi defensa? Y sobre todo: ¿me creerá María más a que su hermana? Si exploto, aunque diga la verdad, Lucrecia será siempre su hermana. Y a mi me puede tomar como lo que más parece que soy, aunque sea falso...

(Continuará...)

viernes, diciembre 19, 2008

Y un buen día comprendí

Y un buen día comprendí que no había forma en que me podría deshacer de ti y de tu recuerdo. No existía forma humana, fórmula, camino, manera, rutina, tiempo, o distancia que me ayudara a superarte. Por mucho que intentara, nunca daría con tu olvido. Y eso eso era algo que me llenaba cada vez de más ansiedad. Ya no soportaba recordar tu cabello cenizo, tus ojos, tus labios, tu voz, tu cuerpo, tus palabras. Habían en mi mente fotos, tonos, aromas, y otras tantas cosas de ti guardadas, de las que mi espíritu, ahora melancólico, se negaba a tirar por la borda.

Así que despesperado por completo por el terrible fracaso que me representaba no poder dejarte atrás, tuve que resignarme a vivir así, pensando en ti, recordándote en cada amanecer, pensando en ti las tardes lluviosas, en los amaneceres cálidos, en las noches llenas de silencio. En ese aspecto, tengo que confesar que me di cuenta de que cuando estaba con otras personas me resultaba más fácil no pensar en ti; pero, como bien dice un verso, yo tenía miedo de quedarme con tu recuerdo a solas.

Lo más peculiar de todo fue que en mi resignación encontré cierta paz. Quizás te parezca raro, pero en esa resignación tan inusual encontré calma en mi alma, pues si bien seguías enterrada en mí, podía llevar a cabo mis actividades sin demasiados problemas o distracciones. Y la razón era que en la resignación, tuve que aceptar que te seguía queriendo y pensando. Realmente le dejé de dar importancia a que tuvieras amoríos constantes y efímeros con no sé qué clase de hombres estúpidos, desconocidos, extranjeros, intelectuales o cavernícolas, machos o liberales. También le dejé de dar importancia a que no estuvieras a mi lado, y que te pasaras los días pensando en otros hombres. Ya no me importaba demasiado reconocer que no fui gran cosa en tu vida, sino, tan sólo, un amigo, en el mejor de los casos. No me importaba saber que alguien más disfrutaba de tu cuerpo en interminables noches, o que quizás te casarías un buen día de estos.

Para mi espíritu era suficiente aceptar que te seguía queriendo, por lejos que estuvieras, y por poco que me estimaras. Qué importaba que fueras inalcanzable, y qué demonio importaba si nunca te representé ni siquiera el más vulgar amante. Qué importaba si te parecí un personaje flaco, de poca estatura, de aspecto simpático, más bien poco varonil, con una inteligencia que valía poco a tus ojos. Qué importaba si te habías acostado con tres mil hombres, y qué importaba si habías jugado conmigo alguna vez, para subirte el ego. Qué importaba que hicieras cada vez cosas más estúpidas e ilógicas, aunque acabaras cada vez más deprimida.

Yo sólo sabía que te seguía queriendo. No sé si al aferrarme a ello fue lo mejor, pero, por ahora, puedo decir que eso es todo lo que me importa: que por promiscua, conservadora, mentirosa, insensata, inestable, loca, estúpida, inteligente, culta o inculta, cariñosa o fría, yo te quería, y que este cariño era valioso no porque tú me correspondieras, sino porque valía por sí mismo, aunque no fuera otra cosa que un idilio unidireccional, y no me importaba demasiado qué pasara a mi alrededor, pues ese idilio, aunque tonto quizás, era mucho más real que cualquiera de tus amoríos de cuatro semanas, y porque para mí era, como lo fueron en otras ocasiones mis otras relaciones, verdadero amor, por pocos besos y noches que compartieramos en aquel pasado que se negaba a morir en mis brazos.

domingo, diciembre 14, 2008

Al verte

Cuando al cruzar en esa parcial oscuridad un pasillo lleno de gente, entre risas, copas chocando, y música que hacían casi inaudibles las leves palabras que volaban al aire, como palomas, puse mi mirada distraída en ti. La puse como se pone la mirada sobre tantas personas, sin analizarlas, de manera accidental, casual, quizás recorriendo un camino que no las tiene como fin. Pero al mover mis ojos sobre el grupo de gente con el que estabas, tuve que regresar mi mirada a ti, y a tus ojos claros. No es que lo haya querido hacer: es que tenía que hacerlo, necesitaba hacerlo.

