miércoles, marzo 19, 2008

Caminando en la noche

El chico con el corazón roto caminaba por la noche en la calle oscura, sin luces que le observaran o cuidaran. Ni una sola estrella en el firmamento en escena ese día estaba. Caminando con rumbo, y caminando también sin rumbo. Pensando y tratando de no pensar: una parte diciéndole que olvide, la otra tratando de persuadirle de sentir el dolor para aprender de él. Títere entre voluntades distintas, sus pasos le llevaban hacia su casa en esa noche de finales de invierno, fría.

Los ojos miran hacia abajo, con la mirada vagando acá y allá en el suelo. Pisadas cortas y con pies poco levantados, siendo arrastrados, y con manos frías en los bolsillos, y con la boca y nariz secas. Caminaba que caminaba en la noche oscura de su alma. Errante enamorado des-enamorado.

Y es este un dolor que no me deja en paz un solo instante.

Suspira entonces, mientras se da cuenta de que ya falta cada vez menos para llegar a casa: soledad y silencio. Suspira en voz alta: nadie le puede ver, ni nadie de él puede por tanto burlarse. Suspira por tercera vez, pero esta vez siente, por un ligero instante, que se le escapa el llanto. La voz casi le traiciona. Sus ojos que quieren llorar, y las lágrimas que tardan en llegar. Llorar y no poder llorar es un castigo para el alma.

No puedo, por mucho que lo desee, dejar de pensar en ella y en sus mentiras todas.

De pronto empieza a llorar finalmente. Pero sus ojos están secos, y únicamente se escuchan sus gemidos: el alma de su corazón, de sus ilusiones, de sus esperanzas, todas ellas, almas en pena. Hagamos una misa para que descansen en paz, y el dolor podamos sobrellevar. Y continúa él llorando sin lágrimas que formen surcos en su rostro. Gime, gime, gime, aúlla de dolor. Su voz toma un acento agudo, quejumbroso, lastimero. Es muy áspero llorar sin lágrimas, ¿sabes? Las lágrimas lubrican mi dolor.

Y no porque mucho me esfuerce, puedo dejar de pensar en tu traición.

En su mente hay, empero, una leve e insignificante esperanza. De alguna forma, él desea que esa ilusión sea cada vez más real: bálsamo del alma, panacea de mi vida. Si usted no puede conseguirlo, olvídelo, y si no puede olvidarlo, sustitúyalo. Sustitución sobre la que se depositan sus ilusiones todas. Esperanza que casi toma forma real en su retorcida mente. Cualquier cosa por escapar del dolor.

¿Qué hiciste para quedarte enterrada en mi memoria, en mis recuerdos, que no pueda arrancarte por más que lo desee, ante todo el dolor que me provees?

Él la conoció hace pocos días: una chica de ojos cafés, y cabellos cafés, y ropas cafés –eso él cree-. Simpática, linda, amable. Y esa mirada a él la atrae: no parece tener demasiados problemas existenciales. En otras palabras, parece una chica normal: no hay que resolverle la vida, ni lidiar con sus traumas juveniles, ni hacerle olvidar amores pasados que la atormentan. La vio en una fiesta, y vio sus ojos, y vio sus ropas, y vio sus cabellos, y escuchó su voz, y escuchó su tema de conversación, y su aroma olió. Análisis animal: buen prospecto de hembra. Y tras vencer a una hora de miedo y cobardía, se le acerca: ¿bailas? ella acepta. Ellos bailan, y sus ideas se entrecruzan.

Quisiera creer con toda mi alma en que puedo en ella hallar, cuando menos, un hombro sobre el cual sollozar.

Y luego, cuando pasan los días, el la ve de nuevo. ¿Café, comida, plática? Accede ella. ¡Suerte bendita! La conoció en un buen momento, es decir: en un mal momento; porque ella podría ser en esa tristeza enorme, ser una alegría pequeña. ¿Quieres usted señorita ser mi novia? Si no está interesada –y espero sinceramente que sí lo esté-, ¿quiere usted ser mi amiga?

En los ojos de ella quisiera poder encontrar la paz de mi alma, ante las mentiras de una que parecía incapaz de hacerme daño: y yo bajé entonces la guardia, ingenuo.

Formas reales está tratando de dar a –como Bécquer- fantasmas, de la mente, ridícula invención. Formas reales a una idea, a una ilusión. Depositando una esperanza en una chica que acaba de conocer. El dolor le obliga a olvidarle de la forma en que sea: la que sea.

Trato de entender porqué ella actuó así, tan cruelmente conmigo.

De pronto se de cuenta de que el alma piensa en aquella otra, la que le arrancó son sangre las lágrimas. No, mente mía, no dejes que de recuerdos ella permanezca viva en mi mente, más bien, al contrario, lucha con tus fuerzas todas, aún en estos momentos de dolor, para que ella quede olvidada por los siglos de los siglos, amén.

Todavía no te conozco, pero quiero creer que puedo confiar en ti. Quizás me equivoque, quizás no estés demasiado interesada en mí, quizás después me des interminables excusas para no estar conmigo. ¿Y qué importa? Quiero creer en ti, como la imagen clara de mis esperanzas, porque tú representarás para mí un posible futuro, aunque no seas más que una mentira. Quizás ni siquiera acabemos como amigos, pero, por favor, no dejes que deje de tener en ti tontas esperanzas puestas.

Quizás a la tercera cita partas de mi vida, de mis recuerdos, y dejes de ocupar el trono de mi mente, de mis ilusiones, dejes de representar la posibilidad de encontrar cariño en otra persona. Quizás. ¿Y qué más da?

Tan solo te pido eso, no te vayas de mis esperanzas. Porque en tal caso, seguiré pensando en aquella otra, a la que no dejo de extrañar. Que tu imagen se quede conmigo algunos días más, aunque después parta, que te lo agradeceré con toda mi alma, al haber jugado tu papel: ayudarme con una falsa ilusión a ella olvidarla.

martes, marzo 11, 2008

Viendo tratando de ver

Es una melancolía lo último que le veo a ese tío que se me queda viendo mientras me le quedo viendo. Se parece tanto a mí ese compadre que me ve desde el espejo, en el baño del departamento sucio y oscuro -apagemos las luces, ea, para ahorrar energía eléctrica; ¿qué? no me digas que eres uno de esos tíos imbéciles que creen que por pagar la cuenta que llega en verde papel, de la compañía de electricidad, tienen derecho a derrocharla-. Me pregunto entonces -y le pregunto al tipo que me ve en el espejo también-, ¿qué será ahora mismo de ese grandísimo cabrón que me censuraba -y le censuraba también al del espejo- sobre el excesivo a innecesario uso de la vital energía eléctrica? O, mejor dicho, ¿qué será de la madre de aquel cabrón, toda vez que, de manera bastante probable, fue esa comadrona la que le metió esa frase en la deforme cabezota de ese compadre mío? El tío no-mío que se quejaba de su madre, y que, sin embargo -¡oh Dios bendito, milagro, milagro!- estaba hecha a viva imagen de su madre. Amén.

Y en oscuridad se aflige mi alma. No es que la noche sea demasiado oscura en la oscuridad, sino que hay otra oscuridad más oscura que es la que se esparce en mi alma, llenándola, saturándola: soledad, tedio. Vedlo allí, al joven del espejo, cuando no está en el espejo, echado como perro sucio sobre el más sucio sofá, durmiendo-leyendo-platicando con sí. Diez mil pasos en el día, y en ese largo caminar, a nadie ver: pasear en círculo en un cuarto cerrado. Pero, oye, sí vio él a alguien: al del espejo en el espejo cuando entró a sonarse la nariz.

Y el del espejo me sigue viendo con esos ojos que reflejan mis propios ojos, y me sigue observando, y le observo yo observándome. Pero no puedo ver en él mi alma: ¿podemos acaso, alguna vez en la vida, ver el alma nuestra? Sea gris, negra, blanca, o café. ¿No eran los ojos la ventana de nuestra alma? Pues, señor, permítame la osadía terrible de afirmar que eso es una falsedad, pues en los ojos míos que me ven desde el espejo nada de mi alma atisbar puedo.

Porque los ojos míos que me ven desde el espejo, aunque te tristeza corroídos, no alcanzan a expresar de manera completa lo que en mi pecho me sacude. Esos ojos míos, tan faltos de elocuencia. Sufro, aunque de manera pasiva, un dolor que se repartió a sí mismo en leves dosis: tres veces al día, cada dos días, hasta que se le olvide la decepción. Pero pero pero pero, señor don doctor, ¿y cuándo habremos de dejar de suministrarle a la vida suya esas dosis de dolor? Bueno, enfermera mía, hasta que el dolor contenida en una botella del tamaño de la mitad de la ciudad se halle vacía. Y y y y y señor don doctor, pregunta el paciente que tras varias semanas, ¿cuánto líquido queda de dolor?

Ah, eso me pregunto a mí. ¿Cuánto más le queda a mi espíritu verse envuelto en la melancolía que me llena de cansancio el cuerpo y el alma? Porque de tristeza y falta de esperanzas no puedo vivir ya: también de alegrías el hombre vivir debe. Así pues, la pregunta que me hago mientras al espejo me veo de ida y regreso, es: ¿cuándo terminará de derramarse en mi alma ese dolor que en dosis leves ha ya terminado por extinguir de la vida mi candor?

martes, marzo 04, 2008

El amigo que callaba

Tres meses han transcurrido, y en esos meses ha transcurrido una eternidad. Tres meses hace que dejó de ver a aquella, y ahora sus amigos le ven por grandes ratos callar. En melancolía se ha envuelto su alma: ¿qué pasara por su mente y por su corazón, una vez que la tormenta llegó, al parecer, a su fin?

Y él tan solo hondo silencio guarda. Las miradas de sus camaradas le cercan, y se encuentran con ojos distraídos que vagan en la nada, sin emoción aparente. La barbilla sostenida por la mano derecha, y en la boca el silencio, como un sello. No dice demasiadas palabras, como reflexionando lo que los otros dicen. Pero realmente no les escucha del todo. Está ido, está en otra parte, ausente. ¿En dónde está la mente vagabunda suya, mientras su cuerpo con sus amigos al café sentado está?

Su cabeza permanece tranquila, vacía, serena. Un silencio terrible se escucha en su interior. No piensa en nada. El olvido ha llegado finalmente, quizás. Ya no se escucha el lamento de sus lágrimas que tuvieron que ser allí depositadas, al no poder ser derramadas a través de sus ojos. Ya no se escuchan los alaridos de dolor y de rabia, que hasta hace poco resonaban como truenos terribles dentro de sí. Calma absoluta, la nada que reina.

Los otros le siguen viendo: ¿qué ven? A un hombre pensativo. ¿En qué piensas, amigo mío? En nada en particular. ¿Qué pasa ahora por su corazón, que parece estar tan tranquilo, y que, empero no se halla feliz? Calmado, pero alerta. ¿Alerta de qué?

Ellos recuerdan que en silencio han mantenido un escandaloso secreto. No le han confesado a su amigo una verdad que, suponen, le desgarraría el alma, haría explotar su pecho, que atravesaría sus entrañas como la más filosa espada. Han visto algo, y no pueden decirlo, y eso que vieron ni siquiera pueden en voz alta pronunciarlo. A veces refrenan la imagen que de ello les viene a la mente. Lástima por él les invade. Y en momentos como éste se preguntan: ¿lo sabe acaso, y en silencio lo guarda? ¿Lo supo, lo sabía, lo sabe, lo sabrá?

Y una sonrisa a medio fingir se dibuja brevemente en el rostro de aquel. Nada me pasa, amigos queridos. Callo porque no quiero pensar, ni sentir. Sobre todo, no deseo sentir en absoluto. Dejar de experimentar sentimientos es lo que esta alma desea, amigos míos. Muerta para el amor, para la alegría, para la esperanza, sí; pero también muerta para el desconsuelo, la aflicción, la decepción, el dolor: eso intento.

Cuando salgo al campo, puedo observar la majestuosidad de los árboles en el camino, y el verde imponente de la llanura, y el azul del firmamento que se levanta allá arriba infinito, y sin embargo, no me atrae la idea mucho de salir de paseo, porque sentiría alegría en mi pecho. Y cuando veo a un atardecer, el ocaso de un día, con el sol y sus rayos broncíneos bañando la ciudad, extinguiéndose, llenando de un festival de sombras las calles, de manera hermosa, no me detengo demasiado a observarlo, porque entonces, estaría sintiendo alegría. Y cuando veo a mi madre –y que la veo de cuando en cuando-, no me apresuro a besarle la frente, a tomarle las manos, ni a decirle cuánto la extraño, porque entonces, estaría sintiendo amor.

