viernes, agosto 20, 2010
Las fotos de Catalina
Antes de que pudiera darse cuenta, ya había comenzado a buscar más fotos, en un arranque de impulsos. Era como si aquel ansia terrible pudiera sólo satisfacerse al saber más de aquel hombre, conocer detalles aleatorios de él, conocer la sonrisa que se dibujaba en su rostro cuando tomaba por la cintura a su prometida, conocer de dónde venía, qué hacía, a qué se dedicaba. Más que querer, necesitaba saber todo cuanto fuera posible, desconociendo que en ese estado de agitación podría auto infligirse una herida que le quemara por dentro. Un impulso ardiente que le desbordó por completo, que se hizo dueño de él, dejándolo momentáneamente no sólo sin cerebro, sin ideas, sin intelecto, hundiéndolo en sus emociones: ansiedad y miedo.
Buscó y buscó , y encontró más fotos, en las que salían ellos dos en otras tantas tomas con otras tantas personas. Pero eso no era lo que él quería, lo que necesitaba, lo que perseguía. Él buscaba fotos de los dos solos: fotos en las que él pudiera ver más de ese romance, más de ese pecado, de ese crimen. Le seguía la pista a las fotos, las acechaba, recorriéndolas todas en la cámara, siempre buscando ese detalle que acabara de destrozarle las entrañas. Un beso, una caricia, manos tomadas, una desnudez total o parcial, del cuerpo o del alma. Sudaba frío de sólo pensarlo, y casa instante le parecía hallarle finalmente. Pero no la encontró al cabo.
Sin saber qué pensar, pero todavía inmerso en el drama y la tragedia, corrió a buscar cualquier indicio adicional de que ya no era dueño del amor de Catalina - ni de sus ojos marrón, ni de sus labios finos, ni de su nariz prominente, ni de sus caricias tiernas, ni de sus labios ardientes. Buscó en las pertenencias de su amada, de forma desesperada. Los artículos que iba sacando de la maleta de viaje con presteza se le caían de las manos, incapaz de sostenerles, escurridizos. Buscó tanto como pudo, y cuando acabó, se fue a la otra maleta, pero nada encontró. Buscó también en el clóset, y en los cajones de la cómoda, y debajo de la cama, y en la alacena, y en el almaceń. Y nada.
Se sentó en el sofá, con la boca seca y la mirada perdida. Trató de poner un poco de orden en su mente, en sus emociones. Y luego un poco de resignación, si acaso era posible otorgársela a sí mismo en ese estado. Recordó entonces la funesta actitud de Catalina un día antes, cuando llegó de viaje, fría, poco cariñosa, distante. Por supuesto que la recordaba, pues fue esa actitud la que lo lanzó a buscar evidencia por la mañana, cuando ella se hubiera ido a desayunar con su madre, y él se hubiera negado a ir con ella so pretexto de tener una gripe de los mil demonios. Después simuló estar dormido mientras ella se vestía por la mañana, lentamente, sin musitar palabra alguna, como en un funeral.
Y en ese instante Catalina abrió la puerta, tras apenas media hora de haber dejado la casa. Entró, y aunque parecía que le iba a explicar del porqué de su vuelta inesperada, se quedó en silencio cuando vio a Manuel y a su ánimo desparramados por el sofá. Observó el cuarto, al fondo, y vio a lo lejos sus prendas fuera de la maleta, y la cámara digital sobre la mesa. Manuel tenía una mirada que ella no pude comprender muy bien: era por momentos una mirada de piedad -como un 'miénteme' que se pedía de rodillas-, y por momentos era mirada de odio, de frustración, de afrenta.
Catalina se sentó entonces, enfrente de él, en silencio. Tuvo ganas de sollozar, pero apenas le salieron un par de gemidos. Abrió los labios, pero Manuel la interrumpió:
- ¿Lo conociste durante el viaje, o ya le conocías?
- Manuel, por favor...
- Sólo quiero saberlo.
- Dios mío, Manuel, no puedo creer que esto esté pasando. Seamos, por Dios, un poco adultos ambos.
- Sólo responde la maldita pregunta- gritó entonces, fuera de sí.
- Maldita sea, ¿de quién hablas ahora?
Manuel guardó silencio, y en un instante comprendió que sus sospechas eran quizás desproporcionadas. Sintió que un leve alivio llegaba suave, paulatinamente a su cabeza. Y al mismo tiempo, una creciente vergüenza. Catalina entonces lo miró con reproche, con una lágrima que se le escapaba. Pero Manuel dijo de nuevo:
- ¿Quién es él?
- ¿Quién es quién? Puta madre, ¿quién? ¿algún hombre de las fotos? Todos son mis compañeros de trabajo, todos ellos. Y para que lo sepas, sí, me gustan dos o tres, ¿y qué? ¿No te gustan a ti, hombre hipócrita, dos o tres de tus compañeras de trabajo? ¿No te gustan tantas chicas que ves pasar, al azar, por la calle? Que me gusten incluso no significa que me los vaya a tirar. Manuel, Manuel, Manuel. Estoy harta de tus malditos celos, de tu paranoia. Esto ya es demasiado.
Y Manuel pensó que quizás era un subterfugio para dejarle. Claro, claro. Una jugada de doble propósito. Qué inteligente es Catalina. Pero ella lo observó, y conociéndole hasta el fondo del alma, le dijo:
- Si te conozco bien, diré que ahora mismo pensarás no sé qué cosa, y dirás que soy una cínica, o que estoy actuando para dejarte. ¿No es así, Manuelito? Tus ojos me lo dicen. Eres demasiado transparente para mí.
Catalina se echó a llorar en silencio, con la cabeza baja. Él sintió un remordimiento terrible, que le devoraba por dentro. Y *aún* por momentos venían a él decenas de ideas y de posibilidades que hallaban a Catalina culpable. Ella levantó la mirada.
- Manuel, ¿cuántas veces tengo que soportar esto? Estoy harta de que repitas las escenas dramáticas y de ruptura que tuviste con tus novias delante mío, como si yo fuera cada una de ellas. Un día soy María Guadalupe, y represento en tu cabeza el papel de la novia que te deja por tu mejor amigo; otro día soy María Mercedez, y represento, sin que yo lo represente, a la novia que te dejó por alguien a quien conoció en un viaje de dos semanas; otro día, si te complace, represento a María Elena, y tengo que soportar los gritos que le echaste a ella cuando te dijo que seguía amando a su profesor de la universidad, aunque lo hubiera dejado de ver hace cinco años. ¿A cuántas novias tuyas he representado ya, y a cuántas más me falta representar?
Las palabras de Catalina le lastimaban en lo más hondo. Le traían recuerdos terribles que habían dejado en él heridas que nunca llegaron a cicatrizar por completo, y al mismo tiempo la vergüenza de herir a quien quizás era la mujer más honesta con la que había estado, y en la que no podía acabar de confiar. ¿Acaso era posible encontrar a una mujer que no le fuera a herir *tanto* como las otras? ¿Acaso era posible encontrar a una con la que acabara, sí, triste, desolado, pero en paz?
Catalina, que le amaba desde lo más profundo de su corazón, le dijo entonces, tras limpiarse las lágrimas.
- El único consuelo que me queda es que pareces tener una catarsis cada vez que me obligas a tener estos dramas, y entonces olvidas ese parte de tu historia, para siempre. Mi único consuelo es pensar que pronto terminaremos de recorrer esa cadena de traumas tuyos, y que después tendremos nuestros propios problemas. - Y tratando de forzar una risa, involuntariamente, preguntó- ¿Cuańtas novias todavía me falta por representar?
lunes, agosto 09, 2010
Cuando María del Monte me fue infiel la primera vez
Cuando María del Monte me fue infiel en otra ocasión -según ella misma lo confiesa sin vergüenza en estos días-, llegó de una reunión social del trabajo (socialización político-laboral) y ella dice que sintió hueco en su estómago al verme cocinando, y tartamudeo por dos o tres minutos. Pero yo no recuerdo esa ocasión a decir verdad, y sólo me parecía que tartamudeaba de manera automática de vez en cuando. Qué se yo: cada dos o tres semanas, como un tic.