Y al dar un par de pasos más, te seguí viendo, en una forma en la que se mezclaban la timidez y la necesidad, y en un instante tus ojos se toparon con los míos, y nos quedamos allí, en ese breve pero inmenso instante, sin quitarnos las miradas de encima, para, posteriormente, ambos, sonreír nerviosamente.

Y al dar otros pasos más, habiendo cruzado tu mesa, me di cuenta de que me parecía conocerte. Supuse que nos habríamos visto con anterioridad en otro lugar, o quizás en ese mismo, e incluso, por un breve instante, te confundí con una persona con la que pude bailar en una ocasión. Así que levanté mi cuello por entre otras personas, dirigiendo mi fugaz mirada a tu mesa, buscándote. Y te vi allí, de nuevo, con tu largo cabello castaño cayendo sobre tus hombres, y tu sonrisa coqueta, hablando con los chicos y chicas de tu grupo.

No, no te conocía, no eras esa persona que pensaba que eras, pero había algo en ti que me hizo pensar que te conocía.

Poco después, cuando te vi bailar, cuando te vi intercambiar miradas, palabras, sonrisas, bromas y un beso fraternal con un chico que parecía ser tu novio, o pretendiente, o esposo, o amante, o amigo -¿quién puede saberlo?-, me di cuenta de que, simplemente, me resultabas irresistible. Al poco tiempo, mis amigos, fijándose en tu grupo, comenzaron a burlarse de ustedes, mencionando su ropa, su actitud, y demás. A mi no me importaba qué demonios le pasara a tu grupo, yo sólo sabía que, de manera inexplicable, me llamabas la atención de una manera, simplemenet, absurda. No podía quitarte la mirada de encima, mientras sonreías, bailabas sola, o bailabas acompañada.

¿Me gustó tu cuerpo, tus caderas? ¿Me gustó la forma en que ibas vestidas, con esos jeans rotos, con esa blusa de mangas largas, en color morado? ¿Me gustó ese cabello largo, castaño, sin peinar? ¿Me gustaron tus ojos claros, felinos, pispiretos? ¿Fue lo que me atrajo esa forma de relacionarte con los demás, la seguridad que proyectabas?

No pude en ese momento decirlo.

Y te invité a bailar, y me puse terriblemente nervioso al tocar tus manos, al tocar tu espalda. Al verte a los ojos, tan cerca, me pareciste tan hermosa, tan preciosa. Esa sonrisa tímida, por momentos cambiando a verguenza leve en esa pista de baile vacía, por momentos sonriendo.

Y cuando nos estábamos bailando, sabía que necesitaba verte, observarte. Ver esos ojos claros, esa sonrisa, ese cabello castaño. !Qué me importaba que, al bailar, notara que te olían las axilas! Qué me importaba que no supieras bailar tan bien, que te faltara coordinación, o que no bailáramos tanto como yo quisiera. Qué me importaba si ibas acompañada, si estabas únicamente de paso en la ciudad, si acaso tenías novio, si yo no te gustaba. Sólo sé que cuando te fuiste, al caer la madrugada, me entristecí un poco.

Pero, ¿sabes? te tengo que ser totalmente honesto. Porque al regresar a casa, en la oscuridad, en el silencio, en la nada, debajo del cielo infinito, sin nadie que me vigilara, sin nadie a quién vigilar, me di cuenta, intempestivamente, que me gustaste de esa manera tan enorme, quizás porque me recordabas a alguien más.

Me recordaste a una chica son esa misma mirada tierna, tímida, por comentos coqueta, a esa sonrisa tan preciosa, con ese cabello largo, castaño, sin peinar. Me recordaste a eso que pensaba olvidado, ido, que se había escapado de mí. Supongo que está mal que te diga todo esto, ¿no? Pero no me importa, porque no me escucharás, porque mañana volarás a otra ciudad. Pero ojalá no hubiera tenido que ser así, si te hubieras quedado a mi lado, y pudiera ver en ti a esa otra persona que no pude tener a mi lado, porque la vida simplemente no lo quiso, porque ella no me pudo amar, porque ella no podía amar. Te quedaras a mi lado, recorándome, quizás sin que yo me hubiera, entonces, dado cuenta, de que al tenerte a ti, pensaba que la tenía a ella.

domingo, diciembre 07, 2008

Sentí que te traicionaba

Quizás creas que estoy completamente loco, cuando te diga que sentí que te traicionaba cuando besaba en los labios a aquella chica tan linda que conocí hace apenas unas dos o tres semanas. Me sentí un poco extraño al tocar su lengua con mi lengua, al acariciar su mejilla, su cabello, en el momento en el que ella me llamó "amorcito", y se despidió de mí con otro beso en la boca.