Y cuando veo en el estante de mi recámara mis libros de poemas henchidos, no tengo demasiado interés en leerlos, aunque contengan los más bellos versos que guardan mis recuerdos, porque mi pecho estaría vibrando de pasión. Y cuando paso por enfrente de ese asilo para ancianos, no hago como en otro tiempo, en que me detenía aunque fuera un breve instante, a saludar a algunas de esas olvidadas almas que tanto cariño necesitan, pues de hacerlo así, estaría sintiendo cariño.

No quiero, amigos queridos, ahora sentir ninguna emoción. Mi corazón sacar de mi pecho tan solo quisiera. Cuando mis ilusiones estaban depositadas sobre una mujer, sentía toda clase de emociones todo el tiempo: sentía al ver sus ojos, de placer se llenaban mis oídos al escuchar su voz, de alegría se inundaba mi alma al besar su frente y sus manos. Sentía con gran ardor, con pasión, con furia, nunca reprimiendo el más leve de mis sentimientos.

Mas, ¡ah!, vino entonces a mi vida la oscuridad, y ella de mi lado se fue. ¡Qué terrible dolor se apoderó de mí por entonces, cuando mi felicidad hubo de huir en un instante de la temible fatalidad! Mi corazón, que estaba entregado a ella, casi se despedaza al verse abandonado.

Y es por ello, amigos queridos míos, que ahora no quiero sentir. Hace pocos días he visto con mis propios ojos lo que ustedes a mis oídos callaron. No arquees tú las cejas de esa forma, amiga mía; no simules que estás sorprendido de mis palabras, amigo tal. No crean que no aprecio el desconocimiento que pretendían fingir en ustedes y en mí. Pero, la he visto, la he visto en los brazos de otro hombre, y he visto cómo suspiraba al verle a los ojos, y he notado que su pecho palpitaba cálidamente por él, y he podido ser testigo de que ella a otro hombre ha entregado todo lo que puede entregar una persona. La he visto, a la que en otro tiempo era la causa y totalidad de mis alegrías, por quien soñaba, en quien depositaba mis esperanzas, en quien sonriendo pensaba durante cada instante del día.

Y es por eso, amigos queridos míos, que ahora no quiero sentir. El sentir es para los que son amados, para los que no están destinados a sentir únicamente tristeza y aflicción. Yo, como pueden ver ahora, no tengo demasiadas alegrías en mi vida: están encerradas en la cárcel de mi olvido, permaneciendo allí por un tiempo. Por ahora, sentir sólo me llevaría a recordarla, con sus ojos negros, con su boca delicada, con sus manos frágiles. Sentir pues, haría que su recuerdo no olvidase mi mente, torturándome permanentemente. Así, amigos míos, trato de no sentir, para no sufrir, para que en ese leve instante en que se ausenta toda clase de sentimiento, pueda diluir para siempre su recuerdo.

viernes, febrero 01, 2008

Carta para ella

Escribía él-yo durante el día entero. Textos aquí y allá, pedacito en pedacito, piezas de un rompecabezas llamado tristeza, desilusión. Esperanza fallida, muerta, esperanza que se suicidó. ¿Le maté yo, por Dios, quizás? Eutanasia. Escribe-escribe-escribe. No pienses, sólo escribe. No pares, ni un segundo, de sumir las teclas. No pienses en pensar. De mañana-tarde-noche-madrugada-alba. Las teclas danzando aquí y allá, y las letras creando palabras, las palabras expulsadas como espumarajos. Espuma de mi congoja. Espumas de ira, también. Al dolor le sigue la rabia.

Él-yo sigue escribiendo. Sale del cuarto cerrado con la cortina cerrada para tomar café de grano-cerrado-. Toma agua caliente -!hirviendo!- para olvidar que alguien tiene el alma fría -como el viento-. Allí pensativo, melancólico, mirada perdida, viendo el calendario, viendo el polvo en la ventana, viendo la mugre en la estufa. Viendo nada. Mirada sin brillo. Labios levantándose hacia el cielo, pensativos. Ceño fruncido, alma desconsolada. Su cuerpo es el cuerpo de un muñeco de trapo.

Ellos-los-otros le veían con tazas-cafés de café, de la olla a esas cafés-tazas, de ellas a su boca, desparramándose a través de su garganta. Río ardiente como lava llegándole al estómago. Y luego, teclas siendo aplastadas-soltadas. Despierto siempre, dormido nunca. Todo el día, a toda hora. Toda la noche, a toda hora. Escribe que escribe, eso es todo lo que hace él-yo. Cientos o miles de teclas presionadas por minuto. Sinfonía de las teclas danzarinas.

Y, tras las horas, los días, las semanas, lentamente, ven cómo él-yo continúa escribiendo lo que escribí-escribió en su-mí vida toda. Palabras miles que crean una gran magna composición vulgar. Relatos de cómo la conoció, de cómo la conocí. Ella linda, mirada perdida, ingenuidad peligrosa. Yo, timorato, miedoso, lento quizás -la otra a la que desee le dijo a él-yo que era lento en la seducción, un bobo inocente-. Ella duda, yo dudo, ella se enoja, yo suplico perdón: de eso el triste relato habla. Y después de la narración, de la retrospectiva, vienen como golpes los quejidos, las lamentaciones, las maldiciones. Y el remordimiento lo ata todo: él-yo tuve-tuvo la culpa, responsable absoluto de lo que no pudo en ella controlar.

Ellos-los-otros que nada hacen, que su vida dedican a las tertulias vespertinas con cerveza en mano, me ven pasar, de aquí allá, y ven con sus ojos curiosos-chismosos que los pasos se me caen, que mi mirada viaja errante como una mosca, que mi voz sale casi en silencio. Me ven sus ojos, y sus bocas dicen: “pobre chico, él-yo, que de manera ilusa llora por una insulsa, la de la cabeza entre los hombros escondida, importada en septiembre”.

Escribe-que-escribe-que-escribe-que-escribe. Entre más escribas, mejor. Palabras sucedáneas de mis lágrimas que hace tiempo se han secado en mis apagados ojos. No lloro en forma de lágrimas, vida, sino en forma de palabras. Mi llanto ahora se está desbordando en ti, mientras escribo.

Él-yo sigue escribiendo, mientras pasan días-semanas-meses. Llorando para sus adentros, escribiendo más y más y más y más. Mirada ojerosa, perdida. Se recompensará a quien encuentre a una mirada feliz de un hombre común. Características: alegre, insensata, juvenil. Incólume.

- ¿Qué tanto escribes? -preguntan a una voz, como coro, ellos-los-otros, que le han visto pasar de la cocina al cuarto, del cuarto a la cocina, durante horas-días-semanas.

- Una carta – dice él-yo sin esconder la verdad, mientras mete las manos en el pantalón sucio, sin bañarse, y la cabeza entre los hombros, como si tratara de arremedarla a ella. Su chica avestruz.

- ¿Una carta, de qué, con qué propósito? - inquieren nuevamente a doble voz, a coro, como dos gemelos pegados, siameses. La parte femenina me ve con preocupación, y la parte masculina con decepción. Mi padre y mi madre estarían orgullosos de ellos, que han tomado la estafeta sin mi permiso. Cabrones osados.

Es una carta para ella, para la chica-avestruz, la de la cabeza entre los hombros, la de las piernas como palos de escoba, largas hasta el cielo, insípida belleza depositada en el rostro.- responde esta vez él-yo, tímidamente. Le regañarán por ser tan insensato. Mira hacia el piso, niño regañado. Ahora recibirás tu merecido por desacato.

- ¿Una carta para ella? - preguntan nuevamente ellos-los-otros a voz doble-doble. - ¿Para esa pinche perra? - pregunta a una sola voz la parte femenina. -¿Para esa pinche vieja tan fea? - interroga la parte masculina, incrédula.
-Para ella, sí, para ella. - admite no sin pena.

- ¿Pero qué pinche estupidez haces? ¿Para qué demonios hacerlo así? - pregunta la masculina parte, y después suelta lo que en su mente pasaba, una lista de palabras que sintetizan su sentir, como una fila de patitos saliendo en forma de palabras por su boca masculina: - No hablar, castigo, decepción, burla, rogón, débil ... -. Habló el corazón conectado directamente a la boca. Pensar en voz alta.

La he escrito, y eso es todo lo que importa – dice él-yo valientemente. El ciudadano que reta a la autoridad-moral-sentido-común-buen-gusto-sensatez-lo-normal-común-maduro. Eso no está permitido por los cánones de lo normal: telenovelas, matrimonios vacíos, novelas rosas, relaciones rápidas como comida rápida. ¿Me da una McChupada para llevar, por favor? Baile sensual extra por cinco pesos más. Yo quería mi motelcito-sexual-feliz.

Y después, dice que la carta terminada está. Alza la vista y ellos-los-otros le siguen viendo, estupefactos. ¿Todo este tiempo, días-semanas-meses gastado, hora por hora, en la redacción de una carta para aquella chica avestruz que te desgarró el corazón con garras de león? ¿Una carta para aquella que a él-yo le jugó mal, le jugó a engañarle?

Una carta sí, confiesa él-yo, una carta para aquella a la que, no importando que sea una chica con la cabeza metida entre los hombros, hubo en algún momento de querer. Una carta que era necesaria, no para ella, sino para él-yo.

¿Y qué clase de carta puede ser la que escriba él-yo a ella-la-que-mintió? Mirada doble cayendo sobre él, inquisidora.

Les muestra la carta: cientas de cientas de páginas-páginas que forman miles-miles palabras para ella. Carta larga, carta interminable. Y para ella-la-que-mintió, para ella-la-que-no-es-de-aquí. Importada en otoño.

¿Y qué obtener piensas, él-yo, al escribir esa carta, confesión de tu corazoncito roto? ¿Indulto, desprecio, ruegos, súplicas, reclamos? Di de una vez qué cosa ahora esperas de la chica avestruz, la que jugó con tu corazón tonto.

Él-yo toma la carta entre sus manos, y le sonríe, como si fuera un ser vivo. Carta mía, carta de mi corazón, a quien pude confesar todo mi sentir, todo mi dolor, todas las cosas que a su lado disfruté, las cosas que a su lado sufrí, lo que nunca pude decirle tras su huida de mi vida, lo que a nadie más hube de contar. Palabras varias, perdonas tantos, reclamos pocos, besos muchos. Mis palabras más dulces, y mis palabras más agrias, en una sinfonía agridulce para ella. ¡Cuánto te desee, y cuánto te desprecio ahora por abandonarme a mi soledad perpetua! ¡Cuántas otros insultos terribles levanté con mi pluma, cuando habló la frustración! Y, ¡Cuántas palabras desbordadas de adoración a ti lance en esta misiva, que harían que la gente me tachara de fanático y obsesivo!

Ellos-los-otros ven cómo él-yo ve la carta, sonriendo melancólicamente. ¿Qué tanto ves en esas palabras no-merecidas por ella-la-que-mintió y ella-la-que-a-otro-se-entregó?

Él continúa viendo esa misiva larga, de varias páginas y hojas de papel. Las sacude, las revisa de manera individual. Las aprieta contra su pecho, y después contra sus mejillas, mientras cierra los ojos, resignado. Resignación que viene, que venía, que vendrá. Resignación: He allí todo lo que un hombre dolido quiere. Él-yo se separa de las hojas que forman su carta, y saca de su bolsillo un fósforo. Ardan, ardan, ardan, ya que no pueden volar, ya que no pueden llegar hasta de ella el oído insensato y frío, que con su indiferencia me despedazó el alma.

Ellos-los-otros ven con incredulidad-estupefacción cómo el fuego devora y corroe esas hojas: producto de horas-días-semanas-meses de trabajo que él-yo dedicó, escribiendo mientras esas lágrimas suyas salían en forma de palabras, de quejidos, de besos que se quedaron en el tintero y en los labios de él. Los labios de ella que se negaron a besarle, arrepentidos. ¡Ardan, ardan, ardan! Que con su ustedes se va el último recuerdo de ella que quedaba en mi corazón marchito, seco, desde que de la mano de otro -un bruto- le vi pasar. Y arden con lujuria, con violencia, como si estuvieran siendo exorcizadas. Y por un instante, ellos-los-otros creyeron oír, mientras ardía lo poco que quedaba de lo que él-yo había escrito durante tanto tiempo, que una voz emergía sollozante de ellas: eran los quejidos que él-yo nunca pudo decir en voz alta.