Cuando María del Monte se enamoró finalmente de uno de sus amantes, habiendo decidido dejar la casa que compartíamos por poco más de un año, llegó de noche, mi miro fijamente en silencio, y sin responder a mis preguntas, se metió al baño a llorar media hora, para salir y enumerar de manera más bien exagerada todas mis virtudes -ni mi madre diría tantas cosas buenas de mi persona-, diciendo el hombre tan extraordinario que era, el sueño de toda mujer, y que ella era la mujer más estúpida del mundo, porque se había enamorado de otro, y porque se iba a vivir con él desde ya.
Y cuando María del Monte dejó mi casa con cierta pesadumbre y quizás una pizca de remordimiento, mi casa estuvo inundada de preguntas sin respuesta, de recuerdos inextinguibles, de evocaciones de ella con su nuevo amante en su nueva casa, y sobre todo, de mucha, mucha soledad. Hasta que conocí a María del Rocío en una clase de fotografía a la que me metí por aburrimiento -soy fotógrafo profesional-, y en la que ella trataba de darle causa a una pasión reprimida.
Tras poco más de un año de conocernos, se vino a vivir a mi casa una tarde otoño, según creo recordar. Entró como si nunca antes hubiera estado aquí, y observó el pasillo, el baño, y el cuarto. Parecía analizar todo cuando veía. Me sonrío, y dijo que estaba feliz por estar aquí.
Entonces un día recuerdo que María del Rocío llegó de sus clases de posgrado en la universidad, por la tarde-noche, y me vio fijamente a los ojos, con sus ojos cafés, por cinco o diez segundos, y luego se quitó los zapatos, y me dio un beso. Una mirada distinta, fija, que me escudriñaba.
Y unas semanas después, una vez, mientras, de nuevo, regresaba de sus clases de posgrado, me vio fijamente, y tartamudeó que la clase había sido muy aburrida. Tartamudeó de nuevo mientras cenábamos, y tartamudeó cuando hablaba en sueños.
¿Está de más aceptar que caí en la paranoia, pensando en qué otros hombres tenía? Así que la seguí por las calles, revisé su celular mientras dormía, revisé los números llamados en la cuenta del teléfono, e incluso conseguí que un conocido abriera su correo, siempre tras las pistas de algún amante cualquiera. Le hacía preguntas capciosas, le llamaba a deshoras, y me armaba las teorías más estúpidas detrás de con quién está ahora mismo disfrutando del placer prohibido.
Pero, aunque mucho buscara, nada encontraba. Gasté miles de horas revisando cada foto, comentario, llamada, mensaje, correo, pistas aquí y allá. A veces me encontraba con evidencia que me desmentía, y luego se venía abajo mi sospecha. Acepté, en su momento, muchísimas veces, de manera precipitada, que algún tipo cualquiera había estado con ella. Lloré muchas veces mi resignación y mi duelo, esperando que un día ella se mirara, me alabara, y se metiera al baño a sollozar. Pero nunca pasaba. María del Rocío, aunque a veces me miraba fijamente, aunque a veces tartamudeaba, siempre estaba de buen humor, tan cariñosa como siempre. Yo la veía todo el tiempo con miedo, pensando o que ella era una gran mentirosa, o que yo era un gran pendejo.
Me di por vencido en mi búsqueda, y acepté que mis fantasmas del pasado no me dejaban vivir tranquilo. Pero un día, un año después, comencé a sentir remordimiento, y tuve ganas de confesarle algunas de mis pesquisas. Así que me tomé un buen ron, y la esperé en la sala cuando terminé de cocinar papas con pollo con orégano. Llegó María del Rocío, y sentí un nudo en la garganta, pero me armé de valor, y le confesé todas mis estupideces y miedos.
Ella me escuchó en silencio por completo, hasta que llegué a la parte de mis disculpas. Ella me vio y me dijo que to-to-todo estaba bi-bien. Entonces suspiró, se levantó, comenzó a dar vueltas, y me dijo que era un hombre maduro, tierno, responsable, y todas esas cosas que todo mundo ya sabe. Esas cosas que se dicen siempre en tropel, aunque mitad de ellas sean falsedad. Resignado, mientras seguía hablando como un loro -o eso me pareció a mí-, me serví medio vaso de ron, escuchando la lluvia de elogios. Gracias, mi querido público. Y cuando terminó, se metió al baño a llorar media hora, en la que yo acabé de devorar lo que quedaba de ron, mientras reservaba en mi computadora un viaje a España o a Italia o a República Dominicana, qué sé yo.
María del Rocío salió entonces, con los ojos hinchados, y yo, en medio de mi ebriedad, le dije que todo estaba bien, que qué podía yo hacer. Ella me miró consternada, mientras me decía que yo no lo entendía, que ella acaba de conocer a un chico hace dos semanas. Aguarda, aguarda un segundo. ¿Y tus miradas fijas de hace tiempo? Me dijo que eran siempre para observar si yo había estado con otra mujer en su ausencia. ¿Y tus tartamudeos denotaban algo? Dijo que sí, que a veces se sentía que yo le era infiel, y tartamudeaba al tratar de preguntármelo (¿y qué habría yo respondido, por supuesto?).
Me dijo que la perdonara, que había sido algo sin importancia. ¿Qué? Que había estado coqueteando con él, pero cuando él intentó besarla, ella sintió remordimiento. ¿Sólo eso? Ella reclamó: ¿quién crees que soy? (Y me pregunté sin preguntarle qué edad se supone que tenía). ¿Y después? Y después nada.
Así que nos perdonamos mutuamente nuestras respectivas y supuestas culpas, mientras ella me abrazaba, y me decía que ella jamás podría serme infiel como yo decía. Yo simplemente respondí: por algo se empieza, y ya llegará el día en que me dejes por otro. Pasará indudablemente. Pero mientras ese día no llegue, disfrutemos el uno del otro.
lunes, agosto 02, 2010
Si pudiera ser al aire
domingo, julio 25, 2010
Esperarte sin esperarte
jueves, junio 24, 2010
Encontraré a una como tú
Encontraré a una que sea toda como tú. No sé cómo, ni en qué forma, ni en qué día, ni en qué año. Buscaré, y buscaré y buscaré. Saldré a las calles de esta vieja ciudad, en busca de ella, caminando por las calles empedradas, junto al río, por la plaza vieja, en los alrededores del castillo, de mañana, de tarde, de noche, en la madrugada. Y si no la encuentro en esta ciudad, saldré a buscarla en las ciudades todas de este pequeño país, o iré al pequeño país en el que naciste, y la buscaré de extremo a extremo. Quizás no la encuentre tampoco, y en tal caso, saldré a recorrer el continente entero, yendo de taberna en taberna, de café en café, de chalet en chalet, de castillo en castillo, de plaza en plaza, de bahía en bahía. Y si tampoco la encontrara aquí, la seguiré buscando en ultramar, o en el desierto, o en las llanuras, o en el oriente.
Esperaré a encontrarla, sin desesperarme, y haré que mi paciencia se extienda como el horizonte, perdiéndose hasta donde alcanza la vista. La buscaré, aunque con los días vengan las semanas, con las semanas los meses, y con los meses los años. La esperaré siempre inmerso en la esperanza de que algún día, simplemente, mientras camine distraído, mientras coma en algún lugar cualquiera, mientras me halle en la calle con la vista perdida, la halle, allí, en alguna parte, dormida en el asiento de un tren, o platicando en un café con una amiga, o a mi lado en un avión, o envalentonada por el vino en algún lugar de baile, o quizás en algún domingo soleado en alguna plaza pública, brillando más que el sol.
