lunes, enero 28, 2008

Canciones, canciones, segunda parte

Melancolía, invitada mía. Hoy, noche triste, noche previa a mi último desafortunado intento. ¿Es desafortunado aún antes de que suceda? ¿Qué esperas de ella en la noche de mañana, cuando la luna se pose sobre ustedes y las manecillas del reloj más allá del doce hayan avanzado? Esperanzas que debías de haber asesinado hace largo tiempo: matarlas cuando todavía eran unas niñas. Ahora te mandan, te mueven como un títere, contra tu voluntad, por su caprichos, caprichos de tus tontas esperanzas.

Amando sin amar, tú.

¿Porqué me habrá dicho que yo le importaba, y que disfrutaba el tiempo a mi lado, que su mente en mí puesta estaba, que había sido un placer compartir la tarde conmigo, que me iba a dar un detalle como el que yo le di? Yo le doy flores, ella me daba flores: eso dijo que haría. Pero, en cambio, solamente caprichos me obsequió. Un ramo de indiferencia ahora mismo.

Ella jugaba a enamorar, caprichosa.

No sé a cuántos más intentaba enamorar, haciendo uso de su belleza nueva. ¿Puede una flor que ha sido toda la temporada una muy fea, ser una de las más bellas del jardín? La movieron de jardín, de un jardín verde y opaco -en donde todas las flores son verdes y opacas- a uno café -en donde todas las flores son cafés-, y he allí el milagro. ¡Vean cómo resplandece el verde jamás visto en este jardín color mierda! Haciendo uso de una belleza que nunca antes tuvo, coqueteando con todos: miradas dulces, palabras de cariño, mentiras que me mataron el ánimo alguna vez. ¿A cuántos más les matará la ilusión? Ella mientras tanto, segando adulaciones.

No sé si te tengo, o si te vas.

¿Cuántas veces soñé que ella era mía, con su cariño, con sus ojitos tiernos, con sus delgados labios, con su voz aguda, con tu ternura toda? Y, ¿cuántas otras ella se iba de mi lado, a veces recatándose en la oscuridad, a veces en el capricho, a veces en el desdén? Desapareciéndose por días, dejando de responder mis llamadas y mensajes, para, un día, porque así lo decidió, aparecer de nuevo en mi vida, sacudiéndola violentamente, cada vez más fuerte. No explotes de dolor corazón, todavía no.


Declárome el cautivo de los caprichos de tu corazón.

¿Cuánto tiempo más habría permanecido así, atado a su voluntad infantil, cuánto tiempo más habría sufrido si no me hubiera dado cuenta de que conmigo sólo jugaba, que para ella no más que el más vulgar juguete resultaba? Uno entre mil, entre mil uno. Y tú, una entre mil también, entre mil una. Yo uno más de tus juguetes, y tú bella diosa entre las mujeres feas mortales.

Al que no supiste amar, quien de ti nada espera.

¿Sabes? No sé si mi boca llegará a decirte estas palabras, cuando, dentro de un par de días, toque a tu puerta, nervioso, ansioso, para pedirte mi probable último perdón, y te diga que, a pesar de lo mucho que necesito de tu presencia, a pesar de tus juegos, a pesar de mi inmadurez y la tuya, a pesar de todo, quiero mostrarme incondicional contigo, y que, si tu amor en otros brazos está, seré feliz al verte sonreír. Ojalá así consiga llegar a su fin tu capricho, el berrinche decembrino tuyo.

Azul es la mañana.

El mañana llegará dentro de poco, cuando esta penumbra caiga y venga la luz -y se hizo la luz, y se hará la luz, pero no para mí-. El sol de calor nos bañará, y me encontrará con el pecho apretado contra la almohada, pensativo, lleno de miedo. ¿Cuándo dejaré de pensar en ti, cuándo decidiré que, a final de cuentas, nada gano contigo, sino juegos, dolor, y frustración? Cada vez que mis ojos se abren por la mañana, con cierta esperanza, trato de pensar que no te tendré en mi mente más. Pero veo que día a día, no es así.

No llames corazón eso que tienes.

Mis angustias no te importaban, y si en fuente se convertían mis lágrimas, no te importaba en lo absoluto. Mis congojas no escuchabas, ni ponías en ellas atención. No te preocupabas cuando yo me preocupaba, siempre centrándote en ti. Las únicas tristezas del mundo eran las tuyas, y nada más. Te diré lo que alguien ya le dijo a alguien más: te invito a que salgas de ti.

Nos hizo falta tiempo, nos lo comimos...

Y, a pesar de todo, pienso, por momentos, que quizás todas esas tonterías podríamos haberlas superado ambos, tan sólo si el tiempo nos hubiera sido más propicio, si las horas nos hubieran durado más de sesenta minutos, y tan sólo si los días nos hubieran unas treinta horas. El tiempo que teníamos era demasiado poco, tú con tus labores y amistades recién adquiridas, y yo con mi soledad. Tiempo para conocernos, para perdonarnos, para entender esas terribles diferencias culturales...

Este tiempo, nos hace ver que aunque existe otro camino, va llenándose mi fe...

Tras semanas separados, el uno del otro, el otro del uno, esperé que nuestras diferencias quedaran atrás, y que ambos, habiendo pensado mejor las cosas, quizás sintiendo más profundamente lo que ya sentíamos, pudiéramos estar nuevamente juntos. ¡Qué importaba que únicamente como amigos, y no como amantes! Yo me hubiera llenado una alegría que se hubiera desbordado en mi corazón, si tan solo hubiera podido volver a ver esos ojos tuyos, querida.