Ahora cenizas son. Esas palabras que él-yo escribió como despedida para ella. Porque despedida era lo que él había escrito, lo que le hubiera podido decir, que ella se negó a escuchar: perdón y reclamo. Una carta que nunca fue concebida para serle a ella entregada, no. Una carta que desde que nació, supo él-yo que era para sollozar lo que no sollozo, y poder deshacerse de todo ese dolor que le abrumaba. Ahora, esa carta se ha ido para siempre, y se ha llevado con ella todo lo que de ella en él quedaba: ilusión, alegría, odio, tristeza, remordimiento, dulzura, cariño...

Y él-yo, finalmente, pudo ver cómo una lágrima -¡finalmente!- se le escapaba – y entonces mi-su corazón quizás de sus cenizas surgirá nuevamente.

Duerme en paz, duerme para siempre, descansa en la posteridad, carta mía, último recuerdo de aquella a la que con tanto furor hube de desear. Duerme para siempre, para jamás despertar. No despiertes, que si despiertas, mi vida y alma te llevarás.

lunes, enero 28, 2008

Canciones, canciones, segunda parte

Melancolía, invitada mía. Hoy, noche triste, noche previa a mi último desafortunado intento. ¿Es desafortunado aún antes de que suceda? ¿Qué esperas de ella en la noche de mañana, cuando la luna se pose sobre ustedes y las manecillas del reloj más allá del doce hayan avanzado? Esperanzas que debías de haber asesinado hace largo tiempo: matarlas cuando todavía eran unas niñas. Ahora te mandan, te mueven como un títere, contra tu voluntad, por su caprichos, caprichos de tus tontas esperanzas.

Amando sin amar, tú.

¿Porqué me habrá dicho que yo le importaba, y que disfrutaba el tiempo a mi lado, que su mente en mí puesta estaba, que había sido un placer compartir la tarde conmigo, que me iba a dar un detalle como el que yo le di? Yo le doy flores, ella me daba flores: eso dijo que haría. Pero, en cambio, solamente caprichos me obsequió. Un ramo de indiferencia ahora mismo.

Ella jugaba a enamorar, caprichosa.

No sé a cuántos más intentaba enamorar, haciendo uso de su belleza nueva. ¿Puede una flor que ha sido toda la temporada una muy fea, ser una de las más bellas del jardín? La movieron de jardín, de un jardín verde y opaco -en donde todas las flores son verdes y opacas- a uno café -en donde todas las flores son cafés-, y he allí el milagro. ¡Vean cómo resplandece el verde jamás visto en este jardín color mierda! Haciendo uso de una belleza que nunca antes tuvo, coqueteando con todos: miradas dulces, palabras de cariño, mentiras que me mataron el ánimo alguna vez. ¿A cuántos más les matará la ilusión? Ella mientras tanto, segando adulaciones.

No sé si te tengo, o si te vas.

¿Cuántas veces soñé que ella era mía, con su cariño, con sus ojitos tiernos, con sus delgados labios, con su voz aguda, con tu ternura toda? Y, ¿cuántas otras ella se iba de mi lado, a veces recatándose en la oscuridad, a veces en el capricho, a veces en el desdén? Desapareciéndose por días, dejando de responder mis llamadas y mensajes, para, un día, porque así lo decidió, aparecer de nuevo en mi vida, sacudiéndola violentamente, cada vez más fuerte. No explotes de dolor corazón, todavía no.


Declárome el cautivo de los caprichos de tu corazón.

¿Cuánto tiempo más habría permanecido así, atado a su voluntad infantil, cuánto tiempo más habría sufrido si no me hubiera dado cuenta de que conmigo sólo jugaba, que para ella no más que el más vulgar juguete resultaba? Uno entre mil, entre mil uno. Y tú, una entre mil también, entre mil una. Yo uno más de tus juguetes, y tú bella diosa entre las mujeres feas mortales.

Al que no supiste amar, quien de ti nada espera.

¿Sabes? No sé si mi boca llegará a decirte estas palabras, cuando, dentro de un par de días, toque a tu puerta, nervioso, ansioso, para pedirte mi probable último perdón, y te diga que, a pesar de lo mucho que necesito de tu presencia, a pesar de tus juegos, a pesar de mi inmadurez y la tuya, a pesar de todo, quiero mostrarme incondicional contigo, y que, si tu amor en otros brazos está, seré feliz al verte sonreír. Ojalá así consiga llegar a su fin tu capricho, el berrinche decembrino tuyo.

Azul es la mañana.

El mañana llegará dentro de poco, cuando esta penumbra caiga y venga la luz -y se hizo la luz, y se hará la luz, pero no para mí-. El sol de calor nos bañará, y me encontrará con el pecho apretado contra la almohada, pensativo, lleno de miedo. ¿Cuándo dejaré de pensar en ti, cuándo decidiré que, a final de cuentas, nada gano contigo, sino juegos, dolor, y frustración? Cada vez que mis ojos se abren por la mañana, con cierta esperanza, trato de pensar que no te tendré en mi mente más. Pero veo que día a día, no es así.

No llames corazón eso que tienes.

Mis angustias no te importaban, y si en fuente se convertían mis lágrimas, no te importaba en lo absoluto. Mis congojas no escuchabas, ni ponías en ellas atención. No te preocupabas cuando yo me preocupaba, siempre centrándote en ti. Las únicas tristezas del mundo eran las tuyas, y nada más. Te diré lo que alguien ya le dijo a alguien más: te invito a que salgas de ti.

Nos hizo falta tiempo, nos lo comimos...

Y, a pesar de todo, pienso, por momentos, que quizás todas esas tonterías podríamos haberlas superado ambos, tan sólo si el tiempo nos hubiera sido más propicio, si las horas nos hubieran durado más de sesenta minutos, y tan sólo si los días nos hubieran unas treinta horas. El tiempo que teníamos era demasiado poco, tú con tus labores y amistades recién adquiridas, y yo con mi soledad. Tiempo para conocernos, para perdonarnos, para entender esas terribles diferencias culturales...

Este tiempo, nos hace ver que aunque existe otro camino, va llenándose mi fe...

Tras semanas separados, el uno del otro, el otro del uno, esperé que nuestras diferencias quedaran atrás, y que ambos, habiendo pensado mejor las cosas, quizás sintiendo más profundamente lo que ya sentíamos, pudiéramos estar nuevamente juntos. ¡Qué importaba que únicamente como amigos, y no como amantes! Yo me hubiera llenado una alegría que se hubiera desbordado en mi corazón, si tan solo hubiera podido volver a ver esos ojos tuyos, querida.

Sé feliz. Siempre podrás contar conmigo.

Mi último mensaje ese fue. Yo, en tu ausencia de lástima hacia mí, hacia mi dolor, hacia el cariño que aprendí a cultivar por tu corazón, por tu inmadurez, por tu ingenuidad, tuve que hacer frente y decirte que fueras feliz, que cuidaras mucho de ese corazón que, a pesar de todo, es muy débil y frágil, y que sabías que conmigo siempre contarías para todo lo que pudieras necesitar. Y no te miento, jamás podría hacerlo: pregúntaselo a aquellas a las que alguna vez hube de querer, y que su cariño, ¡ay!, también me dejaron de obsequiar.

Te extraño, como se extrañan las mañanas bellas.

Tuviste el descaro de arrebatarme el placer de tu presencia. ¿Porqué, Dios mío, te ensañaste conmigo de esa forma tan absurda, cuando todo lo que te pedí fue una pizca, una pequeñísima fracción de tu amistad, ya que no quisiste regalarme tu cariño? ¿Porqué, en qué hora, y quién fue esa amiga tuya que te aconsejó desaparecer por completo de mi vida, llevándote contigo tu voz, tus ojos, tus labios, tus dulces palabras, esos momentos que jamás me arrancaré de mi pecho?

viernes, enero 25, 2008

Canciones, canciones, primera parte

Una idea a la mente viene. Se estrella. Domingo por la tarde, el mediodía se acaba de marchar. Comida pide mi estómago vacío, lacerado por la bilis de la congoja. Idea, como un foco. Buena idea, o mala idea, qué importa: idea valuada por ser una idea. Ejercicio literario, ya que no puedo hacer demasiado ejercicio físico. Escribo lo que no puedo vivir, y vivo lo que no puedo escribir. Convierto los errores en tragedias, y los logros en errores. Gracias a Dios, claro.

Pero que la idea no se vaya del todo. Aguarda un poco, no escuches esa canción en la radio. Es cierto lo que dice de mí, pero falso lo que dice de ella. Canción escrita antes de nosotros para nosotros, para todos los masoquistas.

No hago otra cosa que pensar en ti.

Cierto, mi mente apenas se desprende para pensar en cosas otras. Obsesivo compulsivo. Compulsivo obsesivo. Deja de escuchar esa canción. Órdenes que yo mismo me doy y que yo mismo no puedo cumplir. Ella me dice no, y yo digo que sí, y ella dice que sí, y yo digo que no. Placer en la complejidad, supongo. “Te gustan las locas”, alguien dice allá en mis recuerdos.

Fue miedo, no coraje lo que por entonces sentí.

No, ella no sintió eso. Ella no lo pensó ni siquiera, no gastó un instante en detenerse a pensar. Me la imagino pensando lo que no pensó: Ha sonado el teléfono. Él es, sin duda. No contesto. No quiero escuchar su voz, no quiero saber de él. Pero quiero que sepa que supe que llamó él. Mensaje escrito para él: ¿qué deseas?. Me responde que saludarme: café-tomar-platicar. No, respondo. ¿Porqué le estoy diciendo lo que le estoy diciendo? Dos posibles causas de mi molestia: ¿será berrinche, o será decisión sabia? Pero le digo que no, no, no, por el resto de la eternidad no. No insiste, pero insisto en convencerle que no. ¿Porqué le digo lo que le digo? ¿Miedo, coraje? Miedo, o coraje. ¿Qué es lo que en mi interior hay? No es indiferencia, no. Y la indiferencia, a veces, no es la más refinada forma de crueldad.

Pero ella eso no pensó, no. Ella en su problema pensaba. Carita triste, rostro desencajado, así me la imagino. Ojos tristes, ojerosos, comiendo en la mesa con la espalda encorvada, tarareando una canción:

Como olvidarte, cómo dejar de sufrir, ¿porqué partiste después de haber partido, cuando te dejé abandonado después de que tú ya me habías abandonado?

Esperanzas de volver, se dice ella en la mente, sin pronunciarlo. Pensar en él, no dejar de recordarle. Y entonces, molestia: un cabrón que en la calle quiso darle un golpe en las nalgas. Luego comiendo tarareando-tralará una triste canción: ¿porqué se fue?. Y sonó en ese instante el teléfono. Mala hora, mal minuto, mal día, mal pié se levantó con.

El pecado del que llama: llamar en mal momento, en mal día, a la mala persona, con la mala relación.

Nuestra relación...”

Ella me dijo una vez. ¿Cuál?, me pregunto ahora. Cuál, cuál, cuál. Relación de mi parte, querrá ella decir. Yo todo, ella algo, y después, ella nada, siempre esperando todo. Disfrutar mientras las circunstancias le satisfacen: viento a su favor. Ella pensando: yo te llamo cuando pueda, pero tú me respondes inmediatamente. Si no, buscaré a otras citas. Y en tu cara te lo restregaré: citas jueves y viernes; no, no te veré esos días, ¡quién sabe cuánto habrán de durar! Castigo: hasta el sábado. Sufre mientras tanto.

¿Porqué no nos enseñan en la escuela, como una materia, el ser personas que no se lleven a otras entre las patas? O en otras palabras, deberían enseñarnos a no llevarnos el corazón de otras personas entre las patas de nuestro egoísmo.

sábado, enero 19, 2008

Tú haces berrinche, yo hago berrinche.


Domingo por la mañana.

Sábado anoche ha muerto, anoche. Lentamente, lánguidamente. Como si no se quisiera ir para siempre, agonizando sin fin, entre lágrimas reprimidas y miradas tristes. Luna llena, cuarto creciente, luna escondida entre las nubes: ¿a quién demonios le importaba anoche?

