Siempre me imaginé que toparme de nuevo con Jana sería algo bastante improbable -y lo era, en realidad-, pero que, si algún día ocurría, debía ser bajo condiciones que me permitieran tener al menos cierta revancha moral con ella: ella, la que exigía la mayor, irreal, absurda fidelidad de sus parejas, descartando incluso lo platónico, mientras ella, al mismo y preciso instante, tenía la libertad de tener cuantos affairs quisiera, egoísta, empáticamente miope.
El encontrarnos, en alguna ciudad específica -fuera la ciudad de México, fuera Praga, o fuera alguna en Italia-, bajo alguna estación -generalmente verano u otoño, en mis sueños guajiros-, y la forma de vernos, de vestirnos, de ir acompañados a solos: todo ello llegó a ser un pensamiento recurrente, una expectativa de la mente, de un ego herido, constante por el próximo año desde que dejamos de vernos. Después empezó a perder fuerza, quizás por la intensidad de algunos de mis propios affairs, hasta que incluso dejé de recordarla, la cosa más natural, parecía ser.
Por eso fue tan sorpresiva la situación. Porque no me imaginé estar auténticamente sorprendido cuando esa sorpresa, agradable o no, llegara a suceder. Porque me imaginé que cuando ello sucediera, si acaso llegaba a suceder, sería una situación en la que yo tomaría ventaja para lastimarla, en las formas más ridículas que mi intelecto y mi imaginación me permitían.
Porque, sencillamente, me imaginé topármela, mientras ella se giraba hacia mí, o porque me imaginé que nos veríamos en un café, cuando uno le escribiera al otro, coincidiendo en la ciudad. No me imaginé estar perfectamente enfrascado, sentado, esperando unos tacos de carnitas a mitad de la primavera en Praga, hablando de algún relato de Cortázar, tomando un ligero sol, mientras pasaba la gente.
El mesero venezolano vino a dejarnos las cervezas checas que habíamos pedido, sonriéndonos a ambos, aunque, claro, más a ella que a mí. Normal, nada raro. Y antes de que yo pudiera responderle a lo que María me dijera acera de lo que pensaba parecía ser la alegoría transmitida a través de la casa perdida, sentí yo más que ella una mirada encima de mí, como si alguien me echara agua caliente encima, o como si alguien, súbitamente, me hubiera enterrado una aguja en el brazo, como las que se usan para vacunar.
Noté que ella calló, abriendo un poco los ojos, todavía con su suave sonrisa de toda la vida -o al menos de la vida que teníamos juntos-, moviéndolos hacia mi derecha, un poco hacia arriba, justo antes de que yo me diera cuenta. Giré los ojos, por supuesto, con una sensación rara, para toparme con los ojos café oscuros de Jana, felinos, abiertos por completo, observándome a mí, con lo que me pareció una mirada de sorpresa ambigua.
Callé, abrí mucho los ojos a mi vez, en silencio aún, para sonreír tenuemente después con mis labios y con mi mirada también, con verdadera alegría de verla allí, pese a que ella parecía todavía con la mente ida: "Jana! vaya casualidad!". Pero Jana seguía fuera de sí, aunque algo menos desde que abrí a boca. Vio a María entonces, y luego a mi de nuevo, y de manera automática, robótica, me dijo entonces: "Sí, vaya sorpresa. Pues sí, estamos aquí, de vacaciones, en Praga, José Eduardo y yo", dijo ella, tomando del brazo a su acompañante, un señor que me pareció simpático, aunque algo mal humorado, de poco más de cuarenta años, rollizo, lampiño, moreno, latino, con unas enormes gafas Ray-Ban encima del rostro. Había algo ridículo pero agradable en él. Quizás porque me recordaba a mi tío Gregorio, allá en México.
"Pues es una casualidad muy grande que nos encontremos por aquí" dije con alegría, dirigiéndome a Jana y a mi tío. "Supongo entonces que no viven en Praga? Pues nosotros también hemos venido de vacaciones, aunque por un mes, pero no deja de ser una gran, agradable coincidencia". Pero el sonido que causó "agradable" pareció no serlo en el rostro de mi tío Gregorio, y en menor medida en el de Jana.
Noté entonces que ella giró su rostro, todavía sostenida, como de un pilar, del brazo del señor latino que iba con ella, que no había pronunciado palabra alguna, salvo asentir con la cabeza, sin mostrarme sus verdaderos ojos, algunos segundos antes. La miró, a María, de manera intensa, con fuerza, de arriba a abajo, por apenas dos segundos. Pensé que quizás la veía como se ve a algo que se intenta grabar en la memoria". Guardé silencio, al igual que a mi prometida, mientras esperábamos que ellos dijeran algo.
Noté que él sacó el teléfono, como si no estuviéramos nosotros dos enfrente de ellos dos, sentados, esperando la comida, mientras él leía algo, y luego le decía: "Es este el restaurante mexicano que dijiste, no?". Yo iba a decirles que sí, que seguramente este era el restaurante mexicano que buscaban, pero parecía que estaban allí, solos, ellos dos solamente, y por mera casualidad frente a nosotros, no con nosotros.
Giré un poco mi cabeza, echado hacia atrás en la silla hacia María, quien me veía un poco divertida, con una expresión que me daba a entender que ella entendía que el encuentro tenía algo o mucho de absurdo, que me podía seguir el juego.
En ese instante mi tío Gregorio y Jana volvieron a hablar, aunque esta vez de manera baja, sólo para sí mismos, para decir después ella: "Creo que esta vez podemos ir a Hard Rock café, que está allá enfrente", para partir, tomados del brazo, hacia el otro lado de la plaza, partiendo para siempre, sin más, sin despedirse.
"Y bien?", me preguntó mi prometida. "Ah, ella era una novia que tuve hace algunos años.". "Y?", me miró ella con más curiosidad que reproche. "Y parece que no le ha sentado del todo bien verme. Ella es la que te dije que se fue a México sin mí, de alguna forma dicho. La recordarás, no?". Ella asintió. "Lo verdaderamente curioso", le dije, como si habláramos de algún chisme ajeno, con interés, pero sin mucha emoción propia, " es que como terminamos mal, en una situación en la que siempre me pareció que ella tenía la ventaja, idealicé nuestro encuentro futuro, en una situación en la que yo pudiera hacerle ver que yo era un gran partido, y que me dejó ir. Aunque, también, tenía miedo de que fuera al revés, y de que me la encontrara en un momento en el que mi vida no fuera tan buena como la suya. Y a final de cuentas, me la encuentro, en la forma más simple del mundo, y no nos decimos cosa alguna de importancia, sin herirnos el uno al otro, como tanto hacíamos en el pasado, como me imaginé que haríamos.".
María me observa, todavía divertida, pero pensando en algo. Quizás le da curiosidad escuchar la historia que tuve con Jana, con algunos detalles sí, y con otros detalles no. Noto que mueve la cabeza, mirando hacia enfrente. Me hace una señal al mover la cabeza de lado y abriendo y cerrando los ojos, como una lampara que quiere mover el foco de atención. Miro hacia donde ella me señala, sin decírmelo, y noto que avanzan allá, hacia otra calle, Jana y mi tío.
"Somos bastante diferentes, esa ex novia tuya y yo, no? Incluso físicamente lo somos. El color de los ojos, el pelo. Colores opuestos.". Sí, es verdad, y asiento, sonriendo un poco más. "Hay algo de atractivo en su pareja", me dice, con toda la seriedad del mundo. Suelto una ligera carcajada. "Bueno, justamente pensaba que me recuerda a mi tío, al que tiene una joyería en Cuernavaca. Así que imagino que así luciré en década y media. Sólo tienes que esperar un poco para que yo, en teoría, luzca así". Ella suelta una cálida carcajada a su vez.
"Y bueno, entonces no te parece que la casa en el cuento de Cortázar es una alegoría?", me pregunta de nuevo, volviendo a nuestra conversación. "Desde luego lo es", le respondo, alegre.
sábado, febrero 28, 2015
viernes, septiembre 05, 2014
Mis dias son dulces (y me lleno de melancolia).
Mis dias son dulces, muy dulces. Si hace calor, tomo mis gafas, alguna playera de manga corta, y me voy a tomar un vino blanco, fresco, en alguna terraza. Si hace frio, tomo algún jersey, quizas mi abrigo, y me voy a tomar a un cafe, tranquilo, con un libro.
Si es de noche, y estoy en Puebla, o en Praga, o en Berlin, salgo con amigos, cenamos, tomamos vino, brindamos, nos contamos historias idiotas hasta no poder reír mas. Si es de noche, y estoy en alguna ciudad nueva -Viena, Dublin, Florencia, que se yo-, salgo a dar una vuelta, me tomo una copa en algún bar, observo divertido y curioso a la gente, a su forma de actuar, y después dirigo mis pasos a bailar, a ejercer mi pasion latina.
Pero siempre, primero en la mañana, casi al despertar, o a media tarde, cuando el sol muere, o antes de irme a dormir, necesito dejar, por unos breves instantes, que mis heridas sangren, que algún concentrado veneno sea expulsado gota a gota. Y me lleno de melancolia, de culpa, de miedo por un pasado que no acabo de olvidar. A veces frunzo el ceno, arrugo la frente, me arrastra la tristeza, el hubiera, los deseos platónicos.
Después vuelvo a mi casi constante alegria, a mis bromas simples, a mi inspiración. Y entonces me pregunto hasta cuando habra rescoldos del dolor de mis pecados y de mis penas pasadas, y hasta cuando dejara mi alma de sangrar.
Si es de noche, y estoy en Puebla, o en Praga, o en Berlin, salgo con amigos, cenamos, tomamos vino, brindamos, nos contamos historias idiotas hasta no poder reír mas. Si es de noche, y estoy en alguna ciudad nueva -Viena, Dublin, Florencia, que se yo-, salgo a dar una vuelta, me tomo una copa en algún bar, observo divertido y curioso a la gente, a su forma de actuar, y después dirigo mis pasos a bailar, a ejercer mi pasion latina.
Pero siempre, primero en la mañana, casi al despertar, o a media tarde, cuando el sol muere, o antes de irme a dormir, necesito dejar, por unos breves instantes, que mis heridas sangren, que algún concentrado veneno sea expulsado gota a gota. Y me lleno de melancolia, de culpa, de miedo por un pasado que no acabo de olvidar. A veces frunzo el ceno, arrugo la frente, me arrastra la tristeza, el hubiera, los deseos platónicos.
Después vuelvo a mi casi constante alegria, a mis bromas simples, a mi inspiración. Y entonces me pregunto hasta cuando habra rescoldos del dolor de mis pecados y de mis penas pasadas, y hasta cuando dejara mi alma de sangrar.
domingo, noviembre 17, 2013
Match perfecto.
Bara había estado insistiendo bastante en presentarme a alguien que -según ella- seria un match perfecto para mi. Si, porque aquella chica no era solo bastante linda, sino que tambien era intelectual, era bastante agradable, y finalmente contaba con un gran gusto en la creación artistica (dicha chica le había mencionado su interes en hacer cortos y pequenos videos, ya desde sus tiempos universitarios).
La observo mientras Bara me dice todo esto. Y aquella chica sigue hablando con esa venerable anciana, que quizas sea la esposa de algun diplomatico, que carajos. Ella sonrie, asiente, responde y le pone bastante atencion. Veo que de pronto parece emocionarse, sonreir, hablandole de algo que seguramente le apasiona.
Me detengo a pensar, a perderme en mi interior, con preguntas, con interrogantes. Que es lo que me llama la atencion de ella? Es tan solo que me agrada esa actitud desinterada, segura, centrada? Es que quizas es tan interesante como Bara dice, y eso, de alguna manera, permea su personalidad, llegando hasta sus movimientos, su forma de pararse, de moverse, de sonreir, de mirar? Quizas es tan solo que viene bien arreglada? Que es, que es?
A pesar de mi inicial rechazo ante la idea -inmensa incredulidad-, termine resignandome ante el constante embate del animo de Bara, y acepte, con absoluta falta de entusiasmo -con el animo mas bien por los suelos tras el reciente fiasco de mi relación con Alexandra, quien, poco mas o menos, había roto conmigo para empezar a salir con un muy metrosexual y argentino actor de teatro-. Es que la sola idea de que alguna amistad me buscara candidatas siempre me había parecido profundamente ridícula. Tenia la impresión de que eso muchas veces simplemente no funcionaba, que habían demasiado variables en juego que llenarian de complejidad el asunto, o que sencillamente a veces no existia compatibilidad alguna. Que solamente, a final de cuentas, se generaba tension y ansiedad de mas, junto con falsas esperanzas e idiotas expectativas.
Bara me habia dicho que tras conocer a esa chica por un par de meses, supo en cierto momento -cual revelación divina, Elias- que ella y yo haríamos una muy bonita, funcional y perfecta pareja -al menos no dijo aquello de 'son el uno para el otro'-. Bara, siendo estrictamente mi amiga -toda vez que todo, absolutamente todo, desde lo real hasta lo platonico, estaba impedido por su muy cursi novio-, me parecia que no podia conocer tan a fondo mis gustos en cuanto a mujeres: el tipo de cosas que detesto en el carácter de ellas, ni de las cosas que pueden volverme loco, o los detalles que pueden acabar por encapricharme.
Mi camarada Osvaldo me dijo dicho que nada perdia accediendo a su deseo, y que "estoy seguro de que alguna vez le gustaste, y quizas le sigues gustando en el fondo, así que debió en algún momento haberte puesto mucha atención, y puede no este errando del todo" (sin embargo, de ser cierto que le sigo gustando, porque me presentaria a esta chica? Osvaldo opinaba que aunque dulce y bien intencionada a primera vista, ella podría estar actuando asi en realidad debido al remordimiento a no haberme hecho caso, a estar conmigo. Bueno, el siempre se inventa cada historia o teoria con tal de justificar la fornicacion, ja).
La cita que me habia dado Bara habia sido para un vernissage en la embajada de *******, un jueves de octubre, a las siete de la noche, para la inauguración de una exposición sobre el arte post-******** nacional (vaya cosa mas generica, en mi humilde y poca informada opinion). Habiéndome instado dos o tres veces a ir bien vestido y perfumado, me puse pantalon, zapatos y camisa negros, y encima un saco color oliva oscuro para verme elegante pero casual.