Sé feliz. Siempre podrás contar conmigo.

Mi último mensaje ese fue. Yo, en tu ausencia de lástima hacia mí, hacia mi dolor, hacia el cariño que aprendí a cultivar por tu corazón, por tu inmadurez, por tu ingenuidad, tuve que hacer frente y decirte que fueras feliz, que cuidaras mucho de ese corazón que, a pesar de todo, es muy débil y frágil, y que sabías que conmigo siempre contarías para todo lo que pudieras necesitar. Y no te miento, jamás podría hacerlo: pregúntaselo a aquellas a las que alguna vez hube de querer, y que su cariño, ¡ay!, también me dejaron de obsequiar.

Te extraño, como se extrañan las mañanas bellas.

Tuviste el descaro de arrebatarme el placer de tu presencia. ¿Porqué, Dios mío, te ensañaste conmigo de esa forma tan absurda, cuando todo lo que te pedí fue una pizca, una pequeñísima fracción de tu amistad, ya que no quisiste regalarme tu cariño? ¿Porqué, en qué hora, y quién fue esa amiga tuya que te aconsejó desaparecer por completo de mi vida, llevándote contigo tu voz, tus ojos, tus labios, tus dulces palabras, esos momentos que jamás me arrancaré de mi pecho?

viernes, enero 25, 2008

Canciones, canciones, primera parte

Una idea a la mente viene. Se estrella. Domingo por la tarde, el mediodía se acaba de marchar. Comida pide mi estómago vacío, lacerado por la bilis de la congoja. Idea, como un foco. Buena idea, o mala idea, qué importa: idea valuada por ser una idea. Ejercicio literario, ya que no puedo hacer demasiado ejercicio físico. Escribo lo que no puedo vivir, y vivo lo que no puedo escribir. Convierto los errores en tragedias, y los logros en errores. Gracias a Dios, claro.

Pero que la idea no se vaya del todo. Aguarda un poco, no escuches esa canción en la radio. Es cierto lo que dice de mí, pero falso lo que dice de ella. Canción escrita antes de nosotros para nosotros, para todos los masoquistas.

No hago otra cosa que pensar en ti.

Cierto, mi mente apenas se desprende para pensar en cosas otras. Obsesivo compulsivo. Compulsivo obsesivo. Deja de escuchar esa canción. Órdenes que yo mismo me doy y que yo mismo no puedo cumplir. Ella me dice no, y yo digo que sí, y ella dice que sí, y yo digo que no. Placer en la complejidad, supongo. “Te gustan las locas”, alguien dice allá en mis recuerdos.

Fue miedo, no coraje lo que por entonces sentí.

No, ella no sintió eso. Ella no lo pensó ni siquiera, no gastó un instante en detenerse a pensar. Me la imagino pensando lo que no pensó: Ha sonado el teléfono. Él es, sin duda. No contesto. No quiero escuchar su voz, no quiero saber de él. Pero quiero que sepa que supe que llamó él. Mensaje escrito para él: ¿qué deseas?. Me responde que saludarme: café-tomar-platicar. No, respondo. ¿Porqué le estoy diciendo lo que le estoy diciendo? Dos posibles causas de mi molestia: ¿será berrinche, o será decisión sabia? Pero le digo que no, no, no, por el resto de la eternidad no. No insiste, pero insisto en convencerle que no. ¿Porqué le digo lo que le digo? ¿Miedo, coraje? Miedo, o coraje. ¿Qué es lo que en mi interior hay? No es indiferencia, no. Y la indiferencia, a veces, no es la más refinada forma de crueldad.

Pero ella eso no pensó, no. Ella en su problema pensaba. Carita triste, rostro desencajado, así me la imagino. Ojos tristes, ojerosos, comiendo en la mesa con la espalda encorvada, tarareando una canción:

Como olvidarte, cómo dejar de sufrir, ¿porqué partiste después de haber partido, cuando te dejé abandonado después de que tú ya me habías abandonado?

Esperanzas de volver, se dice ella en la mente, sin pronunciarlo. Pensar en él, no dejar de recordarle. Y entonces, molestia: un cabrón que en la calle quiso darle un golpe en las nalgas. Luego comiendo tarareando-tralará una triste canción: ¿porqué se fue?. Y sonó en ese instante el teléfono. Mala hora, mal minuto, mal día, mal pié se levantó con.

El pecado del que llama: llamar en mal momento, en mal día, a la mala persona, con la mala relación.

Nuestra relación...”

Ella me dijo una vez. ¿Cuál?, me pregunto ahora. Cuál, cuál, cuál. Relación de mi parte, querrá ella decir. Yo todo, ella algo, y después, ella nada, siempre esperando todo. Disfrutar mientras las circunstancias le satisfacen: viento a su favor. Ella pensando: yo te llamo cuando pueda, pero tú me respondes inmediatamente. Si no, buscaré a otras citas. Y en tu cara te lo restregaré: citas jueves y viernes; no, no te veré esos días, ¡quién sabe cuánto habrán de durar! Castigo: hasta el sábado. Sufre mientras tanto.

¿Porqué no nos enseñan en la escuela, como una materia, el ser personas que no se lleven a otras entre las patas? O en otras palabras, deberían enseñarnos a no llevarnos el corazón de otras personas entre las patas de nuestro egoísmo.

sábado, enero 19, 2008

Tú haces berrinche, yo hago berrinche.


Domingo por la mañana.