Y ya son las diez de la mañana. Dolor en la cabeza. Aguarda, no, no es alcohol, ya que también habría dolor en el estómago. Las cobijas se me pegan al cuerpo en una horrorosa pijama de franela para diciembre. Cabello sacudido, levantado acá-allá, ojos tristes, ojerosos, arrugas prematuras: tristeza prematura. Espalda encorvada, y conforme avanzan los segundos, la tristeza va en aumento: comola de ayer, hasta llegar al grado de tragedia anglo mexicana. ¡Ah! espera, no puedes decir eso, no, no esta vez.

Recuerdos, palabras, escritas, dichas, pronunciadas por los dedos de ella: viajando no a través del espacio sonidos guturales, sino palabras mal escritas viajando y llegando en forma de palabras escritas, no dicha: tecnología que me chinga como siempre. Palabras salidas del cerebro a los dedos de ella, de los dedos de ella al teclado, del teclado a mi pantalla, de la pantalla a mis ojos, y de mis ojos a mi corazón. Corazón roto por vez treinta y tres. Creo que no la debí de haber conocido.

"Cómo estás" recibe una respuesta de "¿Qué quieres?". Ayer no hablaba así, no. Es como si el espíritu de tu berrinche del mes pasado hubiera resucitado: no a los tres días, sino a las tres y media semanas. Resurección diabólica. Se torna agria, como la leche - ella, la blanca como la leche. Cambia de opinión de pronto. Quizás yo ya me lo esperaba. Sí, creo que sí.

Un "fuera de mi vida" me echa de mi alegría cotidiana. Tristeza, ausencia, tragedia. Y todo causado por ella. Ojalá no le conociera. Ojalá no hubiera ido a esa fiesta. Y entonces mi vida estaría distinta un sába-domingo aberrante. Un berrinche que regresa como un boomerang. Berrinche que se niega a morir, inmadurez que persiste a los 23 años. Yo hago berrinche-tú haces brrinche-yo hago berrinche-yo me disculpo-tú haces berrinche-yo te abrazo-tú haces berrinche-yo hago enojoso berrinche-tú haces berrinche-tú haces berrinche-yo pido perdón-tú haces berrinche-yo espero-tú haces berrinche-yo me voy al diablo finalmente.

viernes, enero 11, 2008

Porque la soledad es peor que otra cosa

Beto se quedo viendo a sí mismo en el espejo que tenía frente a él, deteniéndose por un momento en la redacción de su carta. "Catarsis", pensó de pronto. Se vio detenidamente el rostro color almendra, son sus ojos negros y medianos, la boca mediana, y el rostro mediano. "Como todos la mayoría de cabrones de esta ciudad", se dijo. Y al verse no podía dejar de pensar en la carta que le escribía a su otrora amada, dueña de su corazón -terroncito de azúcar-, traidora de su confianza, oídos sordos a su cariño y oídos todos a sus amigas, las que se meten en lo que no les incumbe.

Tras permanecer viendo su rostro color almendra en el espejo por varios minutos, se dio cuenta de que realmente no le importaba demasiado lo mal que podría dejarlo parado frente a su otrora terroncito de azúcar, que llevaba por nombre Alicia -"Alicia en el país de los timadores y de las amigas que se meten en las vidas de sus amigas"-. Porque ahora, ¿qué importancia podía tener que ella le dejara de querer, o que le quisiera menos? Quizás -y eso era lo más tristemente probable- ella le había dejado de querer hace tiempo -"Sólo desde que Fernanda, que debería apellidarse Mondego o algo así, decidió que quería que Alicia en el país de las envidiosas dejara de quererme".

Una carta, terrible, según él. Pero lo que para unos es la más grande falta de respeto -"me gustaría que no tuvieras esas nalgas, Alicia, porque de esa forma no tendrías tantos pretendientes"- es para otros no más que un simple juego infantil.

-Roberto, ya lleguéeeee- dijo su hermana a medio gritar. O a medio no gritar, qué más da. Y el argumento de Beto era más bien simple: dejar entrever que él no la había querido por lo que era, sino por lo que no era. Y qué no era:

Mi querida Alicia:

Mucho he pensado en ti desde que te alejaste de mi lado. Quizás tu sigas pensando que fue mi error, y yo seguiré pensando, como ya te podrás imaginar, que el error es más bien tuyo. ¿Quién tiene la razón? Me temo que ninguno de los dos.

Pero, ¿sabes? en mi mente tu recuerdo no ha dejado de brillar, aunque con más pena que gloria: tristeza de mi alma al verme sin ti. No, esto no es una carta de perdón, ni de redención, ni nada similar. No te enorgullezcas pensando que ahs hecho que un pobre hombre como yo me halla rendido a tus pies, pues, créeme querida, que con todas las que he amado -¡y con otras tantas a las que no!- he sido el más fiel y humilde lacayo.

No te ofendas si te digo la verdad. ¿Me querrás menos? De cualquier forma ya no me quieres, según me confesaste la vez última de vernos (y todavía guardo en mi mente, con gran amargura, la terrible sonrisa malévola de tu amiga Fernanda, al despedirse de mí, y en ese momento no supe que esa mirada era la que da una mujer a un hombre que vive sus últimas alegrías), en aquella vez tan dolorosa para ambos, que me habías dejado de querer. "¿Desde hace cuánto?", pregunté. "No lo sé", respondiste.

Y después, gloria de mi tristeza al verte de la calle de la mano de un mal hombre (supongo que un Homo Machistus), del que renegabas, y el que tanto se esmeraba en ganarse tu mera simpatía, con gestos vulgares, palabras bobas, y miradas simples. Ese que querías quitarte de encima, pero que, sin embargo, contaba con la bendición de Fernanda -ese demonio que llamas amiga, que no es más que una mujerzuela vestida de profesora de letras-, que, según tú misma me dijiste, te presentó. Ocupación: estudiante de doctorado en chorrocientas cosas; experiencia nula; mantenido por el gobierno, gracias a las becas otorgadas con la ayuda de su tía Esther Elba, de manera perpetua.

Pero, sin embargo, no es eso para lo que te escribí esta carta, no. Tenía algo que decirte, algo que dejé en el tintero, algo especial.

La verdad es que me di cuenta en recientes fechas, que la razón más importante por la que no hallo alegrías en tu ausencia, es porque esta soledad, que me corroe, que me despedaza, que me desangra poco a poco sin fin, que me llena de aflicción, que me tortura con sus prolongados silencios, con su falta de comprensión, es apenas peor cosa que tu compañía. Así es: si alguna vez te necesite, era únicamente porque esta soledad era demasiado terrible para mi ser, y todo era mejor que estar solo y abandonado.

Besitos,
con un insulto escrito a Fernanda,
tu siempre querido amigo,
más franco que nadie en la ciudad,
Beto.

lunes, enero 07, 2008

Prejuicios y gustos

Era de noche e íbamos por la ancha calle que lleva de la salida de la ciudad a un pueblo pequeño, el pueblo más mocho del mocho estado. Aire fresco, noche ya bien entrada, luna arriba de nosotros -¿quién sabe en qué pinche fase estaría allí alzada, viendo como centinela lo que no le importa?-. Vidrio abajo, pero sólo un poco, que, aunque hace verano, el viento aulla: huracán en Veracruz.

Se detiene el coche con nosotros en él: roja luz que brilla por encima del lugar donde estaba otra amarilla. Deténganse todos, por favor, que pasa el rey. Y de pronto, lo escupe, como si lo hubiera estado pensando desde hace ya rato, pero duda al principio. Entre abre levemente la boca, y se detiene por segundo y medio: dudas un instante, cosa rara, ya que en tus atropellos siempre la acabas cagando y dices cosas más bien insensatas. Carencia de madurez, supongo.

Abre la boca, y dice que le gustan los hombres de cierta raza que hay sobre la faz en la tierra, extranjeros al nuevo continente: los hombres bárbaros. O en todo caso, lo que le han hecho creer. ¿Alguna vez te has metido con uno de ellos? Esa imitación barata no cuenta, a quien conociste en Aruba. Dices que te gustan. ¡Ah!, claro. Y te digo que es un prejucio: estereotipo. Crece y piensa un poco más, por favor. Me ignoras. Pero entiende que esos son mis gustos. Orgullosa de sus prejuicios, a la que ella llama gustos. Y le gustan los hombres fuertes, machos, bíceps poderosos, y demás. Y otra caracteristica que ya he olvidado: la que estaba de moda en este instante. Moda, estereotipo, la publicidad la vuelve definición de belleza. Mierda, que se lleve el puto diablo a todos los putos publicistas de la televisión, hijos de la chingada que crean segregación.

Y te digo: son prejuicios. Son gustos, me replicas.

Y, momentos después, apenas unas vueltas ha dado la manecilla más larga, y me preguntas si he leído a tal o cual, fulano escritor latinoamericano. No me gustan los autores de América latina mucho, y lo sabes, ¿para qué lo preguntas? No, no lo he leído. ¿Que porqué no lo leo? No me interesa, tía, esos textos se me hacen muy simples, no porque sean simples, sino, porque, no me entretienen. Espera, no me expresé bien. Qué importa. No quiero leerlo, me da flojera: ya leí a algunos de su generación y me morí de aburrimiento. Mejor leo otras cosas.

No tratas de persuadirme amablemente, no hay palabras de: porqué no lo intentas con esta obra, creo que es muy buena, o tiene un estilo interesante. ¡No! solamente merezco tus regaños. Es que eres un tonto, me dices. Qué importa, digo. Eres un maldito prejuicioso, ¿porque esta estúpida idea de que los escritores de américa latina no son buenos? Es una estupidez total leer solamente a autores de Europa. Mi gusto, vieja cabrona, y lo respetas. Con todo respeto, que esos autores tuyos chinguen a su madre: bola de pendejos del boom (no, no ese bom, sino otro boom que nunca fue un verdadero boom pero fue llamado boom). De verdad, que chinguen a su madre: nada personal contra ellos, simplemente, no me gusta. Oye, ya leí a Carlos Fuentes, Benedetti, García Márquez, y quizás lea a Octavio Paz, y a un par más de mi patria, pero es todo. No, ese autor no me interesa.

Prejuicios dices que llenan mi cabeza. Prejuicios estúpidos, osas llamarles.

¿No te das cuenta quecon injusticia obras al llamar a tus prejuicios gustos, y a mis gustos, prejuicios?

domingo, diciembre 30, 2007

Nuestro interés primordial, Señor Humbird, no es que las alumnas de esta escuela
sean ratas de biblioteca. Lo que nos preocupa es la integración de la niña en el
grupo social al que pertenece. La etiqueta de las fiestas significa tanto para
ella como, por ejemplo, los negocios, el éxito en los negocios, significan para
usted.


Vladimir Nabokov, Lolita.

Bueno, aunque nuestras escuelas hoy día, incluso las más fresas de la ciudad -en nuestra siempre mochas ciudad de Puebla-, no se ha llegado hasta este grado de educación, creo que no sería demasiado osado afirmar que hemos llegado al grado en que la autoridad moral -que no es otra, para la gran masa, que los siempre vulgares medios de comunicación, con sus novelas rosas y amarillos noticieros-, es la que juega este papel de educar a la gente en el arte de la integración de los niños, o mejor dicho, en la promoción para que sean estos nimiedades las que rigan la vida suya, y sea a su vez el motor del consumismo a costa de una alta fragmentación social.

Amén.

miércoles, diciembre 26, 2007

A veces quisiera


A veces quisiera fallar a mi palabra. A veces quisiera no cumplir mis promesas. Y otras veces también quisiera -¡cómo lo quisiera!- poder dejar de hacer lo que comúnmente se considera normal, lo más adecuado.

A veces quisiera poder romper esas cadenas, que llevan por nombre sentido común, opinión pública, conciencia social. A veces quisiera, aunque fuera por un sólo instante, muy pequeño, poder hacer lo que realmente quiero, lo que pienso que necesito, lo que con tantas fuerzas añoro, no importando si se me acusa de loco, tonto, o insensato.

Y es que, tantas cosas deseo, y son tantas cosas que están prohibidas de hacer -no estrictamente prohibidas, sino ampliamente criticadas por una, muchas veces, hipócrita moral colectiva-, que a veces siento que me asfixio, que de infelicidad e insatisfacción se llena mi pecho.