Llegue un poco tarde, en aquella tarde gris, todavia fria tras la lluvia de la manana. Tras haber llegado al edificio de la embajada, cerca de la plaza vieja, y cruzar el vestíbulo inicial, me di una vuelta por el lugar, observando a venerables ancianos -profesores, artistas o diplomáticos-, hablando cadenciosa y efusivamente sobre alguna tendencia u obra (o que carajos sabia yo). Tambien a algunos personajes jóvenes e intelectuales, que parecían adoptar aires de especialistas. Y finalmente a algunas hombres jovenes, quiza perdidos, que parecían aburridos, distraídos, tal vez habiendo llegado porque había vino o bocadillos gratis, o esperando a alguien mas, o venido simplemente porque estaban cerca y querían hacer tiempo. Pero de mi querida Bara, ni sus luces.
Llegue un poco tarde, en aquella tarde gris, todavia fria tras la lluvia de la manana. Tras haber llegado al edificio de la embajada, cerca de la plaza vieja, y cruzar el vestíbulo inicial, me di una vuelta por el lugar, observando a venerables ancianos -profesores, artistas o diplomáticos-, hablando cadenciosa y efusivamente sobre alguna tendencia u obra (o que carajos sabia yo). Tambien a algunos personajes jóvenes e intelectuales, que parecían adoptar aires de especialistas. Y finalmente a algunas hombres jovenes, quiza perdidos, que parecían aburridos, distraídos, tal vez habiendo llegado porque había vino o bocadillos gratis, o esperando a alguien mas, o venido simplemente porque estaban cerca y querían hacer tiempo. Pero de mi querida Bara, ni sus luces.
Y yo, que suelo disfrutar el vino -gratis-, y tambien las exposiciones, no pude francamente poner demasiada atención a las pinturas, las fotografias, las figuras abstractas, ni a los cortos que estaban pasando. Porque para mi solo existia la presión y ansiedad y la obligación de venir ante la molesta insistencia de mi dulce amiga, y lo que yo ya vislumbraba como otro momento embarazoso y ridículo en el que habría cero química con la chica que me presentaria (por guapa, inteligente, o agradable que resultara ser).
Tras un rato dando vueltas por el lugar como una mosca, entre la gente, los meseros y las copas de vino, con la impaciencia azuzando mi molestia, y totalmente frustrado por su no-asistencia, me dirigi hacia la salida, lanzando maldiciones en silencio al cielo y a su nombre, cuando senti que me detenían, tomándome del brazo.
- Manuel! - dijo ella con mucho entusiasmo, perfectamente peinada, con los labios pintados en rojo-rosa, suave maquillaje, ojos cafe oscuros bien abiertos, y sobre todo, una enorme sonrisa. Guapisima.- Perdona, fui a recoger a Maria -
- Si, si, entiendo, no hay problema. Te ves radiante, eh? -sonreí involuntariamente- Y Maria es...- respondi-pregunte, para que mi primera observación no tuviera demasiado peso.
- Es la chica que te quiero presentar. Tuvo un ligero contratiempo, así que preferi ir a recogerla a su hotel, aqui cerca, apenas a un par de paradas de tram-.
- Hotel? - pregunte con sorpresa y escepticismo creciente.
- Si, si, ella no vive aqui, vive en *******, y vino unos dias porque una amistad suya tiene un corto siendo mostrado en esta exposición.
- Y sabemos si esa amistad es, bueno, su novio, o pretendiente quizas? - le digo con tono juguetón, tratando de escapar, viendola sonreir un poco mas, lindisima en su vestido negro, y el cabello recogido en una cola de caballo.
- No, no, esa amistad es una chica. Y no, dudo mucho que esten juntas, jaja. Maria fue precisamente a buscarla, pero en cualquier momento estará de vuelta y te la presento.
- Bara, sabes que te aprecio mucho... -le digo bajando un poco la voz, en plena honestidad, viendola directamente a los ojos- pero me parece muy mala idea todo esto. Ademas, no vive en Praga... Simplemente presentanos, como dos conocidos tuyos, y ya esta. No le habras dicho que le querias presentar a un chico para salir, no? -
- No, no le dije nada a ella. La conozco hace relativamente poco tiempo, asi que no tengo tanta confianza con ella. No pongas esa cara, que por las conversaciones que mantuve con ella, que han sido mas de un par, me quedo claro que ustedes son eso que, como se llama? Ah, si, soul-mates, jaja. Ademas, es bastante bonita. - (Soul-mates. Que idiotez, Bara)
Mantengo mis ojos en los suyos, con expresion de no-te-creo. Ella me responde con expresion y mueca de porque-no. Sonrío solamente. Yo le pregunto entonces si viene su novio, y ella responde que no. Me dice que parezco algo ansioso, abrumado, que me relaje. Me sugiere tomarme una copa de vino. Si, te tomare una, y traere una para ti. Lo siento, se que no quieres tomar, pero te tomaras una al menos. Si, de acuerdo, voy mientras tanto por ellas.
(Bueno, que importa, sere amable. Y ya. Eso sera todo. Platica simple, algunos minutos. Ya. Luego le dire que no somos compatibles. Lo siento, querida, es una chica linda, pero no hay química. Gracias por el esfuerzo, de cualquier forma. Vayamos a cenar, solo los dos. Espero que su novio no se ponga paranoico de nuevo. O le hablare a Osvaldo. Podríamos ir por unas copas a Harleys, o a ...)
(Bueno, que importa, sere amable. Y ya. Eso sera todo. Platica simple, algunos minutos. Ya. Luego le dire que no somos compatibles. Lo siento, querida, es una chica linda, pero no hay química. Gracias por el esfuerzo, de cualquier forma. Vayamos a cenar, solo los dos. Espero que su novio no se ponga paranoico de nuevo. O le hablare a Osvaldo. Podríamos ir por unas copas a Harleys, o a ...)
Intempestivamente siento que una mirada se posa en mi, y girando la vista hacia la derecha, deteniendome un poco, la veo, sola, desconocida, de cabello castano oscuro, ojos azules profundos, linda, simpatica. Le sonrío sin querer-queriendo. Ella me sonríe de vuelta, con una tonalidad que me sabe a burla amistosa, moviendo su mirada en mi, como si me estuviera reconociendo. Me imagino que es su amiga. Si, es bastante linda en realidad. Mi tipo de mujer, idonea, al menos en lo fisico. Parece agradable ademas, como Bara me dijo. Pero, de verdad, no me siento motivado con el asunto. No, no se...
La chica, sonriendo para si, se da la vuelta, yendo a otra parte del lugar, mientras sigo su figura con mis ojos, con cierta curiosidad. Falda roja, blusa blanca que parece de satin. Algo seria la vestimenta. Pienso que Bara la traerá de regreso, si es que ella, porque no me quedo claro el asunto. Y de pronto siento otra mirada encima de mi, del otro lado, pero apenas por un instante (dos, quizas tres segundos). Me doy cuenta y mantengo alli mi vista. Santa Madre de Dios: lindisisima. Ridiculamente linda. Desconocida numero dos. Lleva el cabello lacio, rubio, por debajo de los hombros, ojos cafe oscuro, casi negros, y va vestida con un pantalon negro de mezclilla, blusa blanca, y un suéter largo, abierto, muy mono, gris. Simple, sencilla, casual pero elegante. Mucha clase, de alguna manera. Quizas es su actitud. O la postura, la forma de pararse. La forma de mover lentamente su vino, en suave pendulo. Segura de si misma, escucha a una vieja elegante y venerable que le habla y le dice no se que cosas.
Vaya, como me gusta. No es demasiado bonita. No es mi tipo, tampoco. Pero que tiene un no-se-que, si, si. Hay algo en ella que me prenda la atencion en forma absurda. Me encanta. Me imagino que es polaca. Vaya, a ella tal vez si pueda ir a hablarle un poco. Si, lo hare. Me hallo sonriendo tontamente, automaticamente, sin quererlo, apenas dandome cuenta despues de un momento, con mi mirada todavia clavada en ella.
- Manuel? - me dice Bara tocándome la espalda, sonriendo, como de costumbre.
- Creo que me tope con tu amiga, a la que me quieres presentar. - le digo, interrumpiendo mis pensamientos.
- Es linda, eh? - sonríe algo mas, de manera complice, moviendo la cabeza de un lado a otro.
- Si, es bastante linda en realidad, y parece simpatica.... Bara, me vas a detestar, pero -me detengo un poco- me ha gustado algo mas otra chica... Es esa, la que habla ahora mismo con esa anciana, del suéter gris, la rubia. Ya se que vas a decir que...-
- Pero ella es mi amiga Maria! Ella es a la que te quiero presentar! - dice, algo sorprendida, para luego reirse un poco en mi cara.
Ella. No la otra chica. Justamente ella.
- Jajaja, veo que realmente te ha impactado, eh? Es guapa, te lo dije - me dice Bara, observándome un poco. - Si, y creo que es compatible contigo. Es bastante relajada, divertida, amena. Tiene una platica que te absorbe. En eso me recuerda mucho a ti (sonrío involuntariamente). Me menciono, cuando la conoci, hace dos meses, que era fan absoluta de esas películas francesas, como se llaman? Ah, si "Tres colores", como tu. En general muchas peliculas que me dijiste que te gustaban le gustan a ella. Varias. Y no solo esa artisticas, que tambien adora a Tarantino, y le gusta gusta esa pelicula en la que sale Natalie Portman. "Closer" se llamaba creo (vaya, Bara no es precisamente una conocedora, pero alguna idea tiene, ja).
La observo mientras Bara me dice todo esto. Y aquella chica sigue hablando con esa venerable anciana, que quizas sea la esposa de algun diplomatico, que carajos. Ella sonrie, asiente, responde y le pone bastante atencion. Veo que de pronto parece emocionarse, sonreir, hablandole de algo que seguramente le apasiona.
- Tambien me dijo que le gustan muchos los autores latino americanos, y me dijo que le gustaba Carlos Fuentes, Vargas Llosa, y, algunos otros que me mencionaste, si, lo recuerdo. Te lo juro que lo recuerdo, Manuel, solo que ahora no recuerdo los nombres, ja. Tambien lee algunas cosas que tu andas a veces leyendo. Chomsky, creo. Incluso baila un poco de tango, ja! Y por supuesto, conocerá, me imagino, a ese compositor por el que estas loco, el del acordeón (te refieres a Astor Piazzolla, Baru?).
Me detengo a pensar, a perderme en mi interior, con preguntas, con interrogantes. Que es lo que me llama la atencion de ella? Es tan solo que me agrada esa actitud desinterada, segura, centrada? Es que quizas es tan interesante como Bara dice, y eso, de alguna manera, permea su personalidad, llegando hasta sus movimientos, su forma de pararse, de moverse, de sonreir, de mirar? Quizas es tan solo que viene bien arreglada? Que es, que es?
Veo que ella, la chica carisma y clase, con ese no-se-que que me encanta demasiado, se voltea por un instante, sin darse cuenta de que Bara esta a mi lado, solo viendome a mi, por un segundo y medio, antes de que la anciana le diga otra cosa, tocándole el brazo Y ella sonríe profundamente, no se si de lo que le dicen, o de quizas haber notado mi expresion anonadada, viéndola.
- Sabia que te gustaria - me dice, algo pensativa. - Si, es una buena chica, interesante, y todo lo demas. Siento que son compatibles, como ya te dije. Si, eres un buen chico, y necesitas una chica como ella, un poco alejada de esas chicas con las que siempres sales. Necesitas una chica como ella, un poco mas profunda, un poco mas como tu. Eres lindisimo, y necesitas que te valoren.
Me giro un poco hacia Bara, sonriendole. Esa aseveración habría tenido un peso y un significado distinto en otras circunstancias. Veo que ella me ve con alegria suave. Me toma del brazo, y lo aprieta. Si, supongo que tiene razon. No era eso lo que Jorge me dijo alguna vez alla en Mexico, tan distante de las opiniones y consejos de Osvaldo, mi camarada mujeriego aqui en Praga?
- Aguarda, voy por ella. Se la voy a robar a aquella senora, que si no, quizas nunca la suelte, ja. Ya veras, no te pongas nervioso, solo disfruta.-
Se lanza por ella, y en ese momento las ideas se me van de la cabeza. En ese instante no lo se, pero me doy cuenta luego. Si, de pronto me siento lleno de ansias, y siento frio sudor en la espalda (como cuando me entere de que Miroslava se andaba acostando con Pedro Davide), y pena. Antes de que me de cuenta salgo del edificio de la embajada, a prisa, sin fijarme en todos los turistas que pululan alli, cerca de la plaza vieja de la ciudad.
Me viene a la cabeza la imagen de aquella chica, la amiga de Bara. Maria, si. Que linda, que guapa. Porque huyo? Si, eso es lo que hago. Huyo, como un perro despavorido. Sudo. Transpiro demasiado. No se, de pronto me recuerda a ****. Si, tambien a ella la vi perfecta, con tantas cualidades, tan bella (mucho mas bella, incluso), y tenia ella, en aquel instante, algo que por entonces me volvia loco: ese aire de victima, de necesitar ayuda, cual pajaro con las alas rotas. Si, y me abalance a ella, a ****, para socorrerla, y amarla, y curarla, y cuidarla.
Suena mi mobil. Lo veo, y veo que Bara me llama. Me insiste. Sigue insistiendo. Lo apago. Si, pero ahora Maria, la chica elegancia, la chica carisma, tiene los elementos que mas anoro estos dias. Si, asi. Idealizacion automatica, inconsciente, irracional. No, no, no. No me volvera a pasar lo mismo, que las relaciones a la larga no son lo mio. De cualquier forma, no funcionan nunca. Siempre esta el factor biologico, cuando la sensualidad de pareja se va. Dicen los investigadores que apenas dura uno o dos anos a lo maximo, no? Somos animales al final de cuentas, incapaces de trascender, atados a nuestros instintos. Y luego, las mujeres siempre se van con hombres a los que necesitan cuidar, por cretinos que sean, porque quieren ser sus madres. Como **** con aquel idiota brasileno. Si, por supuesto.
Enciendo de nuevo el telefono, tras quince minutos. 3 llamadas perdidas de Bara, y un mensaje. "Roberto, donde estas? Me ha dicho Bara que eres muy lindo, y que...". No acabo de leer. Lo borro. No, no tiene caso. Siempre es lo mismo. Tantas esperanzas. Tanto para nada. Todo a la basura. No. Es una perdida de tiempo. Suena el telefono. estoy a punto de rechazar la llamada. Es Osvaldo. Contesto. "Roberto! Oiga, le tengo buenas noticias, caballero. Recordara a Jana, la chica de Ceske Budejovice? Me la encontre hace un rato... por supuesto... ya esta, dentro de veinte minutos alli lo espero". Y por supuesto, voy para alla, a alcanzarlo.