Y quizás hubiera sentido que te fallaba desde antes. Quizás desde que la vi bailar un sábado por la noche, en que creí que no me podría divertir, porque simplemente, no te podía arrancar de mi mente, por mucho que lo intentara. Me sentí mal contigo, cuando mis ojos se posaron sobre los suyos, y la invité a bailar, y sonriendo, me mostró que yo no le resultaba desagradable.

Pero fue peor después, cuando comenzamos a salir, y nos decíamos cosas tontas pero divertidas, y coquetéabamos, lanzándonos miradas de deseo.Y también cuando ella me abrazó, y me dio un primer beso en la mejilla al despedirnos, y cuando, al amanecer, me encontré que mi primer pensamiento era ella, y la ilusión que para mí ella representaba, en vez de pensar en ti, como lo había hecho en los últimas semanas.

Es raro, ¿no? porque finalmente, estamos separados,y parece que de manera irreconciliable. Nos hemos dicho cosas tan terribles, tan monstruosas, que no veo esperanza ni en diez años en los que el tiempo nos ayude a olvidar esas cosas. Porque, además de todo, yo sigo pensando que no olvidas a ese gran amor que tuviste hace un par de años, con quien incluso compartiste la casa, y a quien no puedes olvidar, aunque tú digas que, simplemente, no pudiste llegar a amarme. Porque, además de eso, desde ahora, desde hace algunas semanas, ya tienes tú un nuevo amor, quizás tan irreal como otros tantos que tuviste, o quizás más irreal que aquellos, pero ilusión, a final de cuentas.

Y pese a lo mucho que me lo repita a mi mismo, no dejo de sentir que te fallo, que he fracasado en alguna forma de confianza que depositaste en mi, que te soy infiel, que estoy con quien no debería. Al respecto, sólo puedo decir una cosa, y espero, francamente, que cambie por ventura mía: me siento infiel, porque beso no a la persona a la que tanto añoro, sino porque beso a otra distinta.

lunes, diciembre 01, 2008

Te pienso, como no pensé que te pensaría

Pienso en tí, como no pensé que te pensaría. No así, no de esta forma. Supuse que pensaría en ti algún día, tras algunas semanas o meses, pero no de esta forma.

Pensarte, así, sin rencor, sin odio, sin mi orgullo herido, sin tristeza, sin dolor, sin frustración. Tampoco te pienso con esperanza, o con ilusión.

Te pienso, así, cual eras, ni más, ni menos, libre de ataduras, libre de lágrimas que me nublen la mirada. Te pienso así, con esos ojos tan enormes que tienes, con ese lunar en el labio, con esa voz grave que posees. Te pienso, con tus bromas negras, con tus chistes negativos, con tus befas amistosas, con tu inseguridad, con tu reserva, con tus miedos, prejuicios e inconsistencias.

Te pienso siempre viéndote, tal cuál eres, lejos de esas batallas que a través de las palabras, de manera tan férrea, mantuvimos. Te pienso siempre tratando de adivinar qué haces, qué sientes, si me recuerdas, si me detestas, o si extrañas mi presencia. Te pienso siempre, también, preguntándome si estás feliz, o triste, si tus impulsos te traicionan, si tus traumas te condenan. Me pregunto tantas veces, al amanecer, si acaso llegaste a culminar aquellas cosas que siempre juzgué como -me perdonarás mucho- estupideces y chiquilladas.

Te pienso, como ves ya, no como yo lo imaginaba. Te pienso como eres, a veces añorándote, a veces simplemente como un distante recuerdo de un pasado que quiero enterrar. Te pienso, y siempre, al pensarte, me pregunto qué haces en este preciso instante, querida mía.

martes, noviembre 18, 2008

Sobre la idealización

[Supongo que será raro que escriba un texto de mi propia vida, en vez de un texto con personajes o narrador imaginario]

Desde hace tiempo tengo en mente cambiarme de ciudad. Tengo muchas razones para ello, aunque a veces pienso que muchas de ellas son únicamente pretextos para mudarme. La verdad es que tristemente no me conozco lo suficiente como para poder atinarle a cuáles son verdaderas razones, y cuáles únicamente justificaciones para ese intento de emigrar a otro país.

Entre las diversas cosas que he pensado al respecto, están: conoce otra cultura, otra forma de pensar, dejar atrás mis prejuicios para conocer algunos nuevos, tener una novia extranjera, tener mayor éxito económico, volverme un hombre al vivir solo en un país desconocido, aprender a cocinar, vivir en una ciudad que me entretenga, la aburrición de vivir en esta ciudad, que todos mis amigos tienen pareja y nunca los veo, entre otras.