Pero, sobre todo, quisiera, sinceramente, poder tomar mi teléfono, y llamar a las personas con las que me he alguna vez disgustado, y poder irlas a visitar, poder sonreírles, y pedirles una disculpa, y quizás dejar que ellos, si así lo sienten, me pidan una a su vez, y poder estar con ellas nuevamente, después de tanto tiempo separadas, en que su ausencia ha colmado de tristeza mi vida.

Si tan solo pudiera levantar el teléfono, y hacer lo que realmente deseo, no solamente dejando de lado el orgullo, sino, también, dejando de pensar en las consecuencias que puede ello llevar, simplemente, porque la esperanza de una reconciliación parece no querer irse de mí.

Si tan sólo pudiera llamarles. Si tan sólo pudiera decirles 'Hola, perdón'.

miércoles, diciembre 12, 2007

Todavía hay cosas que guardo

A veces me pregunto qué demonios pienso al guardar algunas cartas que le he escrito a algunas mujeres en mi vida.

¿Para qué diablos guardarlas, si únicamente me llenan de tristeza? ¿Para qué tenerlas a la mano, si en su momento, todo lo que obtuve de ellas fue, en el mejor de los casos, un grosero desdén, y en el peor, un juego infantil? ¿Para qué tener la posibilidad de guardar, más allá de mi memoria, las palabras que en un momento dado, salieron de mi mano y mi corazón, y que obtuvieron prosaicas respuestas? ¿Para qué guardar recuerdos de hechos que no merecen ni siquiera ser nombrados? ¿Para qué intentar no olvidarme de esos nombres suyos, cuando ellas seguramente han olvidado el mío? ¿Para qué tratar de guardar sus sonrisas en mi mente, cuando lo último que vi de ellas estaba lejos de hacerme feliz?

No sé porqué, pero sé que me niego a destruir esos recuerdos. Después, pasado cierto tiempo, cuando no solamente la decisión de olvidarlas, sino el verdadero olvido se hace presente en mi vida, es cuando finalmente puedo despojarme de esas cartas y de esos recuerdos. A veces, a veces. A veces, si tan sólo no deciden imprudentemente volver a mi vida.

jueves, noviembre 01, 2007

Recuerdo que regresa y se va

Me asomo en mi ventana, y veo la noche tranquila, y los árboles duermen, y el viento duerme, y la soledad y el silencio predominan. Fijo mis vista en cualquier cosa: en la luna, en un farol, en la calle vacía, en una ventana con la luz apagada. Trato de que mi mente descanse un poco del trabajo, de que se recupere del agotamiento que brinda el pensar.

Y su recuerdo viene a mi mente.

Yo sé que me prometí no recordar, no reflexionar, ni siquiera que su imagen estuviera por un segundo en mi mente. Yo, más bien, deseaba con gran ímpetu poder deshacerme durante un par de días de ese recuerdo, para que, al final de esos días pocos, pudiera tomar una buena decisión.

Pero parece que mi ser no quiere que el recuerdo se vaya. He tratado durante el día de poner mi mente en otras tantas cosas, y sin embargo, aquel pensamiento regresa a mi, de cuando en cuando, por instantes, como brillos poderosos pero efímeros en mi cerebro. De pronto me encuentro, sin darme cuenta, entre ideas que claramente quieren llevarme de la mano a pensar en aquello.

Y yo sé que no tiene el menor caso pensar en esa idea, cuando quien origina la idea no está a mi lado. No por ahora. Y es por ello que me trato de convencer con todas mi fuerzas de que tratar de preveer lo que pueda pasar no tiene el menor sentido.

Y sigo tratando, y sigo tratando, y sigo tratando.

sábado, octubre 27, 2007

El reloj

Le veo mover las manecillas muy lentamente. Y él parece burlarse de mí. Lentamente, lentamente, se mueve. Y no me importa que se mofe de mí, porque disminuye mi ansiedad el que se mueva lentamente. Cada segundo parece escaparse en una eternidad, y vea las cosas en lento movimiento. Aquí y allá, todo parece perderse en el tiempo.

Y muevo mis ojos por la habitación, tratando de perderme en un millón de cosas. Siempre en un millón de cosas. Trato de que mi mente me mantenga alejado de un pensamiento que me resulta funesto, mientras el tiempo parece avanzar demasiado lento.

Quiero que avance lentamente, porque quisiera tener más tiempo en mí una leve esperanza. Porque, en cuanto acabe el día, y con el día, pronto, una semana, la esperanza será cada día más pequeña.

Y sin embargo, sé que el que haya o no esperanza, el que sea fundada o no, está decido ya, desde hace mucho. Pero como yo no lo sé, me gusta imaginarme que todavía no está decidida, que quizás me resulta favorecedora la vida.

Me guardo mi tristeza

Me guardo mi tristeza para mí. Me la guardo, como me guardo mi ropa en mi clóset, y como guardo mis vergüenzas en mi mente. La guardaré como se guarda un terrible secreto en el olvido, como se guarda un tesoro terrible en un lugar desconocido. La guardaré como se esconde un defecto, como se esconde un perjurio. Dejarle, simplemente en el olvido.

No exponerla a la luz pública, ni siquiera a los ojos de mis amigos. La guardaré para que no la vean, para que no la toquen, para que no se espanten con ella. La guardaré, no para mí, no porque sea egoísta y me la quiera guardar toda para mí - pues, a final de cuentas, no soy un mártir como para guardarme un dolor para mí solo, y sentirme a través de ello llevado a la perfección.

Sólo sé que la guardaré con recelo, lejos incluso, de mis amigos.

La guardaré, la esconderé, hasta el día en que deje de existir, hasta el día en que muera, hasta el día hasta que se extinga. La esconderé hoy, aunque arda como un fuego fatuo, aunque grite, gima, y lance terribles alaridos. Me la guardaré en el pecho aunque me destroce el alma, y la mantendré quieta con los lazos de mi voluntad.

Porque allí es en donde debe ser guardada, en donde nadie pueda verla, en donde nadie pueda reírse de ella.

La guardaré, y si alguien pasa por enfrente de mí, y ve en mi rostro restos de esa terrible tristeza, lo negaré todo. "Nada ha pasado", diré. Y que nada ha pasado pensaré. Me engañaré, hasta el día en que muera mi tristeza. No quiero lástimas, ni conmiseraciones hipócritas, ni palabras de apoyo de personas a las que francamente no les interesa conocerla - suficiente tienen con sus propias cuitas.

viernes, octubre 26, 2007

Aprender a jugar el juego

A mí me han dicho que debo de aprender a jugar el juego. El juego, simplemente el juego.Y todos parecen hacerlo así, los inmaduros adolescentes, y también los supuestamente maduros adultos de treinta años.

Aprender a jugar el juego. Aprender a sacar provecho del juego.

Yo no quiero aprender a jugar un juego, porque por principio de cuentas, no debería haber un maldito juego; la vida no debería estar formada por máscaras, por papeles que interpretar, por posiciones aquí y allá, como un enorme tablero de ajedrez.

Pero todo mundo juega ese juego, y le ven tan normal, quizás porque ya han encontrado la forma en sacar provecho de él. Y quizás por eso le destesto yo: porque no sé jugarlo, y porque me niego a hacerlo.

¿Qué juego juegas ahora? Esa es la pregunta que me hago a todas horas. ¿A qué estoy jugando, Carlos? ¿A qué juego tratan de jugar conmigo? Y la verdad es que yo no quiero jugar un juego. Pero, por ahora, es demasiado tarde no querer jugar, porque soy ya parte de un juego. Aunque, si ya estoy irremediablemente perdido en el juego, mínimo me gustaría saber a qué estamos jugando.

¿A qué estamos jugando? ¿A qué juegan conmigo?

Y esa es la pregunta que me hago también a toda hora. ¿A qué juegan conmigo? No puedo evitar estar en el juego, pero mínimo quisiera saber a qué juegan conmigo. Y entonces, quizás, poder divertirme en ese absurdo juego.

miércoles, septiembre 19, 2007

Revoltijo de ideas

Y así es que piden que dejes de decirle negro al negro, y blanco el blanco. ¿Y porqué? porque, bueno, decir que el negro es negro, y que el blanco es blanco, sobre todo de manera pública, ha dejado de ser elegante. Incluso sería correcto afirmar que es insensato.

Y entonces tienes que dejar de quejarte, y también de buscar las soluciones. Las soluciones que tú buscas no están al alcance de tu mano. Primero, bueno, necesitas robar la experiencia. ¿Pero cómo? Ve tras tesoros baratos, falsos. Si fuera posible, debieras enterrar la cáscara de un plátano junto a algún arbol, y después desenterrarla. Todo un tesoro. La idea no está en buscar tesoros, sino en encontrarlos. Pero recuerda que, al mismo tiempo, los tesoros los son todo. Si no los tienes, entonces serás un maldito fenómeno.

Y después, una terrible perorata que no querías escuchar. No así. Quizás con mermelada de fresa, pero no con aderezo de cualquier maldito verde vegetal. Porque te supo salada, demasiado salada. Y tú la querías dulce. Pero da igual, el resultado es el mismo: indigestión. Y lo más irónico es que te la recetó tu doctor: "hoy le toca a usted enfermarse, maldito ambicioso". Ambición, ¿de qué?

Y finalmente, al final del final del día, por la noche, carcajadas llegan a molestar tu calma. Carcajadas destempladas, terribles, patéticas, que la hacen de maścara ante una tristeza terrible, por una partida inevitable. Pero no es tu tristeza terrible, sino la de alguien más: la del vecino. El vecino gimotea, carcajea, y también taladra con su odioso tono tus oídos. Insensibilidad. Eres un insensible. Porque no compartes su dolor. Lo siento, no estoy para papeles como ese, el del insensible que trata de ser sensible con su amigo que siempre es insensible, y que ahora está sensible porque una insensible mujer le desgarró el corazón, porque no había olvidado a un insensible que hizo lo propio con ella. Mujeres. Y hombres.

lunes, septiembre 17, 2007

Soñé que encontraba un libro

Soñé que encontraba un libro, el cual contenía miles y miles de enseñanzas para el espíritu, explicaciones a interrogantes existencialistas, y muchas cosas más. Soñé que lo leía con gran avidez, que conforme iba leyendo cada página, se iba mi espíritu regocijando, confortando, que las dudas huían de mi, huyendo despavoridas.

Soñé que mis problemas dejaban de serlo, no porque tuviera el libro en sus páginas las soluciones a ellos, sino porque, de alguna forma, me daba el valor para afrontarlos. Soñé que ese libro me hacía entender el amor, la ternura, la confianza, la vida, la muerte, los amigos, y la vida misma, no como un concepto, no como un sumario con respuestas, sino como una guía para que yo mismo, por mi cuenta, encontrara mi verdad. Un libro que me ayudara a conformar mi persona a un grado que nunca hube de imaginar.

Y entonces, a través de ello, descubría que era finalmente feliz, sin necesidad de preocuparme por frivolidades, ni miedos tontos, ni prejuicios.

Y soñé, finalmente, que era capaz de regalarle a mis amigos una copia de ese libro, y que ellos, a su vez, encontrarían su propia verdad al leerlo. Que seríamos todos distintos, pero a la vez, iguales. Que la vida sería más justa, menos gris.

Si tan sólo ese libro encontrase, si tan sólo pudiera hacer que la gente lo leyera...

domingo, septiembre 16, 2007

El patrón de las ovejas

A veces no puedo dejar de pensar mucho sobre aquella clase de comportamiento en la que se sigue lo impuesto por alguien más, como una regl a seguir por una parte completa de la sociedad: música, cine, gustos, costumbres, y demás aspectos de la vida.

Y no sé, la verdad es que le hallo muy insano para la mente: seguir las nuevas tendencias. Y digo que es malo, cuando se hace como una costumbre, de manera compulsiva, como lo natural. Seguir por seguir, por estar en esa parte de la vanguardia, por no dejar de estar en ese estado, más que por convicción. Y me enferma mucho.

Pero me enferma mucho más que entre personas supuestamente pensantes no deje de hacerse eso. En una sociedad como la nuestra, es el reggaeton la música predilecta, las camisas con caquis la ropa de los caballeros, y los coches deportivos lo más in (no mencionaré lo respectivo para las damiselas, ya que desconozco por completo esos rasgoz in).