Sábado anoche ha muerto, anoche. Lentamente, lánguidamente. Como si no se quisiera ir para siempre, agonizando sin fin, entre lágrimas reprimidas y miradas tristes. Luna llena, cuarto creciente, luna escondida entre las nubes: ¿a quién demonios le importaba anoche?

Y ya son las diez de la mañana. Dolor en la cabeza. Aguarda, no, no es alcohol, ya que también habría dolor en el estómago. Las cobijas se me pegan al cuerpo en una horrorosa pijama de franela para diciembre. Cabello sacudido, levantado acá-allá, ojos tristes, ojerosos, arrugas prematuras: tristeza prematura. Espalda encorvada, y conforme avanzan los segundos, la tristeza va en aumento: comola de ayer, hasta llegar al grado de tragedia anglo mexicana. ¡Ah! espera, no puedes decir eso, no, no esta vez.

Recuerdos, palabras, escritas, dichas, pronunciadas por los dedos de ella: viajando no a través del espacio sonidos guturales, sino palabras mal escritas viajando y llegando en forma de palabras escritas, no dicha: tecnología que me chinga como siempre. Palabras salidas del cerebro a los dedos de ella, de los dedos de ella al teclado, del teclado a mi pantalla, de la pantalla a mis ojos, y de mis ojos a mi corazón. Corazón roto por vez treinta y tres. Creo que no la debí de haber conocido.

"Cómo estás" recibe una respuesta de "¿Qué quieres?". Ayer no hablaba así, no. Es como si el espíritu de tu berrinche del mes pasado hubiera resucitado: no a los tres días, sino a las tres y media semanas. Resurección diabólica. Se torna agria, como la leche - ella, la blanca como la leche. Cambia de opinión de pronto. Quizás yo ya me lo esperaba. Sí, creo que sí.

Un "fuera de mi vida" me echa de mi alegría cotidiana. Tristeza, ausencia, tragedia. Y todo causado por ella. Ojalá no le conociera. Ojalá no hubiera ido a esa fiesta. Y entonces mi vida estaría distinta un sába-domingo aberrante. Un berrinche que regresa como un boomerang. Berrinche que se niega a morir, inmadurez que persiste a los 23 años. Yo hago berrinche-tú haces brrinche-yo hago berrinche-yo me disculpo-tú haces berrinche-yo te abrazo-tú haces berrinche-yo hago enojoso berrinche-tú haces berrinche-tú haces berrinche-yo pido perdón-tú haces berrinche-yo espero-tú haces berrinche-yo me voy al diablo finalmente.

viernes, enero 11, 2008

Porque la soledad es peor que otra cosa

Beto se quedo viendo a sí mismo en el espejo que tenía frente a él, deteniéndose por un momento en la redacción de su carta. "Catarsis", pensó de pronto. Se vio detenidamente el rostro color almendra, son sus ojos negros y medianos, la boca mediana, y el rostro mediano. "Como todos la mayoría de cabrones de esta ciudad", se dijo. Y al verse no podía dejar de pensar en la carta que le escribía a su otrora amada, dueña de su corazón -terroncito de azúcar-, traidora de su confianza, oídos sordos a su cariño y oídos todos a sus amigas, las que se meten en lo que no les incumbe.

Tras permanecer viendo su rostro color almendra en el espejo por varios minutos, se dio cuenta de que realmente no le importaba demasiado lo mal que podría dejarlo parado frente a su otrora terroncito de azúcar, que llevaba por nombre Alicia -"Alicia en el país de los timadores y de las amigas que se meten en las vidas de sus amigas"-. Porque ahora, ¿qué importancia podía tener que ella le dejara de querer, o que le quisiera menos? Quizás -y eso era lo más tristemente probable- ella le había dejado de querer hace tiempo -"Sólo desde que Fernanda, que debería apellidarse Mondego o algo así, decidió que quería que Alicia en el país de las envidiosas dejara de quererme".

Una carta, terrible, según él. Pero lo que para unos es la más grande falta de respeto -"me gustaría que no tuvieras esas nalgas, Alicia, porque de esa forma no tendrías tantos pretendientes"- es para otros no más que un simple juego infantil.

-Roberto, ya lleguéeeee- dijo su hermana a medio gritar. O a medio no gritar, qué más da. Y el argumento de Beto era más bien simple: dejar entrever que él no la había querido por lo que era, sino por lo que no era. Y qué no era:

Mi querida Alicia:

Mucho he pensado en ti desde que te alejaste de mi lado. Quizás tu sigas pensando que fue mi error, y yo seguiré pensando, como ya te podrás imaginar, que el error es más bien tuyo. ¿Quién tiene la razón? Me temo que ninguno de los dos.

Pero, ¿sabes? en mi mente tu recuerdo no ha dejado de brillar, aunque con más pena que gloria: tristeza de mi alma al verme sin ti. No, esto no es una carta de perdón, ni de redención, ni nada similar. No te enorgullezcas pensando que ahs hecho que un pobre hombre como yo me halla rendido a tus pies, pues, créeme querida, que con todas las que he amado -¡y con otras tantas a las que no!- he sido el más fiel y humilde lacayo.

No te ofendas si te digo la verdad. ¿Me querrás menos? De cualquier forma ya no me quieres, según me confesaste la vez última de vernos (y todavía guardo en mi mente, con gran amargura, la terrible sonrisa malévola de tu amiga Fernanda, al despedirse de mí, y en ese momento no supe que esa mirada era la que da una mujer a un hombre que vive sus últimas alegrías), en aquella vez tan dolorosa para ambos, que me habías dejado de querer. "¿Desde hace cuánto?", pregunté. "No lo sé", respondiste.