Hace apenas mes y medio regresé de Praga, en donde pude vivir tres meses, sin dejar mi trabajo, pues la compañía para la que trabajo cuenta con oficinas en dicha ciudad. Ese viaje estaba planeado para durar más tiempo, pero eso hubiera requerido mucha preparación en papeleo y demás, cosa que no estaba dispuesto a hacer - no al menos en esta ocasión. Y ahora que he regresado, no sé si tenga demasiadas ganas de volver.

La cosa, sin embargo, al principio de mi viaje, era diferente. Al principio, cuando apenas lo consideraba, se me aparecía como un viaje de diversión, aventura, descubrimiento. No sabía qué me podría esperar del otro lado del atlántico, en una ciudad que jamás había visitado, en la que, según decían, las chicas eran muy bellas, y en donde los latinos somos considerados atractivos. Además, la idea de trabajar en oficinas, en vez de trabajar en mi casa, me seducía, después de trabajar desde mi cuarto por tres largos y doloros años.

Nunca me di cuenta, pero creo que en cierto momento, lo que más me excitaba para no conocerla realmente, pensar en todas las posibilidades que había en la ciudad. Y fue precisamente no conocerla, lo que me hizo ver en ella demasiadas posibilidades, quizás demasiadas. Ver en ella todas mis esperanzas, con expectativas que rayaban en lo ridículo, con ideales irreales. Una ciudad que se abría a mí con atractivos de todo tipo, como un paraíso en la tierra, en cierto modo. No me pregunten cómo fue que llegué a ese punto, pero así fue.

Al llegar, desde luego, me quedé fascinado con la ciudad, pues me gustó mucho la estructura de las calles, el muy eficiente transporte público, los castillos, la belleza de las damas, y una cultura completamente diferente. Pero, al mismo tiempo, había cosas reales que me molestaban: estar lejos de mis amigos, lejos de mi familia, solo, tener que cocinarme -qué malo soy cocinando todavía-, pasarme los domingos solo, y cuando tenía problemas o preocupaciones, tener que contárselas a mis amigos al otro lado del mundo, por internet.

Y al final, la ciudad no era lo que yo esperaba, por que, simplemente, no llenaba las ridículas expectativas y esperanzas que coloqué sobre sus hombros. Nunca tomé en cuenta que me sentiría sólo, que todo mundo al que conocía, que era extranjero o mexicano, se sentía un latin lover, que no podía platicar prácticamente con nadie de cosas que realmente me interesaban, que las checas son desconfiadas de los latinos, y que, simplemente había una barrera de idioma y de cultura terriblemente grande. Me imaginé el cielo al pensar en Praga, y simplemente, Praga es una ciudad inmensamente interesante, pero claro, no pudo llenar esa expectativa.

Ahora, al regresar a México, no estoy tan seguro de querer volver allá. Y cuando me pregunto porqué, me responde que quizás es porque ya no es una fantasía, ya es una realidad, pues la ciudad ya la conozco, ya viví allí, ya no puede, por tanto, seguirme representando un cielo, un paraíso, una oportunidad de aventuras. Ha perdido el encanto de lo desconocido. Porque, cuando algunas cosas permanecen desconocidas, pueden representar para nosotros nuestro mayor anhelo.

Y me convencí de ello, al encontrarme considerando ir a otras ciudades a vivir. Sin embargo, la realidad es que el final, las conoceré, y como ninguna ciudad en el mundo podrá llenar mis infantiles sueños, terminaré insatisfecho siempre.

Eso me recuerda a un par de cosas, y eso es precisamente lo que quiero mencionar en este texto. La primera es un capítulo en el Retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, en el que la esposa de uno de los personajes, una dama noble, es mencionada de haber estado enamorada muchas veces, sin haber sido jamás correspondida, y que, por esa razón, mantenía todas sus ilusiones. Pienso que las mantenía, porque, al no tenerlas, podía idealizarlas en su mente, en la irrealidad, lejos de una realidad a veces sosa, a veces aburrida, pero siempre imperfecta. Es como un ideal: no realizar nada nunca, y dejándolo en el mundo de lo irreal, idealizarlo.