Lo mio es la fornicacion casual, si, si, si.
Me giro un poco hacia Bara, sonriendole. Esa aseveración habría tenido un peso y un significado distinto en otras circunstancias. Veo que ella me ve con alegria suave. Me toma del brazo, y lo aprieta. Si, supongo que tiene razon. No era eso lo que Jorge me dijo alguna vez alla en Mexico, tan distante de las opiniones y consejos de Osvaldo, mi camarada mujeriego aqui en Praga?
- Aguarda, voy por ella. Se la voy a robar a aquella senora, que si no, quizas nunca la suelte, ja. Ya veras, no te pongas nervioso, solo disfruta.-
Se lanza por ella, y en ese momento las ideas se me van de la cabeza. En ese instante no lo se, pero me doy cuenta luego. Si, de pronto me siento lleno de ansias, y siento frio sudor en la espalda (como cuando me entere de que Miroslava se andaba acostando con Pedro Davide), y pena. Antes de que me de cuenta salgo del edificio de la embajada, a prisa, sin fijarme en todos los turistas que pululan alli, cerca de la plaza vieja de la ciudad.
Me viene a la cabeza la imagen de aquella chica, la amiga de Bara. Maria, si. Que linda, que guapa. Porque huyo? Si, eso es lo que hago. Huyo, como un perro despavorido. Sudo. Transpiro demasiado. No se, de pronto me recuerda a ****. Si, tambien a ella la vi perfecta, con tantas cualidades, tan bella (mucho mas bella, incluso), y tenia ella, en aquel instante, algo que por entonces me volvia loco: ese aire de victima, de necesitar ayuda, cual pajaro con las alas rotas. Si, y me abalance a ella, a ****, para socorrerla, y amarla, y curarla, y cuidarla.
Suena mi mobil. Lo veo, y veo que Bara me llama. Me insiste. Sigue insistiendo. Lo apago. Si, pero ahora Maria, la chica elegancia, la chica carisma, tiene los elementos que mas anoro estos dias. Si, asi. Idealizacion automatica, inconsciente, irracional. No, no, no. No me volvera a pasar lo mismo, que las relaciones a la larga no son lo mio. De cualquier forma, no funcionan nunca. Siempre esta el factor biologico, cuando la sensualidad de pareja se va. Dicen los investigadores que apenas dura uno o dos anos a lo maximo, no? Somos animales al final de cuentas, incapaces de trascender, atados a nuestros instintos. Y luego, las mujeres siempre se van con hombres a los que necesitan cuidar, por cretinos que sean, porque quieren ser sus madres. Como **** con aquel idiota brasileno. Si, por supuesto.
Enciendo de nuevo el telefono, tras quince minutos. 3 llamadas perdidas de Bara, y un mensaje. "Roberto, donde estas? Me ha dicho Bara que eres muy lindo, y que...". No acabo de leer. Lo borro. No, no tiene caso. Siempre es lo mismo. Tantas esperanzas. Tanto para nada. Todo a la basura. No. Es una perdida de tiempo. Suena el telefono. estoy a punto de rechazar la llamada. Es Osvaldo. Contesto. "Roberto! Oiga, le tengo buenas noticias, caballero. Recordara a Jana, la chica de Ceske Budejovice? Me la encontre hace un rato... por supuesto... ya esta, dentro de veinte minutos alli lo espero". Y por supuesto, voy para alla, a alcanzarlo.
Lo mio es la fornicacion casual, si, si, si.
sábado, octubre 19, 2013
La mujer en el cafe del Teatro Nacional
Aunque intento llevar a cabo calculos matematicos y logicos en un sabado por la tarde-noche, en el cafe del Teatro Nacional en Praga, simplemente no me puedo acabar de concentrar. Y es que desde que he llegado no he podido quitarle mis ojos de encima a una mujer que me ha parecido suamamente enigmatica, y que esta sentada, en un sofa, enfrente mio.
Desde que llegue me percate de su presencia: estaba con una amiga, quien tras unos diez o quince minutos se fue. Ambas venian muy bien vestidas: en colores oscuros, con mucho porte y elegancia. Parecian llevar una conversacion tranquila, profunda, perdidas en algun tema cualquiera.
Y luego la amiga se fue. Y pense que esta mujer tan atractiva tambien se iria, pero no. Para mi grata sorpresa, se quedo, sola. Me paso por la mente ir a saludarla, decirle algo, buscar algun pretexto, inventarme alguna situacion en la que yo requiriera un punto de vista femenino anonimo. Algo, cualquier cosa.
Y como no lo hice, me quedado viendola desde entonces: admirando su mirada, con un muy pequeno toque de melancolia, y otro de calma. Observo que piensa en algo, perdida en alguna idea, o quizas simplemente sonando despierta. Pero me agrada esa forma en la que toma la taza de te, con las dos manos, con profunda calma, mirando a ninguna parte, con los ojos apenas moviendose.
Por momentos se voltea a alguna parte del cafe, y por momentos se voltea a verme (aunque no demasiado, para tristeza mia). Nos hemos encontrado las miradas tambien, en dos o tres ocasiones, pero no me sonrie, aunque tampoco me muestra expresion de desden. Simplemente me ve, con calma, tranquilidad, serena, pensativa.
No se si se ira en veinte minutos, o cuarenta, o una hora. Mientras ella siga aqui, esperando que inicie alguna funcion, o esperando al novio, o esperando a alguna amiga, o sencillamente haciendo tiempo, la seguire observando casi con tanta calma como la de ella, y observare sus brazos tostados por el sol, y sus largas cejas, y su nariz delicada, su cabello oscuro, su ropa negra y ajustada, elegante, y su figura tan seductora (ligera imperfeccion, la de una mujer, no la de una nina).
A menos, por supuesto, de que yo tenga finalmente los huevos para ir a hablarle de la primera idiotez interesante que se me ocurra.
Desde que llegue me percate de su presencia: estaba con una amiga, quien tras unos diez o quince minutos se fue. Ambas venian muy bien vestidas: en colores oscuros, con mucho porte y elegancia. Parecian llevar una conversacion tranquila, profunda, perdidas en algun tema cualquiera.
Y luego la amiga se fue. Y pense que esta mujer tan atractiva tambien se iria, pero no. Para mi grata sorpresa, se quedo, sola. Me paso por la mente ir a saludarla, decirle algo, buscar algun pretexto, inventarme alguna situacion en la que yo requiriera un punto de vista femenino anonimo. Algo, cualquier cosa.
Y como no lo hice, me quedado viendola desde entonces: admirando su mirada, con un muy pequeno toque de melancolia, y otro de calma. Observo que piensa en algo, perdida en alguna idea, o quizas simplemente sonando despierta. Pero me agrada esa forma en la que toma la taza de te, con las dos manos, con profunda calma, mirando a ninguna parte, con los ojos apenas moviendose.
Por momentos se voltea a alguna parte del cafe, y por momentos se voltea a verme (aunque no demasiado, para tristeza mia). Nos hemos encontrado las miradas tambien, en dos o tres ocasiones, pero no me sonrie, aunque tampoco me muestra expresion de desden. Simplemente me ve, con calma, tranquilidad, serena, pensativa.
No se si se ira en veinte minutos, o cuarenta, o una hora. Mientras ella siga aqui, esperando que inicie alguna funcion, o esperando al novio, o esperando a alguna amiga, o sencillamente haciendo tiempo, la seguire observando casi con tanta calma como la de ella, y observare sus brazos tostados por el sol, y sus largas cejas, y su nariz delicada, su cabello oscuro, su ropa negra y ajustada, elegante, y su figura tan seductora (ligera imperfeccion, la de una mujer, no la de una nina).
A menos, por supuesto, de que yo tenga finalmente los huevos para ir a hablarle de la primera idiotez interesante que se me ocurra.
lunes, octubre 14, 2013
Supervivencia
Es quizas debido a la alta demanda de pretendientes que las chicas escogen lo diferente, lo que les representa un reto - los conocidimos 'cretinos' (que, a ilusamente hacen creer a la feminas que es seguridad con lo que cuentan). Y es debido a ello que algunos conocidos intentan comportarse de esa manera, ponerse esas mascaras, esos disfraces. Y asi, a veces castigar, a veces fastidiar, a veces meramente jugar con las mentes ajenas, a veces para devorar carne.
Pero al final del dia, algunos de nosotros, como estos conocidos, no nos ponemos mas que mascaras. Porque en el fondo no somos asi. No somos unos idiotas por naturaleza (al menos de de la manera en la que lo suelen ser los aparentes macho-alfa), ni somos (tan) egoistas, ni nos hacemos los exquisitos. No entramos, queriendolo o no, naturalemente, en juegos mentales, en juegos de dominacion al estilo 'Last Tango in Paris', no, definitivamente no. Simulamos, con el disfraz encima, un papel que no traemos en las venas.
No, en las venas quizas no viene. Quizas no en la genetica, no en el caracter, no en la naturaleza, en el cerebro. No, porque todos tenemos estas necesidades basicas, animales (y no por nada tantos vuelven a divas a tantas mujeres, presas de sus instintos). No, quizas esta en la educacion, en la familia: desordenes sociales, fracturas en las relaciones basicas con padres o hermanos, inadaptacion en la escuela, sociopatia en ligeros niveles. Hombres (acaso mujeres a veces tambien) para quienes la vida ha sido una jungla, una batalla, y que viven aun en un mundo de supervivencia.
Porque no me imagino de otra manera lo que pienso cuando uno de aquello conocidos nos dice, en una tarde, entre cervezas, risas, bromas, en una confesion repentina: "Mae, uno juega con ellas un poco, pero no demasiado, porque no quiere lastimarlas, porque uno, habiendo sido lastimado en forma similar por alguna de ellas anteriormente, sabiendo lo que se siente, lo duro que es, como podria proceder a destrozarlas?"
Pero al final del dia, algunos de nosotros, como estos conocidos, no nos ponemos mas que mascaras. Porque en el fondo no somos asi. No somos unos idiotas por naturaleza (al menos de de la manera en la que lo suelen ser los aparentes macho-alfa), ni somos (tan) egoistas, ni nos hacemos los exquisitos. No entramos, queriendolo o no, naturalemente, en juegos mentales, en juegos de dominacion al estilo 'Last Tango in Paris', no, definitivamente no. Simulamos, con el disfraz encima, un papel que no traemos en las venas.
No, en las venas quizas no viene. Quizas no en la genetica, no en el caracter, no en la naturaleza, en el cerebro. No, porque todos tenemos estas necesidades basicas, animales (y no por nada tantos vuelven a divas a tantas mujeres, presas de sus instintos). No, quizas esta en la educacion, en la familia: desordenes sociales, fracturas en las relaciones basicas con padres o hermanos, inadaptacion en la escuela, sociopatia en ligeros niveles. Hombres (acaso mujeres a veces tambien) para quienes la vida ha sido una jungla, una batalla, y que viven aun en un mundo de supervivencia.
Porque no me imagino de otra manera lo que pienso cuando uno de aquello conocidos nos dice, en una tarde, entre cervezas, risas, bromas, en una confesion repentina: "Mae, uno juega con ellas un poco, pero no demasiado, porque no quiere lastimarlas, porque uno, habiendo sido lastimado en forma similar por alguna de ellas anteriormente, sabiendo lo que se siente, lo duro que es, como podria proceder a destrozarlas?"
jueves, octubre 10, 2013
Quiero lavar mis traumas.
Asi como se lavan las culpas y los pecados, yo quiero lavar hoy mis traumas. Lavarlos con agua de la vida, de las experiencias nuevas, del tiempo. Yo quiero que sean limpiados con agua pura de la calma, de la tranquilidad del equilibrio.
Quiero purificar mi alma y limpiar esas manchas dejadas por la tristeza, por los fantasmas, por las tragedias, por los prejuicios e imposiciones. Quiero que esa agua de lo nuevo venga y se lleve en tu torrente tranquilo, pero siempre constante, esas limitaciones, esos miedos, esas emociones que me estrujan y que me incitan al miedo en los momentos bajos.
Quiero que la lluvia de las nuevas amistades, de los nuevos amores, de los nuevos retos, y de las nuevas ideas, puedan, lavando, limpiando, purificando, preparar en mi el terreno para un nuevo paradigma, una nueva forma de vivir, de experimentar, de crecer.
Quiero purificar mi alma y limpiar esas manchas dejadas por la tristeza, por los fantasmas, por las tragedias, por los prejuicios e imposiciones. Quiero que esa agua de lo nuevo venga y se lleve en tu torrente tranquilo, pero siempre constante, esas limitaciones, esos miedos, esas emociones que me estrujan y que me incitan al miedo en los momentos bajos.
Quiero que la lluvia de las nuevas amistades, de los nuevos amores, de los nuevos retos, y de las nuevas ideas, puedan, lavando, limpiando, purificando, preparar en mi el terreno para un nuevo paradigma, una nueva forma de vivir, de experimentar, de crecer.
lunes, septiembre 02, 2013
Me molesta
Me molesta cuando no puedo olvidarte, y te me apareces con tus quejas, con tu mal humor, con tu desdén, y con nuestra ruptura, cada vez que conozco a alguien que, de alguna manera, me recuerda a ti.
Me molesta tanto volver a sentir eso mismo, en la misma parte de mi pecho, y sentir el mismo dolor en el estomago, cuando alguna mujer me recuerda a ti en tu mirada fria, o en tu mirada de revancha, con aires aparentemente impersonales. O, tambien, cuando alguna me lanza palabras de pena ajena, de lastima, o cuando me intenta destrozar, enojada, colerica.
Me lleno de coraje al darme cuenta de que el dolor que senti cuando una mujer me dejo por otro hombre, alla, en alguna ciudad de Europa, no era por ella, ni por mi orgullo, ni por mi tiempo perdido, ni mi esfuerzo en vano, ni mis expectativas, ni idealizaciones, y que no es un tampoco dolor original, sino un dolor repetido, ensayado y reproducido hasta el cansancio contigo. Y me llena de coraje darme cuenta de que no sentia amargura contra ella, sino que estaba sintiendo amargura por ti, contra ti.