La reconoceré porque tendrá el pelo café oscuro, hasta los hombros, en leves rizos, como lo tienes tú, y porque serán sus ojos marrón, grandes, expresivos, como lo son los tuyos. La reconoceré en su talle delgado, fino, tan frágil, y por sus pechos pequeños, por sus pies delicados, por sus brazos esbeltos, por su nariz afilada y grande, con sus piernas tan delgadas, con una complexión que, como la tuya, parezca la de una adolescente apenas, como una figura de cartón que se puede llevar volando el viento de la tarde. Reconoceré en ella la joroba cuando camine, como si lo hiciera con flojera, y reconoceré en ella la mirada brillante, fija, desafiante, que tienes cuando estás segura de lo que dices, o la mirada dulce y cómplice cuando quieres mostrar tu simpatía. Al escucharla reconoceré que tiene una voz tan parecida a la tuya, con el mismo tono, igual de grave, amigable, juguetona. Y cuando toque su mano, me parecerá que toco la tuya, porque serán sus dedos tan parecidos a los tuyos, delgados, finos, blancos como la nieve.
Si acaso tengo dudas de si la he encontrado en verdad, me daré cuenta de que viste con colores que no combinan, que lastiman a la vista, con prendas que tratan de esconder su femineidad, con el pelo quizás recogido con una cinta roja o amarilla. La reconoceré cuando la escuche hablar enardecidamente de los derechos humanos, del arte, de la música, de lo bello que es el mundo, de política, de teatro, de poesía, inmersa en la ingenuidad de su edad. La reconoceré cuando camine distraída con la vista clavada en la nada, cuando olvide llamarme a pesar que se dijo que no lo olvidaría, cuando se sienta triste y prefiera no responderme, o cuando no pueda evitar guardarse las verdades que pretendía mantenerme escondidas. Sonreiré con gusto al corroborar que es ella cuando trate de mostrarse tan segura de sí misma, y, sin embargo, se le enciendas en rojo las mejillas, y tartamudee por que no controla el nerviosismo.
Habrá, sin embargo, un pequeñísimo defecto que no le perdonaré, y que estoy seguro, no tendrá, y ese pecado es estar enamorada de algún tonto. No tendrá el minúsculo, casi imperceptible defecto de estar enamorada de algún adolescente, de poner sus ojos siempre en él, de soñar con sus besos, con su regreso. No pecará al estar enamorada de otro que no la quiere, que la ha dejado, que ha huido con otra, y llorarle sin término. No rechazará a todos los hombres siempre con el pecho ardiente en esperanzas de tener de nuevo a aquel que no la supo valorar, que no tuvo cuidado de herirla, de lastimarla, siempre disponible para él y sólo para él.
Porque si tiene ese defecto, eso quiere decir que he buscado en vano, y que he encontrado, en cambio, a una persona que ya conozco, y que he vuelto, sin querer, al lugar de mi partida, fallido, encontrado mi derrota anterior, insalvable.
sábado, junio 05, 2010
Fuera de mi control
miércoles, junio 02, 2010
Me pregunto si es un pecado
lunes, mayo 31, 2010
¿A qué juego?
viernes, mayo 21, 2010
La mujer de anoche
Ayer, al verte por vez primera, no pude dejar de darme cuenta a simple vista, a media luz, de tu deslumbrante belleza. Tu cabello negro en contraste con tu piel blanca te daban un toque de elegancia; y tu mirada levemente altiva, ligeramente burlona, con tu ojos bien abiertos, chispeando, con tus labios a punto de dejar escapar un desdén, en un ardiente rojo, te daban un aire que no pude dejar de alabar en mi mente. Por supuesto que eras muy atractiva; no, lo correcto sería decir que eras ridículamente atractiva, porque no sólo se conjugaban en ti la belleza y el porte, sino el misterio y un no sé qué que no me pude explicar en ese instante. Apenas, inexperto, sospechaba que había algo más allá, algo indecible, que parecía flotar alrededor tuyo, místico.
Bailaste por horas, sola, con gran suavidad, con gran cadencia, mientras todos volteaban a verte. Varios hombres, de forma casi cavernícola, embrutecidos algunos por el alcohol, otros por el deseo, otros simplemente arrastrados por esa seducción que dejabas escapar a cada paso como un perfume, se acercaban a ti, para contemplarte, para bailar a tu lado, todos incapaces de dirigirte la palabra, esperando de ti tan sólo una leve sonrisa. ¿Te tendrían miedo, como yo, acaso? ¿O sería que, viéndote tan hermosa y altiva, pensaran que ir tras tus pasos era perder el tiempo, ante un seguro rechazo?
Seguiste bailando mientras la noche avanzaba lentamente, siempre sola. No dejaba de observarte, mientras el amigo que me acompañaba esta noche inolvidable no dejaba de murmurar al viento cuán radiante estabas, que eras brutalmente bella, una diosa. Te contemplaba siempre esperando toparme con tu mirada, tener un en instante un poco de contacto visual. Y cuando por fin llegó esa casualidad, que apenas duró algunos segundos, creí alcanzar a vislumbrar de manera muy pequeña tu esencia, tu espíritu, en esa mirada ardiente como el fuego, como los rayos del sol del mediodía. Me conformaba con verte bailar, con ver el perfecto movimiento de tus caderas, ataviada en unos simples pantalones de mezclilla y una blusa oscura abotonada que parecían no estar a la altura de tus ojos y de tus labios, profanando tu cuerpo y tu belleza. Me conformaba al verte, al observarte extasiado, como todos los hombres que permanecían a tu alrededor, presos de ti.
Deambulé, durante esas horas, entre la oscuridad, en busca de perderme en el alcohol, como otros tantos, y de olvidar un triste recuerdo que había empañado mis horas diurnas y nocturnas las últimas semanas. Y mientras deambulaba, siempre pensando que era suficiente para mí el haberte visto bailar sola, en un instante, pude ver cómo bailabas con un niño, con un adolescente que jugaba a ser hombre, con su camisa clara abierta hasta la mitad del pecho, con collares colgándole del cuello y pulseras de colores en las muñecas. Un niño jugando a ser hombre, un niño tratando de acrecentar su experiencia y su placer a través de un baile supuestamente sensual, tomándote por la cintura, acariciándote los brazos, las mejillas, disfrutando del roce de tus caderas. Un niño, porque, finalmente, solamente parecía respirar como un toro, apenas controlando su excitación a intervalos irregulares, apenas modulando sus sentidos. Verte allí, con él, hizo que rugiera dentro de mi un deseo: el de poder ya no sólo verte, sino tenerte como te tenía ese niño, ese adolescente.
Y llegó, por fortuna, el momento en el que te encontré sola de nuevo, esta vez descansando. Tomabas con tus delicados dedos una copa de vino blanco, sonriendo. Me acerqué a ti de manera rápida, decidida y al mismo tiempo nerviosa, para sonreírte y extender mi mano para pedirte la satisfacción de bailar conmigo una pieza, con mi mejor sonrisa. Me miraste, un poco divertida, un poco seria, un poco dubitativa. Me miraste por seis o siete segundos, a los ojos, fijamente, con los labios entre abiertos, como si no acabaras de decidirte. Me sonreíste, como si hubieras decidido finalmente, en un último instante, darme ese beneficio, ese placer, esa satisfacción. Me extendiste a tu vez tu blanca mano, suave y cálida como la brisa de un amanecer primaveral.
Te pusiste de pie, y pude admirar tu perfecta silueta, que se alzaba altiva ante mí. Suspiré. Tus ojos, de cerca, brillaban con mayor fuerza y tus rasgos resultaban más perfectos. La proporción de tu cintura y tus caderas se parecía a una de esas estatuas en mármol de algún mítico artista italiano. Y tu inmensa elegancia – nunca dejaré de mencionar tantas y tantas veces tu porte, lo refinada que me resultaste. Tomé tus dos manos, y luego tomé tu cintura con mi brazo derecho, de manera delicada, como si resultaras la más frágil figura de vidrio, o quizás porque sentía que estaba sin querer y queriéndolo, profanando tu cuerpo. Coloqué tu mano derecha en mi mano izquierda, y me acerqué a ti. Sentí por vez primera tu aliento, en la cercanía. Un aliento de mujer, de una mujer de verdad, no como esas niñas que juegan a ser feme fatales, que apenas huelen a inexperiencia y a dudas. Tus labios parecían invitarme a tocarlos con los míos, y tus ojos parecían saber ya todo lo que pasaba en mi interior, llenos de experiencia, llenos de seducción.