La otra cosa es que, al pensar de esta manera en las ciudades, me siento como muchas conocidas femeninas mías, que piensan en un príncipe azul -póngale el nombre, etiqueta o sinónimo que deseen-, y en cómo será ese príncipe, y en todas sus cualidades, sus cosas buenas, interesantes, a veces sobrepasando ligeramente la perfección. Muchas de ellas, al conocer a sus futuros novios, los ven como una posibilidad, la de que sean ellos los príncipes que tanto han esperado. Desde luego, nadie puede equipararse a un sueño o ilusión, y eso hace que muchas de ellas queden asqueadas, si no logran aceptar a la otra personas. Por eso intentan con otro, y luego con otro, y otro. Pero, al final, ninguno de ellos logra llenar esas expectativas, porque, bueno, ellos no son ideales, sino simplemente personas de carne y hueso, com imperfecciones, malos hábitos a veces, impuntuales, o no muy guapos, o cosas así. Y cuando las veo a ellas buscando nuevos novios, viendo en los desconocidos a ese príncipe azul que tanto han deseado, me veo a mí mismo, considerando a ciudades en las que nunca he vivido, como la ciudad perfecta que he soñado, en la que tenga todo lo que quiero y espero. Y después, cuando llegue a ella, descubra, como descubren ellas tras poco tiempo, que el conocimiento ha hecho que ese ideal se desgarre por completo.

miércoles, noviembre 12, 2008

Página de la crónica denominada diario de un histérico histórico

Una vez salí con una chica de ojos negros grandes y cabellos color noche, de caminar atolondrado, que son su chillona voz solía quejarse de lo mal que la trataba la vida en ese instante. Se sentía mal por un novio que había dejado de corresponderle, se sentía mal porque sentía que la gente no la comprendía, y se sentía mal porque su madre no estaba a su lado. Así que lo que hizo fue sumirse en una depresión, en lágrimas, en gemidos, que la mantuvieron encerrada por semanas completas en su departamento, en donde sus amigos no la visitaban, y en donde se negaba a recibirme.

Yo me imaginaba que esa depresión dejaría de existir en algún momento, o en todo caso, de esa forma tan absurda, en la que ella no dejaba que nadie le ayudara. Simplemente vivía llorando y quejándose de la injusticia de la vida, y solamente no sollozaba cuando comía, estaba en el baño, o dormía. Pero el resto del día lo dedicaba, por esos días que apenas si recuerdo, a deprimirse aún más.

En cierta manera me puedo imaginar lo que pasaba por su mente: alejada de su familia, en una ciudad diferente, en donde la gente es antipática por naturaleza, en donde sus admiradores la trataban de manera peculiar -aunque no peculiar como yo, puedo decir ahora-, y en una ciudad en la que se hallaba alejada tremendamente de su novio anterior, quien, por cierto, la había olvidado desde que ella pisó el avión que la traería aquí.

Y en ese sentido, puedo decir que las lágrimas que más derramaba, eran por su familia, y por otro lado, por el novio que no le respondía sus cartas, llamadas telefónicas, ni saludos de amigos en común. A veces, había días en los que su madre no lle lamaba -quizás porque lo olvidó, quizás porque tuvo demasiado trabajo, quizás porque se quedó sin dinero para marcarle-, y el resultado era que se sentía doblemente abandonada, a pesar de que yo trataba de apoyarla en todo lo que podía.

Pero ella, como ya he dicho, se cerraba, se encerraba, callaba, no respondía, disimulaba, reprimía, y hacía, en general, toda una serie de cosas que simplemente no le hacían sentir bien.

Pues resulta ser, que a final de cuentas, mi paciencia se agotó en su totalidad, y el resultado obvio fue que la mandé a que encerrada dejara de contar conmigo, ya que ni me dejaba ayudarla, ni tampoco me permitía verla. Era como si no existiera para mí, de alguna forma dicho.

Así que dejé de verla, y bueno, la vida tuvo que continuar. Lo que siempre me pareció peculiar, y que en su momento me pareció tan triste, que sentí que me asfixiaba, fue que a las dos semanas de haber dejado de verla, un buen día, no sé qué mosco le picó, o qué amiga la mal aconsejó, y decidió que lo mejor para sentirse recuperada, era irse de fiesta, a uno de esos groseros lugares de alcohol que pululan entre las clases bajas de esta ciudad, en las que las bebidas están adulteradas, los cigarros sobre valuados, y la vulgaridad viste a las personas y sus palabras. Sitios oscuros, mal iluminados, fétidos, llenos de gente a más no poder, con música de mal gusto saliendo por groseras bocinas, con manos de hombres que, sin querer queriendo, acariciaban de cuando en cuando las bien o mal formados cuerpos de las chicas que allí se daban lugar.