Y después, gloria de mi tristeza al verte de la calle de la mano de un mal hombre (supongo que un Homo Machistus), del que renegabas, y el que tanto se esmeraba en ganarse tu mera simpatía, con gestos vulgares, palabras bobas, y miradas simples. Ese que querías quitarte de encima, pero que, sin embargo, contaba con la bendición de Fernanda -ese demonio que llamas amiga, que no es más que una mujerzuela vestida de profesora de letras-, que, según tú misma me dijiste, te presentó. Ocupación: estudiante de doctorado en chorrocientas cosas; experiencia nula; mantenido por el gobierno, gracias a las becas otorgadas con la ayuda de su tía Esther Elba, de manera perpetua.

Pero, sin embargo, no es eso para lo que te escribí esta carta, no. Tenía algo que decirte, algo que dejé en el tintero, algo especial.

La verdad es que me di cuenta en recientes fechas, que la razón más importante por la que no hallo alegrías en tu ausencia, es porque esta soledad, que me corroe, que me despedaza, que me desangra poco a poco sin fin, que me llena de aflicción, que me tortura con sus prolongados silencios, con su falta de comprensión, es apenas peor cosa que tu compañía. Así es: si alguna vez te necesite, era únicamente porque esta soledad era demasiado terrible para mi ser, y todo era mejor que estar solo y abandonado.

Besitos,
con un insulto escrito a Fernanda,
tu siempre querido amigo,
más franco que nadie en la ciudad,
Beto.

lunes, enero 07, 2008

Prejuicios y gustos

Era de noche e íbamos por la ancha calle que lleva de la salida de la ciudad a un pueblo pequeño, el pueblo más mocho del mocho estado. Aire fresco, noche ya bien entrada, luna arriba de nosotros -¿quién sabe en qué pinche fase estaría allí alzada, viendo como centinela lo que no le importa?-. Vidrio abajo, pero sólo un poco, que, aunque hace verano, el viento aulla: huracán en Veracruz.

Se detiene el coche con nosotros en él: roja luz que brilla por encima del lugar donde estaba otra amarilla. Deténganse todos, por favor, que pasa el rey. Y de pronto, lo escupe, como si lo hubiera estado pensando desde hace ya rato, pero duda al principio. Entre abre levemente la boca, y se detiene por segundo y medio: dudas un instante, cosa rara, ya que en tus atropellos siempre la acabas cagando y dices cosas más bien insensatas. Carencia de madurez, supongo.

Abre la boca, y dice que le gustan los hombres de cierta raza que hay sobre la faz en la tierra, extranjeros al nuevo continente: los hombres bárbaros. O en todo caso, lo que le han hecho creer. ¿Alguna vez te has metido con uno de ellos? Esa imitación barata no cuenta, a quien conociste en Aruba. Dices que te gustan. ¡Ah!, claro. Y te digo que es un prejucio: estereotipo. Crece y piensa un poco más, por favor. Me ignoras. Pero entiende que esos son mis gustos. Orgullosa de sus prejuicios, a la que ella llama gustos. Y le gustan los hombres fuertes, machos, bíceps poderosos, y demás. Y otra caracteristica que ya he olvidado: la que estaba de moda en este instante. Moda, estereotipo, la publicidad la vuelve definición de belleza. Mierda, que se lleve el puto diablo a todos los putos publicistas de la televisión, hijos de la chingada que crean segregación.

Y te digo: son prejuicios. Son gustos, me replicas.

Y, momentos después, apenas unas vueltas ha dado la manecilla más larga, y me preguntas si he leído a tal o cual, fulano escritor latinoamericano. No me gustan los autores de América latina mucho, y lo sabes, ¿para qué lo preguntas? No, no lo he leído. ¿Que porqué no lo leo? No me interesa, tía, esos textos se me hacen muy simples, no porque sean simples, sino, porque, no me entretienen. Espera, no me expresé bien. Qué importa. No quiero leerlo, me da flojera: ya leí a algunos de su generación y me morí de aburrimiento. Mejor leo otras cosas.

No tratas de persuadirme amablemente, no hay palabras de: porqué no lo intentas con esta obra, creo que es muy buena, o tiene un estilo interesante. ¡No! solamente merezco tus regaños. Es que eres un tonto, me dices. Qué importa, digo. Eres un maldito prejuicioso, ¿porque esta estúpida idea de que los escritores de américa latina no son buenos? Es una estupidez total leer solamente a autores de Europa. Mi gusto, vieja cabrona, y lo respetas. Con todo respeto, que esos autores tuyos chinguen a su madre: bola de pendejos del boom (no, no ese bom, sino otro boom que nunca fue un verdadero boom pero fue llamado boom). De verdad, que chinguen a su madre: nada personal contra ellos, simplemente, no me gusta. Oye, ya leí a Carlos Fuentes, Benedetti, García Márquez, y quizás lea a Octavio Paz, y a un par más de mi patria, pero es todo. No, ese autor no me interesa.

Prejuicios dices que llenan mi cabeza. Prejuicios estúpidos, osas llamarles.

¿No te das cuenta quecon injusticia obras al llamar a tus prejuicios gustos, y a mis gustos, prejuicios?

domingo, diciembre 30, 2007

Nuestro interés primordial, Señor Humbird, no es que las alumnas de esta escuela
sean ratas de biblioteca. Lo que nos preocupa es la integración de la niña en el
grupo social al que pertenece. La etiqueta de las fiestas significa tanto para
ella como, por ejemplo, los negocios, el éxito en los negocios, significan para
usted.


Vladimir Nabokov, Lolita.