Conforme avanzaba la música trataba de ajustar tu cuerpo al mío, a que llevaras el ritmo de la melodía. Y cuando tus pies erraron consecutivamente, me pediste perdón, riendo, como si realmente no te importara no saber qué pasos se utilizaban en ese baile; como si esa disculpa fuera precisamente, en ese tono, lanzada de esa manera, la forma en que me decías: no me importa no saber bailar. Entonces, mientras reías, me tomé por completo entre mis brazos, y traté de unir tu cuerpo al mío, para que pudieras fundirte con mayor rapidez conmigo y con la música. Tus pasos comenzaron entonces a tener la cadencia que yo buscaba darte, suaves, lentos, precisos. Sentí cómo tu cadera se hacía dueña de la mía, poco a poco, instante a instante, cuando me ibas llenando de ti.
Yo, que se supone era el que intentaba llevarte en el baile, el conocedor, me vi preso de ti, porque tú tomaste el control verdadero de la pieza, mientras me hacías pensar que era yo el que te llevaba, en una mentira, ilusión. Me tomaste con fuerza, sin miedo, completamente decidida -como sólo lo puede hacer una mujer de verdad-, y me apretaste contra tu pecho. Colocaste tu cabeza en mi cabeza y sentí cómo literalmente me dejabas fundirte, al cabo, con mi cuerpo. Una llama terrible comenzó a devorarme por dentro, extasiado, perdido en ti. Recorrí con mi mano trémula tu espalda, mientras te iba suavemente meciendo. Esta cercanía de nuestros cuerpos estaba más allá de otras cercanías, tantas veces prosaicas y estrictamente animales, que tuve con otras chicas, con algunas más jóvenes, con otras más maduras. Tú sabías, no sé cómo ni de qué forma, entregárteme en el baile, y llenar de verdadera pasión nuestra danza. Te sentía arder, y pensé en un instante que ambos nos consumiríamos en la pista, a media luz, a media oscuridad.
Pero tristemente la pieza tenía que llegar a su fin, y yo estaba todavía extasiado hasta el infinito por tu aliento, por tu cuerpo, por tu cadencia, por esa forma tan poderosa en la que me hablaste con tu cuerpo. Y me sonreíste de nuevo. Te pedí -no podría ser de otra forma- una pieza más, o dos o tres, o cuatro. Me sonreíste, satisfecha, pero decidida a darme las gracias y nada más. Me sonreíste, sí, de manera coqueta, pero al mismo tiempo con un aire en el que me dejabas entrever que esa clase de placer no podía ser brindado sino en muy pequeñas dosis.
Ahora, cuando el cielo se ha pintado de gris, en este nuevo día, no puedo dejar de pensarte, y me lleno de tristeza al saber que no te pregunté nada. ¿Acaso me habrías dicho tu verdadero nombre si te lo hubiera preguntado? ¿Habrías permitido por más tiempo levantar esta barrera de hierro entre los hombres y tú, en esta noche? No lo sé, no lo sé. Me lo sigo preguntando, queriendo que cada pequeño instante del día que ha muerto se quede en mí, en mis recuerdos, y que pueda mantenerte en mis recuerdos tanto como sea posible. Poder recordar de manera absoluta tus labios tan rojos, tu cabello negro y largo, tu rostro de diosa mítica, tus caderas, tu silueta, tu elegancia, tu seguridad. Poder recordar que pude bailar con una mujer de verdad, más allá de mi entendimiento. Te extrañaré, supongo, cuando siga bailando con tantas chicas, unas más jóvenes, otras más adultas, como ya he bailado con tantas y tantas, que dudan, que no se entregan, que ni siquiera son capaces de verme a los ojos mientras bailamos, o que llenan de animal deseo el baile, sin perfección, sin arte. Te recordaré cuando baile también con perfectas bailarinas, que tienen técnica pulida con los años, pero que no tienen tu pasión, ese ardor en el pecho, tu experiencia. Me veré perdido, pues, en bailes impersonales, como hasta ahora reconozco. Y pensaré que algún día quizás pueda bailar contigo nuevamente, quizás sola una pieza. O quizás toda la noche, finalmente.
martes, noviembre 10, 2009
Soñé que soñaba
No recuerdo en qué momento nos encontramos, ni en dónde, ni a qué hora. Todo lo que recuerdo es que cuando me vino luz a la consciencia estábamos en tu recámara, que se hallaba plenamente iluminada, blanca por completo. Me veías con tus ojos profundos, seria, pensativa, como si te hubieras hecho una pregunta que no alcanzaras a responderte, como si la indecisión se hubiera plantado en tu pecho. Tus ojos profundos se clavaban en mi, como lo más naural del mundo, e iban a tu cuello mis labios, que se deslizaban lentamente a través de tu piel.
Y era todo tan natural, tan obvio, inevitable. Ni siquiera tuve tiempo de preguntarme cómo había pasado aquello, cómo es que me llevaste hasta tu morada, cómo era que me permitías contemplarte en la desnudez del alma y del cuerpo. ¿En qué momento y debido a qué razones habíamos podido deshechar nuestras pequeñas grandes diferencias, para dar paso a la comunión corporal y espiritual? Preguntas diversas y dudas trataban de agitarme, de hacerse dueñas de mi, pero no podía ponerles atención, porque no tenía tiempo para pensar, concentrado por completo, abstraído, en ti.
En otro instante, quizás menos arrebatado por tu aroma, podría haberme puesto a pensar en que este paso me resultaba demasiado peligroso. Porque después de estar juntos, en nuestra desnudez común, las cosas no volverían a ser las mismas de antes, y tendríamos que cambiar, tú, yo, nuestros lazos. Mas, aquí, contigo, en ti, lo celestial ahuyentaba a lo mundano, con mis dudas, con mis miedos, con mi cobardía.
Sólo pienso, ahora, que un leve instante, en aquel oasis no de felicidad, sino más bien de éxtasis, pensé en que otros hombres te habrían visto como yo te veía en ese instante, desnuda, en tu recámara blanca, sin tela alguna que te protegiera, que te disfrazara. No tuve celos, pero me pregunto cuán efímero podría ser este momento, y hasta qué grado podría yo ser eso, uno más de tus amantes, eso y nada más, sin poder verte en la desnudad del alma. Pero después de que esa curiosidad creara una leve discontinuidad en aquel paraíso, fui arrebatado por ti, por tus ojos, por tu cuerpo, por el placer, por el movimiento, por tu voz. Así es, más que en el placer, en la felicidad a tu lado, en un tiempo sin tiempo.
Después llegó el alba, y cuando cerraste los ojos, sólo recuerdo que te dejé tranquila, durmiendo, en tu recámara blanca, y vistiéndome rápido salí, quizás huyendo, ¿de qué? No sé. De ti, de mi, de nuestro pasado, de nuestro futuro. Te dejé allí, sola, apacible, sonriendo, debajo de las sábanas, en tu mundo, en tu resguardo, en el resguardo de tu mente, en tus sueños.
Y al despertar mío, sonreí mucho, y tenía casi lágrimas de llorar de felicidad ante lo inesperado. Me vestí con nerviosismo, dispuesto a ir a verte, ya en la tarde, con la mañana que se había fugado. Nervioso porque no sabía cómo reaccionarías al verme, un día después. Era obvio que tendría que cambiar lo que teníamos, esa fraterna amistad que nos unía, pero me daba tanto miedo que todo se viniera abajo por aquella noche. O quizás actuarías como si nada hubiera pasado, como si aquello no tuviera importancia, siempre, a partir de ahora, evitando que se mencionara.
Al tocar tu puerta, vi que estaba abierta, y entré, con paso sigiloso, y te vi en la recámara, vestida con un traje sastre color azul oscuro, mientras te pintabas los labios con prisa, enfrente del espejo. Pretendiste no darte cuenta de mi presencia, hasta cuando levanté mi voz, y me reconociste, sin sonreír de manera especial, sino simplemente mostrando que estabas apurada. ¿Te habías olvidado de mí, de la noche recién devorada, de lo que pasó? No me dijiste nada más, siempre preocupada en salir pronto. Ni siquiera te pregunté si ibas al trabajo, si ibas con las amigas, si ibas a comprar algo, o si tenías una cita. Me senté en tu cama, viéndote, con cariño, aunque viera tan sólo tu espalda, tu indiferencia.