La cuestión es que esa noche que ella decidió salir, por alguna razón que aún no comprendo -quizás por que soy demasiado inexperto, quizás porque soy un bobo, o quizás porque no quiero, simplemente, verla y aceptarla-, ella se sintió más candente que nunca desde que llegó a la ciudad, olvidándose por completo de la mamá, del papá, de la hermana, y del miembro grande o pequeño del novio. Bailando al ritmo de uno, dos, o cinco mojitos, bailando sola reggaeton, en un espacio pequeño, oscuro, de pronto, un chico de clase baja, que llegó con la firme intención de penetrar los oscuros rincones de alguna fémina a la que pudiera convencer de llevarse a su casa, comenzó a bailar detrás de ella, restregándosele, aprovechando que ella estaba demasiado borracha. Y al poco tiempo, había quizás demasiada fricción de sus cuerpos.

Y cuando estaban ambos ardiendo, las amigas de ella decidieron que era demasiado tarde, que la carroza se convertiría en calabaza, así que decidieron irse. Mas ella, que necesitaba que alguien le apagara esa pasión, le dio su número teléfonico a ese chico, así, sin más, sin concerle.

Y el chico, que no soportaba más estar en una temporal abstinencia, después de que su última novia lo dejó por celoso y machista, le llamó inmediatamente al otro día, y ella, que esperaba con ansias esa llamada, fue a su encuentro, todavía olvidándose de su olvidadizo novio, y dejó que aquel otro le pusiera sus manos encima, le quitara el brasier, el pantalón, y como ella misma lo dijera, la sedujera profunda-mente.

Mas, qué cosas, al terminar tres o cuatro caídas, con quince o veinte minutos de límite de tiempo, ella sintió venir, junto con el orgamo, el sentimiento de culpa, el siempre terrible sentimiento de verguenza, y se encontró, en ese momento, no sólo con que el chico se había llegado con ella, sino que estaba desnuda, en más de un sentido, junto a alguien que no conocía, que vio por vez primera la noche anterior, y el recuerdo de su novio olvidadizo la asfixió.

No mencionaré lo tortuoso que resultó su camino, porque eso resultaría más bien deprimente.

Pero diré que ella, al tener que confesarle a su novio de su infidelidad, porque, simplemente, era demasiado grande el sentimiento de culpa, y al recibir un adiós absoluto de parte de él, que, supuestamente, se declaraba herido, sintió todavía un vacío más grande que el de antes, así que no le quedo de otra que mantener como novio a ese chico, a quien conoció una noche, a quien se tiró a la bolsa en un momento de extrema sensualidad, sin saber qué esperar de él.

Lo que siempre me pareció peculiar es que, después que ella se quedara con él, sin quererlo, como soporte para olvidar al otro, para olvidar también por un instante el vacío que ya tenía en sí, sin quererlo, sin contar con que él, de manera inexplicable, se enamorara de ella con tan sólo una noche de coitos, fue que siguen juntos hasta la fecha actual. Me parece curioso, porque, al menos a los pocos meses, ella me dijo que en cierta manera, le quería, pero que todavía amaba al otro novio.

Y digo que es peculiar, porque a la fecha actual, ellos están juntos todavía, viviendo en algún lugar apartado de nuestra ciudad. No sé si ella siga usándolo para olvidar al otro, quizás todavía llena de culpa; quizás, como dice Eric Fromm, podemos a amar a todas las personas, y eso hizo que ellos, aún sin conocerse, pero pasando tanto tiempo juntos, pudieron crear amor; o quizás fue que, de casualidad, sin conocerse, tuvieron la inmensa suerte de ser el uno para el otro, sin saberlo; o quizás es que andan juntos, aunque inmersos en una relación sosa, en la que se es mejor tener algo que estar solo, aunque la felicidad no sea plena. O quizás, no sé, el sexo es demasiado bueno, y ya.

¿Qué pensaba él?

¿Qué pensó él en la noche que avanzaba, casi a medio morir, para perecer al amanecer?

En los recuerdos de su vida reciente, en particular, con respecto a dos chicas, una así, y una asá.

¿Qué diferencias había entre ellas, en el color de sus cabellos, en el color de sus ojos, y en su forma de moverse al caminar?

Una era rubia, la otra también, y la otra no; una tenía ojos verdes, la otra también, y la otra cafés; una caminaba casi de manera sensual, la segunda de manera lenta, y la última caminaba a grandes pasos derrochando energía.

¿Las conocía realmente a als tres?

A la primera pensaba que la conocía, pero sus actos casi caóticos al final de su malograda amistad le hicieron ver que no. A la segunda, por Dios, quién lo podía saber. Y a la tercera, en realidad no, solamente un día en que se le encontró con otra conocida, y fueron brevemente presentados.

¿Y qué cosa pensó, que las incluía a las tres, aunque sólo dos de ellas lo supieron, y la otra ni lo sospechaba?

El disfrutar de sus besos, caricias, noches, días, coitos, sueños, y peleas.