Bueno, aunque nuestras escuelas hoy día, incluso las más fresas de la ciudad -en nuestra siempre mochas ciudad de Puebla-, no se ha llegado hasta este grado de educación, creo que no sería demasiado osado afirmar que hemos llegado al grado en que la autoridad moral -que no es otra, para la gran masa, que los siempre vulgares medios de comunicación, con sus novelas rosas y amarillos noticieros-, es la que juega este papel de educar a la gente en el arte de la integración de los niños, o mejor dicho, en la promoción para que sean estos nimiedades las que rigan la vida suya, y sea a su vez el motor del consumismo a costa de una alta fragmentación social.

Amén.

miércoles, diciembre 26, 2007

A veces quisiera


A veces quisiera fallar a mi palabra. A veces quisiera no cumplir mis promesas. Y otras veces también quisiera -¡cómo lo quisiera!- poder dejar de hacer lo que comúnmente se considera normal, lo más adecuado.

A veces quisiera poder romper esas cadenas, que llevan por nombre sentido común, opinión pública, conciencia social. A veces quisiera, aunque fuera por un sólo instante, muy pequeño, poder hacer lo que realmente quiero, lo que pienso que necesito, lo que con tantas fuerzas añoro, no importando si se me acusa de loco, tonto, o insensato.

Y es que, tantas cosas deseo, y son tantas cosas que están prohibidas de hacer -no estrictamente prohibidas, sino ampliamente criticadas por una, muchas veces, hipócrita moral colectiva-, que a veces siento que me asfixio, que de infelicidad e insatisfacción se llena mi pecho.

Pero, sobre todo, quisiera, sinceramente, poder tomar mi teléfono, y llamar a las personas con las que me he alguna vez disgustado, y poder irlas a visitar, poder sonreírles, y pedirles una disculpa, y quizás dejar que ellos, si así lo sienten, me pidan una a su vez, y poder estar con ellas nuevamente, después de tanto tiempo separadas, en que su ausencia ha colmado de tristeza mi vida.

Si tan solo pudiera levantar el teléfono, y hacer lo que realmente deseo, no solamente dejando de lado el orgullo, sino, también, dejando de pensar en las consecuencias que puede ello llevar, simplemente, porque la esperanza de una reconciliación parece no querer irse de mí.

Si tan sólo pudiera llamarles. Si tan sólo pudiera decirles 'Hola, perdón'.

miércoles, diciembre 12, 2007

Todavía hay cosas que guardo

A veces me pregunto qué demonios pienso al guardar algunas cartas que le he escrito a algunas mujeres en mi vida.

¿Para qué diablos guardarlas, si únicamente me llenan de tristeza? ¿Para qué tenerlas a la mano, si en su momento, todo lo que obtuve de ellas fue, en el mejor de los casos, un grosero desdén, y en el peor, un juego infantil? ¿Para qué tener la posibilidad de guardar, más allá de mi memoria, las palabras que en un momento dado, salieron de mi mano y mi corazón, y que obtuvieron prosaicas respuestas? ¿Para qué guardar recuerdos de hechos que no merecen ni siquiera ser nombrados? ¿Para qué intentar no olvidarme de esos nombres suyos, cuando ellas seguramente han olvidado el mío? ¿Para qué tratar de guardar sus sonrisas en mi mente, cuando lo último que vi de ellas estaba lejos de hacerme feliz?

No sé porqué, pero sé que me niego a destruir esos recuerdos. Después, pasado cierto tiempo, cuando no solamente la decisión de olvidarlas, sino el verdadero olvido se hace presente en mi vida, es cuando finalmente puedo despojarme de esas cartas y de esos recuerdos. A veces, a veces. A veces, si tan sólo no deciden imprudentemente volver a mi vida.

jueves, noviembre 01, 2007

Recuerdo que regresa y se va

Me asomo en mi ventana, y veo la noche tranquila, y los árboles duermen, y el viento duerme, y la soledad y el silencio predominan. Fijo mis vista en cualquier cosa: en la luna, en un farol, en la calle vacía, en una ventana con la luz apagada. Trato de que mi mente descanse un poco del trabajo, de que se recupere del agotamiento que brinda el pensar.

Y su recuerdo viene a mi mente.

Yo sé que me prometí no recordar, no reflexionar, ni siquiera que su imagen estuviera por un segundo en mi mente. Yo, más bien, deseaba con gran ímpetu poder deshacerme durante un par de días de ese recuerdo, para que, al final de esos días pocos, pudiera tomar una buena decisión.

Pero parece que mi ser no quiere que el recuerdo se vaya. He tratado durante el día de poner mi mente en otras tantas cosas, y sin embargo, aquel pensamiento regresa a mi, de cuando en cuando, por instantes, como brillos poderosos pero efímeros en mi cerebro. De pronto me encuentro, sin darme cuenta, entre ideas que claramente quieren llevarme de la mano a pensar en aquello.

Y yo sé que no tiene el menor caso pensar en esa idea, cuando quien origina la idea no está a mi lado. No por ahora. Y es por ello que me trato de convencer con todas mi fuerzas de que tratar de preveer lo que pueda pasar no tiene el menor sentido.

Y sigo tratando, y sigo tratando, y sigo tratando.

sábado, octubre 27, 2007

El reloj

Le veo mover las manecillas muy lentamente. Y él parece burlarse de mí. Lentamente, lentamente, se mueve. Y no me importa que se mofe de mí, porque disminuye mi ansiedad el que se mueva lentamente. Cada segundo parece escaparse en una eternidad, y vea las cosas en lento movimiento. Aquí y allá, todo parece perderse en el tiempo.