Y cuando dejabas tu morada, me acerqué a ti, que seguías tratándome de manera cotidiana, con tus ojos profundos como el cielo. Salí de allí contigo, preguntándome si, como yo pensaba, tomarías que aquello no había pasado, ignorándolo, inexistente. Y cuando te seguía los pasos, como un perro, nos topamos, en el jardín del edificio, con tu mejor amiga, quien me vio, y me sonrió. Luego te saludó, y cuando le dijiste, con aparente prisa, que nos íbamos, nos vio a los dos nuevamente, y te dijo, sorprendida, que si no nos dábamos un beso de despedida. Tú entonces te pusiste nerviosa, como si ella no debiera haber dicho eso. Me viste por un segundo, sorprendida, sin saber qué hacer. Leíste en mi rostro, sobre todo, en mi sonrisa estúpida e infantil, que podía inferir y ver el fondo de tu alma en base a esas palabras lanzadas al aire.
Aquella amiga tuya nos abandonó, y tú mirabas, ahora con menos prisa, al pavimento, pensativa. No te ibas de mi lado, esperando quizás que yo dijera algo, en esa tarde nublada, en el silencio, solos. Yo te veía solemnemente, tratando de entenderte, de adivinarte. Cuando el silencio se alargó demasiado, nerviosa, me besaste en los labios, muy brevemente, en un beso adolescente, y pusiste todo el peso de tu mirada en mí. Sonreí. Te dije, después, que me gustaría que me acompañaras en la noche a dar una vuelta. Un helado, quizás. Sin pensar, me dijiste que sí, que estaba bien, que tenías tiempo, mientras bajabas la mirada, aunque seguías nerviosa. Y en mi inexperiencia fortuita, no dije las palabras que acallaran tus dudas, evidenciadas en tu silencio. Te dije que si el sábado vendrías conmigo a bailar, y me dijiste que sí, en un tono en el que me mostrabas que era lo más natural, tú, que siempre te negabas a ir conmigo a ir a bailar los sábados por la noche.
Después viste tu reloj con desidia, mientras me decías que tenías que irte, de verdad, pero que nos veríamos en la noche. Me viste una vez más, esperando mis palabras. Sonreí, con la sonrisa más grande de mi vida, porque no vinieron tus palabras tan decididas como de costumbre, negándote, que esperaba de ti. Pero estabas demasiado nerviosa, y me seguías viendo. Te dije entonces que me dieras un beso de despedida, por el tiempo que estaríamos separados, y me dijiste que otro beso era, quizás, sólo quizás, demasiado después del otro que nos dimos. Pero lo dijiste con tranquilidad, con esas dudas que parecían huir de ti, finalmente, con tus fantasmas que finalmente se alejaban, mientras te acercabas a mi, mientras acercabas a mi tu dulce rostro, decidida esta vez. Y eso era todo lo que me importaba, todo lo que esperaba, todo lo que tanto añoré.
martes, octubre 06, 2009
Imagenes mentales
Te extraño aunque no estés a mi lado, y la esperanza que tengo contigo no sea más que un sueño o alucinación. En otro tiempo esa luz me guiaba, me mantenía alegre, entusiasmado incluso en los momentos de mayor soledad, pero un buen día comprendí cuán irreal era, ridículo, caricaturesco, exagerado, una perfecta farsa, mintiéndome a mí mismo.
Te extraño aunque estés alejada de mí, pues aunque estamos tan cerca el uno del otro en esta ciudad, tu mente, tu corazón y tu perdón se hayan tan lejos de mí, que me mareo al observar ese abismo que se interpone entre nosotros.
Te extraño, aunque no tenga de ti más que imagenes mentales, recuerdos que se aferran a la vida, aunque sea inevitable su muerte, mientras veo, al cerrar mis ojos, esos ojos tuyos claros que me ven, sombríos, tristes, llenos de dolor, que, sin embargo, intentan verme con dulzura, con alegría fingida, con una máscara de color que nadie se cree, excepto tú. Y allí te sigo viendo, y por eso no quiero abrir mis ojos, pues tengo miedo que esta imagen tuya, que se me hace la más brillante de todas, sea quizás la última que me queda, y tengo miedo que al abrirse mis párpados no puedo verte ni recordarte, por muchas veces que intente evocarte al abrir repetidamente mis ojos nuevamente, tratando de revivirte en mi ser.
miércoles, septiembre 23, 2009
Ave nocturna
Y ayer, pues, mientras descansaba, noté cómo de la rama más baja de un enorme árbol que estaba a mi lado, un ave de un horrible tono café, con ojos razgados, que se perdían en una pequeña inmensidad, con forma anti natural, con pesado aletear, venía a pararse torpemente. Y así, el ave-titere me vio, y empezó a lanzar chillidos, tratando de llamar mi atención. Fue entonces que intenté cerrar mis oídos, encerrarme en mi mente, diciéndome que no le escucharía. Pero el ave no se dio por vencida, y siguió cantando, chillando, no sé bien con qué propósito, sin quitarme la vista de encima, por horas y horas.
Esa ave calló tras mucho tiempo, en esa oscuridad, y estúpido fui al pensar que dicha ave había callado tras el fastidio, tras darse por vencida, que estaba ahora dormitando, distraída, y que podría yo en un instante escaparme en la noche a aquella ave terrible y de mal augurio. Y estúpido e inocente fui al así pensarlo, pues esa ave que no era un ave, pero que intentaba serlo, al escuchar el silencio de mis pasos delicados, intentando huir, lanzó un gruñido, un chillido, alarido hiriente, y con voz humana, con la voz de un conocido mío -ah, cuánto te odio, maldita voz, maldita ave feroz-, gritó en medio de la oscuridad y del silencio:
¡Ah! Maldita ave que huíste en ese instante mientras te escuché en pesado aletear, imaginándome ver los invisibles hilos que te movían, ave sin ser ave, volando sin volar, chillando sin chillar. Escapaste tan cobarde como tu titiritero, y tu como titiritero, como tu domador, tan llena de cobardía huíste sin la oportunidad de brindarme una leve, muy pequeña insatisfacción.
Ave nocturna, ave de rapiña, ave que no eres ave, ave que no vuelas, ave que es movida por invisibles hilos, te encontraré de nuevo en la inmensidad de la nada, de la noche y la oscuridad, y te seguiré y te lanzaré piedras, para que caigas de tu caminar-volar, y te haré caer y me vengaré de tu mal augurio que vino en mala noche, como una profecía inevitable que hubiera querido no saber, y que hará que, inevitablemente, inevitablemente, inevitablemente, mi felicidad sea en efecto arrebatada algunas semanas, llevada lejos, tan lejos y tan cerca, de mí.
viernes, agosto 21, 2009
Esperando
Y a pesar de todo, hay esperas que me siguen pareciendo ridículas, o tontas, o molestas. Increíblemente molestas. Una de ellas es la que me aqueja estos días, ya varias semanas. ¿No resulta acaso irrisorio que no me desespere de llegar a comer comida mexicana, que tardará, por mucha que yo quiera, todavía cuatro meses, mientras que me desespero de que las últimas dos semanas hayan transcurrido con lentitud?
Muchas personas dirían que dos semanas es nada. Y yo mismo lo acepto, lo sé, y lo reconozco. Dos semanas es nada en cualquier caso, por bien o mal que se aproveche el tiempo. Pero contrariamente a lo que sucede con el placer, que hace que el tiempo parezca acortarse, es siempre el dolor el que parece extender su duración.