Me lleno tambien de tanto coraje al darme cuenta de que cuando alguna chica muy joven me rechaza, simplemente por preferir a alguien de su edad, o a alguien que sea amigo de sus amigos, o que se yo, no es un coraje contra ella, sino contra ti, a traves de tus novios desconocidos, o tus novios a la distancia, o tus novios obsesionados con su pasado. Y me lleno de coraje al darme cuenta de que cuando siento frustración en aquel instante, estoy reviviendo sin querer con ella lo que vivi contigo - porque para mi, en ese instante, eres tu y nadie mas quien me desdeña, por capricho, por cansancio, por aburrimiento, o por rencor.
Porque ellas me parecen solamente actrices, que actúan una en Lunes, otra en Miércoles, y otra en Sábado, pero todas y cada una de ellas siempre interpretando tu papel, tu nombre, y a veces, quien lo diria, hasta tus miedos, y tus traumas.
Me molesta tanto volver a sentir eso mismo, en la misma parte de mi pecho, y sentir el mismo dolor en el estomago, cuando alguna mujer me recuerda a ti en tu mirada fria, o en tu mirada de revancha, con aires aparentemente impersonales. O, tambien, cuando alguna me lanza palabras de pena ajena, de lastima, o cuando me intenta destrozar, enojada, colerica.
Me lleno de coraje al darme cuenta de que el dolor que senti cuando una mujer me dejo por otro hombre, alla, en alguna ciudad de Europa, no era por ella, ni por mi orgullo, ni por mi tiempo perdido, ni mi esfuerzo en vano, ni mis expectativas, ni idealizaciones, y que no es un tampoco dolor original, sino un dolor repetido, ensayado y reproducido hasta el cansancio contigo. Y me llena de coraje darme cuenta de que no sentia amargura contra ella, sino que estaba sintiendo amargura por ti, contra ti.
Me lleno tambien de tanto coraje al darme cuenta de que cuando alguna chica muy joven me rechaza, simplemente por preferir a alguien de su edad, o a alguien que sea amigo de sus amigos, o que se yo, no es un coraje contra ella, sino contra ti, a traves de tus novios desconocidos, o tus novios a la distancia, o tus novios obsesionados con su pasado. Y me lleno de coraje al darme cuenta de que cuando siento frustración en aquel instante, estoy reviviendo sin querer con ella lo que vivi contigo - porque para mi, en ese instante, eres tu y nadie mas quien me desdeña, por capricho, por cansancio, por aburrimiento, o por rencor.
Porque ellas me parecen solamente actrices, que actúan una en Lunes, otra en Miércoles, y otra en Sábado, pero todas y cada una de ellas siempre interpretando tu papel, tu nombre, y a veces, quien lo diria, hasta tus miedos, y tus traumas.
martes, junio 25, 2013
Orgullo de martes por la noche
El viernes pasado estaba sumamente orgulloso al haber tenido una revelación en un momento de lucidez nocturna: que se vayan a la chingada de una vez por todas- o cuando menos por un par de pinches horas- todos y cada uno de los complejos, prejuicios y fantasmas que vagan en mi memoria, vengan dictados del exterior o vengan nacidos de mis traumas absurdos no resueltos.
Y así, entonces, plenamente convencido, pude moverme en la noche y en la pista, como otras pocas veces, libre, auténtico, y satisfecho con lo que soy y no soy, y con lo que hago y no hago. Y si alguien, yo u otros, piensan que soy incapaz o que estoy cruzando limites que no me son permitidos -y resguardados únicamente para algunos elegidos por la sociedad en turno-, se los pueden guardar, o se los pueden aplicar a sí mismos, que no me contengo ni me defino por ideas más bien ridículas.
Pero puedo decir hoy mismo, en esta noche, me siento aún más pleno y orgulloso. Y es un orgullo más bien raro, picado, alevoso, que se levanta tras ser herido. Toma una forma de me-vale-madre, de porque-yo-quiero. Y la razón no ha podido ser más sencilla y llana: el vaivén de una bella desconocida, entre el sí y el no, entre el quizas si y el quizas no.
Lo cierto es que ebrio de la vanidad lastimada, me he sentido lleno de energías para salir a bailar, por el mero arte de la danza, de la salsa, del placer de lo que hay esta noche, y con ganas de bailar y hablar, de pronto, con quien me plazca, con quien yo quiera. Hacer lo que yo quiera.
Pero, sobre todo, he sentido finalmente que se cae cierta idea, que no acababa de identificar, que tenía en mi mente, atorada, aumentada al estar en una ciudad nueva y socialmente compleja, según la cuál debía actuar no según lo que quiero, pienso o siento, sino bajo los estándares locales permitidos a los extranjeros - o lo que yo pensaba o interpretaba al respecto. He dejado atrás aquello de me hacen un favor al bailar conmigo, al hablar conmigo, al platicar conmigo. He dejado atrás aquello de ser amable, o intentar ser carismático -qué falso y qué chafa-, o así o asá, para gustar, para hace reír, y para satisfacer gustos ajenos, obsesionado con la opinión de ellas.
Chingue su madre, porque esta noche me me sentido más libre todavía que el viernes pasado: hago lo que quiero, y que chinguen a su madre mis ideas y las de los demás en cuanto a qué debe ser hecho o no, que yo sólo me fijo en lo que yo deseo -y afortunadamente no soy un completo bárbaro para que se me juzgue como un salvaje-, y si alguien baila conmigo, o platica conmigo, o interactua conmigo, es porque yo lo desee, lo quise.
Y que tenga que pasar lo que tenga que pasar. Que vengan los besos románticos, y los robados también. Y las cachetadas ruidosas también, ¿porqué no? -y no dejaré de carcajearme en mi cinismo y diversión cuando sienta la mejilla dolida tras el azote femenino-.
Nota al margen: mi compadre Sujo me ha dicho, a propósito de esta -como la define él- revelación: You talk the talk, but do you walk the walk? Viernes, le he respondido.
Y así, entonces, plenamente convencido, pude moverme en la noche y en la pista, como otras pocas veces, libre, auténtico, y satisfecho con lo que soy y no soy, y con lo que hago y no hago. Y si alguien, yo u otros, piensan que soy incapaz o que estoy cruzando limites que no me son permitidos -y resguardados únicamente para algunos elegidos por la sociedad en turno-, se los pueden guardar, o se los pueden aplicar a sí mismos, que no me contengo ni me defino por ideas más bien ridículas.
Pero puedo decir hoy mismo, en esta noche, me siento aún más pleno y orgulloso. Y es un orgullo más bien raro, picado, alevoso, que se levanta tras ser herido. Toma una forma de me-vale-madre, de porque-yo-quiero. Y la razón no ha podido ser más sencilla y llana: el vaivén de una bella desconocida, entre el sí y el no, entre el quizas si y el quizas no.
Lo cierto es que ebrio de la vanidad lastimada, me he sentido lleno de energías para salir a bailar, por el mero arte de la danza, de la salsa, del placer de lo que hay esta noche, y con ganas de bailar y hablar, de pronto, con quien me plazca, con quien yo quiera. Hacer lo que yo quiera.
Pero, sobre todo, he sentido finalmente que se cae cierta idea, que no acababa de identificar, que tenía en mi mente, atorada, aumentada al estar en una ciudad nueva y socialmente compleja, según la cuál debía actuar no según lo que quiero, pienso o siento, sino bajo los estándares locales permitidos a los extranjeros - o lo que yo pensaba o interpretaba al respecto. He dejado atrás aquello de me hacen un favor al bailar conmigo, al hablar conmigo, al platicar conmigo. He dejado atrás aquello de ser amable, o intentar ser carismático -qué falso y qué chafa-, o así o asá, para gustar, para hace reír, y para satisfacer gustos ajenos, obsesionado con la opinión de ellas.
Chingue su madre, porque esta noche me me sentido más libre todavía que el viernes pasado: hago lo que quiero, y que chinguen a su madre mis ideas y las de los demás en cuanto a qué debe ser hecho o no, que yo sólo me fijo en lo que yo deseo -y afortunadamente no soy un completo bárbaro para que se me juzgue como un salvaje-, y si alguien baila conmigo, o platica conmigo, o interactua conmigo, es porque yo lo desee, lo quise.
Y que tenga que pasar lo que tenga que pasar. Que vengan los besos románticos, y los robados también. Y las cachetadas ruidosas también, ¿porqué no? -y no dejaré de carcajearme en mi cinismo y diversión cuando sienta la mejilla dolida tras el azote femenino-.
Nota al margen: mi compadre Sujo me ha dicho, a propósito de esta -como la define él- revelación: You talk the talk, but do you walk the walk? Viernes, le he respondido.
jueves, mayo 09, 2013
La que adoraba a los checos
Hay cosas que considero inadecuadas para ser escritas o mencionadas. Soñar con un amor estúpido es una de ellas. Pero lo voy a hacer esta vez, porque sí, porque porqué-no.
Y es que soñé con una pequeña dulcinea a quien vi por última vez hace casi tres años. Sí, casi tres años. Dios, el tiempo vuela. Y desde entonces, por supuesto, las noticias que he tenido de ella han sido más bien pocas, casi inexistentes. Lo último que supe fue a través de una amiga suya, a quien me encontré en un pub de Praga, y la mencionó, junto con algunos datos que honestamente no recuerdo. Oh, no, recuerdo que dije que seguía viviendo en Praga. Y eso fue todo.
Nuestro idilio no lo fue, claro está. Me gustó a la primera vista, como si ella fuera un imán, tan amor-a-primera-vista (que últimamente juzgo como "patología compatible detectada a primera vista"). La vi, delgadísima como es, con el cabello castaño oscuro, mientras ella a su vez posaba sus ojos en los míos, con la mirada adolescente y retadora, burlona, pero amigable. Nos gustamos, podría decir.
Luego las cosas no salieron bien. No sé si fui muy pesado con ella, o intempestivamente cariñoso, o necio, o qué sé yo. Quizás ella era demasiado joven, tenía miedo de ir de prisa, se quería tomar las cosas con más calma, en tu terrible y muy profunda inseguridad (que rebasaba la mía, y eso ya es algo), y por que, también, siendo honestos, ella, eslovaca, tenía una fascinación con los checos. Sí, se lo escuché decir alguna vez, al hablar de un político, de un cantante, de un escritor. "Es que es checo!" decía con emoción. Kafka era su favorito, por supuesto.
Yo era apenas un hombre con el corazón roto aún, por el fantasma de toda mi vida (ex fantasma en poco tortuoso presente), y huí a ella, una ilusión, como se huye, literalmente, de un fantasma. Y ella una niña apenas, ansiosa de descubrir el mundo, de encontrarse, de alcanzar a definirse, de no sentir esa inseguridad atroz que tanto la azotaba, en su casi-soy-bella que rondaba su cabecita.
Lo extraño era que en el sueño ella me hablaba, en un presente surreal (como el de todos los sueños), y yo fingía no recordar su nombre. Y ella se quejaba. Y eso era todo. Sonrisas mutuas, finalmente honestas, sin máscaras. Y mi agradecimiento con ella, dicho en palabras silenciosas, dichas a mí mismo para ella, casi un soliloquio: gracias por hacermela olvidar, aunque haya sido apenas por un par de meses.
miércoles, mayo 08, 2013
Me voy a comprar un yate (y sin Juana)
Me pregunto si soy tan malo escribiendo como lo es Felipe, el eterno admirador de Juana. Sí, sí, escribiendo novelas mal hechas sobre ella, frankenstianas, en un idioma que no domina, usando historias pre-cocinadas (amor imposible, besitos robados, amores no correspondidos, muertes trágicas y mucha esencia kitsch).
Juana: aún recuerdo su nariz chueca en Milano el domingo aquel, nuestro último día por allá, en aquel delicioso país. La recuerdo sentada, a la luz plena del mediodía, en la plaza vieja. Y yo sentí que no la volvería a ver. Como eso mismo, una historia pre-cocinada. Ella dijo que no, que era seguro que nos volveríamos a ver. Y me lo repitió en un mensaje público, diciendo que era segurísimo, que había que tener paciencia, pero que sucedería.
¿Realmente tenía yo ganas de verla? Sí y no. Sí, por la profunda pura lujuria, las ganas de curarme el ego herido. No, porque me falló y no me curó ni la lujuria ni la calentura, y nomás me dejó el ego herido cuando no se vino a México, sino a cierto puchurriento país, a vivir (y porque cuando finalmente vino a México, se fue de vacaciones, seguramente pagadas, con su eterno y muy literalmente viejo, Felipe).
En aquel país, por cierto, cuyas fotos sólo muestran o edificios modernísimos o jungla absoluta (me pregunto si aquellos edificios están cerca de El Canal, y eso es todo), vive su amiga querida, la chica de ojos de gato que le dijo que yo era un caliente y no sé qué cosas. Ego herido de su parte, porque yo, admirador suyo -osea- había sido transferido a la fila de los que iba tras las nalgas de Juana.
Y luego regreso yo, muy feliz y campante (pese a las dudas enormes de la narizona Juana, quien dice que soy más bien neurótico y más bien inestable) a Praga, y entonces resuenan los ecos, y las preguntas, y las felicitaciones de su parte por volver a esta ciudad (en realidad llegué aquí por flojo, pero en realidad voy más allá, de tour por otras partes de este continente, antes de que, Dios lo quiera o no, se lo cargue la chingada temporalmente). Sí, dice que nos volveremos a ver. ¿Realmente importa? No. Palabritas más, palabritas menos. Kitsch molido.
Pero luego me dice Juana que la vida es maravillosa en aquel puchurriento país. Ah, sí, porque nunca fue más feliz. Que ojalá lo pudiera yo ser así algún día. Ja! Lo que no sabe es que nunca fui tan feliz como en los últimos tiempos, disfrutando unos putos chilaquiles cualquiera, huevos rancheros, cafecito en la mañana o a media tarde, una novelita, una peliculita en la noche, salsa aunque sea nomás escuchada en algún bar cerca del centro, y ya. Porque, querida Juana, tuve que adaptarme a ser feliz solo y pleno cuando perdí a mi trauma-obsesión-amor-de-mi-vida (que no eras tú, como seguramente sabes).
Ah, sí, ¿O quizás lo dijo meramente de ardilla, porque le di demasiados detalles sexuales y de orificios de mi actividad actual, mientras estaba ebrio de placer y de alcohol? Ja, quizás. ¿Realmente importa? No, no en realidad.