La cuestión que me concierne es el hecho de que, a mi parecer, hay regiones se la sociedad en las que este comportamiento de replicación de comportamiento seda en otras formas, no estando con las tendencias de la mayoría, sino con las tendencias de un grupo. En otras palabras, solamente se cambia de tendencias, pero es lo mismo.

Y digo que me concierne al hablar de muchos intelectuales de pacotilla, o de pose, que queriendo pertenecer a un grupo supuestamente privilegiado, están a merced de otros gustos musicales: grupos de música independientes, cine independiente -y si no se entiende la trama, mejor-, lugares estrictamente bohemios, y aberraciones así. Es otra forma de esclavitud. Y si uno se sale de eso, entonces es un -supuestamente- incongruente. ¿Incongruente con quién?

Según yo lo veo -y me vale madres que me contradigan, jaja- la cosa está en mantener una apertura hacia diversas fuentes, hacia diversas corrientes. La clave debería estar en disfrutar las cosas de uno y otro lado -en la medida de los gustos personales, claro está-.

viernes, septiembre 14, 2007

Recuerdos

Cuando me siento, por la noche, a descansar, escuchando el canto del silencio, rodeado de sueños, de murmullos, de nada, me pongo a pensar profundamente en los recuerdos que más cerca guardo de mí. Evoco historias, fiestas, días, horas, risas, carcajadas, y también alguna que otra tristeza.

Son para uno de mis más grandes tesoros. como la muestra de que he vivido, quizás demasiado mal para la forma en la que la sociedad actual dicta la vida, pero he vivido, y eso es todo. Me daría mucha ansiedad el no haber vivido, el no haber hecho algo, haber arriesgado aunque sea un poco.

Dice Eric Fromm que de lo único que tienen certeza las personas es del pasado. Y es verdad. Es como una pequeña máquina del tiempo, ciertamente imperfecta, en donde la visión mezcla los hechos reales con las impresiones nuestras, en donde a veces cambiamos el color de fondo, la intensidad de la alegría, las emociones que por entonces experimentamos.


Ciertamente imperfecta máquina del tiempo, que, sin embargo, me hace sentirme vivo. Y es entonces que evoco por largas horas aquellas historias que marcaron mi vida -¿acaso no es cada instante una parte fundamental de nuestra existencia?-.

Y es entonces que recuerdo los días más felices de mi infancia, y algunos otros de mi adolescencia. Recuerdo aquellos sábados dichosos en que caminaba a mediodía, viendo a la gente aquí y allá, a veces riéndome, a veces tan solo observando tanto como pudiera, siempre sonriendo. Y recuerdo tardes en otras ciudades, con el sol poniéndose, dorando las verdes estatuas, entre mucha gente, tomando café, pensando, platicando, discutiendo lo indiscutible.

Y es entonces que recuerdo aquella vez que caminaba por una calle, desierta, domingo por la tarde, con el cielo nublado, lleno de melancolía, lleno de soledad. Y entonces también recuerdo aquella noche en que pasé gran tristeza, con un anhelo imposible de arrancar en muchos días, ansiando algo que no estaba a mi alcance.

Y yo no sé si estoy loco, porque aprecio mis recuerdos todos, tanto los felices como los tristes. Aun no me alcanzó a explicar la razón del porqué los guardo, del porqué no los he olvidado. En todo caso, sucede que muchas veces les olvido, cuando son recientes, y alguna vez, recapitulando, les recojo del suelo de mi memoria, y los desenpolvo, y los coloco en uno de los muchos estantes de mis recuerdos. Mis recuerdos y nadamás.

miércoles, julio 25, 2007

Aguafiestas

- Pues claro que se casará conmigo. Por la iglesia. Y con toda su familia presente. Por eso esperamos a llegar a Río para la boda.
- ¿Sabe él que ya estás casada?
- ¿Se puede saber qué te pasa? ¿Quieres echarme el día a perder? Es un día precioso, no lo estropees.

Desayuno en Tifannys's, Truman Capote

jueves, julio 05, 2007

Melancolía nocturna

En este preciso instante, en que me asomo a la ventana del lugar donde trabajo, no puedo dejar de admirarme del silencio que domina todo el firmamento junto a la oscuridad de la noche. En este clima de soledad es que se llena mi pecho de melancolía, de recuerdos, de añoranzas, de sueños e ilusiones.

No puedo dejar de evocar dulces imágenes que hicieron vibrar a mi corazón de alegría, imágenes que en otro tiempo me eran tan preciadas, que tanto cuidaba, a las que recurría en mis momentos de aflicción. Ahora esas imágenes se han vuelto en mi contra, ya que ahora ya no me resultan dulces, sino amargas. Ha sido la vida la que las ha tornado de esa forma. Antes eran fuente de mi alegría, y hoy de toda mi tristeza.

A veces quisiera, francamente, poderme olvidar de ellas. No haberlas tenido jamás en mi mente, jamás tan cerca de mí. No haberlas vivido, no haberlas recordado de manera tan intensa. Haberlas vivido, sí, pero quizás de una manera en que pudiera olvidarlas como cualquier otro evento sin importancia.

Imágenes que me hicieron derramar lágrimas de alegría, lágrimas que me arrancan el llanto de la melancolía y la nostalgia. Terribles son ahora, sombras de un pasado que no pudo llegar a ser, sombras de un futuro que fue mutilado. Recuerdos de mis ilusiones, recuerdos de mi desdicha.

Y es así como debe de ser, porque son precisamente las cosas que más nos agradan, las que más oportunidad tienen, bajo ciertas circunstancias, de herirnos. Y eso es porque les hemos permitido entrar hasta lo más profundo de nuestras corazones.

sábado, junio 30, 2007

Que te te ruegue quien no se quiera

No sé cómo comenzar esta entrada. Y sé que está muy mal.

Es decir, tengo muy clara la idea en mi mente, pero no sé cómo comenzar a desarrollarla. Así que aquí voy.

Hay una muy popular canción que, en una de sus estrofas reza algo como: "Que te ruegue quien te quiera".


Pero a mí, de pronto, se me hubo de ocurrir una leve variación, quizás más acertada (según yo, desde luego). Porque me decía a mi mismo hasta hace poco: si ruegas, es sí, quizás por que quieres. Mas hay desde luego veces en las que el ruego se da en tan malas condiciones, en tan deplorable situación para uno, que no queda más que decir: que te ruegue quien no se quiera.

En otras palabras, hay que tener dignidad aunque sea de vez en cuando, creo. Y digo que 'creo', porque muchas veces es mucho más fácil dar consejo que seguirlo. Y así somos las personas, para mal, 'creo'.

jueves, junio 28, 2007

Por momentos

Por momentos me hallo pensando sobre qué hacen muchos de mis amigos, tras habernos separado o el tiempo o el espacio. Y me trato de imaginar qué hacen en estos momentos precisos: si leen, si platican, si comen, si sueñan.

A veces dicen que la distancia es el olvido. Y a veces, también, dicen que lo es el tiempo mismo. Que el tiempo cura las heridas. Que la distancia es el apoyo para superar una tristeza. Y quizás sea muchas veces así.

Pero son la distancia y el tiempo actores distintos bajo una amistad. En una amistad, no vienen a hacernos olvidar del amigo, ni que le dejemos de estimar. No es la distancia la que impide que pensemos en él de cuando en cuando, por muy lejos que estemos el uno del otro, ni hace que vivamos como si nunca le hubieramos conocido. Son, en contraparte con una relación pasional, factores que no nos llevan al olvido.

Porque no importa que hayan años luz entre mis amigos y yo, o que nos separen eones tras la última vez de habernos visto, pues si nuestra amistad fue sembrada de manera apropiada, no en terreno fértil, habrá algún día de dar frutos.

No es el olvido lo que se añora con el tiempo, ni con la distancia. Pero, tantas veces, ¡ah! es un bálsamo para quienes no tenemos otra alternativa que esperar que una pasión se vea convertido, por ayuda de ellos, en una amistad, en vez de quedar sumida en un terrible olvido eterno.

Existe un recuerdo

Existe un recuerdo que no me deja en paz, que no se me quita de encima, que me distrae a cada instante. Me lo imagino por momentos como un niño insistente, que me jalonea a cada instante, para pedirme mi atención, para que escuche sus necesidades, para que no me olvide que él está conmigo. Se me figura también, por momentos, como un mosquito que con el ruido de su vuelo no me deja concentrarme en nadamás, que me aturde con sus giros alrededor mío, buscando el momento en el que me halle desprevenido para atacarme. Es así como podría describir este recuerdo.

Es un recuerdo necio, terco, bastante obstinado. Se niega a escuchar mis súplicas, cuando le ruego se vaya, me abandone, se vaya a otras tierras. "Vete, finalmente, con quien deberías estar, a quien perteneces", le digo por momentos. Parece no escucharme, siempre atengo a los momentos en los que mi mente no se halla ocupada. Allí está, siempre esperando, siempre al acecho, observándome en cada minuto del día, tratando de susurrarme sus palabras por la noche. No quiere que me olvide de alguien, pero es egoísta, pues no sabe que el no poder arrancarme una imagen, yo sufriré mucho.

No le importa que yo trate de defenderme, de justificar mi petición. Dice que no quiere dejarme, porque el día de mañana le necesitaré, que me hará un gran favor. Y le insisto, porqué sé que un recuerdo que vive demasidadas semanas, en la forma en la que él lo hace, no es sano.

Cuando me doy cuenta, estoy sangrando porque intentó lastimarme el brazo; cuando me doy cuenta, siento un leve dolor en mi pecho, porque me propinó un golpe mientras yo trabajaba.

Por momentos, por instantes, tan sólo quisiera levantar el maldito auricular, llamar a alguien, y tras saludarla, preguntando por su bienestar, decirle: "Ya ha llegado la maldita hora en que te lleves tu recuerdo contigo, que aquí únicamente me hace los días terribles. Llévatelo de una vez y para siempre, no me lo dejes más tiempo, que nada mantendré de ti cuando hubiste de huir alguna vez".

martes, junio 26, 2007

Quisiera escribir una carta

Quisiera escribir una carta, una que llevara el principio aquello muy usado de "Mi querida ...". Y que, después, comenzara yo por decirle varias cosas que se hallaban bajo llave en mi corazón.

Expresar mis sentimientos, no solamente los benévolos, no solamente el cariño, el afecto y la admiración. También mencionar que existen en mi rencores por sus faltas cometidas, y que no le he perdonado un par de faltas insignificantes. Decirle que odio su falta de una cosa, y su exceso en otra más.

Ser franco conmigo y con ella, no dejar de mencionar mis errores y faltas, ni tampoco dejar de agradecerle sus atenciones. Decir en qué momentos me arrepentí por mi forma de obrar, y en qué otras me arrancó lágrimas con su actuar.

Y también decirle que las cosas ya han cambiado, y que nunca podrán ser como lo fueron alguna vez, en tun tiempo mejor. Que las cosas han cambiado, quizás para mal, quizás para peor, porque ambos hemos cometido un tropel de errores, un tropel de niñerías, y sobre todo, porque en nuestra mutua incomprensión dejamos de preocuparnos por el otro. Que a cada momento caíamos en berrinches infantiles, que eramos necios y no queríamos escuchar al otro.

Decirle que, aunque las cosas ya no serán jamás como lo fueron, quizás traiga el mañana una nueva esperanza, traiga mayo una nueva relación entre nosotros, aunque no sea como la que tanto disfrutamos los dos.

Decirle, a quien sea, a todos, a ninguno,la verdad y nada más que la verdad, que se hallaba anidada en lo más profundo de nuestros sentimientos; aceptar que la vida cambia, que el tiempo no pasa en vano, y que al cambiar nosotrosen ese tiempo, hacemos también que la vida deje de ser a cada instante como lo era en el pasado. Que el pasado a veces no es más que pasado, y que el futuro no es más que un futuro que tardará en llegar. Que el presente ya no es como el pasado, que el futuro no le traerá de vuelta, por mucho que lo añoremos, por mucho que lo queramos. No importa que pasen dos años en que estemos en vela, esperando su regreso.

A veces hay que aceptar que el pasado se nos fue, que la vida cambió para siempre, que las cosas dejaron de ser como queríamos. Y que es hora de pensar en que adaptarnos es la única forma de salir adelante.

sábado, junio 23, 2007

Sofocándome

Por instantes, durante el día, durante la noche, en cualquier momento, de pronto, sin esperarlos y sin esperármelo, siento que me laceran terriblemente ideas horribles y escandalosas.