¿Y cómo encontraba de diferentes las potenciales posibilidades de estar con ellas, en términos de la experiencia gratificadora?

Pensó que la primera podría ser una buena conversadora, aunque al final le parecía un buen premio que llevar a casa. La segunda, le parecía de inocencia excesiva, y era, por tanto, una persona poco interesante. Y la tercera, una terrible posibilidad deliciosa de una relación apasionada que quizás les llevaría a grandes dolores y grandes placeres a ambos, antes de que ella, él, o quizás ambos, decidieran que necesitaban vidas más tranquilas, separados.

¿Le dio verguenza darse cuenta de que a una la tomó como premio que presentar y presumir ante sus amigos, en tanto que la otra, menos agraciada, aunque todavía bastante bonita, impetuosa, dicharachera, que contrastaba con la personalidad taciturna, reservada, aunque caótica de la primera, podría representar el verdadero ideal y anhelo de querer y ser querido, en vez de de presumir y ser usado?

No, en realidad, pero sí sorpresa.

¿Pudo a final de cuentas usar como trofeo, como premio que presumirle al mundo, a la primera, deprimida, inestable, caprichosa, inmadura, taciturna, reservada, aunque de ojos enormes, perfecta nariz, cuerpo pulido por los dioses, hecha para atormentar a los hombres?

No, en realidad.

¿Porqué?

Porque ella conoció a un desconocido, y desconociéndole, creyendo conocerle, decidió que le conocía lo suficiente como para a él entregársele, y fue entonces que fue otro el que en otro lado pudo usarla como trofeo o flor que se llevaría en el ojal.

¿Y porqué consideraba ella al desconocido como conocido, en la opinión de nuestro protagonista amigo?

Porque para ella el desconocido no era el desconocido, sino una posibilidad, un sueño, una ilusión, de ser alguien que ella buscaba hace tiempo sin encontrarle, un hombre dominante, malo, misterioso, que le diera sus buenos golpes, que la sometiera, y que le hiciera a ella, además de hacer las más diversas posiciones sexuales, arrastrarse y perder el orgullo todo ante el machismo predomianante de ese desconocido.

¿Y qué pensaba él de la segunda chica, que era también una desconocida, aunque distraída, y no reservada, y quizás menos demente?

Que aunque sus ojos grandes, y belleza en bruto superaba a la otra, su enorme inocencia le exasperaba de una forma que él no podía a entender, a pesar de encontrar que podía ser, de proponérselo, cien veces más bella que la que iba a ser usada como trofeo.

¿Y qué pensaba él de la tercera, mera posibilidad, ilusión, como lo era para la otra su desconocido?

Que su comportamiento exhibionista, su forma de ser aparentemente libre, podría ser una buena forma de volver a intentar estar con mujeres, contrastando con las previas, que eran en apariencia tiernas, dulces, y necesitadas de amor, y que eran, en realidad, las mujeres más inestables y caprichosas que él no le hubiera deseado a sus peores enemigos, por bellas, hermosas, caderonas, piernonas, o chichonas que pudieran ser.

domingo, noviembre 02, 2008

Blanco y negro (segunda parte)

Fernando estaba otro buen día ojeando en el mismo café una revista de intelectuales para intelectuales. A él le parecía que la publicación quería tener un tono radical, testarudo, retador. Se imaginaba a los editores y escritores, como estudiantes de letras, filosofía, teatro, música, recién egresados, que viven a costa de sus padres o de becas del estado, con barbas bien crecidas, mugrosos, y que solían reunirse cada fin se semana en algún bar alternativo.

Dejó la revista del estante del que la tomó, y fue a sentarse. Estaba cansado de haber estado trabajando en jornadas de doce horas los últimos días. Estaba completamente agotado física y mentalmente. Así que en cuanto terminó lo que tenía que ser terminado, lo primero que pensó en hacer fue en irse directo al café, comer algo allí, y tomar dos o tres capuccinos, pensando en todo y en nada, lejos de la oficina.

Cuando bebía su tercer café, distraído como de costumbre, llegó la chica de pelo negro corto, hizo la mueca de siempre al mesero de siempre, para beber lo mismo de siempre, y como siempre, volvió una mirada hacia Fernando mientras que él, como siempre, le veía con curiosidad.