Y muevo mis ojos por la habitación, tratando de perderme en un millón de cosas. Siempre en un millón de cosas. Trato de que mi mente me mantenga alejado de un pensamiento que me resulta funesto, mientras el tiempo parece avanzar demasiado lento.

Quiero que avance lentamente, porque quisiera tener más tiempo en mí una leve esperanza. Porque, en cuanto acabe el día, y con el día, pronto, una semana, la esperanza será cada día más pequeña.

Y sin embargo, sé que el que haya o no esperanza, el que sea fundada o no, está decido ya, desde hace mucho. Pero como yo no lo sé, me gusta imaginarme que todavía no está decidida, que quizás me resulta favorecedora la vida.

Me guardo mi tristeza

Me guardo mi tristeza para mí. Me la guardo, como me guardo mi ropa en mi clóset, y como guardo mis vergüenzas en mi mente. La guardaré como se guarda un terrible secreto en el olvido, como se guarda un tesoro terrible en un lugar desconocido. La guardaré como se esconde un defecto, como se esconde un perjurio. Dejarle, simplemente en el olvido.

No exponerla a la luz pública, ni siquiera a los ojos de mis amigos. La guardaré para que no la vean, para que no la toquen, para que no se espanten con ella. La guardaré, no para mí, no porque sea egoísta y me la quiera guardar toda para mí - pues, a final de cuentas, no soy un mártir como para guardarme un dolor para mí solo, y sentirme a través de ello llevado a la perfección.

Sólo sé que la guardaré con recelo, lejos incluso, de mis amigos.

La guardaré, la esconderé, hasta el día en que deje de existir, hasta el día en que muera, hasta el día hasta que se extinga. La esconderé hoy, aunque arda como un fuego fatuo, aunque grite, gima, y lance terribles alaridos. Me la guardaré en el pecho aunque me destroce el alma, y la mantendré quieta con los lazos de mi voluntad.

Porque allí es en donde debe ser guardada, en donde nadie pueda verla, en donde nadie pueda reírse de ella.

La guardaré, y si alguien pasa por enfrente de mí, y ve en mi rostro restos de esa terrible tristeza, lo negaré todo. "Nada ha pasado", diré. Y que nada ha pasado pensaré. Me engañaré, hasta el día en que muera mi tristeza. No quiero lástimas, ni conmiseraciones hipócritas, ni palabras de apoyo de personas a las que francamente no les interesa conocerla - suficiente tienen con sus propias cuitas.

viernes, octubre 26, 2007

Aprender a jugar el juego

A mí me han dicho que debo de aprender a jugar el juego. El juego, simplemente el juego.Y todos parecen hacerlo así, los inmaduros adolescentes, y también los supuestamente maduros adultos de treinta años.

Aprender a jugar el juego. Aprender a sacar provecho del juego.

Yo no quiero aprender a jugar un juego, porque por principio de cuentas, no debería haber un maldito juego; la vida no debería estar formada por máscaras, por papeles que interpretar, por posiciones aquí y allá, como un enorme tablero de ajedrez.

Pero todo mundo juega ese juego, y le ven tan normal, quizás porque ya han encontrado la forma en sacar provecho de él. Y quizás por eso le destesto yo: porque no sé jugarlo, y porque me niego a hacerlo.

¿Qué juego juegas ahora? Esa es la pregunta que me hago a todas horas. ¿A qué estoy jugando, Carlos? ¿A qué juego tratan de jugar conmigo? Y la verdad es que yo no quiero jugar un juego. Pero, por ahora, es demasiado tarde no querer jugar, porque soy ya parte de un juego. Aunque, si ya estoy irremediablemente perdido en el juego, mínimo me gustaría saber a qué estamos jugando.

¿A qué estamos jugando? ¿A qué juegan conmigo?

Y esa es la pregunta que me hago también a toda hora. ¿A qué juegan conmigo? No puedo evitar estar en el juego, pero mínimo quisiera saber a qué juegan conmigo. Y entonces, quizás, poder divertirme en ese absurdo juego.

miércoles, septiembre 19, 2007

Revoltijo de ideas

Y así es que piden que dejes de decirle negro al negro, y blanco el blanco. ¿Y porqué? porque, bueno, decir que el negro es negro, y que el blanco es blanco, sobre todo de manera pública, ha dejado de ser elegante. Incluso sería correcto afirmar que es insensato.

Y entonces tienes que dejar de quejarte, y también de buscar las soluciones. Las soluciones que tú buscas no están al alcance de tu mano. Primero, bueno, necesitas robar la experiencia. ¿Pero cómo? Ve tras tesoros baratos, falsos. Si fuera posible, debieras enterrar la cáscara de un plátano junto a algún arbol, y después desenterrarla. Todo un tesoro. La idea no está en buscar tesoros, sino en encontrarlos. Pero recuerda que, al mismo tiempo, los tesoros los son todo. Si no los tienes, entonces serás un maldito fenómeno.

Y después, una terrible perorata que no querías escuchar. No así. Quizás con mermelada de fresa, pero no con aderezo de cualquier maldito verde vegetal. Porque te supo salada, demasiado salada. Y tú la querías dulce. Pero da igual, el resultado es el mismo: indigestión. Y lo más irónico es que te la recetó tu doctor: "hoy le toca a usted enfermarse, maldito ambicioso". Ambición, ¿de qué?