De acuerdo, dejaré de lado el drama excesivo e innecesario: no es precisamente dolor lo que me ha torturado en estas dos últimas semanas. Frustración, más bien, es lo que me acongoja. ¿Quizás celos? Quizás. Lo cierto es que aunque he encontrado algunas formas leves de disminuir esta frustración, cada día espero que de manera casi mágica desaparezca. Escúchenme bien: no es que quiera que un simple día, al levantar la vista, distraído, note que simplemente ya no hay rastros de impaciencia en mi alma. Más bien, espero una noticia, un aviso, un permiso. Y eso es lo que me mantiene al acecho, más que a la espera.
Mientras tanto, esperando como niño y como tonto, a cada instante, recibir esa noticia, vivo en la frustración, imaginándome cosas, no sólo teniendo visiones molestas en mis sueños, sino también durante la vigilia. Porque vienen visiones que me torturan lentamente, y que claramente, están en contra de mis deseos, ya que no soy en forma alguna alguien que le guste sufrir, y mucho menos, masoquista. Es tan sólo que soy un necio y mi imaginación me juega malas pasadas, de tal forma que en vez de disfrutar un domingo en casa, distraído, leyendo, pensando en nada, comiendo, echado en la cama, tengo que soportar que mi mente me diga que TODAVÏA NO llega la noticia. Y además, tengo que soportar muchas ideas que me vienen al pensar porqué no viene esa noticia.
Creo que esta espera me está destruyendo los nervios. Me da insomnio y a veces siento que la lengua está seca. No es que sea un dolor, como dije, que me devore por dentro. Pero es una espera de esas que, como en mis años de niño, no puedo soportar, unido a mi imaginación que parece hallar placer en torturarme, mostrándome por las noches y en los fines de semana -únicamente en las noches y en los fines de semana- imágenes que detesto ver. No sólo imágenes, en realidad: también colores, sabores, sonidos, gestos, alaridos, tonos, temperaturas, y un montón de tonterías, en un festival de la auto tortura.
Sigo esperando que en cualquier momento llegue esa notificación. Pero quizás no va a llegar tan pronto como yo pensaba (dos o tres semanas), sino que se prolonge, no sé, dos o tres meses. Y eso, por supuesto, me dejaría bastante jodido, no porque no pueda vivir esperando tanto tiempo, sino porque, literalmente, me dejaría fuera de juego. Digamos que si se prolonga dos o tres meses, para mí representa la eternidad.
Así que ahora espero a que la vida me diga si acerté en mis cálculos supuestamente lógicos, o soy un tonto que se ha auto engañado en sus ideas. O quizás sólo un tonto que no le atinó al problema.
sábado, junio 20, 2009
La noche en que Andrea despertó sobresaltada y tuvo que ir al baño a vomitar su alma (1)
Sintió nuevamente náuseas, y nuevamente vomitó. Sintió que nuevas lágrimas salían expulsadas de sus ojos como violento reflejo del vómito. Y sintió, nuevamente, cómo el fluido amargo era fuertemente expulsado por su nariz. Y luego, tras limpiarse la boca, los ojos, y dejar que el agua del inodoro del hotel se llevara lo que se tenía que llevar, respiró con un poco de tranquilidad.
Caminó con cuidado hacia la cama, desnuda, solamente con el brasier blanco y las bragas blancas -haciendo conjunto-, que se puso tras hacer el amor tres veces con Armando, porque no le gustaba dormir sin ropa interior. Recogió, junto a la cama, el pantalón de mezclilla azul que había sido arrojado con furor cuando Armando la desvestía, horas antes, sediento y hambriento de su cuerpo. Y después se puso la blusa negra de tirantes de la que se despojó cuando ya no cabían más besos de él en su boca. Finalmente se puso unos tenis que sacó con cuidado de su maleta, y a punto de dejar la habitación, aunque no quería ver el cuerpo de su novio, no pudo dejar de escuchar el sonido acompasado de sus ronquidos profusos.
Salió casi despavorida del hotel, cruzando por enfrente de la recepción con pasos alargados, esperando que nadie la viera ni le preguntara nada, con su cola de caballo al aire, huyendo de todo. Y al poner su pie derecho en la banqueta, fuera, y al sentir el primer soplo leve de la brisa marítima que le daba en el rostro, se sintió un tanto más aliviada. Vio hacia ambos lados de la calle, y aunque notó que el silencio allí reinaba, comenzó a caminar, sin preocuparse demasiado por lo que pudiera pasar.
Y así, con el cuerpo trémulo, con la mirada baja, sintiendo nuévamente náuseas, llegó hasta el mar, del que no estaba demasiado lejos. Y allí, vio la inmensidad, la oscuridad, el leve murmullo de las olas, y se sentó en la arena, suspirando.
Confundida, llena de una desagradable sorpresa. Había sido tomada, desprevenida, al despertar en medio de la noche, por un sentimiento terrible que le llenó de dolor el estómago, de desencanto, de repulsión contra Armando, y también contra sí misma. Se vio desnuda ante una dolorosa verdad. Y vio, por primera vez desde hace mucho tiempo, las cosas con mayor claridad. Con dolorosa claridad. Y cuando todo este huracán de emociones se estrelló contra la bahía de su cuerpo y alma, había corrido hacia el baño, vomitando tres ocasiones de manera terrible.
Pero ahora, allí, sola, en la arena, debajo de la noche, en medio de la madrugada, con las primeras luces a punto de salir, podía desahogarse finalmente, en su soledad.
jueves, febrero 26, 2009
Encuentro ocasional
Nos sentamos en la banca de un café cualquiera. Ella con ropa negra, llevando zapatos deportivos, y ya no usa lentes. Sonríe más que nunca, y se nota que la madurez alcanzó su pecho. Escucha con atención, y se nota la energía inmensa en su rostro.
Y ella me dice que he cambiado. Que mi mente ha dejado de vagar en el limbo de lo irrealizable, de lo exagerado, de lo infantil. Al mismo tiempo, sin embargo, me he vuelto más complejo. Quizás todavía un poco necio como en el pasado, me dice, y le creo por completo. Soñador, sí, todavía, pero ya no de manera absurda -o de manera menos absurda en todo caso-.
Ella me platica sobre su vida, sobre sus viajes, sobre su último gran amor, ahora lejos, en el mismo continente, pero en el otro extremo del mundo. Le quiere, le extraña, mas la distancia les separó tras haber estado juntos por años enteros. Ahora sale con tipos interesantes: escritores, publicistas, comunicadores. Pero no es lo mismo, con el amor no cicatrizado, bohemio, alejado de la pose de lo artístico, de lo falso, de lo plástico.
Y yo le cuento sobre mi vida, sobre mis viajes, sobre mi trabajo, y por esa terrible e insidiosa fascinación -ella lo sabe- por buscarme problemas, por tener tanta facilidad en fastidiarme la vida eligiendo los caminos incorrectos en el diario vivir. Me aconseja con pronunciado acento que deje eso, que rompa mi patrón, que deje de buscar esas formas de placer-sufrimiento. Y cuando escucha mi penúltima aventura, estupefacta, me dice que ese es el colmo de los males. Sin embargo, la tranquiliza que mi última no sea de esa forma, tan baja ni terrible.
Y nos despedimos al encontrarnos por mera casualidad, cuando ella me pensaba en otro país al norte, y yo a ella en otro del sur. Nos despedimos tras años separados, quizás para separarnos de nuevo. Sí, estaremos en contacto. Sí, nos escribiremos para contarnos las cosas más tontas, las decisiones más bobas. Y le doy un beso en la frente, como el beso que quise darle hace algunos años, cuando mi inexperiencia y la suya nos sumieron en la amargura a ambos. Y ella sonríe, y veo un dejo de nostalgia en su rostro, en su mirada, en su sonrisa. Pero esa nostalgia es momentánea, no permanente, como antes.
Y nos despedimos, como nos encontramos, ¿por cuánto tiempo? No sé. Sólo espero seguir sus consejos.
miércoles, febrero 25, 2009
Aclaración
Quien escribe una historia sobre asesinato, no es por ello alguien con deseos de matar, un asesino en potencia. Quien escribe una historia de amor, no es por ello, necesariamente, amado. Quien escribe una historia de ciencia ficción, no es una persona que tiene, de manera enfermiza, ideas totalmente fuera de la realidad.