El aire parece querer huir de mi, y siento que mi espíritu, al igual que mi cuerpo, se sofoca, se asfixia. Qué cosa más terrible es que el dolor no solamente envuelva mi cuerpo, sino también mi mente. Sentir en el alma terribles latigazos, profundas punzadas, golpes invisibles que llevan mi ser a horizontes más allá de la tristeza, del dolor, de la aflicción.

¿Dónde estás, pensamiento mío, pensamiento ajeno, que no puedo recordarte? ¿En qué mares, en qué montañas has ido a parar, que tu imagen no se presenta ante mí más? ¿En dónde estás, serenidad mía, ahora, hace tanto tiempo que te dejé escapar, al dejar entrar en mi morada la insulsa ilusión?

viernes, junio 22, 2007

Y yo que pensaba estar perdiendo

La noche ha caído ya sobre la tierra, y se esfuerza en cerrar mis párpados. El sueño ya ha caído sobre mí. El sueño de un viernes por la noche, en el que pensaba, hasta hace un par de instantes, en que, por momentos, sentía que estaba perdiendo algo de mi, algo que no era de mi. Algo mío, y algo que no es mío.

Porque, hoy, de pronto, pensé que estaba perdiendo algo importante de mí. Pensaba que debido a las terribles circunstancias, al azar, a la falta de determinación, quizás simplemente a factores que no puedo controlar, había algo que yo había añorado con todo mi ser, y que ahora, de pronto, intemestivamente, había empezado a perder. Poco a poco, desvaneciéndose eso que tanto deseaba, eso en lo que tanto empeño puse, simplemente, porque no puedo nada en contra de la vida, cuando la vida se llama tiempo y espacio.

Mas, ¡ah!, terrible despertar fue el darme cuenta que realmente, yo no estaba perdiendo algo, no. No era que ya lo hubiera perdido -lo cuál me habría destrozado el corazón terriblemente-, y que las esperanzas no estuvieran ya justificadas. Ilusiones insanas, ilusiones pérfidas, ilusiones vanas. Una idea perdida, un ideal olvidado. Un sueño que al que le ha llegado el alba, un alma a la que llegó la derrota irremediablemente. En un mar de lágrimas haría caído mi persona al notar que ya era demasiado tarde, que ya había perdido eso en lo que tanto soñaba, en lo que colocaba mis esperanzas todas. Para siempre y por siempre.

Y en un instante de lucidez leve, pude darme cuenta de que la verdad era mucho peor y quizás no tanto. Porque, para bien o para mal, desafortunada o afortunadamente, eso que yo tanto añoré, nunca pude hacerlo mío. Nunca pude que pasara a ser parte de mi persona -aunque casi lo fue-, y nunca pude hacer que nuestras miradas fueran una sola -aunque muchas veces veíamos juntos-. No se perdió un ideal, un sueño, una esperanza, una idea, un poema, un canto. Y no se perdió nada, porque, lamentablemente, aunque intenté con todo el ardor de mi pecho que fuera parte de mi, nunca pude lograrlo.

Ve y vuela ave de paso, ve y vuela ideal mío, y piérdete en el cielo de las tristezas, acaso en el de las alegrías, que ya no estarás más conmigo, perenne esperanza de mis días y noches, que has huído de tí y al hacerlo también has huido de mi; ve y surca esos grandes cielos, esos grandes mares, piérdete en el olvido de mi alma, piérdete en el olvido de mi mente. Llévate contigo tus recuerdos todos, y las alegrías que me prodigaste también tómalas contigo, que en ellas yace inevitablemente una terrible aflicción.

Vuela, vuela, vuela. No sé si más alto, o si más bajo. No sé si hacia el cielo o hacia el infierno. Quizás nunca lo sepa. Pero vuela, vuela de mi vida, antes de que me arranques la piel, ideal perdido mío.

jueves, junio 21, 2007

Me ha herido recatándose en las sombras

Me ha herido recatándose en las sombras,
sellando con un beso su traición.
Los brazos me echó al cuello y por la espalda
partióme a sangre fría el corazón.
Y ella prosigue alegre su camino,
feliz, risueña, impávida. ¿Y por qué?
Porque no brota sangre de la herida,
porque el muerto está en pie.

Gustado Adolfo Bécquer

jueves, mayo 10, 2007

Una idea en la cabeza

Me rondaba una idea en la cabeza de la que no quería hablar sino después de llevarla a cabo; ahora que no sucederá puedo hablar de ella.
Goethe, Werther.

lunes, mayo 07, 2007

Goethe?

Goethe es un famoso escritor alemán, conocido principalmente por su obra emblemática, "Fausto".

Pero antes de hizo de renombre en su época con su novela "Las cuitas del joven Werther", que viene a ser un bálsamo para los jóvenes sentimentalmente tristes por un amor no correspondido.

Supe por vez primera del libro mientras leía "La inmortalidad", de Milan Kundera.

Ahora, lo más interesante de todo, es que un conocido mío dijo que "¿Esta historia no es acaso una que podría bien tener sitio en Puebla? ¿Historia carlística? Juzgad.

"El joven Werther relata, por una serie de cartas, al amor que siente por Charlotte, una joven que está comprometida con un oficial cuando Werther la conoce. Confundido por la amistad que le demuestra ella, pero sobre todo por su imaginación -avivada por sus lecturas-, Werther pierde poco a poco el contacto con la realidad".


Místico.

domingo, mayo 06, 2007

Me acostumbré

"Me acostumbré tanto a anhelar algo, que ahora no puedo anhelar otra cosa."

Carlos Alberto Cortez

* La frase que ingenuamente considero como buena cuando simplemente es rara.

sábado, mayo 05, 2007

Las cosas de las que me arrepiento

Pensaba escribir una serie de cosas de las que me arrepiento: amores, desamores, proyectos sin éxito, peleas, errores estratégicos, amores meramente mentales, entre otras cosas.

Ahora bien, seré franco, y diré que aquella frase que reza algo como "de lo único que me arrepiento, es de las cosas que no intenté", es ya bastante vieja y conocida como para que la mencione y eche a andar un poco las ideas sobre ellas.

Más bien, me parece que una frase más deliciosa, más suculenta para la mente, sería una como:

De lo único que me arrepiento, es de mis aciertos.

Por cierto que la frase original es más larga, con un par de ideas más, pero la verdad es que únicamente se habría hallado sobre cargada.

Y así como es un recurso en el género de terror -novelas, cuentos, películas- el que el mal permanezca escondido, para que se reproduzca morbosamente en la mente de los espectadores, así quiero yo que esta frase sea: que cada quién le interprete a su forma, por simple que pueda ser.

¿No alguien había dicho que las cosas simples de la vida son las únicas necesarias?

jueves, mayo 03, 2007

Cuándo aceptar, y cuándo no (2)

Acerca de lo general.

Mi primera aproximación a ésta idea es en cuanto a lo general: a la sociedad, a las costumbres, a la moral, a la ciudad en la que vivimos, y las personas que en ella viven.

¿Qué cosas cambiar de esta sociedad, de esta ciudad, de este país, y qué cosas no? He allí la cuestión más importante de este rubro.

En el pasado, en mi país -México de mis amores y mis tristezas-, mucha gente se ha acostumbrado tanto, por ejemplo, a la cultura de la tranza de la era del PRI (para el que no lo sepa, es un grupo político que durante varias décadas mantuvo el monopolio del poder, mantieniendo en una deplorable situación al país). Y estan tan acostumbrados, que le ven natural, e incluso, ellos mismos se justifican al hacerlo, declarando que "no hay otra forma en que se hacen las cosas". Una conocida mía, que por cierto estudió algo relacionado a las ciencias políticas, de una gran tradición del PRI en su familia, mencionaba que para ella era de lo más natural "que las élites vivan bien, a costa del pueblo", ya que esa es la forma en que el mundo se mueve, y hay que aceptarlo. Así como ese, muchas personas se han acostumbrado mucho a diversas costumbres que afectan a la sociedad en su conjunto, mas, viéndolas tan arraigadas, no pueden pensar siquiera en la posibilidad de un cambio -que, desde luego, sería muy complicado y tardado, mas nunca imposible-.

Hay, por otra parte, personas que pensamos que las cosas pueden cambiar, o más bien, que deben cambiar. No importa que sean difíciles, no importa que otras costumbres estén tan establecidas, no importa que tome tiempo, quizás décadas, hacerlo. Siempre es necesario, por complicado o tardado que sea.

Desde luego que la cuestión persiste: ¿qué cosas cambiar de la sociedad nuestra, y qué cosas simplemente aceptar?

martes, mayo 01, 2007

Porqué él sí y no yo

No, mi intención no es quejarme del porqué una chica escogió a otro, y a mi me hubo de deseñar, no. Tampoco quejarme acerca de un puesto que le dieron a un cierto tipo en vez de a mí. Y en general, no me quiero quejar de lo que, en general, podría pensarse al leer el título.

Más bien mi queja va encaminada a algo mucho más simple, mucho más tonto quizás, y quizas ridículo, sin la menor importancia. Simplemente quiero expresar mi desazón con respecto al juicio que sobre mi (no) humilde persona ejercen muchas personas a mi alrededor, no porque sea éste incorrecto o infundado, sino porque me hacen ver más patán de lo que verdaderamente soy al compararme con otro amigo mío, más joven que yo, he de decir.

Todo comenzó en una tarde en un café, en que me hallaba sentado con una amiga platicándo acerca de mil cosas -lo intrascendente es lo único interesante hoy día, pareciera ser-, cuando, de pronto, le comenté algo al respecto de una chica con la que alguna vez había salido. "Ese acto estuvo muy mal, mi querido amigo", dijo. No tuve más que asentir.

Y al poco rato, ella comentó que le parecía muy gracioso que un amigo nuestro, al que llamaré Julián, le hacía la corte a una damisela. Decía que a ella le parecía bonito -¿pero qué diablos es considerado hoy bonito?- que él se le hubiera declarado a los pocos días de conocerse -a pesar de que ella no hubiera dado el espacio necesario-, que era encantadora la forma en que él hacía cosas que ella le prohibía, y cosas así.

Olvidémonos del punto de vista que ustedes como lectores, y yo como narrador, tenemos sobre esta clase de comportamiento. Simplemente, centrémonos en el punto de vista de esta querida amiga mía, que dice, en otras palabras: adoro ver la inmadurez con la que demuestra su interés por ella. En esa frase hay que poner atención en un par de palabras: en inmadurez, y en interés.

En su libro "La inmortalidad", Milán Kundera menciona, en alguna parte del libro -me parece que al principio-, que un personaje suyo, Agnes, cuando era una jovencita, por un lado disfrutaba ver la inmadurez de un pretendiente suyo, pues eso demostraba que estaba verdaderamente interesado en ella; y por otra parte, esa inmadurez le molestaba.

Me atreveré a decir que el punto de vista de mi amiga es muy parecido: en esa inmadurez hay algo simpático. Hay, dentro de eso, un par de cosas que observar: la primera es el hecho de que ciertas acciones, cometidas en cierta edad, son lindas, mas en otras resultan una verdadera aberración. La segunda cosa, es que mi amiga disfrutaba ver esta clase de cosas en la inmadurez del amigo nuestro, Julián, pero porque ella no era parte de ese acto.

Vayamos por partes. Primero, con respecto a que hay acciones que se critican y censuran a cierta edad. Durante la plática, yo mencioné cierto error que cometí con una linda chica hace apenas medio año. La amiga mía no se reservó palabra de crítica alguna, tachándome, incluso, de "necio, tonto y obsesivo" (yo diría que la palabra caprichoso es suficiente). Mas, luego, este amigo nuestro, Julián, no sólo había incurrido en el mismo error, sino que lo había hecho más grande. Pero, pare Julián no hubo palabra alguna de censura, sino todo lo contrario: mi amiga hablaba de cuán tierno se había mostrado. Esto me mostró dos cosas también: la primera, que un acto así puede, en cierta forma, ser considerado bueno cuando se tuvo éxito -por más tonto o estúpido que pueda ser-, convirtiéndose en algo admirable; mas, cuando se falla, sólo existe como un error garrafal, convirtiéndose en un acto plenamente censurable. Y la otra cosa es que esta comparación, entre este amigo y un servidor, es que mi error, a mi edad, es una tontería, mientras que, cometido a su edad, es un encanto esa inmadurez. Es decir, hay cosas que son peor vistas en personas de mayor edad -vicios, excesos, etc, pero nunca había visto que el mismo hecho tuviera connotaciones completamente diferentes a edades distintas.