Y como lo dije en público: debería pedirle un dólar a cada personita que se declara prontamente feliz por haber conocida a la persona de su vida (y poder decirles, luego de que me lo den "felicidades por haber encontrado a la persona de tu vida - de nuevo"), y comprarme mi yate. Y es que yo me vería muy bien encima de un yate.
sábado, mayo 04, 2013
Nostalgia en Kiev
Y de pronto, no sé porqué, siento una
terrible, indeseada, casi ajena, nostalgia en todo mi cuerpo. La
siento recorrerlo suave, tibiamente, y acaso por instantes parece
adormecerse, casi morirse. Pero allí sigue, en mí, deambulando,
apareciendo y desapareciendo, haciéndome evocar, sentir el pasado,
pensar en el hubiera, añorar el futuro pintado de rosa.
Supongo que es el cambio de ciudad,
haber venido a Kiev, que luce tan distinta a mi tan familiar Praga,
que está llena de edificios viejísimos y deliciosos, de cafés, de
restaurantes comunes y corrientes, y de bares, y de gente llevando
abrigo porque, incluso en principios de Mayo, llueve y hace un fuerte
viento.
Aquí la cosa es más bien distinta, en
Kiev. El calor llega casi a subyugarlo a uno, y el aire está
impregnado de tierra, de flores secas, de árboles trémulos que
parecen, como dijera Wilde, apenas soportar su propio peso. Tienen el
olor a pueblo mexicano casi, y casi puedo sentir la fiesta a la
vuelta de la esquina: unos quince años, una boda, o una primera
comunión, entre mole poblano demasiado ácido, arroz rojo pasado de
sal, Coca Cola y Bacardi Blanco. Casi.
Casi.
lunes, enero 21, 2013
La insoportable levedad del ser
Cuando estaba en la preparatoria, uno o dos anos antes de entrar a la universidad, vi como parte del curriculo de historia universal una pelicula llamada "La insoportable levedad del ser" -con la siempre elegante Juliette Binoche, y el siempre magistral Daniel Day-Lewis-, que por entonces me parecio interesante, pero nada mas. En todo caso, la evocacion de una ciudad lejana, en ultramar -Praga, en Republica Checa-, y una historia tan ajena a mis dias y a mis costumbres me hacia desear viajar y experimentar algo parecido, un idilio imperfecto como ese. Algun dia.
Algunos anos mas tarde, cuando estaba en la universidad, me pude hacer de una copia de la novela de Milan Kundera, y pude ahondar un poco mas en la idea, en el argumento y en la complejidad de los personajes. Un amigo, que por lo demas puede ser perfectamente tachado de snob y pretencioso, me dijo que el pensaba que esas novelas de Kundera son 'para chicos de preparatoria'. Asi me lo parecio, poco mas o menos, y nada mas.
Y fue hasta que viaje a Praga, en aquellas temporadas en las que pase mis dias por aquella ciudad, en la sociedad checa, que empece a entender mejor la novela, la idea. Sobre todo, el personaje que mas me sacudia e interesaba era el de Sabina, el de la pintora amante del protagonista, que es incapaz de arraigarse a un lugar, a un amor, a una idea, a un grupo, a lo que fuera, siempre huyendo y huyendo.
Y es que ese personaje, esa forma de hacer y de pensar me recuerda tanto, pero tanto, a tantas bellisimas checas, incapaces de alguna clase de compromiso, siempre queriendo ser -supuestamente- libres, moverse sin ataduras, no ser dependientes en forma alguna de alguien o de algo. Bueno, algunas: porque otra lo hacen hasta cierto grado, con cierta entrega que considero no total -mero observador externo-, siempre y cuando el ciudadano sea checo, o cuando menos europeo (siempre hay benditas excepciones, claro esta).
Por supuesto que para los muchisimo extranjeros que pululan en la vieja y misteriosa orbe otrora comunista, esto es algo mas bien delicioso, adecuado, perfecto, y casi idilico (una vez que han pasado por la etapa de adaptacion, cuando se han enamorado por vez primera de una mujer-angel que, justamente, sufre de esa insoportable levedad del ser, y luego del duelo adolescente necesario, aceptan las cosas como son, entregandose al hedonismo puro). Porque eso significa salir de fiesta constantemente, y descifrarlas -o intentarlo acaso-, tratar de armarse nuevas formas de llamar su atencion, de derribar su falta de confianza, de pretender mejor y mejor lo que no son, pero que ellas tanto esperan -sean fisicos de campeonato, bellezas metrosexuales, poder economico y o politico, carisma, o incluso alguna patologia, porque no-.
Digo todo esto, ya se, como una queja, porque en el fondo lo es: porque recorde hace unos instantes a una de estas mujeres-angeles, con quien mucho tiempo sone, y quien patrocinando mi desazon y amargura, no deja de coleccionar amantes, o admiradores, sean pintores, o economistas, o abogados, o ingenieros, o estudiantes, o desempleados, o que se yo. Siempre asi, siempre viajando en la vida de cuerpo en cuerpo, decepcionando a los que se prendan de ella -y a veces me la imagino como un angel castigador enviado por algun dios, con el fin de azotar los deseos, la ingenuidad, o acaso la crueldad de algunos hombres-.
Vaya usted va a saber, pero de momento, verla con un nuevo admirador-amante-amigo que podria ser mi sobrino, me ha hecho tener un poco de agruras, en ausencia de mi cafe matutino.
Algunos anos mas tarde, cuando estaba en la universidad, me pude hacer de una copia de la novela de Milan Kundera, y pude ahondar un poco mas en la idea, en el argumento y en la complejidad de los personajes. Un amigo, que por lo demas puede ser perfectamente tachado de snob y pretencioso, me dijo que el pensaba que esas novelas de Kundera son 'para chicos de preparatoria'. Asi me lo parecio, poco mas o menos, y nada mas.
Y fue hasta que viaje a Praga, en aquellas temporadas en las que pase mis dias por aquella ciudad, en la sociedad checa, que empece a entender mejor la novela, la idea. Sobre todo, el personaje que mas me sacudia e interesaba era el de Sabina, el de la pintora amante del protagonista, que es incapaz de arraigarse a un lugar, a un amor, a una idea, a un grupo, a lo que fuera, siempre huyendo y huyendo.
Y es que ese personaje, esa forma de hacer y de pensar me recuerda tanto, pero tanto, a tantas bellisimas checas, incapaces de alguna clase de compromiso, siempre queriendo ser -supuestamente- libres, moverse sin ataduras, no ser dependientes en forma alguna de alguien o de algo. Bueno, algunas: porque otra lo hacen hasta cierto grado, con cierta entrega que considero no total -mero observador externo-, siempre y cuando el ciudadano sea checo, o cuando menos europeo (siempre hay benditas excepciones, claro esta).
Por supuesto que para los muchisimo extranjeros que pululan en la vieja y misteriosa orbe otrora comunista, esto es algo mas bien delicioso, adecuado, perfecto, y casi idilico (una vez que han pasado por la etapa de adaptacion, cuando se han enamorado por vez primera de una mujer-angel que, justamente, sufre de esa insoportable levedad del ser, y luego del duelo adolescente necesario, aceptan las cosas como son, entregandose al hedonismo puro). Porque eso significa salir de fiesta constantemente, y descifrarlas -o intentarlo acaso-, tratar de armarse nuevas formas de llamar su atencion, de derribar su falta de confianza, de pretender mejor y mejor lo que no son, pero que ellas tanto esperan -sean fisicos de campeonato, bellezas metrosexuales, poder economico y o politico, carisma, o incluso alguna patologia, porque no-.
Digo todo esto, ya se, como una queja, porque en el fondo lo es: porque recorde hace unos instantes a una de estas mujeres-angeles, con quien mucho tiempo sone, y quien patrocinando mi desazon y amargura, no deja de coleccionar amantes, o admiradores, sean pintores, o economistas, o abogados, o ingenieros, o estudiantes, o desempleados, o que se yo. Siempre asi, siempre viajando en la vida de cuerpo en cuerpo, decepcionando a los que se prendan de ella -y a veces me la imagino como un angel castigador enviado por algun dios, con el fin de azotar los deseos, la ingenuidad, o acaso la crueldad de algunos hombres-.
Vaya usted va a saber, pero de momento, verla con un nuevo admirador-amante-amigo que podria ser mi sobrino, me ha hecho tener un poco de agruras, en ausencia de mi cafe matutino.
domingo, enero 20, 2013
Las piernitas de Jana
En punto de
las seis de la tarde de un domingo absurdamente pacífico la foto de Jana me
entra por los ojos, de golpe, inesperadamente, mientras me hallo recostado, echado
como un costal, tras recién haber visto ‘De Roma con Amor’ –Woody Allen, te
amo-, e ingresé, curioso patológico o stalker, a Facebook.
Evocación
involuntaria dominical instantánea azuzada por esa foto: en realidad nos vimos
allí, en Italia, aunque no en Roma, sino en Milan, en un viaje más bien
sobre-dramático, condimentado por las sutiles pero tenaces advertencias de
Aneta –que guapa has sido, che, y qué guapas sigues estando casada, che-, por
un viaje frustrado a Brujas –alegría y risa burlona de M. mientras cocinaba
pasta con gambas-, por que llegué tarde cinco minutos más de la cuenta en
Bruselas –léase: veinte minutos-, y porque nos mandamos al carajo, sutil pero
tenazmente, algunos días antes, Jana y yo, por celular.
(Ah…
¿recordarás, Jana de mis amores y de mis sueños indecentes, las caminatas, las
pastas, las pizzas, los vinos, tus quejidos en la gellateria, y esos golpes que
me propinaste infantil y juguetonamente el domingo que partíamos de regreso?)
Bueno,
técnicamente no fue Jana, sino su cuerpo: su sonrisa enorme, coqueta, y
traicionera, y su figura femenina, con buenas curvas –envidia injustificada de
mi ex querida Ester-, y sus brazos níveos menudos sensuales, y sus ojos
brillantes, claros, tan checos. Pero, sobre todo, por esas piernas tan
poderosamente sexuales, y poderosamente torneadas, que le han mantenido en mi
inconstante mente y en mi inconstante lista de caprichos.
Lo que
cimbra mi domingo por la tarde es saber que mi paciencia, mi tranquilidad, y mi
relajación se van a la basura al ver esa foto de la sensual, poderosamente
sexual, e inevitablemente inolvidable –dolorosamente inconstante- Jana. Porque
según yo, en teoría, en papel, en la planeación, debe uno mantenerse solo,
aislado emocionalmente, no dependiente, para lograr el equilibrio
emocional-personal-sexual-amoroso-dramático.
En otras
palabras, me voy directamente al carajo con todos mis pseudo intelectuales y
espirituales deseos de mantenerme en equilibrio y en tranquilidad cuando veo,
apenas en fotos, las deliciosas y suculentas piernitas de Jana (a quien, por lo
demás, confesé que ‘lo que no daría por que fueran mías’ – y sí, lo que no
daría porque fueran mías, sobre todo en las noches, y sobre todo en los fines
de semana-).
(Y Jana
también me cae bien, claro. Es agradable, divertida, coqueta, y tiene unos
labios suaves. Muy suaves).
viernes, enero 18, 2013
Que tiene la gente en la cabeza
A veces me pregunto que demonio es lo que tiene la gente en la cabeza. Ya saben: esa mierda constante de auto declararse negros o blancos: soy el mas feliz del mundo, Dios me ha bendecido, el oraculo esta a favor mio; o: este mundo injusto, me muero, malditos los que atacan a los animales, a los que se comen su carne, a este mundo se lo lleva el carajo.
Y me pregunto que demonios es eso, si disfraces que se pone la gente, como mascaras ridiculas y descosidas, muchas veces hechas de carton y tela vieja y nada mas, o si son estados auto inducidos, depresiones patrocinadas por las palabras de uno, ansiedades azuzadas por que si, porque somos victimas y nos gusta sufrir. O si son extasis milagrosos que nos inventamos instante a instante, para nosotros y para los demas, porque si, porque no necesito nada mas que Dios, y porque, si, claro, todos vengan a mi encuentro, a compartir este maravilloso dia mio, todos alegrense conmigo porque encontre al amor de mi vida y porque la felicidad se desparrama en mi dia a dia.
A veces me pregunto si todos estos cristianos son bipolares, inestables, personitas enfermas que no se saben con un problema y que no han ido al psiquiatra, que tienen un mal no diagnosticado. O si son payasos a los que les gusta llamar la atencion, que por alguna razon nunca se alcanzaron a encontrar a si mismo, y que sin la atencion ajena mueren, artistas baratos sin auditorio, sin publico, sin fans.
Y me pregunto que demonios es eso, si disfraces que se pone la gente, como mascaras ridiculas y descosidas, muchas veces hechas de carton y tela vieja y nada mas, o si son estados auto inducidos, depresiones patrocinadas por las palabras de uno, ansiedades azuzadas por que si, porque somos victimas y nos gusta sufrir. O si son extasis milagrosos que nos inventamos instante a instante, para nosotros y para los demas, porque si, porque no necesito nada mas que Dios, y porque, si, claro, todos vengan a mi encuentro, a compartir este maravilloso dia mio, todos alegrense conmigo porque encontre al amor de mi vida y porque la felicidad se desparrama en mi dia a dia.
A veces me pregunto si todos estos cristianos son bipolares, inestables, personitas enfermas que no se saben con un problema y que no han ido al psiquiatra, que tienen un mal no diagnosticado. O si son payasos a los que les gusta llamar la atencion, que por alguna razon nunca se alcanzaron a encontrar a si mismo, y que sin la atencion ajena mueren, artistas baratos sin auditorio, sin publico, sin fans.
miércoles, septiembre 05, 2012
Sone que volvia a tu pasado
Una vez tuve un maravilloso sueno, y en ese sueno yo volvia de pronto, con absurda lucidez, a los dias de tu pasado. Caminaba de pronto por las calles de tu ciudad, que me parecia tan conocida, cercana. Algo tan natural. Y me sentia inmensamente dichoso por estar alli, entre esas casitas sencillas del pequeno pueblo que te vio nacer, en esa oportunidad irrepetible. Deberiamos tener ambos, por aquellos dias, apenas viente anos. Quizas algo menos.
Caminaba con prisa, con ansiedad alegre y adolescente, aun siendo un hombre. Porque, por entonces, no habrias estado con varios hombres que a la postre acabarian por trastornar tus ilusiones, tus esperanzas, y sobre todo, tu auto confianza. Porque yo conoceria lo que te gusta y lo que no. Porque seria mayor que tu. Y sobre todo porque tu no me conocerias, porque no me tendrias desconfianza, y porque tendria conmigo ese factor de la novedad.
Buscaba con furor el numero indicado, en esa calle en la que quedaba tu casa. Pero alli no habia nada. Solo un lugar vacio, verde, abandonado, olvidado. Y sentia profunda, muy profunda desesperacion. Para que haberme mudado a los dias de tu pasado, si no estabas alli, en la casa de tus padres, siendo todavia una nina? Para que estar alli, si no estabas por ninguna parte?