Estas personas, pensando que lo que en su momento fue inspiración -e inspiración de un momento hace largo tiempo, y además, de uno muy triste, y casi diría terrible-, piensan ahora que en realidad es una forma de quejarme ante el mundo de ellos, revelando su intimidad, han esparcido rumores sobre mi personas, y además, mentiras y acusaciones sobre mí.
Es por ello, por el hecho de que no pueden entender que ellos no son más que la inspiración, que no lo que escribo sobre 'ellos' no es más que producto de mi imaginación (ya que los personajes que se me ocurrieron ni siquiera con ellos), que he decidido suprimir todas las entradas que mostraban historias que me surgieron a raíz de ellos (solamente espero que no tengan la grave locura de pensar, de momento, que todas las entradas pertenecen a su historia).
Lo hago, incluso cuando sé que no es un crimen ni mucho menos -un ejemplo de un verdadero crimen sería haber mostrado sus nombres reales, quizás a veces con otros datos adicionales, que pudieran hacer que conocidos en común leyeran estas historias-, quiero evitarme cualquier clase de chisme sobre mi persona, como los que ya han hecho correr, tan lejos de mí, colocándome como un loco, insensato, y demás.
Y para mis amigos de B (en el país de C1), y para mis amigos de P (en el país de C2), por favor, les pido dejen de leer este blog, pues aunque bien me abstendré de escribir sobre su pequeña historia, no quiero que puedan pensar, en un momento futuro que hago alusión a ustedes.
Y a mi amigo de B, en el país de C1, le digo: oh amigo mío, querído desconocido, te honro y agradezco la atención de leerme en tus muchos ratos libres que tenías en tu trabajo, según parece, pues hubiera pensado que eras tú el que menos vendría a honrarme con su lectura. Te lo agradezco mientras haya durado, y espero que mis textos, aunque muy imperfectos, te hayan mostrado una forma de diversión alejada al mundo de los números en el que te desenvuelves.
lunes, febrero 16, 2009
Con lágrimas en los ojos se despertó a la mitad de la madrugada
Gimió después, de manera más suave cada vez, otras tres ocasiones. Se limpió los ojos, y se quedó allí, anclado a la cama, como una estatua, quieto, apenas respirando. Y se dio cuenta de que la pesadumbre dominaba su pecho. ¿Qué cosa era la que había, pues, soñado? ¿Qué terrible, triste o deprimente pesadilla había arrasado su ánimo mientras descansaba en la oscuridad de la noche?
Se limpió los ojos cuando notó que una lágrima escapaba, sin su permiso, del ojo derecho, deteniéndola mientras recorría suavamente su mejilla todavía cálida por las cobijas. Quiso levantarse y no pudo. Quiso echarse a la cama, y no pudo. Sólo pudo, en cambio, cerrar los ojos del cuerpo, y abrir los del alma, cuando el sueño le revelaba que un ciclo de su vida había llegado por fin a su término. Él sabía que debiera ser más bien motivo de alegría, de tranquilidad, cuando un luto llega a su fin, cuando la tormenta ha cedido a la luz del sol, cuando las nubes se apartaron para dejarle acariciciar la ciudad.
Él había comenzado a soñar a Marcela después de dos semanas de separarse de ella, cuando, precisamente, comenzaba a pensar que era raro que no sintiera pena por su partida. Y noche a noche, sin quererlo, sin desearlo, y después odiándolo, destestándolo, siendo regresiones diarias de su dolor, tuvo que vivir con ello. Y siempre viendo a Marcela en distintos papeles, en distintos lugares, en distintas situaciones.
La primera semana la soñó regresando a él, hundiéndose en su pecho, sollozando de felicidad por regresar a casa, renunciado a todo por él. Y en esa semana, al despertar, pobre de él, que veía con terrible amargura que ella no estaba a su lado, que estaba tan cerca pero tan lejos, pero jamás a su lado, nunca regresando a él.
La segunda semana soñaba que ella estaba con otro hombre, que se iba con él caminando debajo de la luna, con la calle iluminada por los faroles en un principio de primavera. O a veces la vía caminando, sonriendo del brazo de otro hombre, cuya rostro no veía, mientras la lluvia les mojaba a ambos, que simplemente, se sonreían el uno al otro. Y otras veces las soñaba en un café, o encontrándoselos en el cine, o en la calle en un domingo cualquiera. El despertar le traía una amargura, porque la realidad no distaba demasiado de sus sueños, de sus pesadillas. Despertaba dolido, herido, envidioso, a veces fuera de sí.
La tercera semana la pasó entre gritos apagados a mitad de la noche, al verla desnuda, siendo poseída por él, o a veces simplemente besándose delicadamente en un jardín de mediodía. Otras veces simplemente soñaba que era un árbol que, desde afuera de una casa, a través de una enorme ventana, veía cómo se acurrucaban juntos en el sofá, mientras él la besaba en la mejilla, en la frente, y en los labios. Y enojado se paseaba por la ciudad durante las horas diurnas, con el semblante serio, apagado, con el ceño fruncido.
La cuarta semana soñó con ella, así, sin compañía, caminando en la calle pensativa, a veces viendo su propio reflejo en los cristales del metro, y otras tantas leyendo, sentada en su cama, con la pijama puesta. Ella no parecía demasiado feliz, pero tampoco triste. Simplemente estaba tranquila.
Y las demás semanas, ¡ah! ¿Alguien las recordaba, por ventura? Eran retazos, sueños incompletos mezclados con delirios, con pesadillas, con mentiras, por todo lo que él se había, sin querer, reprimido ante el abandono de ella. Todo lo que pensaba, pero que se callaba, que evitaba pensar, sus miedos, sus dudas, sus preguntas, y todo se veía allí revuelto, en colores por momentos oscuros, por momentos claros, a veces de noche, a veces de día. A veces la veía sonriendo, a veces enojada con él, y otras tantas, tantas, simplemente viéndole indiferentemente al pasar por enfrente de él, en un parque, sola o acompañada.
Y, terrible cosa, hubo instantes en los que él pensaba que los sueños eran las marcas del destino, del futuro, de lo que pasaría. A veces le parecía que eran las posibilidades que se abrían en el tiempo, en la vida, en el mundo. Y a través de esos traicioneros sueños, como si fueran un reparto de canciones, a veces renacía en él la esperanza; a veces, en cambio, se veía ahogado por la negatividad; a veces, por la resignación, que le llenaba de un vacío insoportable. Otras tantas vino a tocar a su puerta el orgullo, y otras tantas el dolor, o la desesperanza.
Y, finalmente, llegó el hartazgo, al notar que había soñado con ella, sin quererlo, sin desearlo, detestándolo desde lo más profundo de su ser, el doble de noches de las que la había tenido con él, y que, también, según decían las malas lenguas, en todo este tiempo, el doble del que estuvo con él, había ya pasado con aquel otro nuevo amor. Y se sentía frustrado, recordando un pasado muerto, extinto, reviviendo fotos rotas, recuerdos amargos, esperanzas ahogadas, muertas, apagadas.
Y esa noche, que era más bien madrugada, se convertía en un leve instante en amanecer, y se dio cuenta, todavía con los ojos humedecidos, con el pelo alborotado, con la espalda encorvada, con un sentimiento de tristeza, que era la primera noche en mucho, mucho tiempo, en que no soñaba a Marcela. Había soñado, sí, pero había soñado con sí mismo, como no pasaba hace tantos años. Y en esa breve noche tuvo dos sueños, pero en ambos estaba él, allí, como era, sin ser tristes, ni alegres, sino así, como la vida es, ni completamente triste, ni completamente feliz.
A pesar de todo, había llorado mientras dormía. Y se sentía triste, melancólico. ¿Porque, entonces, se plantaban de esa forma estos sentimientos en su espíritu? Quizás por que Marcela, o mejor dicho, el fantasma de ella -que no era cosa que una mezcla de ilusiones, de desilusiones, de sueños, de desencantos, de frustraciones, de recuerdos buenos y no tan buenos-, había finalmente dejado su pecho. Y lloraba al despedirse, finalmente, no de ella, sino de ese fantasma.