Fernando se mordió el labio. María, Marisa, Mariana, Marta, Magdalena, Melisa, Mónica. Carajo. Ninguna de ella, por el maldito infierno. ¿No estaba ya seguro de esa terrible verdad? Olvídalo amigo. Olvídalo. ¿En qué piensas? ¿En que las cosas serán diferentes esta vez? ¿No fue eso lo mismo que pensaste antes, y no fue lo mismo que obtuviste siempre? Olvídalo. No, no señor. Vela: es demasiado eria, no parece interesada en lo absoluto. Perdida en su lectura. ¿Qué lee? Ah, qué importa. Piensa en otra cosa. No, no me veas, desconocida. No. Ah, ya, solamente me viste dos segundos. Pero siempre me ves cuando te veocuando te veo al entrar, y me ves cuando te veo al irme. Me respondes viéndome cuando te veo al beber mi café. Pero nunca veo alguna clase de emoción en esa mirada, ni desaprobación, ni cortesía, ni amabilidad, ni duda. Nada. Sólo veo tus ojos negros indiferentes.

Puso su barbilla en su mano levantada, con el ceño fruncido. Pensó dos veces en llamar al mesero, aunque no para pedirle más café ni la cuenta. Sudaba y sus manos estaban empapadas. Pensaba, se decía que sí, y se decía que no. Se decía que era bueno intentarlo, y se decía que era una tontería. Ella le lanzó una mirada perdida, y como si hubiera visto algo, regresó a él, por medio segundo, y pareció dibujarse en su rostro una sonrisa burlona mientras los ojos se perdían en un libro.

Al final llamó al mesero de los ojos verdes y el pelo castaño, a quien el patrón le dio órdenes de ser siempre amable con los clientes, incluso con los más raros, y le pidió una pluma y papel. El mesero no sabía que pasaba por su mente, así que fue a la barra por papel y pluma, y con ellos regresó unos segundos después, depositandolos en la mesa.

Escribió algo rápidamente en el trozo de papel blanco. Después, dudando, pasando saliva, cobarde como estaba, dobló el papel, y cuando estaba a punto de pedirle, no sin cierto nerviosismo y pena, que por favor, le llevara esa nota a esa desconocida, la chica en cuestión se levantó de pronto para peduir la cuenta.

Fernando vio que ella se paró inmediatamente para ir al baño. Así que en cuanto vio que ella hacía lo que todo mundo debe hacer después de comer y beber, se dirigió al mesero de ojos verdes y pelo castaño, y con voz temblorosa, le dijo: “Un favor: ¿podrías entregarle esto a esa chica que está en el baño, y que acaba de pedir la cuenta?”. Él le miró estupefacto, pero recordando que el cliente tiene la razón, y que hay que satisfacer al cliente, aunque con mucha duda respecto a lo que estaría escrito en el papel doblado por la mitad, asintió mecánicamente.

“¿Cuánto es de lo mío?” preguntó entonces, rápidamente, nerviosamente. “No sé, necesito ver en la caja y...”. “¿Te puedo dejar un billete de cien y me darás el cambio en otra ocasión?”, dijo Fernando, interrumpiendo. “Supongo que me recordarás. Soy un cliente asiduo. Es preciso hacerlo así porque llevo mucha prisa”. “Desde luego, desde luego”, dijo el mesero, mientras recibía el billete de cien, y veía con cierta diversión cómo ese cliente que desde hace tiempo acá llegaba solo, parecía huir del café con gran presteza.

El mesero de ojos verdes, con su pelo castaño, curioso sobre lo que había en ese papel a medio doblar, escrito por ese desconocido, dejado para esa desconocida que al igual que él, llegaba y se iba sola, estando a punto de desdoblar ese papel, casi ignorando el billete de cien, vio que la chica salía del baño, y clavaba sobre él la mirada, por medio segundo, para después volverla a poner en él, como si hubiera visto algo que llamara su atención, después moviendo su mirada al papel doblado entre las manos del mesero -que le parecía ridículo por ser coqueto y no entender que ella no estaba interesada en inflar su ego-, y caminó hacia él, sin perderle de vista, y poniéndose frente a él, con los ojos a la altura de los ojos del chico, le preguntó, indiferentemente: “¿Es ese papel para mí?”. Y el mesero que ignoraba que esa chica no sentía demasiada simpatía por él, quizás sorprendido por la intempestiva e inesperada pregunta de ella, respondió: “Sí, lo dejó el hombre que se sienta allá siempre sólo”.

Ella volteó la mirada hacia la mesa, indiferente, como de costumbre, y después regresó su atención al chico, quitándole de las manos el papel doblado que él iba a desdoblar, diciendo: “Qué observador eres”. Indiferente, claro.

Allí, parada frente a él, sin dar señales de duda o molestia por el papel, vio como ella lo desdoblaba, lo leía en un par de segundos, lo volvía a doblar, y se lo guardaba en la bolsa derecha del pantalón, despreocupada.

“Bueno, ¿cuánto es de mi cuenta?”, preguntó ella entonces.