Y hoy ese sueno se hizo realidad, en una gran ciudad, lejos de tu pueblo: cuando camine por los rincones en los que habitaban tus ilusiones, y tus tristezas, y tus miedos. En donde ahora solamente habita tu ausencia, y en donde ahora solamente queda mi dulce, suave, conciliadora melancolia.
Caminaba con prisa, con ansiedad alegre y adolescente, aun siendo un hombre. Porque, por entonces, no habrias estado con varios hombres que a la postre acabarian por trastornar tus ilusiones, tus esperanzas, y sobre todo, tu auto confianza. Porque yo conoceria lo que te gusta y lo que no. Porque seria mayor que tu. Y sobre todo porque tu no me conocerias, porque no me tendrias desconfianza, y porque tendria conmigo ese factor de la novedad.
Buscaba con furor el numero indicado, en esa calle en la que quedaba tu casa. Pero alli no habia nada. Solo un lugar vacio, verde, abandonado, olvidado. Y sentia profunda, muy profunda desesperacion. Para que haberme mudado a los dias de tu pasado, si no estabas alli, en la casa de tus padres, siendo todavia una nina? Para que estar alli, si no estabas por ninguna parte?
Y hoy ese sueno se hizo realidad, en una gran ciudad, lejos de tu pueblo: cuando camine por los rincones en los que habitaban tus ilusiones, y tus tristezas, y tus miedos. En donde ahora solamente habita tu ausencia, y en donde ahora solamente queda mi dulce, suave, conciliadora melancolia.
viernes, agosto 31, 2012
Auto tortura
Me pregunto si a todos, alguna vez en la vida, nos han torturado la mente y la memoria. Cuando una lusion se hace polvo, por ejemplo: y recordar, recurrentemente, involuntariamente, algun momento funesto, sin que el olvide le alcance a alcanzar.
Yo preguntaria, si es que a alguien mas le ha pasado -y me empiezo a convencer de que nos ha pasado a todos alguna vez-, cuanto tiempo duro esta crisis, y como pudo, al fin, apaciguarla. En que forma, en que manera, en que instante, a traves de que medios, pudo dejar de ser lacerado de manera constante, continua, en la dignidad o en el alma.
Me imagino entonces a un esposo adorando a alguna esposa, en un matrimonio satisfactorio, llegando a casa tras un viaje, poco antes de lo esperado: sorpresa al que iba a sorprender -un lugar comun, por lo demas-, y escuchando, intempestivamente, afuera del cuarto, con dolorosa atencion, los gemidos de aquella duena de sus quincenas. Y sentir que se le rasga el corazon de manera violenta, indescriptible. Reteniendo el aliento, entre la sorpresa inaudita, entre la negacion estupida. Hasta abrir la puerta, deseando que sea otra mujer la que este alli, en la estancia, por algun error, por alguna casualidad inexplicable. Pero no: he alli a la mujer amada, con sudor en la frente, con las piernas descubiertas, y una espalda masculina que le saluda. Y ver, por un instante, las manos aun tomadas: una pieza a cuatro manos.
Me imagino a un hombre mas bien joven, que avanza hacia el departamento de su ex novia, de quien se ha separado hace unos meses, y a quien no ha visto desde entonces en persona, aunque si en amargas pesadillas y aun peores, dulces suenos (que le asfixian el animo apenas despertar a la depresiva realidad). Me lo imagino ya en el pasillo, con miedo por las venas, de volver a verla, de sentir que aun la ama -aunque bien lo sepa-, y preguntandose, por vez numero mil, si ella le pedira que vuelvan. Luego, abriendo la puerta, tras el aparente silencio, tras la aparente calma, ver el cuerpo colgando de aquella a la que todavia ama, con los ojos bien abiertos, inerme, inerte, los labios entre abiertos, compungidos, palida. Y llevando, por lo demas, como para una cena sofisticada, el vestido de noche en el que, segun el, ella lucia mas hermosa.
Luego, morir a cada instante, nunca acabando de agonizar, cuando ese recuerdo se presenta ante nosotros. Y luchar, luchar, ah!, por dias interminables, en dias que son noche perpetua, aullando en silencio por un pasado mas bien romantico, aunque inalcanzable y ahora inexistente.
jueves, octubre 20, 2011
Si me alguien me preguntara sobre ti, ¿qué diría?
Si me alguien me preguntara sobre ti, ¿qué diría? ¿en qué palabras trataría de esparcir tu esencia?
Podría comenzar por recordarte aquel día de gélido otoño en que nos conocimos. Llevabas un suéter amarillo y unos pantalones morados ajustados, creo. Honestamente apenas lo recuerdo, porque aquel día, tu mirada, más que tus ojos, eclipsaban todo en ti, robaban el protagonismo todo para sí. Para mí apenas si existían tus labios, tu nariz, o tu frente. No puse demasiada atención a tu estatura o a tu complexión. Acaso lo único que parecía estar allí, adornando tu profunda mirada, eran tu cabellos castaños oscuros, casi en rizos, como ramas de olivo que los coroban, dominantes y vencedores sobre el resto de tu cuerpo, de ti. Acaso también te acompañaba esa sonrisa cínica, burlona, en un tono de a-que-no-vienes-a-mi.
Aquella noche sentí a través de ti profundo deseo, arrebato, emoción, voluntad, acaso erótica soberbia. Una fuerte emoción que parecía impulsarme a acercarme a ti. Ven a mí, querido mío, querido desconocido. Ven a mí, que te deseo con ardor, que despiertas en mí un hondo e inconsciente deseo, que incluso lo mejor de mí sale a tu encuentro, sin que yo misma me de cuenta o pueda conrolarlo. Soy otra a tu lado, frente a ti, aunque hace apenas unos minutos nuestras miradas se hallan cruzado por vez primera. Porque instintos míos que hasta entonces desconocía se despiertan ante tu presencia. Fascinación por tu ti, por tu sonrisa, por tu mirada, por la forma en la que te acercas a mí. Qué sé yo. Mirándote, mirándome en ti, me lleno de deseo, de erotismo, y me vuelvo seductora, me vuelvo mujer aún siendo niña; me convierto en un instante y por un instante en todo eso que deseo ser, pero de lo que no me atrevo, acaso porque lo ignoro yo misma en la vigilia de mi mente. Soy ante ti como debería ser, como realmente soy, detrás de este disfraz de niña detrás del que me escondo, en el que guardo mis verdaderos deseos; aquel lugar en el que me protejo de mis miedos, de mis inseguridades, de mis complejos y de mis traumas.
Aquella noche representaste mucho más de lo que nunca jamás resultaste ser para mí: tan lejana de tus dudas, de tu nerviosismo, y de tus prejuicios contra ti y contra los extranjeros. Fuiste una huracán, un mar desbordado. Fuiste la imagen y semejanza de una pecadora que me subyugaba con sus ojos. Para los otros, curiosamente, no eras más, según pude saberlo después, más que una niña frágil, delgada, y no muy atractiva: pero eso era porque ellos sólo veían tu exterior, pero además porque ellos no eran vistos como me veías tú, de esa forma, con ese deseo, con esas ansias de pecar.
Pero luego...
Luego te tornaste nerviosa, dubitativa. Miedosa, querida mía. Eras débil por dentro, finalmente, precisamente como una aniña. Esos diecinueve años que tienes resonaron en ti, atándote a esa realidad pintada por tí misma y por tus amiguitos, cuando todos jugaban a seguir siendo adolescentes, a no enfrentarse al mundo como adultos, espantados ante la responsabilidad. Te dejaste llevar por esos miedos adolescentes a no sentirte bella, a sentirte menos atractiva y opacada frente a tus atractivas amigas, o frente a tantas mujeres plásticas -y deliciosas- que pululuan en esta vieja ciudad. Y pensaste que serías para mí no más que el objeto de placer desechable a la mano, una aventura cuyo único precio es una ilusión hacia ti. Pensaste en mi patria, tratando de deducir que quizás había algo sórdido en mi pasado en ultramar. Te imagino viéndote al espejo, juzgándote, viéndote no como eres ni como te veía yo, sino como te ven los insensibles ojos de los demás: piel pálida apenas recubriendo tus huesos, los ojos pequeños como ojos de pescado, y los dientes minúsculos como los de una rata. Con tu pelo enmarañado y descuidado, sin arreglar. Te imagino observándote dolorosamente el pecho, notando que no tienes dos pasas por tetas, y que por nalgas tienes un par de rebanadas de jamón. Y los hombros menduos, y las caderas inexistentes. La nariz prominente, que trata de robar protagonismo junto con tu amplia frente. Los labios discretos, los pómulos faltos de gracia. Piensas que si alguien te viera sin fijarse en la cabeza y en los pies, no podría saber si te ve por detrás o por delante. Finalmente te atacas al observar tus espinillas en la frente, y las que habían dejado su rastro en aquella tan próxima adolescencia. Luego, querida mía, supongo que habrás dibujado o creado otros prejuicios más en tu contra, algunos que no alcanzo a imaginar siquiera.
Fuiste tú tu misma antítesis. Crescendo y estruendo. Mujer, y niña. Sueño y pesadilla. Sensibilidad y prejuicio. Promesa y decepción.
Podría comenzar por recordarte aquel día de gélido otoño en que nos conocimos. Llevabas un suéter amarillo y unos pantalones morados ajustados, creo. Honestamente apenas lo recuerdo, porque aquel día, tu mirada, más que tus ojos, eclipsaban todo en ti, robaban el protagonismo todo para sí. Para mí apenas si existían tus labios, tu nariz, o tu frente. No puse demasiada atención a tu estatura o a tu complexión. Acaso lo único que parecía estar allí, adornando tu profunda mirada, eran tu cabellos castaños oscuros, casi en rizos, como ramas de olivo que los coroban, dominantes y vencedores sobre el resto de tu cuerpo, de ti. Acaso también te acompañaba esa sonrisa cínica, burlona, en un tono de a-que-no-vienes-a-mi.
Aquella noche sentí a través de ti profundo deseo, arrebato, emoción, voluntad, acaso erótica soberbia. Una fuerte emoción que parecía impulsarme a acercarme a ti. Ven a mí, querido mío, querido desconocido. Ven a mí, que te deseo con ardor, que despiertas en mí un hondo e inconsciente deseo, que incluso lo mejor de mí sale a tu encuentro, sin que yo misma me de cuenta o pueda conrolarlo. Soy otra a tu lado, frente a ti, aunque hace apenas unos minutos nuestras miradas se hallan cruzado por vez primera. Porque instintos míos que hasta entonces desconocía se despiertan ante tu presencia. Fascinación por tu ti, por tu sonrisa, por tu mirada, por la forma en la que te acercas a mí. Qué sé yo. Mirándote, mirándome en ti, me lleno de deseo, de erotismo, y me vuelvo seductora, me vuelvo mujer aún siendo niña; me convierto en un instante y por un instante en todo eso que deseo ser, pero de lo que no me atrevo, acaso porque lo ignoro yo misma en la vigilia de mi mente. Soy ante ti como debería ser, como realmente soy, detrás de este disfraz de niña detrás del que me escondo, en el que guardo mis verdaderos deseos; aquel lugar en el que me protejo de mis miedos, de mis inseguridades, de mis complejos y de mis traumas.
Aquella noche representaste mucho más de lo que nunca jamás resultaste ser para mí: tan lejana de tus dudas, de tu nerviosismo, y de tus prejuicios contra ti y contra los extranjeros. Fuiste una huracán, un mar desbordado. Fuiste la imagen y semejanza de una pecadora que me subyugaba con sus ojos. Para los otros, curiosamente, no eras más, según pude saberlo después, más que una niña frágil, delgada, y no muy atractiva: pero eso era porque ellos sólo veían tu exterior, pero además porque ellos no eran vistos como me veías tú, de esa forma, con ese deseo, con esas ansias de pecar.
Pero luego...
Luego te tornaste nerviosa, dubitativa. Miedosa, querida mía. Eras débil por dentro, finalmente, precisamente como una aniña. Esos diecinueve años que tienes resonaron en ti, atándote a esa realidad pintada por tí misma y por tus amiguitos, cuando todos jugaban a seguir siendo adolescentes, a no enfrentarse al mundo como adultos, espantados ante la responsabilidad. Te dejaste llevar por esos miedos adolescentes a no sentirte bella, a sentirte menos atractiva y opacada frente a tus atractivas amigas, o frente a tantas mujeres plásticas -y deliciosas- que pululuan en esta vieja ciudad. Y pensaste que serías para mí no más que el objeto de placer desechable a la mano, una aventura cuyo único precio es una ilusión hacia ti. Pensaste en mi patria, tratando de deducir que quizás había algo sórdido en mi pasado en ultramar. Te imagino viéndote al espejo, juzgándote, viéndote no como eres ni como te veía yo, sino como te ven los insensibles ojos de los demás: piel pálida apenas recubriendo tus huesos, los ojos pequeños como ojos de pescado, y los dientes minúsculos como los de una rata. Con tu pelo enmarañado y descuidado, sin arreglar. Te imagino observándote dolorosamente el pecho, notando que no tienes dos pasas por tetas, y que por nalgas tienes un par de rebanadas de jamón. Y los hombros menduos, y las caderas inexistentes. La nariz prominente, que trata de robar protagonismo junto con tu amplia frente. Los labios discretos, los pómulos faltos de gracia. Piensas que si alguien te viera sin fijarse en la cabeza y en los pies, no podría saber si te ve por detrás o por delante. Finalmente te atacas al observar tus espinillas en la frente, y las que habían dejado su rastro en aquella tan próxima adolescencia. Luego, querida mía, supongo que habrás dibujado o creado otros prejuicios más en tu contra, algunos que no alcanzo a imaginar siquiera.
Fuiste tú tu misma antítesis. Crescendo y estruendo. Mujer, y niña. Sueño y pesadilla. Sensibilidad y prejuicio. Promesa y decepción.
domingo, julio 17, 2011
Cuando José Manuel vino de Madrid
Ella lloró al despertar, en medio de la noche, y darse cuenta de que José Miguel no estaba con ella. Y no era su ausencia, precisamente, lo que la lastimaba. No. Lloró en silencio, largo y tendido, cuando él debía estar con ella, esta noche, haciendo el amor, y en su lugar, más que una simple ausencia, más que pena por ese hombre que no estaba, había un sueño roto, resquebrajado.