Y finalmente, al final del final del día, por la noche, carcajadas llegan a molestar tu calma. Carcajadas destempladas, terribles, patéticas, que la hacen de maścara ante una tristeza terrible, por una partida inevitable. Pero no es tu tristeza terrible, sino la de alguien más: la del vecino. El vecino gimotea, carcajea, y también taladra con su odioso tono tus oídos. Insensibilidad. Eres un insensible. Porque no compartes su dolor. Lo siento, no estoy para papeles como ese, el del insensible que trata de ser sensible con su amigo que siempre es insensible, y que ahora está sensible porque una insensible mujer le desgarró el corazón, porque no había olvidado a un insensible que hizo lo propio con ella. Mujeres. Y hombres.

lunes, septiembre 17, 2007

Soñé que encontraba un libro

Soñé que encontraba un libro, el cual contenía miles y miles de enseñanzas para el espíritu, explicaciones a interrogantes existencialistas, y muchas cosas más. Soñé que lo leía con gran avidez, que conforme iba leyendo cada página, se iba mi espíritu regocijando, confortando, que las dudas huían de mi, huyendo despavoridas.

Soñé que mis problemas dejaban de serlo, no porque tuviera el libro en sus páginas las soluciones a ellos, sino porque, de alguna forma, me daba el valor para afrontarlos. Soñé que ese libro me hacía entender el amor, la ternura, la confianza, la vida, la muerte, los amigos, y la vida misma, no como un concepto, no como un sumario con respuestas, sino como una guía para que yo mismo, por mi cuenta, encontrara mi verdad. Un libro que me ayudara a conformar mi persona a un grado que nunca hube de imaginar.

Y entonces, a través de ello, descubría que era finalmente feliz, sin necesidad de preocuparme por frivolidades, ni miedos tontos, ni prejuicios.

Y soñé, finalmente, que era capaz de regalarle a mis amigos una copia de ese libro, y que ellos, a su vez, encontrarían su propia verdad al leerlo. Que seríamos todos distintos, pero a la vez, iguales. Que la vida sería más justa, menos gris.

Si tan sólo ese libro encontrase, si tan sólo pudiera hacer que la gente lo leyera...

domingo, septiembre 16, 2007

El patrón de las ovejas

A veces no puedo dejar de pensar mucho sobre aquella clase de comportamiento en la que se sigue lo impuesto por alguien más, como una regl a seguir por una parte completa de la sociedad: música, cine, gustos, costumbres, y demás aspectos de la vida.

Y no sé, la verdad es que le hallo muy insano para la mente: seguir las nuevas tendencias. Y digo que es malo, cuando se hace como una costumbre, de manera compulsiva, como lo natural. Seguir por seguir, por estar en esa parte de la vanguardia, por no dejar de estar en ese estado, más que por convicción. Y me enferma mucho.

Pero me enferma mucho más que entre personas supuestamente pensantes no deje de hacerse eso. En una sociedad como la nuestra, es el reggaeton la música predilecta, las camisas con caquis la ropa de los caballeros, y los coches deportivos lo más in (no mencionaré lo respectivo para las damiselas, ya que desconozco por completo esos rasgoz in).

La cuestión que me concierne es el hecho de que, a mi parecer, hay regiones se la sociedad en las que este comportamiento de replicación de comportamiento seda en otras formas, no estando con las tendencias de la mayoría, sino con las tendencias de un grupo. En otras palabras, solamente se cambia de tendencias, pero es lo mismo.

Y digo que me concierne al hablar de muchos intelectuales de pacotilla, o de pose, que queriendo pertenecer a un grupo supuestamente privilegiado, están a merced de otros gustos musicales: grupos de música independientes, cine independiente -y si no se entiende la trama, mejor-, lugares estrictamente bohemios, y aberraciones así. Es otra forma de esclavitud. Y si uno se sale de eso, entonces es un -supuestamente- incongruente. ¿Incongruente con quién?

Según yo lo veo -y me vale madres que me contradigan, jaja- la cosa está en mantener una apertura hacia diversas fuentes, hacia diversas corrientes. La clave debería estar en disfrutar las cosas de uno y otro lado -en la medida de los gustos personales, claro está-.

viernes, septiembre 14, 2007

Recuerdos

Cuando me siento, por la noche, a descansar, escuchando el canto del silencio, rodeado de sueños, de murmullos, de nada, me pongo a pensar profundamente en los recuerdos que más cerca guardo de mí. Evoco historias, fiestas, días, horas, risas, carcajadas, y también alguna que otra tristeza.

Son para uno de mis más grandes tesoros. como la muestra de que he vivido, quizás demasiado mal para la forma en la que la sociedad actual dicta la vida, pero he vivido, y eso es todo. Me daría mucha ansiedad el no haber vivido, el no haber hecho algo, haber arriesgado aunque sea un poco.

Dice Eric Fromm que de lo único que tienen certeza las personas es del pasado. Y es verdad. Es como una pequeña máquina del tiempo, ciertamente imperfecta, en donde la visión mezcla los hechos reales con las impresiones nuestras, en donde a veces cambiamos el color de fondo, la intensidad de la alegría, las emociones que por entonces experimentamos.


Ciertamente imperfecta máquina del tiempo, que, sin embargo, me hace sentirme vivo. Y es entonces que evoco por largas horas aquellas historias que marcaron mi vida -¿acaso no es cada instante una parte fundamental de nuestra existencia?-.

Y es entonces que recuerdo los días más felices de mi infancia, y algunos otros de mi adolescencia. Recuerdo aquellos sábados dichosos en que caminaba a mediodía, viendo a la gente aquí y allá, a veces riéndome, a veces tan solo observando tanto como pudiera, siempre sonriendo. Y recuerdo tardes en otras ciudades, con el sol poniéndose, dorando las verdes estatuas, entre mucha gente, tomando café, pensando, platicando, discutiendo lo indiscutible.