A todo esto, ¿qué haría en ese momento Marcela? Quizás estaría durmiendo tranquilamente, abrazada por su esposo o novio. Quizás estuviera ya despierta, preparándose para llegar temprano al trabajo. O tal vez ya se hallaba despierta, o ya se hallaba a punto de dormirse, en un horario distinto, en alguna ciudad lejana. Quizás durmiendo sola. QUizás triste, o quizás alegre. Y él pudo, finalmente, sonreír, porque esas lágrimas que se le escaparon al alma mientras dormía, eran las últimas para ella, las que habían marcado su despedida para siempre de él. ¿Marcela entonces? Que Marcela esté bien, y eso era suficiente como un mero deseo lanzado al mar o al cielo, desapareciendo en el olvido apenas haber sido pronunciado.
Pero, que te vaya bien, Marcela.
viernes, febrero 06, 2009
Cuando las horas se alargan (V)
Hoy me averguenzo de dos cosas que en otros tiempos me podrían haber parecido de lo más bajo e insignificante. Pero la vida da vueltas, y es por ello que ahora hacen que mi sea mi alma, más que mi persona, la que esconda el rostro apenado cuando recuerdo esas dos tristes realidades que azotan mi ser.
La primera es del pesar que, a pesar de todo, reprimí como un ser insensible, o acaso como un ser que no necesito de las emociones, ni se deja corroer por ellas. Un ser frío, al que no le importaba que la vida no le fuera, en un leve instante, benéfica. Escondía -como bien dice el dicho- yo mi dolor, y solamente a algunos amigos se los compartí. Y mientras tanto, me aparecía ante el mundo con una máscara de alegría, hipócritamente, sintiendo que si me mostraba tal como me sentía, me ganaría el desdén de las otras personas. Y no es que sean insensibles o tengan prejuicios contra el pesar, sino que, cobardes como somos todos, huyen como yo quizás también huiría del dolor, con pánico, con miedo, sin querer contagiarse por él.
Y la segunda cosa de la que me averguenzo, es de haber perdido totalmente el control sobre mí, sobre mi persona, sobre mis deseos, sobre mis necesidades y sueños. Me vi dominado por un ansia irrefrenable de un ideal que ahora juzgo bajo, vil y vano, deseando por encima de todas las cosas dominarlo, tenerlo para mí. Rompí mi control, y mi persona se vio envuelta en una pasión maligna que desbocó todo lo malo que hay en mí. No pudo venir la razón en mi ayuda, ni mi lógica pudo detener este terrible avanzar de la locura.
Y por un instante siento más remordimiento sobre esa pasión que me dominó de manera tan absurda y estúpida, por que mi ideal, al igual que yo, estaba inundado, a su vez, de una carencia de control tan inmensa, y en realidad, mucho más inmensa que la mía, que debí de haberme visto a través de su situación, como una persona que había dejado de actuar razonablemente en lo absoluto, creyendo en realidades inexistentes, como sediento de meros sueños irrealizables, poniendo mi vida al borde de la locura por una estupidez que seguí como una religión.
Hoy, que veo que el dolor ha pasado, y que no necesito máscaras con los cobardes que tienen miedo del dolor; y ahora, en que veo que mi persona ha sido arrasada, en más de una manera, por esa obsesión tan vana, solamente puedo ver que cosas buenas deben de salir de ello. Por momentos pienso, no sé sin con razón o no, que haber pasado por esa experiencia me ha hecho poder ver algunas cosas de manera más clara, por ruines, vacuas, o insignificantes que sean, lejos de la gloria que, no sé en qué momento, les impregne en mis sueños.
jueves, febrero 05, 2009
Cuando las horas se alargan (IV)
Solo en otra ciudad, caminando entre desconocidos, comiendo con desconocidos, y riendo con desconocidos gastaba algunos días alejado de mi ciudad. Dos o tres días, apenas. Y me iba con el alma aconjogada, preocupada.
Había vislumbrado que me habían mentido. Y así, entre la resignación de la mentira, y el querer pensar que todo era un error, mi mente erraba en ese viaje, en la mañana cálida, entre el ruido de los coches del mediodía, en la tarde que caía llenando todo de oscuridad.
Y pensé que todo podía ser resuelto. Por supuesto, todo se aclararía. Pensaba que todo tenía solución. Y de esta forma gasté un día perdido en una ciudad en la que estaba solo, entre en el ruido de las gallinas, de las aves tropicales. Y al llegar la noche, salí a caminar, pensando siempre en aquello que me desesperaba y me llenaba de alegría a un mismo tiempo. Salí, y caminé, aferrándome a ese ideal, entre emociones antagónicas.
Y feliz regresé, tonto, a mi ciudad, en donde no sólo me esperaban mis amigos, sino, también, ese ideal, aunque realmente estuviera a kilómetros de distancia. Y me moría por huir a él, por perderme en ese ideal, por escucharle, por verle, por abandonarme en aquello que tanto adoraba. Porque ya no iba a estar solo, como un día antes, en la oscuridad de mi alma.
Y al llegar la fuente de mis alegrías, tristezas e ilusiones, estalló lo que tanto temía: desídia. La amargura impregnaba su canto, la indiferencia pintaba su alma. Fue poca la amabilidad que sobre mí virtió, cuando antes lo hacía siempre, sin faltar. Parecía tener prisa, prisa, prisa. ¿Prisa por hacer qué cosa?
La confesión terrible, lamentable, demente, exasperante resonó de manera horrible en mi alma, dejándole muerta, de pie, con el cuchillo clavado en el corazón, impactada, anonadada. Esa soledad que pasé un día antes había sido todo lo que yo no quería, qye ahora se convertía en mi futuro: soledad, preguntas, miedo, oscuridad.
Hasta el día de hoy sigo sin comprender, sin entender. Quizás nunca lo haga. Pero el recuerdo sigue allí, allí, clavado en mí, sin que pueda moverle.
viernes, enero 16, 2009
Cuando las horas se alargan (III)
Resignación.
Resignación cuando veo tus fotos en mi memoria, y escucho tu voz grave resonar en mi mente. Resignación cuando recuerdo tu sonrisa, tus burlas, tus inseguridades y prejuicios. Resignación cuando sé que te hallas lejos de mí, tan cerca de la locura, tan cerca del caos.
Resignación en mi dolor, cuando te imagino, sin que yo pueda evitarlo -oh, querida y maldita mente que no te controlo, caballo desbocado- desnuda, sudando, gimiendo, francamente, mientras él te hace suya. Tú gritas, él grita, y yo, en mis adentros, también grito. Pero nuestros gritos nacen de emociones diferentes, ¿no?.
Resignación cuando me imagino cómo gastas las horas en estos días. Apenas ha pasado poco más de una semana. Poco más. Este tiempo avanza tan lenta, lenta, lentamente. Y a ti, quizás te rinda más, y a mi, me tortura también más.
Resignación cuando, siguiendo las instrucciones de mi psicóloga, uso un ardid para no pensarte desnuda y gimiendo y gozando. Resignación cuando, producto de ese ardid, te dejo de evocar, y entonces me lleno de molestia, o de coraje, o de cansancio, o de tristeza, o de melancolía. Si me enojo, me aguanto. Si me da melancolía, escucho canciones tristes. Y si me entristezco o me siento cansado, duermo largas siestas.
Resignación cuando ya no hay nada que perder. En realidad, nunca hubo cosa que perder. Resignación cuando estás lejos, resignación cuando estás cerca de mí, al mismo tiempo (te alejan de mí dos o tres semanas). Resignación cuando mi estabilidad emocional se interpone entre nosotros. Resignación cuando sé que no me convienes, y resignación cuando sé que no me lo puedo creer, por obvio que sea para todos, menos para mí.
Resignación que llega, después de tantas semanas. Resignación en mi dolor, en mi olvido. Resignación en mi resignación.
Y resignado, cuando siento que casi te he olvidado, que casi te he superado, me doy cuenta de que...
Te extraño.