Ahora bien, el segundo más importante aspecto, es que hay actos que se nos parecen lindos, siempre y cuando le ocurran al pŕojimo. Porque esta amiga mía, dentro de todo, había tenido a su vez un pretendiente hace cierto tiempo, el cual cometía con ella toda clase de excesos, y dentro de éstos, muchos en los que incurríamos Julián y yo (ella misma los cometió durante cierto tiempo). Así que una vez que la relación llegó a su fin, no pudo soportar que otro hombre se comportara de esa forma con ella. Pero una vez más, no dejaba de calificar a lindo lo que Julían hacía, claro, ¡mientras ella no fuera parte de la escena!. Quizás era, ahora que lo pienso, por la seguridad de ver la obra como una mera espectadora. Es así que hay personas que aman las películas de terror -aunque un suceso así en sus vidas es lo menos que esperan-, o las tragedias -que nadie desea experimentar-. Así que ello era lindo, siempre y cuando ella no estuviera inmiscuida en ello.

La crónica nos deja dos cosas: para algunas personas, hay actos que a edades distintas, pueden tener pesos completamente distintos. Y el segundo punto, es que a veces resulta conmovedor o satisfactorio observar distintos actos pintorescos, simpre y cuando nosotros seamos meros espectadores.

lunes, abril 30, 2007

Cuándo aceptar, y cuándo no (1)

En la vida uno siempre se encuentra con aspectos con los que uno se halla insatisfecho: nuestra vida, lo que sabemos, nuestra experiencia, nuestra cualidades y defectos, las de nuestras amistades, las de nuestra familia...

Así también hay cosas que no nos tienen plenamente satisfechos dentro de la sociedad en general, desde cosas que nos encantan, hasta cosas que nos parecen una aberración.

En ambos aspectos -en lo personal y en lo general-, hay cosas que podemos cambiar, y hay otras que no.

Acerca de aceptar las cosas.

Hay veces en la vida en que es necesario aceptar que las cosas no son como deseamos que sean, y es entonces que debemos, en vez de quejarnos, de estar en contra marea, simplemente aceptarlas. O al menos, eso es lo que se dice por todas partes hoy día.

De ejemplos hay millares: el lugar en donde nos tocó nacer, el lugar en donde nos tocó vivir, la educación que recibimos, la situación socio-económica del país, las cualidades y defectos propios, las de nuestra pareja, nuestro físico...

Y es que, muchas veces, sí es preciso aceptar a las cosas como son -o al menos, eso creo, al igual que la sociedad-. A veces, sólo a veces. Como cuando uno se pone a quejarse del lugar en donde nació: ¿podemos cambiarlo? no; ¿las cualidades y defectos de amistades, familia y pareja? quizás no; ¿podemos cambiar nuestro físico? lo dudo mucho; ¿podemos cambiar nuestro pasado? imposible.

Es así que, en muchas ocasiones, sí resulta preciso y sano el aceptar las cosas buenas y malas de la vida. Aceptar lo malo, lo bueno, y también todo lo demás. Ese sería el primer paso hacia una mayor apertura en la vida.

Acerca de no aceptar las cosas.

Aunque efectivamente en muchas ocasiones resulta casi imprescindible aceptar la realidad nuestra, es también cierto que en ocasiones hay cierto espacio de duda, cierto campo de acción, que hace que dudemos entre aceptar las cosas como son y entre cambiarlas. Cambiarlas, cambiarlas, cambiarlas.

Ahora bien, la cuestión más importante es ¿cuándo aceptar, y cuándo no?

Una primera idea es: tratar de cambiar las cosas cuando es posible, y cuando no, simplemente aceptarlas. Muy simple, quizás en demasía. Pero, finalmente, práctica y realista.

Así por ejemplo, si bien no es posible cambiar las cualidades y defectos de nuestra pareja, sí es posible que ésta deje de serlo; quizás no estemos de acuerdo con nuestro físico, pero sí podemos mantenerlo sano, con lo cual ya habremos ganado mucho; quizás no estemos de acuerdo con nuestro pasado, pero sí podemos cambiar nuestro futuro, en vez de aceptar la ruta que hasta entonces llevábamos.

Desde luego que a veces no es tan sencillo, ya que en otras ocasiones, la oportunidad de cambiar se nos presente, y quizás no sea la mejor opción tomar el cambio; en otras, el cambio es posible, y hasta deseable, pero resulta tan complicado, que uno piensa que no tiene el menor sentido.

jueves, abril 26, 2007

Cuando las cosas van en contra

Cuando me siento a descansar los fines de semana, y voy, por ejemplo, a tomar un café a algún sitio, mientras pasa la gente distraída en ropa dominguera, o cuando voy a un jardín, con un libro en la mano, no puedo dejar de pensar en diversas situaciones hipotéticas.

Dentro de esas ideas, me viene una a la mente: ¿Qué hacer cuando las necesidades de uno van contra marea con respecto a las de la sociedad en turno? Y a la sociedad en turno, me refiero a la sociedad de un lugar y un tiempo definidos. ¿Cambiar para la sociedad, o la sociedad debe cambiar para uno?

Pongamos como ejemplo las mujeres. Las mujeres, aunque tienen mayor presencia en el escenario actual que en otras épocas, aún tienen muchas batallas por pelear: en algunos lugares más, en otros lugares menos. Pero, para contextualizar, hablemos de la situación de una mujer que tuviera ideas actuales -social, intelectual y sexualmente-, y que hubiera nacido en la edad media.

Me imagino que toda una serie de dificultades habría tenido que pasar, ya que ella, desde varios aspectos, se vería atada a las leyes de un tiempo que no tenía demasiado interés en garantizar igualdad de género. La vida, desde todos los aspectos, le habrían resultado complicadísimos. ¿Y qué hacer, entonces? Quizás la batalla era demasiado grande, quizás inmensa, y ella, una sola, incapaz de cambiar las cosas.

Así, como esa mujer, vería que la sociedad entera, que todas las personas, que todas las mujeres, que todos los hombres, que todo mundo, juega un papel absurdo, retrógrada, discriminatorio, injusto. Sí, quizás levantaría la voz, y ¿la escucharían? ¡Qué cúmulo de adjetivos habrán de caer sobre ella!

Sin embargo, yo veo que eso pasa todavía hoy en día, quizás en mucho menor grado, para un grupo de minorías: mujeres, homosexuales, indígenas, discapacitados, y otros grupos se ven, en mayor o menor medida, quizás no en todo el mundo pero sí en diversos lugares, con una sociedad que les rechaza, que les corroe.

Entonces, es que me pregunto: ¿qué hacer cuando este mundo se presenta tan distinto en ideales y costumbres a las de los individuos?

Inalcanzable

La verdad es que hay una frase que revolotea en mi mente desde hace varios días, en que me preocupaba por un asunto, dándome cuenta que le tomé mayor importancia en cuanto se hubo de complicar. No es que antes no me importara, sino que tomó mayor importancia en cuanto noté que era casi inalcanzable.

No sé si la frase ya la había dicho alguien (lo cual es bastante probable), y si así fue, no recuerdo quién. Pero aquí va:

Nada resulta tan bello, como cuando parece inalcanzable.

Me pregunto porqué son así las cosas en esta vida. Masoquismo, egoísmo, distracción, vaya uno a saber las verdaderas fuentes de su origen.

martes, abril 10, 2007

Quisiera

Quisiera tener más tiempo entre mis manos, y así, quizás, poder satisfacer los deseos todos de mi alma: trabajar catorce horas, ver un par de películas, hacer un par de horas de deporte, escuchar a los amigos, aconsejarlos, y pedirles consejo al son de una taza de café, leer un par de libros, escribir notas en mi diario, y dar cariño, mucho cariño. Poder, con un tropel de horas entre las manos: besar, ser besado, pensar, reflexionar, perdonar, ser perdonado, escuchar, opinar, aconsejar, ser aconsejado, acompañar, abrazar, jugar, bromear, aprender, compartir, discutir, llorar, reir...

Qué pena que el mundo, siempre avanzando, no alcance a descubrir alguna forma en que podamos tener más horas en nuestros días, y así dar todo de sí no sólo a nosotros mismos, sino también a los demás. Compartir más vida nuestra con los demás, tan sólo eso.

martes, marzo 06, 2007

A veces

A veces me pregunto en qué momento cedemos: a nuestros miedos, a nuestros gustos, a nuestras ilusiones, a nuestros ideales, a nuestras ideas, a nuestras costumbres. Y me preguntó también ante qué situaciones, ante qué clase de personalidades, ante qué momentos de nuestra vida es que nos vemos más propensos a dejar de ser, a dejar de querer, a dejar de temer, a dejar de soñar.

A veces uno desea profundamente llorar, gritar, maldecir, gemir. Y entonces le acompaña a uno el dolor, que se resiste a morir, que parece un parásito que vive a costa nuestra, un simple recuerdo terrible. A veces semanas, a veces días, a veces meses. Y a veces se olvida. A veces.

Y a veces, sin que uno se de cuenta, el mismo suceso, tantas otras veces transcurrido en nuestra vida -quizás veinte o treinta veces-, el mismo, que tanto conocemos, que tanto odiamos, que tanto tememos, se presenta ante nuestros ojos, mas no como le conocímos, no como lo recordábamos. Esta vez se ha revestido de una nueva apariencia, que le vemos distinto. Y, al verlo más de cerca, nos damos cuenta que ya no es tan terrible, no solo en su apariencia, sino en su esencia. ¿Es que ya se ha acostumbrado el alma a su visión terrible? ¿acaso sus golpes ya no no arrancan gritos?

Y en una ocasión como esa, en que el dolor deja de ser dolor, en que la vida presenta un suceso tantas veces experimentado, muchas veces temido y odiado, ahora convertido en un mero suceso común, se pregunta uno: ¿qué fue lo que hizo que me dejara de doler este terrible dolor tantas veces experimentado, tantas veces verdugo de mi alegría? Y el dolor, que vino de la pérdida del amor, fue apagado por un viejo conocido: el amor. Un amor que esta vez llama a entregarse sin condición. Y que llama a entregarse porque esta vez, ser amado es lo de menos.

miércoles, noviembre 15, 2006

Cuando las lágrimas no salen

Recuerdo que alguna vez alguien me informó de un suceso completamente lamentable. Yo, que por entonces me hallaba totalmente sumido en la sensibilidad, producto de una serie de desafortunados eventos, fui presa de un gran dolor, que me hizo sentir un estado de desalación absoluta. Mis ideas perdieron su orden, mi cordura de perdió instantáneamente, y simplemente, me llevé las manos a la cara. Estaba destrozado completamente, con las esperanzas deshechas y sueños echados por la borda.

Sin embargo, por alguna razón que desconozco, las lágrimas no hubieron de fluir por mi rostro marchito. Sentía que estaban por salir en cualquier momento, que mi cuerpo manifestaría su aflicción expulsándolas violentamente. Mas nada brotó de mis tristes ojos. ¿Porqué? De verdad que lo ignoro. Quizás fue que me reprimí, quizás fue estaba demasiado aturdido, quizás algo más que desconozco.

Y entonces entendí que, muchas veces, uno puede llorar sin lágrimas, sin que los ojos se hallen húmedos, y a veces, sin que uno parezca lleno de dolor.

miércoles, noviembre 08, 2006

Me imagino

Me imagino tus grandes ojos negros,
clavados en lo profundo de mi pecho,
en una mirada sin velo,
y preciosa, tan cálida como el sol entero.

Me imagino tus dulces labios rojos,
soplándome a mis ojos,
bajando, como el sol de otoño,
hasta de mis labios el arroyo.

Me imagino tu ardiente aliento,
abrazando el alma con recelo,
y al son de las campanas y su vuelo,
haciéndome tuyo, en un beso.

Me imagino la hermosura de tu sonrisa,
cantando en mi oído, cual hermosa lira,
los muestras de amor que habitan
entre nosotros dos, día a día.

Me imagino tus cabellos en mi pecho,
mis brazos rodeando tu cuerpo,
yo amando tu ser interno,
y tú, amando mi corazón desierto.

Me imagino que sólo un sueño,
podría recrear magníficos sucesos,
¡ay!, si tan sólo aquel te fuera ajeno,
si tan sólo no fuera un simple sueño.