Y es entonces que recuerdo aquella vez que caminaba por una calle, desierta, domingo por la tarde, con el cielo nublado, lleno de melancolía, lleno de soledad. Y entonces también recuerdo aquella noche en que pasé gran tristeza, con un anhelo imposible de arrancar en muchos días, ansiando algo que no estaba a mi alcance.

Y yo no sé si estoy loco, porque aprecio mis recuerdos todos, tanto los felices como los tristes. Aun no me alcanzó a explicar la razón del porqué los guardo, del porqué no los he olvidado. En todo caso, sucede que muchas veces les olvido, cuando son recientes, y alguna vez, recapitulando, les recojo del suelo de mi memoria, y los desenpolvo, y los coloco en uno de los muchos estantes de mis recuerdos. Mis recuerdos y nadamás.

miércoles, julio 25, 2007

Aguafiestas

- Pues claro que se casará conmigo. Por la iglesia. Y con toda su familia presente. Por eso esperamos a llegar a Río para la boda.
- ¿Sabe él que ya estás casada?
- ¿Se puede saber qué te pasa? ¿Quieres echarme el día a perder? Es un día precioso, no lo estropees.

Desayuno en Tifannys's, Truman Capote

jueves, julio 05, 2007

Melancolía nocturna

En este preciso instante, en que me asomo a la ventana del lugar donde trabajo, no puedo dejar de admirarme del silencio que domina todo el firmamento junto a la oscuridad de la noche. En este clima de soledad es que se llena mi pecho de melancolía, de recuerdos, de añoranzas, de sueños e ilusiones.

No puedo dejar de evocar dulces imágenes que hicieron vibrar a mi corazón de alegría, imágenes que en otro tiempo me eran tan preciadas, que tanto cuidaba, a las que recurría en mis momentos de aflicción. Ahora esas imágenes se han vuelto en mi contra, ya que ahora ya no me resultan dulces, sino amargas. Ha sido la vida la que las ha tornado de esa forma. Antes eran fuente de mi alegría, y hoy de toda mi tristeza.

A veces quisiera, francamente, poderme olvidar de ellas. No haberlas tenido jamás en mi mente, jamás tan cerca de mí. No haberlas vivido, no haberlas recordado de manera tan intensa. Haberlas vivido, sí, pero quizás de una manera en que pudiera olvidarlas como cualquier otro evento sin importancia.

Imágenes que me hicieron derramar lágrimas de alegría, lágrimas que me arrancan el llanto de la melancolía y la nostalgia. Terribles son ahora, sombras de un pasado que no pudo llegar a ser, sombras de un futuro que fue mutilado. Recuerdos de mis ilusiones, recuerdos de mi desdicha.

Y es así como debe de ser, porque son precisamente las cosas que más nos agradan, las que más oportunidad tienen, bajo ciertas circunstancias, de herirnos. Y eso es porque les hemos permitido entrar hasta lo más profundo de nuestras corazones.

sábado, junio 30, 2007

Que te te ruegue quien no se quiera

No sé cómo comenzar esta entrada. Y sé que está muy mal.

Es decir, tengo muy clara la idea en mi mente, pero no sé cómo comenzar a desarrollarla. Así que aquí voy.

Hay una muy popular canción que, en una de sus estrofas reza algo como: "Que te ruegue quien te quiera".


Pero a mí, de pronto, se me hubo de ocurrir una leve variación, quizás más acertada (según yo, desde luego). Porque me decía a mi mismo hasta hace poco: si ruegas, es sí, quizás por que quieres. Mas hay desde luego veces en las que el ruego se da en tan malas condiciones, en tan deplorable situación para uno, que no queda más que decir: que te ruegue quien no se quiera.

En otras palabras, hay que tener dignidad aunque sea de vez en cuando, creo. Y digo que 'creo', porque muchas veces es mucho más fácil dar consejo que seguirlo. Y así somos las personas, para mal, 'creo'.

jueves, junio 28, 2007

Por momentos

Por momentos me hallo pensando sobre qué hacen muchos de mis amigos, tras habernos separado o el tiempo o el espacio. Y me trato de imaginar qué hacen en estos momentos precisos: si leen, si platican, si comen, si sueñan.

A veces dicen que la distancia es el olvido. Y a veces, también, dicen que lo es el tiempo mismo. Que el tiempo cura las heridas. Que la distancia es el apoyo para superar una tristeza. Y quizás sea muchas veces así.

Pero son la distancia y el tiempo actores distintos bajo una amistad. En una amistad, no vienen a hacernos olvidar del amigo, ni que le dejemos de estimar. No es la distancia la que impide que pensemos en él de cuando en cuando, por muy lejos que estemos el uno del otro, ni hace que vivamos como si nunca le hubieramos conocido. Son, en contraparte con una relación pasional, factores que no nos llevan al olvido.

Porque no importa que hayan años luz entre mis amigos y yo, o que nos separen eones tras la última vez de habernos visto, pues si nuestra amistad fue sembrada de manera apropiada, no en terreno fértil, habrá algún día de dar frutos.

No es el olvido lo que se añora con el tiempo, ni con la distancia. Pero, tantas veces, ¡ah! es un bálsamo para quienes no tenemos otra alternativa que esperar que una pasión se vea convertido, por ayuda de ellos, en una amistad, en vez de quedar sumida en un terrible olvido eterno.