Porque él era el hombre de su vida -¿no lo era, en verdad, con ese cabello negro color noche, con esa mandíbula cuadrada, varonil, y esos ojos profundos, que parecían leer en lo hondo de su alma?-. Porque había, sin darse cuenta, sin querer, tejido en su mente una perfecta ilusión, un ideal. Expectativas del hombre de su vida, de una vida nueva, sin dolores, llena de amor, de noches llenas de besos y de desnudez del alma y del cuerpo, llena de él.
Y ahora solamente su ausencia, que era como una burla, como una burla de la vida, cuando la puesta en escena se vino abajo; como si de pronto se hubiera ella dado cuenta de que era una comedia, una tragicomedia, una burla, con los escenarios grotescos y falsos, y los diálogos llenos de lugares comunes: te amo, eres la mujer de mi vida, somo el uno para el otro, eres lo mejor que me ha pasado, nadie me lo hizo como tú -sic-. Y ellos eran los actores, con un maquillaje que ahora, cuando se veían el uno al otro con mayor claridad, les hacía recordar a un payaso. Y una actuación tan absurda, tan fingida, tan falsa.
Porque se conocieron cuando ella fue a Madrid por el trabajo, y quedó prendada de él, de lo que él proyectó en aquel instante. Porque pasaron días juntos en aquella ciudad, que para ella representaba la ciudad más bella de España, entre copas y cenas y besos y nuevas desnudeces. Todo el tiempo dedicado el uno al otro en un fin de semana extendido, en un sueño, una burbuja, una dimensión alternativa a la realidad, perfecta.
Pero cuando él vino a su pequeño pueblo, la simplicidad y lo cotidiano parecieron desgarrar esa farsa que ambos habían levantado. Primero fueron los simples detalles, y el jabón y la ducha, y los ronquidos y el desayuno mal preparado. Luego fue encontrarse cara a cara, en esa simplicidad absoluta de esa pequeña ciudad, con los rincones ya conocidos, con la realidad y sus problemas y sus complicaciones diarias.
La simple simplicidad de lo cotidiano. Así, simple. Qué prosaico se escuchaba. Qué frágil la puesta en escena. Qué grotescos sus creadores. Ni los besos, ni los lamidos, ni los orgasmos eran lo mismo. Ni las cenas, ni las pláticas, ni los cumplidos. Ahora sólo había, de pronto, no sorpresivamente, puntos de vista distintos, silencios interminables, disgustos, y falta de comunicación. Era como si, de alguna manera, él, al llegar a esa ciudad, hubiera dejado de ser un ser divino, renunciando a ese privilegio al estar con ella, al poner su pie en la estación de trenes.
Y el pasado que nunca dejó de irse estaba ahora allí, con ella, en ese silencio del alma y de la noche. Porque hubo en su momento un José María, que tocaba tan majestuosamente la guitarra, que la conquistó cuando ella estuvo en Valencia una semana, quien dejó de ser divino, también, al venir a su pequeña ciudad. Y porque hubo un José Alfredo, pintor fuera de serie, al que conoció en Barcelona, y el que, no sorpresivamente, también perdió ese aire majestuoso al poner en pie en la estación de autobuses.
Y ella estaba furiosa, sí, Enojada, frustrada, llena de odio. Pero no contra sí misma, ni contra la vida, ni contra el destino, ni contra los astros. Estaba llena de ira contra la simple cotidianeidad y la simplicidad que exhala un día común y corriente. Porque eso era lo que, realmente, había acabado con sus romances nacidos de bellas e inmaculadas vacaciones.
Porque él era el hombre de su vida -¿no lo era, en verdad, con ese cabello negro color noche, con esa mandíbula cuadrada, varonil, y esos ojos profundos, que parecían leer en lo hondo de su alma?-. Porque había, sin darse cuenta, sin querer, tejido en su mente una perfecta ilusión, un ideal. Expectativas del hombre de su vida, de una vida nueva, sin dolores, llena de amor, de noches llenas de besos y de desnudez del alma y del cuerpo, llena de él.
Y ahora solamente su ausencia, que era como una burla, como una burla de la vida, cuando la puesta en escena se vino abajo; como si de pronto se hubiera ella dado cuenta de que era una comedia, una tragicomedia, una burla, con los escenarios grotescos y falsos, y los diálogos llenos de lugares comunes: te amo, eres la mujer de mi vida, somo el uno para el otro, eres lo mejor que me ha pasado, nadie me lo hizo como tú -sic-. Y ellos eran los actores, con un maquillaje que ahora, cuando se veían el uno al otro con mayor claridad, les hacía recordar a un payaso. Y una actuación tan absurda, tan fingida, tan falsa.
Porque se conocieron cuando ella fue a Madrid por el trabajo, y quedó prendada de él, de lo que él proyectó en aquel instante. Porque pasaron días juntos en aquella ciudad, que para ella representaba la ciudad más bella de España, entre copas y cenas y besos y nuevas desnudeces. Todo el tiempo dedicado el uno al otro en un fin de semana extendido, en un sueño, una burbuja, una dimensión alternativa a la realidad, perfecta.
Pero cuando él vino a su pequeño pueblo, la simplicidad y lo cotidiano parecieron desgarrar esa farsa que ambos habían levantado. Primero fueron los simples detalles, y el jabón y la ducha, y los ronquidos y el desayuno mal preparado. Luego fue encontrarse cara a cara, en esa simplicidad absoluta de esa pequeña ciudad, con los rincones ya conocidos, con la realidad y sus problemas y sus complicaciones diarias.
La simple simplicidad de lo cotidiano. Así, simple. Qué prosaico se escuchaba. Qué frágil la puesta en escena. Qué grotescos sus creadores. Ni los besos, ni los lamidos, ni los orgasmos eran lo mismo. Ni las cenas, ni las pláticas, ni los cumplidos. Ahora sólo había, de pronto, no sorpresivamente, puntos de vista distintos, silencios interminables, disgustos, y falta de comunicación. Era como si, de alguna manera, él, al llegar a esa ciudad, hubiera dejado de ser un ser divino, renunciando a ese privilegio al estar con ella, al poner su pie en la estación de trenes.
Y el pasado que nunca dejó de irse estaba ahora allí, con ella, en ese silencio del alma y de la noche. Porque hubo en su momento un José María, que tocaba tan majestuosamente la guitarra, que la conquistó cuando ella estuvo en Valencia una semana, quien dejó de ser divino, también, al venir a su pequeña ciudad. Y porque hubo un José Alfredo, pintor fuera de serie, al que conoció en Barcelona, y el que, no sorpresivamente, también perdió ese aire majestuoso al poner en pie en la estación de autobuses.
Y ella estaba furiosa, sí, Enojada, frustrada, llena de odio. Pero no contra sí misma, ni contra la vida, ni contra el destino, ni contra los astros. Estaba llena de ira contra la simple cotidianeidad y la simplicidad que exhala un día común y corriente. Porque eso era lo que, realmente, había acabado con sus romances nacidos de bellas e inmaculadas vacaciones.
jueves, mayo 26, 2011
A veces el pasado nos alcanza
A veces el pasado nos alcanza, y llega como un fantasma que no puede descansar en paz, al que no se olvida, que erra dolorosamente en pos de su víctima. Llega quizás no de manera inesperada, pero sí de manera poco oportuna, para arrasar lo que nunca pudo ser. Llega, cansado y sin ganas, obligado a destrozar lo que no debería ser destrozado, porque, simplemente, alguien olvidó acabar de enterrarle en las profundidades del olvido.
Y entonces no valen intenciones, ni deseos, ni esfuerzos. No vale cariño fraterno o romántico, ni valen horas de paciencia y de compañía. No valen corazones cambiados ni esperanzas nuevas, ni valen honestidades desenmascaradas ni egoísmos apagados. No valen el más pequeño céntimo los nuevos días, las nuevas semanas, ni los nuevos meses.
No hay, entonces, un futuro, cuando nos dejamos alcanzar por un pasado que nunca se fue, que siempre estuvo sentado, cual fantasma, al borde de nuestra cama, esperando siempre, con paciencia, con una lista de pecados no perdonados. Y entonces vienen los gritos, y los reclamos, y las memorias de esperanzas rotas, y de corazones desquebrajados, y de lágrimas extinguidas, y de millones de maldiciones lanzadas al aire.
Nada hay en esta vida que valga cuando el pasado nunca fue enterrado en el pasado, cuando el olvido nunca fue olvido, cuando el perdón jamás llegó a ser perdón.
Y entonces no valen intenciones, ni deseos, ni esfuerzos. No vale cariño fraterno o romántico, ni valen horas de paciencia y de compañía. No valen corazones cambiados ni esperanzas nuevas, ni valen honestidades desenmascaradas ni egoísmos apagados. No valen el más pequeño céntimo los nuevos días, las nuevas semanas, ni los nuevos meses.
No hay, entonces, un futuro, cuando nos dejamos alcanzar por un pasado que nunca se fue, que siempre estuvo sentado, cual fantasma, al borde de nuestra cama, esperando siempre, con paciencia, con una lista de pecados no perdonados. Y entonces vienen los gritos, y los reclamos, y las memorias de esperanzas rotas, y de corazones desquebrajados, y de lágrimas extinguidas, y de millones de maldiciones lanzadas al aire.
Nada hay en esta vida que valga cuando el pasado nunca fue enterrado en el pasado, cuando el olvido nunca fue olvido, cuando el perdón jamás llegó a ser perdón.
miércoles, abril 06, 2011
Alguien sigue mis casos cuando salgo por café (IV)
Milagro de los milagros verte salir de pronto, riendo, de un pasillo del lado izquierdo de la calle, al caminar por Vodickova de noche. Milagro de los milagros que en mi camino hacia la estación de metro de Mustek, tras haber tomado un par de copas con una amiga, haya pasado por enfrente del bar que ahora reconozco como “Azúcar”, precisamente en el instante en el que vas saliendo tú. Milagro de los milagros el poder seguir tu estela, tras haber seguido tan sólo tu ausencia en Palladium en estas dos semanas pasadas, querido mío.
Llevas las manos en los bolsillos de tu pantalón negro, con paso ligeramente apresurado. Te sigo, perdida entre la noche y la gente y las tiendas, sin demasiado disimulo. Aquí nadie nos pondrá atención. Veo que no llevas esta vez libro alguno entre tus manos. Echas una mirada a tu reloj un par de veces. ¿Estás preocupado, Roberto, amor mío, por llegar tarde a alguna parte? ¿Una cita, quizás? ¿Y con quién? ¿Con una mujer? ¿Con una mujer atractiva? ¿Con una mujer atractiva e inteligente, quizás?
No dejo de preguntarme tu destino esta noche, con esa playera polo gris que llevas puesta en este verano praguense, a las nueve de la noche menos tres minutos. Si te conozco bien, estarás pensando que es demasiado temprano para irte a casa, aunque sea apenas un martes. Y creo que sí: veo que pasas por enfrente de la estación de metro de Mustek, sin entrar en ella, mientras te volteas distraídamente a verle las piernas a un par de chicas muy jóvenes y rubias que llevan faldas muy, muy cortas. ¿Qué se supone que debería sentir al verte hacer esto? ¿Celos? ¿Enojo? ¿Molestia? ¿Decir que eres, al fin y al cabo, no sólo hombre, sino hombre latino?
En la esquina te me pierdes, al doblar hacia la izquierda en la avenida de San Wenceslao, en dirección a la plaza vieja. Apresuro mi paso, abriéndome paso entre la distraída concurrencia, con una pequeña ansia, como un suave hormigueo, porque entre tanta gente en esa avenida te me puedes perder. Y no quiero perderte: ni aquí, siguiéndote los pasos, ni nunca. Nunca más, nunca jamás.
En la esquina me da un vuelco el corazón al verte a apenas a unos pasos, detenido, hablando con dos tipos que son claramente latinos: reconozco en su español un acento que no es mexicano. Los veo apenas, mientras cruzo la calle, hacia el otro lado, para poder esperar desde allí a que sigas tu camino. Y volteo cada tres pasos, para ver si sigues allí, porque, querido, ya te lo he dicho: no quiero perderte nunca más.
Y desde la otra acera te observo, simulando hacer una llamada. Siempre llamando a todos y a nadie. Y trato de distinguir a esos dos tipos: uno de ellos es más bien rollizo, con una barba de candado y casi sin cabello, que manotea agitadamente, riendo, carcajeando, de lo que él mismo se escucha decir. El otro está completamente a rape, de piel muy morena, sonriendo amigablemente, silencioso. Ambos deben tener alrededor de cuarenta años. No los reconozco, por mucho que lo intente. Y tú pareces escuchar lo que dice el tipo gordo, pero noto en tu expresión -aunque esté del otro lado de la acera, Roberto mío-, que te desagrada, aunque le sonrías con amabilidad. ¿Es que quizás habla demasiado, o lo que dice te parece una sarta de estupideces, querido? ¿Y porque no encaminas tus pasos ya, si es que, como me imagino, te los encontraste por desafortunada casualidad?
Pareces escucharme. Le echas una mirada al reloj, les dices algo -supongo que explicas que tienes que irte-, y te despides de ambos. Ja. Apenas has avanzado un par de pasos, cuando me parece reconocer esa mueca de alivio: sonrisa de lado, los ojos abriéndose en estupefacción. Sí, estoy segura: estás contento de dejar de escuchar a aquel hombre con barba. Y entonces llegas a la calle de Narodni, y das vuelta a la izquierda. Me apresuro, o te pierdo. No te perderé.
Te sigo en esta calle, que está algo menos llena de gente, y más llena de oscuridad. Apresuras el paso, mas luego te relajas. Y nuevamente aceleras el paso. Y nuevamente te relajas. No quieres llegar tarde, pero luego te dices que no tiene importancia llegar con leve retraso. Y dudas. Y vuelves a dudar. Sin dejar de caminar, sacas de pronto tu teléfono, que parece brillar: un mensaje de texto. Sin dejar de caminar lo lees. Apresuras el paso, al cabo, porque, supongo, se han quejado de tu tardanza.
Tengo que casi-correr para no perderte, cuando das la vuelta a la derecha en Na Perstyne. Se me acelera el pulso al darme cuenta de que esa calle va a estar bastante, bastante menos llena de gente, y sobre todo, más oscura. En la oscuridad, en ese silencio, escuchando pasos detrás de ti, podrías voltear en algún momento. ¿Y si te das cuenta, de pronto, que te sigo? ¿Podría yo ocultar que mis pasos iban tras los tuyos, y caminar, indiferente, por delante tuyo, como si no te hubiera visto, con mirada altiva, distraída? ¿O quizás podría detenerme en algún bar en el que pase por enfrente en ese instante, reuniéndome con una amiga que claramente no estará allí? Y no sé porqué, pero ese miedo se entremezcla en mí con profundos e irracionales deseos de que eso suceda. Sí, de que suceda. Como si esa pequeña tragedia me fuera, de alguna manera, placentera. Dulce tragedia.
A mitad de la calle das la vuelta hacia la derecha. Dios, Roberto, ¿te vas a meter en esa pequeña, oscurísima calle-callejón? ¿Es que es irremediable que te des cuenta de que voy detrás tuyo? Mas no tengo tiempo de pensar, porque mientras dudo, mis pies, azuzados por mis ansias, apresuran su velocidad, arrastrándome hacia ti. Ya no puedo pensar bien: que lo inevitable pase, y si nos encontramos, que pase lo que tenga que pasar.
Y das vuelta a la derecha, en esa pequeña calle, como si trataras de salir de un laberinto. Nadie más que nosotros dos estará allí. ¿Y sí me esperas en la oscuridad, acechando, para ver mi rostro, y conocer a quien no deja de seguir tu rastro? Pero no: en realidad, Roberto, si no me equivoco, creo que sé a dónde vas: hacia aquel restaurante que está pintado de amarillo, en una esquina, subterráneo, junto a esa pequeña iglesia, al que solías venir a cenar con Óscar -¿en qué parte de Europa, o del mundo estás ahora mismo, querido Óscar?-. Sí, allí irás.
Sí, no me equivocaba. Sigues caminando en línea recta. Abandonados a este silencio y a esta oscuridad, sólo tú y yo. Pareces voltear involuntariamente, mirando sobre tu hombro, con precaución. Miedo de los miedos, ansia de las ansias verme expuesta a ti. Te detienes, y sacas tu teléfono, mientras fijas tu mirada hacia mi figura, aunque no puedes reconocer mi rostro aún, a esta distancia, vestida de oscuridad. ¿Debería seguir mi camino, como si nada, como si no te viera, indiferente, o debería, porque sí, por cualquier cosa, volver sobre mis pasos, lenta o rápidamente, con el riesgo de que te des cuenta de que, en efecto, alguien te persigue en esta ciudad?
Mis pies se mueven, se mueven, se mueven. Debo estar pálida, ¿no, Roberto, amor? Pero, a pesar de todo, me preparo, o eso intento, porque yo ya no soy yo: mis emociones fuera de control me han convertido en otra persona. No quería que me vieras, no así, no de esta forma. Y si me reconoces, por ventura, si llegas a extender tu mano para obstruirme el paso, o porque me haces una pregunta absurda cualquiera, fingiré que no sé de qué hablas, de que yo no te seguía, de que simplemente iba al bar de al lado, casualidad de las casualidades.
Milagro de los milagros al ver que en la esquina sale alguien de pronto -una mujer-, y te toma del brazo, precisamente a unos metros de aquel restaurante amarillo al que venías a cenar con Óscar siempre que le rompía el corazón alguna checa o eslovaca-¿En dónde estarás ahora, querido Óscar?-. Volteas hacia ella, la saludas de beso en la mejilla, mientras parece decir algo, disculparse quizás. En español. Y te dice que aunque había llegado ya hace quince minutos, salió a comprar cigarros. En español. Y con su voz femeninamente grave te dice, burlándose amigablemente, riendo, que eres igual que todos los mexicanos, impuntuales hasta el cansancio. En español.
En ese instante, mientras escucho su conversación, mientras reconozco sus palabras, me doy cuenta de que intentas poner tu mirada en mi, escudriñándome, reconociéndome, preguntándome con tus ojos quién soy. Pero yo me volteo hacia el otro lado, discretamente, en donde la oscuridad cubre mi rostro, escondiéndolo. Y aquella mujer -que habla en español- te dice que pasen al interior del lugar, que quiere pedir algo para cenar. Me sigues mirando cuando ya me separan varias pisadas de ti. Lo puedo sentir: me ves la espalda. ¿Me reconociste acaso, querido?
Pero al llegar a la esquina y doblar a la derecha, acelero el paso, con profundos deseos de huir, en caso de que decidas dejar a tu compañera de cena, y vengas tras mis pasos. Camino con torpeza, perdida levemente en este revoltijo de calles, huyendo de ti, de la posibilidad de que seas ahora tú el que me siga, de calle en calle, buscando saber no solamente quién soy, sino qué hago, o qué pretendo. Y mientras huyo, no puedo dejar de preguntarme también quién era ella, con esa frágil pero bella figura, con ese cabello castaño oscuro, que le caía en los hombros en leves rizos, y con tez blanca, ojos café oscuros, europea, con una mirada que, por supuesto, denota inteligencia. No puedo dejar de preguntarme quién era ella -que habla español-. Y sigo huyendo, perdida, sin saber a dónde voy, pero no puedo dejar de consumirme ligeramente en ansiedad.
Esto tiene que ser una broma, ¿no?
Llevas las manos en los bolsillos de tu pantalón negro, con paso ligeramente apresurado. Te sigo, perdida entre la noche y la gente y las tiendas, sin demasiado disimulo. Aquí nadie nos pondrá atención. Veo que no llevas esta vez libro alguno entre tus manos. Echas una mirada a tu reloj un par de veces. ¿Estás preocupado, Roberto, amor mío, por llegar tarde a alguna parte? ¿Una cita, quizás? ¿Y con quién? ¿Con una mujer? ¿Con una mujer atractiva? ¿Con una mujer atractiva e inteligente, quizás?
No dejo de preguntarme tu destino esta noche, con esa playera polo gris que llevas puesta en este verano praguense, a las nueve de la noche menos tres minutos. Si te conozco bien, estarás pensando que es demasiado temprano para irte a casa, aunque sea apenas un martes. Y creo que sí: veo que pasas por enfrente de la estación de metro de Mustek, sin entrar en ella, mientras te volteas distraídamente a verle las piernas a un par de chicas muy jóvenes y rubias que llevan faldas muy, muy cortas. ¿Qué se supone que debería sentir al verte hacer esto? ¿Celos? ¿Enojo? ¿Molestia? ¿Decir que eres, al fin y al cabo, no sólo hombre, sino hombre latino?
En la esquina te me pierdes, al doblar hacia la izquierda en la avenida de San Wenceslao, en dirección a la plaza vieja. Apresuro mi paso, abriéndome paso entre la distraída concurrencia, con una pequeña ansia, como un suave hormigueo, porque entre tanta gente en esa avenida te me puedes perder. Y no quiero perderte: ni aquí, siguiéndote los pasos, ni nunca. Nunca más, nunca jamás.
En la esquina me da un vuelco el corazón al verte a apenas a unos pasos, detenido, hablando con dos tipos que son claramente latinos: reconozco en su español un acento que no es mexicano. Los veo apenas, mientras cruzo la calle, hacia el otro lado, para poder esperar desde allí a que sigas tu camino. Y volteo cada tres pasos, para ver si sigues allí, porque, querido, ya te lo he dicho: no quiero perderte nunca más.
Y desde la otra acera te observo, simulando hacer una llamada. Siempre llamando a todos y a nadie. Y trato de distinguir a esos dos tipos: uno de ellos es más bien rollizo, con una barba de candado y casi sin cabello, que manotea agitadamente, riendo, carcajeando, de lo que él mismo se escucha decir. El otro está completamente a rape, de piel muy morena, sonriendo amigablemente, silencioso. Ambos deben tener alrededor de cuarenta años. No los reconozco, por mucho que lo intente. Y tú pareces escuchar lo que dice el tipo gordo, pero noto en tu expresión -aunque esté del otro lado de la acera, Roberto mío-, que te desagrada, aunque le sonrías con amabilidad. ¿Es que quizás habla demasiado, o lo que dice te parece una sarta de estupideces, querido? ¿Y porque no encaminas tus pasos ya, si es que, como me imagino, te los encontraste por desafortunada casualidad?
Pareces escucharme. Le echas una mirada al reloj, les dices algo -supongo que explicas que tienes que irte-, y te despides de ambos. Ja. Apenas has avanzado un par de pasos, cuando me parece reconocer esa mueca de alivio: sonrisa de lado, los ojos abriéndose en estupefacción. Sí, estoy segura: estás contento de dejar de escuchar a aquel hombre con barba. Y entonces llegas a la calle de Narodni, y das vuelta a la izquierda. Me apresuro, o te pierdo. No te perderé.
Te sigo en esta calle, que está algo menos llena de gente, y más llena de oscuridad. Apresuras el paso, mas luego te relajas. Y nuevamente aceleras el paso. Y nuevamente te relajas. No quieres llegar tarde, pero luego te dices que no tiene importancia llegar con leve retraso. Y dudas. Y vuelves a dudar. Sin dejar de caminar, sacas de pronto tu teléfono, que parece brillar: un mensaje de texto. Sin dejar de caminar lo lees. Apresuras el paso, al cabo, porque, supongo, se han quejado de tu tardanza.
Tengo que casi-correr para no perderte, cuando das la vuelta a la derecha en Na Perstyne. Se me acelera el pulso al darme cuenta de que esa calle va a estar bastante, bastante menos llena de gente, y sobre todo, más oscura. En la oscuridad, en ese silencio, escuchando pasos detrás de ti, podrías voltear en algún momento. ¿Y si te das cuenta, de pronto, que te sigo? ¿Podría yo ocultar que mis pasos iban tras los tuyos, y caminar, indiferente, por delante tuyo, como si no te hubiera visto, con mirada altiva, distraída? ¿O quizás podría detenerme en algún bar en el que pase por enfrente en ese instante, reuniéndome con una amiga que claramente no estará allí? Y no sé porqué, pero ese miedo se entremezcla en mí con profundos e irracionales deseos de que eso suceda. Sí, de que suceda. Como si esa pequeña tragedia me fuera, de alguna manera, placentera. Dulce tragedia.
A mitad de la calle das la vuelta hacia la derecha. Dios, Roberto, ¿te vas a meter en esa pequeña, oscurísima calle-callejón? ¿Es que es irremediable que te des cuenta de que voy detrás tuyo? Mas no tengo tiempo de pensar, porque mientras dudo, mis pies, azuzados por mis ansias, apresuran su velocidad, arrastrándome hacia ti. Ya no puedo pensar bien: que lo inevitable pase, y si nos encontramos, que pase lo que tenga que pasar.
Y das vuelta a la derecha, en esa pequeña calle, como si trataras de salir de un laberinto. Nadie más que nosotros dos estará allí. ¿Y sí me esperas en la oscuridad, acechando, para ver mi rostro, y conocer a quien no deja de seguir tu rastro? Pero no: en realidad, Roberto, si no me equivoco, creo que sé a dónde vas: hacia aquel restaurante que está pintado de amarillo, en una esquina, subterráneo, junto a esa pequeña iglesia, al que solías venir a cenar con Óscar -¿en qué parte de Europa, o del mundo estás ahora mismo, querido Óscar?-. Sí, allí irás.
Sí, no me equivocaba. Sigues caminando en línea recta. Abandonados a este silencio y a esta oscuridad, sólo tú y yo. Pareces voltear involuntariamente, mirando sobre tu hombro, con precaución. Miedo de los miedos, ansia de las ansias verme expuesta a ti. Te detienes, y sacas tu teléfono, mientras fijas tu mirada hacia mi figura, aunque no puedes reconocer mi rostro aún, a esta distancia, vestida de oscuridad. ¿Debería seguir mi camino, como si nada, como si no te viera, indiferente, o debería, porque sí, por cualquier cosa, volver sobre mis pasos, lenta o rápidamente, con el riesgo de que te des cuenta de que, en efecto, alguien te persigue en esta ciudad?
Mis pies se mueven, se mueven, se mueven. Debo estar pálida, ¿no, Roberto, amor? Pero, a pesar de todo, me preparo, o eso intento, porque yo ya no soy yo: mis emociones fuera de control me han convertido en otra persona. No quería que me vieras, no así, no de esta forma. Y si me reconoces, por ventura, si llegas a extender tu mano para obstruirme el paso, o porque me haces una pregunta absurda cualquiera, fingiré que no sé de qué hablas, de que yo no te seguía, de que simplemente iba al bar de al lado, casualidad de las casualidades.
Milagro de los milagros al ver que en la esquina sale alguien de pronto -una mujer-, y te toma del brazo, precisamente a unos metros de aquel restaurante amarillo al que venías a cenar con Óscar siempre que le rompía el corazón alguna checa o eslovaca-¿En dónde estarás ahora, querido Óscar?-. Volteas hacia ella, la saludas de beso en la mejilla, mientras parece decir algo, disculparse quizás. En español. Y te dice que aunque había llegado ya hace quince minutos, salió a comprar cigarros. En español. Y con su voz femeninamente grave te dice, burlándose amigablemente, riendo, que eres igual que todos los mexicanos, impuntuales hasta el cansancio. En español.
En ese instante, mientras escucho su conversación, mientras reconozco sus palabras, me doy cuenta de que intentas poner tu mirada en mi, escudriñándome, reconociéndome, preguntándome con tus ojos quién soy. Pero yo me volteo hacia el otro lado, discretamente, en donde la oscuridad cubre mi rostro, escondiéndolo. Y aquella mujer -que habla en español- te dice que pasen al interior del lugar, que quiere pedir algo para cenar. Me sigues mirando cuando ya me separan varias pisadas de ti. Lo puedo sentir: me ves la espalda. ¿Me reconociste acaso, querido?
Pero al llegar a la esquina y doblar a la derecha, acelero el paso, con profundos deseos de huir, en caso de que decidas dejar a tu compañera de cena, y vengas tras mis pasos. Camino con torpeza, perdida levemente en este revoltijo de calles, huyendo de ti, de la posibilidad de que seas ahora tú el que me siga, de calle en calle, buscando saber no solamente quién soy, sino qué hago, o qué pretendo. Y mientras huyo, no puedo dejar de preguntarme también quién era ella, con esa frágil pero bella figura, con ese cabello castaño oscuro, que le caía en los hombros en leves rizos, y con tez blanca, ojos café oscuros, europea, con una mirada que, por supuesto, denota inteligencia. No puedo dejar de preguntarme quién era ella -que habla español-. Y sigo huyendo, perdida, sin saber a dónde voy, pero no puedo dejar de consumirme ligeramente en ansiedad.
Esto tiene que ser una broma, ¿no?
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